lunes, 10 de diciembre de 2018

Mesa redonda. Ciudades inteligentes, innovación social y digital

Bajo el marco de Barcelona’gov (red de centros de investigación y formación avanzada en gobierno y gobernanza) y su oferta de cursos de invierno, del 23 al 25 de enero de 2019 se celebrará el curso Gobernanza urbana y políticas de ciudad, coordinado por Ismael Blanco y Yunailis Salazar (Instituto de Gobierno y Políticas Públicas IGOP-UAB).


El programa, pendiente aun de unos últimos flecos, es intenso y recoge una mirada amplia a diferentes realidades e iniciativas municipalistas.

Tendré el gusto de participar el día 24 en la mesa redonda titulada "Ciudades inteligentes, innovación social y digital", junto a Carles Ramió (UPF); David Sancho (UPF), Marc Pradel (UB), Ricard Espelt (UOC) y Pilar Conesa (Smart City Expo).
La actividad se desarrollará a lo largo de 3 días, cada uno de los cuales se dividirá en dos sesiones (de mañana y de tarde) articuladas alrededor de un eje temático concreto: 1) Gestión pública en el contexto de la gobernanza plural; 2) Gobernanza metropolitana y desigualdades sociales; 3) Ciudad y globalización; 4) Ciudades inteligentes y empresarialismo urbano; 5) Democracia participativa y derecho a la ciudad; 6) Movimientos sociales y vecinales: economía social y comunes urbanos.
A lo largo de las sesiones se compaginarán tres tipos de actividades: 1) Conferencias magistrales a cargo de personas de gran renombre en las materias tratadas; 2) Seminarios a cargo de expertos y de personas de referencia en su ámbito profesional; 3) Mesas redondas para la presentación y el contraste de experiencias de Barcelona con otras ciudades.
Inscripciones

lunes, 26 de noviembre de 2018

Buscando baches desesperadamente

Unos seis millones de resultados en la búsqueda app+potholes, unos dos millones para app+baches. Enseguida detectamos una larga lista de ciudades que han creado o tienen disponible su aplicación móvil para identificar baches. Boston, Montreal, Brisbane, Bruselas, Tucson, Toronto, Chicago, Mumbai...por un lado, Ciudad de México, Guadalajara, Montevideo, Santa Fe, Almería,...por otro. Si un extraterrestre llegara a la Tierra, pensaría que somos una sociedad obsesionada por encontrar baches en la carretera.

Aplicaciones dedicadas exclusivamente a reportar el mal estado de la calzada, o bien usos específicos dentro de aplicaciones de objetivos más amplios, hace tiempo que empezaron a extenderse como el no va más de la aportación ciudadana al cuidado de las ciudades. Diseñadas por organizaciones sociales o por emprendedores, financiadas por fondos de inversión con carácter cívico, o incluso pagadas con dinero público por iniciativa de ayuntamientos que querían tener su propia aplicación (!), creadas para su uso exclusivo en una ciudad o de manera genérica, han sido uno de los ejemplos típicos de eso que se llamó el uso cívico de las aplicaciones móviles.

Alert us of potholes | City of Vancouver
Su extensión (que no su éxito) se debe seguramente a que fue uno de los primeros usos "públicos" que se le encontró a las apps cívicas. Cuando empezó a hablarse sobre el tema, a extenderse el interés por encontrar formas de que a través de las tecnologías móviles los individuos pudieran implicarse en los asuntos colectivos, dos fueron las ejemplos que más se extendieron en los medios de comunicación, en congresos, en artículos y presentaciones: encontrar baches en la ciudad y adoptar un hidrante. ¿A que te suena? El segundo de ellos tiene claramente el mercado más limitado (al fin y al cabo la nieve está repartida de manera muy desigual en el mundo) y nunca he estado seguro de que fuera un buen ejemplo. Pero, ¿quién no quiere tener sus vías urbanas perfectas y sin tener que recibir quejas de los vecinos por su estado? Ambos casos circularon incansablemente durante un tiempo (se consolidaban por esos días casos como los de Fix My Street) como el colmo de las posibilidades de cooperación de las instituciones locales con sus ciudadanos (¿o era al revés?) para aprovechar su capacidad de encontrar soluciones sencillas a la operativa de los servicios públicos y de utilizar sus móviles como generadores de información útil.

