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lunes, 11 de mayo de 2020

10 artículos sobre los retos éticos y políticos de la respuesta tecnológica al coronavirus

Hace unos días publiqué el post Coronavirus: la respuesta tecnológica, un ensayo precipitado y a gran escala. Se trata de una mirada concreta a cómo el despliegue de diferentes opciones tecnológicas para abordar el manejo de la pandemia desde el punto de vista sanitario y epidemiológico ha acelerado la llegada, o el ansia por que lleguen, de aplicaciones, dispositivos, sistemas e infraestructuras digitales con una fuerte base en datos personales. Se está escribiendo y revisando mucho el tema estos días, por detrás de la velocidad a la que se están poniendo en marcha estas soluciones. Mucho más tendrá que debatirse, y estos artículos pueden servir para introducirse en algunos aspectos:










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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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martes, 28 de abril de 2020

Coronavirus: la respuesta tecnológica, un ensayo precipitado y a gran escala

El último mes ha valido como 10 años en el proceso de adopción y transformación digital a nivel mundial. Ni CEOs ni CIOs, ha sido el coronavirus el que ha acelerado este proceso. La respuesta tecnológico-digital al Covid-19, junto con las esperanzas puestas en el sistema científico-tecnológico para crear nuevos entornos y soluciones a nivel de gestión pública, provisión de servicios, innovación social,…han creado un nuevo marco de exigencia y aceleración. La sociedad en su conjunto, las autoridades y las empresas están pudiendo evaluar ahora la aportación de la inteligencia artificial, la robotización o la automatización, en la acción de las instituciones públicas.

A falta de vacuna y con el único recurso posible del distanciamiento social, nos queda la opción de la tecnología como respuesta a la pandemia. Este repositorio muestra a las claras la extensión de esta. Donde la opción tecnológica ha sido más organizada y sistemática (Taiwan, Singapur o Corea del Sur), el recorrido de la pandemia parece confirmar su utilidad. Claro que, como siempre, la tecnología no existe de manera aislada del entorno en el que se desarrolla y se implanta. Así que quizá las soluciones de seguimiento o de automatización que se han aplicado en estos países a los que miramos con tanta envidia tienen menos que ver con la solución técnica en sí y más con el grado de penetración de la tecnología, con las particularidades de sus sistemas de gobierno, con la disposición a asumir los costes en términos de privacidad, con la legislación, etc. Llama la atención el ejemplo de Taiwan, donde se ha destacado su enfoque de tecnología cívica en su respuesta  así como la utilización que han hecho de los datos masivos. También los entornos de fabricación digital 3D ha encontrado la ocasión ideal para darse a conocer al público en general y de manera concreta.

Photo by Jens Johnsson on Unsplash

No me propongo hacer un repaso exhaustivo de todas las versiones de la respuesta tecnológica que hemos conocido estas semanas. Más o menos las conocemos. Aplicaciones con diferentes funcionalidades para hacer seguimiento de contactos, de localización o de permisos para excepciones al confinamiento, análisis de big data para encontrar patrones en la evolución o multiplicar el esfuerzo científico; complejos dispositivos para hacer controles sanitarios y tests in situ a la población; robots para realizar tests, hacer comprobaciones en la calle o facilitar la distribución de equipos de protección; vigilancia de personas infectadas, incluyendo cámaras de control de temperatura e identificación facial, información en tiempo real a la población, telemedicina, etc. Es sólo una parte de la respuesta tecnológica, pero la que me parece más sensible en términos éticos, jurídicos, sociales,... porque implican en esencia aumentar varios niveles el sometimiento a sistemas de control y vigilancia sobre la privacidad individual y la capacidad de tomar decisiones en torno a información personal y privada.

En un desastre de las dimensiones que estamos viviendo cualquier recursos cuenta, y es necesario contar con la mejor ciencia y la mejor tecnología. Si la ciencia clave para la gestión de la pandemia juega de forma intrínseca en el terreno de lo que no conocemos más que de lo que conocemos, la tecnología hoy juega en el terreno de lo que se puede y no se puede hacer. Ese “puede” tiene que ver con lo que es factible, y por eso lo que ha sido posible en Corea del Sur no lo ha sido en la mayoría del resto de países. La distancia entre lo posible allí y lo imposible aquí marca el camino de lo que se propondrá hacer aquí en los próximos años para todo lo que no se haya hecho en estas semanas.