Esto, unido a la fácil replicabilidad de la solución (basada en los sensores del móvil, acelerómetro y GPS), hizo que de la primera aplicación (que yo sepa), Street Bump, creada en el marco de la oficina de New Urban Mechanics del ayuntamiento de Boston, se pasara a una multiplicación de aplicaciones como la que hoy existe (repasando sólo en Google Play podemos encontrar Spothole, Fill That Hole, Street Bump, Pothole Marker, Pothole Finder, Bump Tracer, etc).

No es síntoma de nada, creo, pero siempre me ha resultado curiosa esta obsesión. Muy norteamericana, por otro lado, y desde allí se ha infiltrado en otros sitios donde, sospecho, no es esa la batalla. Pero puede ser que sea realmente un problema de orden público suficientemente grave como para haber necesitado la inversión de tanto esfuerzo a decir a la gente que tenía que avisar de estas cosas. O será que mejor que avisemos de estas cosas antes que estar pendiente de otras. O será que era sumamente fácil tener tu propia aplicación en la ciudad para parecer el colmo de la modernez. También me pregunto cuál ha sido el uso que han tenido, que intuyo escaso. Sin embargo, es evidente que durante años ha sido tentador recurrir a este tipo de soluciones como práctica del ciudadano-sensor (expresión que me parece perversa, por otro lado) y pienso si realmente da para tanto y con cuántas cosas nos distraemos de lo relevante.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El tráfico cómo espectáculo

Por tercer año consecutivo, esa cosa del Thanksgiving en USA nos regala unos vídeos cautivadores sobre los atascos de tráfico en Los Ángeles. Ya tenemos un nuevo clásico, retransmitido en directo, incluso.


La cosa es que no tengo nada claro si tanto tuit, tanto tiempo dedicado en los telediarios, tanto post...lo estemos aprovechando para algo más que congratularnos por lo estúpido de todo ello. La sociedad del espectáculo no deja margen para ir más allá de lo superficial, la sociedad de la imagen nos devuelve un espectro de una sociedad decadente que huye hacia adelante. ¿Tiene algo de especial este atasco? Me gustaría saber si, en realidad, este atasco supuestamente anual, no es sino un atasco cotidiano.


No sé, podríamos dedicar parte de esa energía dedicada a hacernos los sorprendidos en entender qué significa, qué dice de nosotros, qué urgencia deberíamos darle a transformar la movilidad y vincularla, no sé, a supuestos planes soviéticos para hacer una ciudad más amable.  Pocas veces disponemos de unas imágenes tan impactantes y efectistas para poder construir sobre ello argumentos con los que llegar al meollo de la cuestión, pero se quedará mañana en titulares que se harán los sorprendidos, que se esconderán en la sección de sociedad, yo qué sé. Total, que aquí tenemos un nuevo clásico. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Ni rastro de aquella smart city sin personas

Anda que no hizo ruido ni nada aquella historia. Una ciudad sin personas como modelo para el futuro, la idea del siglo para experimentar innovaciones urbanas, un laboratorio para las ciudades inteligentes,... Ingredientes perfectos para llenar de titulares en aquellos comienzos de la oleada de la smart city. Ya en 2012 me interesó por lo torpe y desenfocado de todo aquello, que tenía pinta de ser una gran nube de nada (La smart city sin personas, historia de un bluf) pero muy significativa sobre una determinada forma de pensar -no sé si de aquella época, que parece tan lejana- el papel de la innovación tecnológica en las ciudades (Una ciudad sin personas no es un laboratorio urbano). En 2015 volvió mi curiosidad y resultó que seguíamos esperando.