Pero ese “puede” también ha que vincularlo a lo que social y políticamente es posible en cada país. Una situación de emergencia, por definición, reconfigura temporalmente las bases sobre las que se sustentan instituciones, procedimientos, formas de hacer, hábitos,… hasta el punto de que todos los países, de una u otra manera, han formalizado su respuesta bajo figuras diversas (estado de alarma, por ejemplo) para poder adoptar un marco jurídico más estable. En esta situación, la respuesta tecnológica también se abre camino en un entorno de excepcionalidad, en el que las libertades individuales, los derechos humanos o la privacidad se abordan desde otros límites. Este artículo es un fenomenal texto de evaluación de las principales tipologías de soluciones técnicas utilizadas y los riesgos que implican a nivel individual y colectivo. Esta generalización de este tipo de seguimiento móvil revela su utilidad para asegurar un seguimiento efectivo de los contagios y, a la vez, el delicado terreno en el que nos adentramos.

Necesitamos vigilancia masiva, pero no tiene, no tendría por qué ser escalofriante. Track and test parece que es la única salida viable. Para hacerlo bien necesitamos soluciones tecnológicas capaces de hacer este seguimiento de manera efectiva y eficiente, cosa que es relativamente viable, pero también necesitamos que sea acorde con los niveles de legitimidad y respeto a la privacidad que desearíamos en sociedades democráticas (dejo aparcado el debate más profundo sobre si realmente lo somos, lo seremos o queremos que lo sean, que es una cuestión más civilizatoria que está rondando también). Estamos hoy negociando un nuevo contrato social sobre cómo nos vamos a relacionar en la sociedad digital con nuestras instituciones. Cuáles son los datos de rastreo necesarios, cómo se hará ese rastreo y cuáles serán los algoritmos utilizados para tomar decisiones críticas (definirte como inmunizado, autorizarte a una determinada actividad, confirmar tu licencia de apertura, obligarte a un confinamiento fuera de casa,…) es el conflicto que estamos a punto de firmar, pero no contamos con una regulación segura y garantista para estas circunstancias, ni con la calma suficiente para hacer de ello un debate social sobre un tema que redefinirá la sociedad digital de los próximos años. Peor, vamos a actuar bajo nuevas condiciones sin haber firmado aún el contrato. Apelar a que es una restricción o una auto-limitación consentida de manera momentánea, y que después podremos volver a la casilla de salida suena demasiado optimista.

Aquí es donde hay que reivindicar y poner en práctica con transparencia y de manera concertada principios como la no discriminación y evaluación de sesgos, proporcionalidad, privacidad, rendición de cuentas, prevención de riesgos, consentimiento, privacidad por defecto o accesibilidad. Suenan teóricos, pero son los principios que pueden diseñar cualquier herramienta que se quiera implantar más allá de sus funcionalidades y requerimientos técnicos, y tienen una incidencia material y efectos directos sobre las personas.

La Caja de Pandora ya está abierta. El troyano está dentro del sistema. Google y Apple ofrecen una opción para universalizar el seguimiento, pero las respuestas a nivel nacional también han aparecido, desde las más sofisticadas (Singapur) a las más rudimentarias pero efectivas (Grecia). Este repositorio ofrece una magnífica imagen de la dimensión y extensión de esta pulsión por la solución vía apps móviles. La tensión ética entre libertad y privacidad ha dejado de ser una cosa hipotética, circunstancial o marginal, y la sociedad de la vigilancia, vía sanitaria, ya está(ba) en marcha, y el marco de los derechos humanos importará más que nunca, aunque habrá que dotarlo de una actualización en términos de derechos digitales. Para algunos, el intercambio merece la pena, porque el solucionismo tecnológico siempre está ahí para encontrar razones. La tentación autoritaria es una opción que toma fuerza en un ambiente político dominado por el ascenso populista, la disolución de las formas tradicionales de formación de la opinión pública, la crisis de los partidos políticos al uso como intermediadores, las nuevas posibilidades de manipulación de las opiniones políticas,...