Via Machine Design
Ejemplo práctico de cómo opera la conjugación en futuro perfecto. Iba a estar lista en 2014, luego en 2018 y lo último que dijeron, en 2020. Hoy he vuelto a recordar ese Center for Innovation Testing and Evaluation del que, rebuscando, apenas ha habido noticias en los dos últimos años. Su web ya desactualizada, sin referencias en páginas del sector, alguna página escrita deprisa y sin criterio describiéndolo como ya en construcción o realmente existente,... A alguien le pareció una buena idea en algún momento, pero no ocupará muchos titulares su triste (y previsible) final.


martes, 2 de octubre de 2018

Oportunidades en las ciudades del futuro (4 de octubre, Bilbao)

Este jueves 4 estaré en la jornada Oportunidades en las ciudades del futuro, organizada por  la asociación Bilbao Urban & Cities Design. Se celebra en Ingurubide, en su centro de recursos para la sostenibilidad urbana de Bilbao. Será una conversación a varias bandas:

  • Xabier Arruza, Coordinador de la Asociación Bilbao Urban & Cities Design
  • Manu Fernández - PhD en Smart Cities / Investigador - Consultor en Estrategia Urbana
  • Pablo Otaola - Director Gerente de la Comisión Gestora de Zorrotzaurre
  • Fran Viñez, Director de Programas Estratégicos, Innovación y Espacio Público


Para inscripciones, aquí

martes, 18 de septiembre de 2018

La ciudad como wikipedia (artículo en LAAAB)

Hace unas semanas Ignacio Grávalos me propuso contribuir en el blog de LAAAB (Laboratorio de Aragón Gobierno Abierto), dentro de la línea temática sobre espacios urbanos centrados en las personas. Me pareció un buen momento para dejar por escrito un argumento que suelo utilizar en mis conferencias sobre el cambio cultural derivado de la sociedad digital y cómo este nos ha llevado a nuevas demandas sobre la apertura en los procesos del hacer ciudad. De aquí nace el artículo La ciudad como wikipedia, que reproduzco también aquí. Se trata, además, de un artículo que pone por escrito algunas ideas que salieron también en un podcast que hice para Ciudad Hub con Oscar Chamat hace ya unos meses.

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Tecleas “wikipedia” y entras sin mayor problema. Sin usuarios ni contraseñas, sin formularios previos de registro, sin comprobación de quién eres o por qué quieres entrar. Cualquiera puede entrar sin mediadores, sin condiciones o autorizaciones previas. Y esto es sólo el comienzo; en realidad, este es el uso que hacemos de ella la mayoría de nosotros/as la mayor parte del tiempo. Lo mejor viene al pensar cómo hacerla mejor. Si ves que algo falta o no está ahí, no tienes que esperar a una autoridad o experto para que añada lo que echas en falta. Ni siquiera tienes que hacerlo tú solo/a; puede haber más gente perdida por ahí que quiera contribuir a poner por escrito lo que buscabas. Mejor incluso: si algo es incorrecto, impreciso o discutido, no tienes por qué conformarte con el error o la insatisfacción: puedes editarlo, hacer tu propia contribución, señalar lo que falla, proponer la mejora. En realidad, esa es la magia: nadie dice que sea perfecta, sólo es algo que mejora incrementado por la contribución de quien quiere contribuir y no por la solidificación de lo que alguien pudiera definir como contenido exacto y completo. Nada más natural que asumir que nada es perfecto, que todo es susceptible de mejora. Sobre todo, asumiendo que lo contradictorio o lo conflictivo pueda discutirse de manera transparente, trazable y en comunidad.

Esta no es una definición precisa del funcionamiento de la wikipedia pero nos puede valer. Usar metáforas o símiles siempre es un recurso resbaladizo, pero al menos nos da flexibilidad para pensar las cosas de otra manera. Si la wikipedia es un ejemplo de lo nuevo que ha traído la era digital  como cambio cultural, tal vez nos sirvan sus principios de funcionamiento para comprender qué podríamos esperar de un modelo similar en la organización y funcionamiento de la vida colectiva y en la manera de hacer ciudad adaptada a esta sociedad conectada. Estos principios (acceso libre, construcción colaborativa, desarrollo editable, mejoras incrementales, discusión pública y en comunidad,…) podrían servirnos como guías de diseño para acercarnos a las expectativas de la sociedad digital sobre cómo intervenir y participar en el desarrollo de las ciudades, sus espacios públicos y su gestión.

Todo ello, trasladado a la manera en que estamos dando forma a la vida urbana (a la vida colectiva, en general), nos lleva a pensar en la democracia representativa formal-instrumental, contemporánea de cambios sociales y culturales que han cambiado el panorama de las resistencias, de la contestación y la generación de nuevas prácticas urbanas, desde la gestión de los espacios públicos a la formulación de alternativas a las políticas de vivienda. Hoy sacar unas sillas a la calle y ponerse a charlar con familiares o amigos es un acto excéntrico y ya ni tenemos claro por qué no se puede hacer (si es que no se puede): ¿lo dice alguna ordenanza, el sentido común, el qué dirán? Y, sin embargo, no era algo ajeno hace unas pocas décadas. Hoy organizarse para adecuar y mejorar un espacio abierto puede implicar la visita de agentes de de la autoridad que, sin tener muy claro por qué, sospecharán que eso no se puede hacer: algún código técnico o alguna ISO, vaya usted a saber, prohíbe hacer eso. Hoy organizar cualquier actividad en el espacio público (una comida, un festival, una actividad deportiva, un cine al aire libre,…) está sometida a una maraña de normas, licencias y formularios que hacen imposible cualquier espontaneidad salvo que se quiera ejercer realmente desde un ejercicio de resistencia.

¿Y si exploramos el mundo de lo prohibido, de lo supuestamente prohibido o de lo que creemos que está prohibido hacer en una ciudad? ¿Aplicamos el principio del acceso libre a recursos físico públicos de la ciudad limitados en sus horarios o tipos de usos? ¿Probamos el abierto por defecto en actividades sometidas a limitaciones que nadie sabe muy bien su justificación? ¿Podemos hacer ciudad de verdad, con las manos, modificando¿Qué cosas vamos a poder cambiar porque no nos gustan o no nos sirven? ¿Podemos dejar de pensar la ciudad, sus espacios y sus servicios como algo perfectamente planificable  y cosa de expertos? ¿Podemos renovar las prácticas de participación ciudadana o de transparencia desde estos principios?

La sociedad conectada, con toda su variedad de dispositivos que han colonizado nuestras rutinas tiene tanto de equipación técnica como de cambio cultural. Lo visible (sensores, dispositivos, pantallas, infraestructuras,…) y lo invisible (la marea de datos en la que vivimos) son evidencias de una transición –más que una revolución- hacia esa sociedad conectada. Comprender  en pocas palabras (o incluso en muchas) la profundidad de estos cambios es complicado. Por un lado, son cambios de mentalidad, de formas de hacer y de expectativas que no son siempre coherentes. Es así cómo estamos viviendo las posibilidades liberadoras de esa tecnología (datos abiertos, democracia digital, nuevas movilizaciones sociales, innovaciones en las prácticas de las administraciones públicas y renovación de la acción ciudadana, etc.) pero también sus aspectos más siniestros (desestabilización de elecciones, fakenews, manipulación del debate público, sistemas de espionaje masivo a la ciudadanía, pérdida de privacidad, etc).

Esta reclamación se ejerce también desde una posición absolutamente práctica, pragmática y experimental. Junto a la propuesta, la acción. Es en este nivel donde el cambio socio-político que estamos viviendo se hace más palpable. De hecho, los proyectos que han operado en los últimos años desde antes del estallido de la burbuja inmobiliaria como formas de reclamación directa de espacios públicos, viviendas vacías, equipamientos públicos, etc. han sido, en buena medida, procesos de aprendizaje sobre nuevas formas de hacer ciudad que después tomaron forma de contestación agregada en las plazas.  Se trata de proyectos que, en muchos casos, en la época del urbanismo expansivo y de los grandes proyectos urbanos apenas tenían eco o eran directamente consideradas como outsiders a contracorriente.