Photo by Graham Ruttan on Unsplash
Vislumbrar cuál será la salida entre el optimismo tecnológico y el pesimismo político nos lleva fácilmente a la decepción sobre el futuro de la humanidad. El totalitarismo de vigilancia tiene el camino despejado en este contexto socio-político, al que ahora añadimos el miedo y la desconfianza. Puede que no todo sea tan catastrófico, y podamos encontrar un balance realista y justo, pero al menos a corto plazo la normas, las normas, la normalidad, tendrán otra pinta muy distinta a cómo eran. Como es demasiado tentador, y se ha convertido a la vez en pasatiempo mediático y en herramienta para encontrar razones de nuestra desdicha, la comparación con los países que mejor han respondido nos lleva a la aspiración de ser como Corea del Sur o Singapur. Es mucho decir, al menos desde el punto de vista europeo, una región del mundo encerrada en sí misma y en permanente duda metafísica sobre sí misma desde al menos la última crisis económica.  Sea como sea, la capacidad de innovación tecnológica se ha puesto al servicio de una crisis global de manera precipitada (urgencia obliga) y está siendo una de las grandes esperanzas. Esa misma urgencia va a introducir de manera generalizada soluciones que afectan  a la privacidad individual y a la concepción social del papel de la tecnología. Pero "la tecnología" no existe de manera independiente del ensamblaje social en el que se produce, se regula y actúa, por lo que la evaluación ética de cualquier tecnología mediadora como respuesta a la pandemia es ineludible.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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jueves, 28 de julio de 2016

Technology alone is not enough: what we can learn from the traffic light

Traffic lights constitute one of the symbols of the contemporary city, as a technology that regulates traffic flows and mobility in cities. It is a materialization of the car-based city we built in the last century, an object that reminds us, in almost every intersection and road, how our cities were thought, planned, designed and built following a dominant vision linked to the car-centric dominant utopia.  and responds to a conception of the city based on the private car.

As such, we could apparently think of traffic lights as neutral artifacts. An electrical device that started to colonize cities in the early decades of the twentieth century once the car started to dominate the urban landscape and shift so many things in urban life. It is easy to imagine (if, not, you have a photo below depicting the deplyment of one of the first traffic lights in London in 1931) how people gathered to contemplate the marvels of that odd, magical, object that promised to automatically discriminate the right of passage and, ultimately, transform the balance of transportation modes for the next decades. Automation and control were conveniently adhered to its technological specifications to regulate traffic with the most advanced technologies at the time. Does it sound familiar? I am quiete sure there is no such an expectation today when smart lightning systems, sensor networks, EV charging stations,...are inauguration, nor the breakthrough feeling people could experience when these traffic lights first appeared.
Photograph: Fox Photos/Getty Images 
Its three-color light, its electric system, its metal structure, its bulbs,…it looks like a perfect technology fix to solve an urban problem, a formal and material fix in which technology makes its case as a neutral answer.  

However, in its conception and its subsequent developments, the traffic light embodied a number of non-technological variables in the equation, actually those that have had a fundamental importance in our lives. A conscious decision to grant the right of passage to drivers (expressed by the push button dedicated to walking people). From its early versions, some design decisions were implicitly embedded and promoted subtle but profound consequences in terms of social thinking on how to physically design our cities as car-centred places.

Imagine how cities would have evolved cities only if we had thought mobility in other terms (in which priority is only a tiny and anecdotal example in the long chain of important decisions that were taken around cars). Cars brought welfare and obvious positive effects, but also negative consequences we could only be aware of decades later: an unsustainable pattern of land consumption, fragmentation of communities, the disappearance of social life in public spaces, climate change related emissions and a number of other negative implications today we are trying hard to overcome.

“A good science fiction story should be able to predict not the automobile but the traffic jam”, Frederik Pohl once said. We were so good at imagining the car, a car society (and its traffic lights) and we equipped our cities with technologies that materialized the visions that depicted a future in which the triumphant technology at that time would conquer cities. But we were so obtuse at imagining what could it go wrong. 

Picture source: Dhiru Thadani (author)
The technical equipment of urban systems is not a purely a technological issue and the design of its products, services, or infrastructure devices is far from being neutral. Technologies, when they turn into material fixes, respond to a certain thinking and are capable of coding social life, personal behaviours, urban form, governance models, institutional frameworks,…

In every app or service we add to our daily routines there is, more or less implicitly a set of design decisions not directly associated with the pure technical solution or specification. These designs are actually the result of the social context in which technological innovation is developed, where regulation, economy, social structure, power relations ... are critical elements in understanding technology development and it takes shape in the world. Tech does not arise neutrally in a laboratory or in a garage. Now that we are building our cities under the influence of the smart city utopia, we´d better take enough time to unveil how smart technologies are being designed and what implicit and explicit ideas are condensed in plans, devices, interfaces, specifications, ... before it's too late and we have to face the "traffic jams" we were able to foresee (loss of privacy, technological centralization, democratic risks, technological dependence, excessive control, etc,).