miércoles, 13 de junio de 2018

BIA Urban Regeneration Forum. Tecnología, urbanismo y ciudadanía

Del 20 al 22 de junio tendrá lugar la tercera edición del congreso BIA, urban regeneration forum, en Bilbao. En esta ocasión, bajo el título Nuevos paisajes productivos, se plantea en estos términos en su manifiesto:
En su tercera edición, BIA Urban Regeneration Forum pone el acento en la relación entre la economía productiva y el tejido urbano. ¿Qué papel pueden desempeñar los nuevos modelos productivos en la revitalización urbana? ¿Qué ejemplos de buenas prácticas se pueden encontrar en nuestro entorno? ¿Qué acciones pueden garantizar el mayor éxito de la huella que ocupa la ciudad en el territorio? ¿Qué agentes inexistentes hasta el momento motivan una revolución hacia un territorio más equilibrado entre producción y consumo?
Además de actividades de workshop, exposición, concurso de ideas, concurso de fotografía,...el programa del congreso se centra en la producción ecológica, la producción fabril y la producción urbana, con una intensa agenda. Tendré ocasión de participar en la mesa redonda de la tarde del 20, con el título Tecnología, urbanismo y ciudadanía en la que, moderados por Miguel Angel Alonso del Val (Doctor Arquitecto  y Director de la ETSAUN), intervendré junto a Roberto San Salvador (Director, Deusto Cities Lab) y Maider Alzola Robles (Directora de Rehabilitación y Regeneración Urbana Integrada, Tecnalia) y Francisco Rodríguez Pérez-Curiel (Responsable de Smart Cities, Tecnalia).




jueves, 7 de junio de 2018

Presentación. Adiós al coche

Dejo aquí la presentación que utilicé el pasado 10 de abril en Barcelona en el ciclo Adéu al cotxe! ¿Cómo liberar Barcelona del vehículo privado? con el título La reconquista de las calles.



Fue un repaso, como siempre, algo desordenado, a una estructura lógica como esta.

  1. La ciudad del siglo XX. Rastros de la decadencia 
  2. Pequeñas renuncias. Qué hemos perdido / Qué podemos recuperar 
  3. Pérdida y degradación del espacio público. ¿Cómo ha sido posible? 
  4. Algunos rastros del cochecentrismo
  5. Haciendo las preguntas corrrectas. La promesa tecno-optimista 
  6. ¿Por dónde empezamos?
  7. Lo que tenemos por ganar

martes, 5 de junio de 2018

La ciudad espontánea

Nuestra idea de la ciudad se ha formado, en buena medida, a través de imágenes de mapas. Históricamente, los mapas han sido la representación que ha modelado nuestras ideas sobre las primeras ciudades, sobre las ciudades de los grandes imperios, sobre las ciudades ideales y utópicas o sobre las ciudades que consideramos mejor organizadas. Es así como hemos estudiado las ciudades y las ideas sobre la ciudad, y también cómo hemos construido las utopías sobre las buenas ciudades (desde la ciudad jardín a la ciudad radiante pasando por la cuadrícula de Manhattan). Todas estas imágenes nos han invitado siempre a organizar el desarrollo de las ciudades de la mejor manera posible, situando la planificación perfecta como el estado ideal de una ciudad.

Diagrama de la serie “A Group of Smokeless, Slumless Cities”  de Ebenezer Howard  

Las tecnologías actuales con servicios como Open Street Map, los SIG, Google Earth y todo tipo de proyectos de visualización de datos espaciales siguen alimentando nuestra pasión por la cartografía y su “ideología” de la planificación. Desde el mundo de la arquitectura, los renders y su imaginería de edificios y urbanismos perfectos siguen alimentando la pasión por diseñar y buscar soluciones perfectas y definitivas sobre cómo organizar la ciudad, algo que en su momento también ofrecieron las maquetas y hoy las posibilidades del big data y el urbanismo cuantitativo como forma de control de lo que ocurre en una ciudad.  Son todos instrumentos del poder, del poder planificador.
Todas estas herramientas tienen su reflejo en una maraña de normativas que materializan la ciudad y su funcionamiento, no sólo desde los departamentos puramente urbanísticos, sino también desde cualquier política sectorial. Licencias, convenios, directrices de ordenación, regulaciones, ordenanzas,…son el brazo armado de quien ejerce el poder de planificación en la ciudad, un poder formalmente sometido al control de las instituciones públicas pero fuertemente limitado por las dinámicas económicas. Todo ello forma parte de una dinámica que ha hecho de las ciudades espacios sometidos al control institucional, a la privatización de los espacios públicos, a la sobre-regulación de cualquier uso no planificado o actividad inesperada.


Sin embargo, el gozo de la ciudad siempre ha estado muy unido a la capacidad de vivir juntos en un lugar de encuentro, de libertad, de espontaneidad y de creación, circunstancias todas ellas que se resienten en este escenario de hiper planificación soñado por quienes gobiernan la ciudad. La buena noticia es que, a pesar de ello, la ciudad y su uso espontáneo se abre camino incluso en las circunstancias más adversas gracias a personas y colectivos que esperan algo más de ella. Es así cómo, lo que hoy llamamos cultura do it yourself, sigue estando presente en la ciudad en forma de hackeos de su diseño formal (ver este link como ejemplo de este tipo de intervenciones), en forma de bricolaje cotidiano o de utilización de la ciudad como soporte de producción y exhibición artística en lugares insospechados como hace La Galería de Magdalena.

Estos ejemplos nos hablan de una ciudad espontánea que no aparece en los tratados de urbanismo, en los planes generales de ordenación urbana ni en la normativa de licencias y, sin embargo, sucede. Es la ciudad espontánea no obsesionada por la permanencia ni la estabilidad, pero sí preocupada por ofrecer espacio para el aprendizaje, para el disfrute y para la construcción, aunque sea a pequeña escala, de la ciudad que queremos. Una ciudad que tiene sus espacios de juego planificados y zonificados, pero en la que cualquier lugar puede ser el lugar perfecto para jugar al ajedrez.

La ciudad planificada no quiere sólo ordenar el espacio físico; también quiere regular lo que se puede y no se puede hacer. Así es que como las ordenanzas “cívicas” de todo tipo que han ido apareciendo en los últimos tiempos, buscan regular cómo usar la ciudad hasta su detalle más estúpido. Con la excusa de tratar de solucionar conflictos sociales puntuales (espacio público, botellón, prostitución, horarios nocturnos, etc.) han acabado siendo la herramienta de prohibición, control y miedo fundamental para atenazar el uso libre de las ciudades que vivimos. De esta forma, esos textos se han convertido en un compendio de los miedos de las instituciones llegando hasta límites absurdos como prohibir cometas o jugar al dominó, regular cómo usar las fuentes públicas, instruirnos sobre la equipación adecuada para bañarnos en las fuentes o regular el uso de balcones, tenderos de ropa o sillas en la calle. Es ese exceso de regulación el que ha convertido en un hecho casi heroico lo que siempre fue un elemento consustancial a la ciudad: el aprendizaje, la experimentación, la auto-construcción, la personalización,…o, simplemente, reunirse en torno a la mesa con la comida como excusa para hacer de la ciudad un lugar de encuentro.

El derecho a la ciudad es, como plantea Alberto Corsín, el derecho a la experimentación, a ser activos en infraestructurar la ciudad interviniendo en la construcción material de la ciudad. Esta forma de entender nuestra presencia ciudadana en la ciudad es la que nos permite descubrir que, más allá de los marcos restrictivos que hemos presentado anteriormente, existe una forma de acción ciudadana capaz de recuperar el protagonismo de nuestras manos, nuestras ideas y nuestra capacidad de organización para usar la ciudad de manera protagonista como expertos amateurs.

Así es cómo tantas y tantas iniciativas están tratando de recuperar la capacidad de experimentar con la ciudad. Son proyectos que no caben en un mapa, que no se puede congelar en un render o regular en una ordenanza. Y, sin embargo, suceden. Proyectos que buscan experimentar nuestras estructuras, materiales, procesos y formas de organización par a crear la ciudad a pie de calle, una ciudad más cercana a las necesidades cotidianas de la población.