miércoles, 6 de julio de 2016

Responsabilidad moral, sostenibilidad y tecnologías inteligentes

El despliegue retórico de la smart city en relación a la sostenibilidad se presenta normalmente en forma de mejoras en la calidad de vida de un ciudadano genérico (igual para un habitante de Manhattan que de un recién llegado a los suburbios de Lagos, una persona mayor de los arrabales de Shanghai que un adolescente de Helsinki, una familia de Madrid que una familia de Managua), pero sin que ello implique ningún cambio fundamental en sus modos de vida y consumo. Esto, que es un elemento asentado desde cualquier perspectiva de los estudios de la sostenibilidad urbana como un elemento básico, queda arrinconado en beneficio de una promesa de sostenibilidad sin esfuerzo, sin cuestionamientos y sin responsabilización. 

Esta misma proposición se realiza, además, desde alusiones genéricas a estándares de desarrollo sostenible aceptados internacionalmente como formas de sostenibilidad global pero con muy pocos asideros en las más complicadas definiciones de la ecología urbana, el espacio en el que el genérico “desarrollo sostenible” adquiere formas y sentidos mucho más intrincados. Masdar, PlanIT Valley o cualquier otra eco-ciudad de última generación han asociado su éxito en materia de sostenibilidad a la adición de nuevos componentes digitales, siempre bajo el control de entidades privadas u otras formas de corporativización de la gestión de estos espacios y la promoción del urbanismo emprendedor. De esta manera, la sostenibilidad se convierte en un nuevo significante vacío (aunque cargada de valores legitimadores mitológicos) porque cualquier alusión al contexto local específico es ignorada (al menos, mientras no se adentre el discurso en el terreno de proyectos específicos a través de contratos y proyectos de colaboración con instituciones concretas). En definitiva, en sus formas discursivas dominantes, la smart city se ha presentado con una referencia ingenua e inespecífica a la ciudad a la hora de presentar su propuesta de valor real para un problema de dimensiones colosales como es el del desarrollo sostenible y su vinculación con la escala local.

Estos problemas enlazan con discusiones ya conocidas en el ámbito de los estudios de la tecno-cultura, que siguen sin recibir suficiente atención en el relato de la smart city. Así, el problema de la reversibilidad de las tecnologías, que apela a la necesidad de mantener la capacidad de ejercer decisiones morales en el uso de cualquier aparato tecnológico, parece ser obviado en aras a un futuro en el que la inteligencia de las cosas y de las ciudades será capaz de tomar decisiones por nosotros. En términos de consumo sostenible, no tendremos otra opción más que comportarnos como los medios técnicos nos digan que debemos hacerlo (o en las formas que admitan como posibles según su diseño). Es así cómo gran parte de las soluciones relacionadas con la smart city, sobre todo en lo que tiene que ver con infraestructuras y servicios urbanos, son diseñadas de manera que sólo una opción de uso es posible, una opción, por lo demás, definida como técnicamente posible y socialmente aceptable, por un conglomerado de decisores en el que las instituciones públicas son sólo una parte, muchas veces con escasa capacidad de decisión frente a otros decisores contiguos como son los proveedores del servicio en cuestión.

Todo ello hace que el comportamiento moral, la posibilidad de elegir entre diversas opciones para resolver una determinada situación en nuestra vida social, pueda quedar abandonada en aras a una eficiencia cotidiana que nos ofrece inteligencia pero podría convertirnos en moralmente idiotas, también en cuestiones relativas al compromiso individual por el medio ambiente. La eficiencia, de nuevo, esconde la necesidad del debate social y la deliberación personal sobre las consecuencias de nuestros actos desde un pensamiento complejo que trate de entender las causas y los efectos de un determinado problema. El mejor ejemplo que ilustra esta situación es el de los sistemas inteligentes de gestión del aparcamiento en superficie, una panoplia de diferentes innovaciones (desde sensores a aplicaciones) que buscan optimizar el uso del espacio público dedicado a aparcar los coches, optimizar el tiempo que los conductores invierten en conducir, optimizar los flujos de tráfico e, incluso, optimizar los ingresos de los sistemas de estacionamiento regulado en base a precios cambiantes en función de la mayor o menor disponibilidad de espacios libres en un determinado momento. En la mayor parte de los casos, todo el ensamblaje técnico está dirigido a hacer más eficiente el tráfico y el ciudadano se encuentra mediatizado por este sistema que constantemente invita a mantener las bases estructurales de la movilidad, bajo la legitimación argumentativa de que todo ello contribuirá a un modelo de movilidad y transporte urbanos más sostenible por la optimización de los tráficos. De esta forma, un cuestionamiento más profundo sobre el excesivo espacio que las ciudades dedican al aparcamiento, sobre la insostenibilidad del uso de combustibles fósiles o incluso la escasa lógica de un sistema que privatiza el espacio público bajo la presión social que pretende que el aparcamiento sea una suerte de derecho gratuito, quedan abandonados y fuera del esquema de decisiones. Sin embargo, todas estas consideraciones, que son las que podrían realmente atacar un wicked problem netamente urbano como es el de la movilidad, son vistas como una intrusión moral en un debate puramente tecnológico.