La ciudad espontánea se abre paso denunciando problemas de seguridad vial (en forma de acciones que señalizan puntos negros para los ciclistas, por ejemplo), promoviendo más espacios de juego infantil (instalando pequeños artefactos), invitando a la reflexión crítica (creando piezas de arte en paredes, muros, medianeras,…), recuperando solares y equipamientos abandonados, sacando unas sillas a la calle, etc. Es la ciudad invisible al planificador, pero la ciudad real que cambia. La vida en las ciudades es posible gracias, entre otras cosas, a una serie de normas de convivencia que supuestamente compartimos. Necesitamos un mínimo de acuerdo sobre cómo comportarnos. Se trata de normas que asumimos individualmente y que esperamos por parte de los demás. Se trata, creemos, de convenciones sociales, fruto de la experiencia y de ir acomodándonos al paso de los tiempos. Sin embargo, quizá no todo es tan espontáneo como podríamos pensar.

Esas normas de comportamiento, convertidas en ley vía código de circulación, nos dicen que los peatones no pueden cruzar la calle por donde quieren. Durante décadas, mientras el coche ganaba espacio público, esta simple convención se ha instalado como un tótem para hacer más sencilla nuestra convivencia; en realidad, para hacer más pacífica la convivencia con el coche. Sin embargo, no todo fue tan espontáneo.

Hoy para cruzar una calle necesitas un paso de peatones o un semáforo para hacerlo en la más estricta legalidad bajo riesgo de ser multado. Estas limitaciones fueron asumidas en las primeras décadas del automóvil gracias a una intensa campaña de criminalización del peatón, tal como han señalado recientemente algunos historiadores de la llegada del automóvil a las calles. Así se marcan los límites de lo posible en la ciudad contemporánea. Son esos límites los que definen nuestra experiencia urbana y los que estructuran el relato pacificador de la ciudad. Las instituciones que sancionan esos límites buscan con ellos ofrecernos estabilidad y soluciones permanentes en un consenso mucho más inestable que el que quieren hacernos creer.

Fuera de ese consenso existe vida, mucha más vida, diversión, justicia y lucha por mejores ciudades. Las ciudades han sido históricamente los escenarios de gran parte de las revoluciones y conflictos sociales, de la comuna de París en 1971 a Praga en 1968, hasta llegar al ciclo de revueltas urbanas globales de los últimos años. De la protesta a la materialización de nuevas alternativas, aprender a usar la ciudad es aprender a hacerla propia no como un acto individual sino como un acto colectivo para ensanchar los límites de lo posible, porque sin esa pelea por la ciudad, otras fuerzas tratarán de marcar sus propios límites.

La ciudad es lo que ofrece y lo que puedes usar, no como cliente o usuario, sino como ciudadano protagonista. Las nuevas formas de gestión de las ciudades tienden a homogeneizarlas y a crear estándares de gestión que expulsan gran parte de la diversidad de las ciudades. Así es cómo las ciudades aspiran a convertirse en ciudades globales, a atraer turistas o a encontrar su hueco en la dura competitividad en las ciudades. Pero quizá sólo sean pequeñas victorias a corto plazo para acabar derrotando el magnetismo de las idiosincrasias locales y el sentido de pertenencia con nuestros barrios. Es ahí donde se ha abierto un nuevo frente de lucha urbana, una lucha contra la estandarización de las formas de vida, y los mercados son un buen ejemplo de este conflicto.