City built for individual drivers is already unwalkable. Imagine sprawl *driverless*-car city will bring (via Taras Grescoe on Twitter)
En este sentido, uno de los conceptos clave más profundos de los estudios sobre la sostenibilidad es el que tiene que ver con la responsabilidad. Soluciones como las smart grids, los edificios inteligentes o los materiales inteligentes enuncian un presente-futuro en el cual las decisiones más lógicas en términos de eficiencia en el consumo de recursos se darán de forma automática a través de la auto-regulación de los sistemas inteligentes y a través de una información más precisa y en tiempo real por la cual los consumidores podrán ajustar sus preferencias y decisiones de consumo. Prometen, en definitiva, que el sujeto no necesitará tomar decisiones conscientes o intervenir activamente para encontrar el modo de consumo más eficiente (sostenible). De esta manera, la smart city ofrece previsiones de soluciones para los acuciantes problemas del cambio climático, por ejemplo, que no requieren cambios o acciones adicionales por parte del usuario de los sistemas inteligentes. Bastará la sofisticación de estos sistemas para que ellos hagan el trabajo por nosotros, de manera que ofrecen el espejismo de continuar con el statu quo de mantener los mismos patrones de consumo, las mismas tasas de urbanización y ocupación del suelo o los mismos modos dominantes de movilidad. No sólo operarán en sustitución de nuestra voluntad o compromiso por limitar nuestro consumo energético individual mediante acciones conscientes de apagar las luces innecesarias en casas y edificios, sino que nos evitarán la carga moral de actuar con responsabilidad ecológica.

Frente a esto, algunas dinámicas como el adversarial design o el critical design buscan visibilizar las contradicciones de nuestro tiempo y las diferentes decisiones de diseño que podrían hacer de la tecnología un elemento de debate moral más abierto para usuarios –ciudadanos- que siguen siendo mayores de edad intelectualmente, capaces de pensar, deliberar y organizar sus propias decisiones sin que tenga que intervenir un determinado diseño tecnológico que le deje sin opciones de elegir. El despliegue de la smart city ha sido desde el inicio un proyecto que no ha tenido en mente la necesidad de hacer visibles sus entrañas tecnológicas como paso previo para que la ciudadanía pueda actuar críticamente en esos sistemas inteligentes que mediatizan su vida. Visibilizar el ensamblaje tecnológico e ideológico de las tecnologías inteligentes aparece como un elemento crítico en el diseño de sistemas conectados para una ciudadanía con agencia real para actuar más allá de los límites que imponen y normativizan las tecnologías definidas bajo la narrativa de la ciudad inteligente.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Tecnología, normatividades y conflicto urbano

El poder simbólico de metáforas como el ciudadano inteligente, el ciudadano-sensor o el ciudadano-cursor es particularmente atractivo por su voluntad de sintetizar expresiones más o menos expresas sobre el papel activo de la ciudadanía en el mundo digital. Nos sitúan ante una demanda fruto de la dificultad de la smart city para ofrecer un relato coherente de temas como la participación ciudadana, las formas de innovación democrática, la gestión abierta de los servicios públicos, la política tecnológica, etc.

Debemos a Lewis Mumford una apreciación suficientemente ilustrativa: la invención del reloj mecánico, del tiempo mecánico, como base de las transformaciones hacia una sociedad industrial. Ni las manecillas ni las minúsculas piezas de su mecanismo tuvieron tanta capacidad de reprogramar la vida como el carácter normativo de las imposiciones de la división, organización y sistematización del tiempo humano. De forma similar, la esfera digital contiene una capacidad no innata sino diseñada específicamente, de crear nuevas normas de comportamiento, nuevos límites de lo posible a nivel público y privado, de imponer formas de realizar transacciones, actos y efectos. Cambian nuestras habilidades físicas y cognitivas (desde la memoria a la capacidad de orientación espacial), cambian nuestras relaciones, nuestros hábitos y nuestras expectativas. Cambian también las capacidades de control por parte de organizaciones cuasi-monopolísticas y surgen nuevas tentaciones de dominación económica y social.

Via Randy Olson 
Frente a la tentación de creer que las posibilidades de automatización del control y seguimiento de cualquier parámetro de la ciudad nos llevan a un escenario de neutralidad de las decisiones sobre los diferentes aspectos de la vida urbana (decisiones sobre políticas de seguridad, de gestión del tráfico, de vivienda, de espacio público, etc.), la realidad es que nada de esto debería sustraer la necesidad del debate público sobre cuestiones cruciales. Sin entrar ni siquiera en las dimensiones más globales sobre el control de internet y todas las dinámicas derivadas (desde el control de la privacidad por parte de los grandes operadores y de los propios gobiernos hasta las resistencias de los diferentes sectores industriales impactados por el cambio en los modelos de negocio), las preguntas y los debates siguen siendo los mismos: ¿para quién son las smart cities?, ¿quién las protagoniza?, ¿quién se queda fuera?, ¿promueven o no la inclusión o son sólo formas sofisticadas de perpetuación de las relaciones de poder establecidas?, ¿cómo salvaguardar lo público?, ¿y cómo salvaguardar lo común?, ¿cómo pueden favorecer modelos estables de implicación y participación ciudadana? Las preguntas serían tantas, al menos, como las que planteó Jacques Ellul  en su momento (76 reasonable questions to ask about any technology) desde el punto de vista ecológico, social, práctico, moral, ético, vocacional, metafísico, político y estético, o más recientemente Sacasas:
When we do think about technology’s moral implications, we tend to think about what we do with a given technology. We might call this the “guns don’t kill people, people kill people” approach to the ethics of technology. What matters most about a technology on this view is the use to which it is put. This is, of course, a valid consideration. A hammer may indeed be used to either build a house or bash someones head in. On this view, technology is morally neutral and the only morally relevant question is this: What will I do with this tool?But is this really the only morally relevant question one could ask? For instance, pursuing the example of the hammer, might I not also ask how having the hammer in hand encourages me to perceive the world around me? Or, what feelings having a hammer in hand arouses?
Si para algo puede servir la emergencia de la ciudad inteligente como recurso utópico es para hacernos más conscientes de las normatividades de la ciudad mecánica y su código oculto, tanto en sus pequeñas y aparentemente livianas consecuencias (¡qué más da aceptar las nuevas condiciones de privacidad de una nueva aplicación que nos descargamos!) como en las más graves y represivas. Un relato pacífico de la ciudad sólo servirá para mantener las relaciones actuales y futuras de dominación y para esconder los conflictos socio-políticos inherentes a la vida en la ciudad. Ello hace que sea imposible evitar la tentación de entender el escenario actual como un campo de batalla, por más que pueda parecer una salida dicotómica o incluso demagógica. Sin embargo, en el relato pacífico, utópico y genérico de la smart city subyace y se mantienen los mismos conflictos inherentes al hecho urbano. La dimensión digital de la ciudad es tan sólo una de las manifestaciones de la consustancial ciudad en conflicto.

miércoles, 22 de julio de 2015

Ficciociudades #12. Experimentación urbana sin humanos

La serie de ficciociudades sale de su letargo para incluir un nuevo simulacro de ciudad. Esta vez se trata una "ciudad" construida para experimentar los coches automáticos sin conductor, algo suficientemente atractivo para conseguir titulares espectaculares pero completamente equívocos:
Mcity Test Facility 
Desde principios de año teníamos noticias de que la Universidad de Michigan estaba preparando una zona para experimentar los avances de la conducción automática y facilitar así el trabajo de varios grupos de investigación del campus del Mobility Transformation Centre y empresas como Ford o Toyota que están interesados en esta línea de la movilidad urbana. Con una inversión de 10 millones de dólares, el área en cuestión trata de reproducir materialmente una ciudad y está diseñada para asemejarse a un centro urbano genérico de Estados Unidos, pero es sólo un escenario aséptico y controlado:

Built on the university’s campus in Ann Arbor, the “city” was designed to re-create the situations self-driving cars would bump into (or not) on the road. There are building facades, fire hydrants, trash cans, mailboxes, and even mechanized pedestrians and cyclists. The area will serve as a testing ground where the vehicles can experiment with real life situations over and over again.