Cualquier experiencia de reclamación de la ciudad en la que podamos pensar niega esa aparente espontaneidad de las “normas” que regulan las ciudades y sus equilibrios. El desarrollo urbano no es mecánico ni indeleble. De la misma forma que poderosas fuerzas ajenas a la ciudadanía –desde la economía global hasta los poderes reales locales- ejercen su capacidad de reprogramar el código de la ciudad para someternos a él, también la ciudadanía puede hackear ese código en sus intervenciones diarias y en sus luchas de largo alcance.

jueves, 22 de febrero de 2018

Adiós al coche. La reconquista de la calle

Adéu al cotxe! ¿Cómo liberar Barcelona del vehículo privado? Así de contundente es la carta de presentación de un ciclo que tendrá lugar desde finales de marzo y hasta finales de abril en Barcelona (Sala Beckett). Comisariado por David Bravo y Andreu Rifé, con la colaboración de Miquel Jordà y Úrsula San Cristóbal, parte del siguiente planteamiento:

El automóvil es un vehículo urbicida. Hay que preparar las ciudades para que vuelvan a funcionar sin un medio de transporte que, muy probablemente, acabará cayendo por su propio peso. Tal vez descubrimos que, lejos de ser una renuncia, vivir sin coches es más justo, más sostenible, más barato e incluso, más agradable. Pero hay que trabajar duro para que esta transición se produzca de manera equilibrada. ¿Cuáles son los próximos pasos?

Con el ciclo «Adéu al cotxe!», La Sala Beckett quiere promover la reflexión y el debate sobre la necesidad y la posibilidad de liberar la ciudad del vehículo privado. Espectáculos, lecturas dramatizadas, piezas audiovisuales, reflexiones plásticas y charlas conjugarán el conocimiento técnico con la cultura crítica y transformadora para estimular la conciencia ciudadana.


Más allá de estas palabras, se trata de una propuesta urgente y, sobre todo, original. Tengo la suerte de poder formar parte, gracias a la invitación de David Bravo a compartir algunas reflexiones personales en una de las sesiones. Digo suerte porque hacía tiempo que no tenía la oportunidad de volver a ordenar ideas en torno a la movilidad, los espacios públicos, etc., y además en un contexto menos rígido que el habitual. Esto último tiene que ver con el formato de las propias sesiones, que incluyen desde la exhibición de obras gráficas, creaciones y piezas sonoras hasta la lectura de textos teatrales vinculados a las diferentes temáticas que se cubrirán durante el ciclo. De hecho, una de las sesiones será en sí misma una proyección audiovisual (comentada por Andrés Hispano y Félix Pérez-Hita), el mejor formato posible para abordar cómo se ha socializado la cultura del automóvil a través de los mecanismos de creación de imaginarios (cine, televisión, publicidad, etc.). Por si esto fuera poco, está una convocatoria de textos teatrales breves, que alimentarán el inicio de cada sesión. 

Este es el plan:
Por la parte que me toca, La reconquista de la calle, este será el punto de partida:

Durante el siglo XX, la masificación del automóvil colapsó las ciudades heredadas del pasado. No obstante, el siglo XXI se ha levantado con el ansia de reconquistar el espacio público de los centros urbanos. Aún así, muchas intervenciones de mejora urbana continúan invirtiendo esfuerzos faraónicos en ocultar coches ─aparcamientos, túneles, vías rápidas─, como si se tratara de barrer la suciedad bajo una alfombra verde. En efecto, el vehículo privado sigue estando altamente subvencionado. La única reconquista honesta de las calles pasa por reducir los recursos públicos que le destinamos. Ganarle espacio en favor del transporte colectivo de superficie, de los carriles ciclables o de los corredores peatonales. Esta no es sólo la manera más efectiva de reducir la contaminación; es también la forma más democrática de combatir la injusticia espacial, el cambio climático, el derroche energético o la acumulación de oportunidades en pocas manos.

Quiero preparar esta aportación con mimo. Es un contenedor quizá demasiado amplio, así que es importante acertar con los conceptos y temas más prioritarios y, al mismo tiempo, no solaparse con las demás intervenciones previstas. También, por el formato más flexible, es una oportunidad para hacer planteamientos más arriesgados y provocadores. Hasta el 10 de abril tengo tiempo para ir trabajándola, pero ya lo estoy disfrutando construyendo una revisión visual de la ciudad del siglo XX, revisando los círculos viciosos de la movilidad y sus infraestructuras, rescatando grandes éxitos del cuñadismo cochecéntrico, catalogando las promesas del solucionismo tecnológico,...
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