Con esta descripción, empiezo a ponerme nervioso en realidad. Esta zona tiene el privilegio de ser llamada ciudad porque, fíjense, tiene  bocas de riego, buzones postales y papeleras y, en el colmo de la sensibilidad, unos dispositivos mecánicos que se asemejarán a peatones y ciclistas. Todo ello para disponer de un lugar de experimentación controlada sobre diferentes aspectos de la movilidad autónoma O me pierdo algo, o este nuevo greatest hit se parece demasiado a otros laboratorios urbanos sin personas. El de Nuevo Mexico es mi favorito, ha ocupado suficiente espacio en el blog y sigo mencionándolo en las conferencias, pero hay otros en la recámara.
Michigan Economic Development Corporation 
En este caso, la instalación acaba de ser inaugurada y este breve reportaje de la BBC (que siempre son mejores que la reproducción acrítica de notas de prensa) ayuda a entender la lógica y el tipo de problemas técnicos que pretende abordar una instalación de testeo de este tipo, desde la comunicación entre vehículos hasta la comunicación con las infraestructuras viarias, pasando por los permisos de paso y la ordenación de los flujos de tráfico

University of Michigan 
Es la banalización de la ciudad y la espectacularización de la tecnología. A pesar de todo el esfuerzo por reconstruir el aspecto esperable de una ciudad, todo resulta sumamente artificial. Faltan, sobre todo, los humanos, intercambiables por algoritmos que eviten su imprevisibilidad, faltan los sucesos inesperados, las condiciones cambiantes, el caos. Faltan las otras formas de moverse en la ciudad. Seguramente me pierdo muchos detalles y me  dirán que todas estas circunstancias se pueden simular. Pero se simula lo que no se conoce y lo que se espera. Me pregunto esto los días que nos enteramos que se puede hackear y tomar a distancia el control de un coche. Me pregunto el sentido de esforzarse en simulacros artificiales de aparatos y sistemas que tarde o temprano tendrán que enfrentarse a una realidad con humanos. Porque aunque podamos pensar el coche sin conductor, la parte más importante del mismo seguirá siendo el control humano y tendrá que enfrentarse a dilemas morales que tendremos que decidir como humanos. Al conducir, los seres humanos estamos continuamente tomando decisiones, muchas de ellas instintivas basadas en la experiencia, el entrenamiento, las normas de circulación y seguridad vial y las normas morales. En un escenario en el que todas estas decisiones pasen a estar controladas por algoritmos, ¿qué parámetros de comportamiento moral estarán insertados en estos coches autónomos y automáticos? Pensemos en una situación en la que un animal se cruza en la carretera: ¿frenará el coche o decidirá que no pondrá en riesgo al conductor o al propio vehículo ante la posibilidad de patinar o salirse de la calzada? ¿Y si en lugar de un animal es un niño? ¿Y si en lugar de un niño cualquier es nuestra propia hija? ¿Y si es un camión de sustancias peligrosas, un autobús público,...? Quizá tendríamos que cuestionarnos más este tipo de cosas en lugar de tanta perfección técnica.


Bonus track. Magnífico texto: Auto Correct Has the self-driving car at last arrived?

viernes, 6 de febrero de 2015

Robocops para el tráfico

Ví por primera vez la foto hace unos meses y la guardé en la etiqueta de cosas raras, sospechando que habría  algún detalle que se me escapaba o que necesitaba más información para entenderla. Lo que vemos es una rara mezcla de retrofuturismo en acción y la materialización más extraña de los sueños húmedos de la robotización de la ciudad. La noticia proclamaba que la República Democrática del Congo empezaba a reclutar robocops. Casi nada.

Fuente: Brian Sokol
Hace unos pocos días, en Citiscope encontraba más respuestas, sobre todo a través de las fotografías de Brian Sokol. La urbanización acelerada de los grandes núcleos urbanos en África es una de esas historias que, a pesar de ser la responsable de la letanía "la mayoría de la población es urbana" apenas cuenta con atención. Y, sin embargo, una de sus consecuencias más palpables es su motorización sin apenas capacidad para dotarse de infraestructuras viales adecuadas. Así que en Kinshasa se han decidido a hacer la revolución tecnológica de la ciudad a su manera.

Veamos las especificaciones técnicas: unas dimensiones fenomenales (¿quién se atreve contra un policía de este tamaño?), giros de 360 grados para regular el tráfico en los cruces, alimentado por energía solar, imposible de corromper porque, al fin y al cabo, los robots no aceptan mordidas, cámaras incorporadas que alimentan el centro de tráfico de la ciudad, estructura metálica, capaz de ofrecer señales visuales y audibles a los conductores, habla francés y lingala, coste de producción en torno a los 10.000$, etc.

Estas máquinas han sido diseñadas y fabricadas en Kinshasa, e instaladas posteriormente en otras ciudades como Lubumbashi, y detrás de ellas está una cooperativa de mujeres Women's Technology (Wotech) liderada por Thérèse Kirongozi. Y, sí, el concepto en sí me desorienta y tiene algo inquietante, pero es una hisotira que, en cualquier caso, cuenta mucho sobre lo que está pasando y no vemos sobre el asalto tecnológico a la ciudad en gran parte del mundo.


Fuente: Al Jazeera

miércoles, 14 de enero de 2015

Ética y tecnología: haciendo preguntas

Recapitulando algunas lecturas he releído un buen texto de Michael Sacasas, Do artifacts have ethics? Como reminiscencia del influyente texto de Langdon Winner, Do artifacts have politics?, Sacasas plantea un listado de preguntas a hacerse desde un punto de vista ético respecto al diseño y el despliegue tecnológico. Aquí van las 10 primeras, hasta un total de 41:

  1. What sort of person will the use of this technology make of me?
  1. What habits will the use of this technology instill?
  1. How will the use of this technology affect my experience of time?
  1. How will the use of this technology affect my experience of place?
  1. How will the use of this technology affect how I relate to other people?
  1. How will the use of this technology affect how I relate to the world around me?
  1. What practices will the use of this technology cultivate?
  1. What practices will the use of this technology displace?
  1. What will the use of this technology encourage me to notice?
  1. What will the use of this technology encourage me to ignore?

Como listado, enlaza perfectamente con los 76 reasonable questions to ask about any technology de Jacques Ellul (otro autor, junto a Winner, del que estoy leyendo mucho gracias a la tesis), un catálogo de cuestionamientos desde el punto de vista ecológico, social, práctico, moral, ético, vocacional, metafísico, político y estético, de donde rescato, por ejemplo:

  • What values does its use foster? 
  • What is gained by its use? 
  • What are its effects beyond its utility to the individual? 
  • What is lost in using it? 
  • What are its effects on the least advantaged in society? 
La necesidad de cuestionar de manera crítica la tecnología es uno de los temas que suelo abordar cuando hablo de smart cities y, según el contexto, a veces obtengo caras de fastidio o aburrimiento pragmático. Una especie de "no nos aburras con estas minucias que las cosas van muy rápido". Puede ser. O no. Creo que es una necesidad absolutamente práctica si se quiere, aunque menos celebratoria.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La ciencia de las ciudades desde lo cotidiano

En los últimos tiempos parece imponerse una nueva forma de entender el funcionamiento de las ciudades, la promesa de reunir toda la gama de rastros de información digital de la vida urbana y gestionar esta cantidad de datos con modelos inteligentes de predicción del comportamiento de los diferentes subsistemas urbanos. Esta búsqueda de una comprensión completa de lo que ocurre en las ciudades toma la forma de un enfoque atractivo para el diseño y la gestión urbana, aprovechando la computación ubicua y las tecnologías situadas como nuevo instrumental de análisis para la toma de decisiones. La intersección entre el código y el espacio se hace más evidente que nunca y nos hemos apresurado a construir visiones utópicas que afirman la posibilidad de la predicción (y el control) total de cualquier elemento relacionado con los servicios urbanos (transporte, gestión del agua, residuos, información ciudadana, emergencias, etc.) y parece imponerse un relato protagonizado por la automatización de los procesos de conocimiento sobre el hecho urbano.
Portada del especial Science and the city de Nature (Octubre 2010)
Una nueva ciencia de las ciudades, como suma de las predicciones cuantitativas del big data, las auto-denominadas tecnologías inteligentes o el Internet de las Cosas, asegura que todo va a ser predecible y todos los rincones de la ciudad serán examinados en el marco de una compleja red de sensores y dispositivos de cualquier tipo. En cierto modo, convertir el conocimiento científico en conocimiento útil para la comprensión de las ciudades a nivel macro y micro parece una ambición razonable y plausible. Geoffrey West, por ejemplo, ganó la atención gracias a una de esas charlas TED que inexplicablemente ha recibido una enorme atención por su simplicidad, insiste en la previsibilidad de ciertos factores que pueden ser comunes a cualquier realidad urbana en términos de crecimiento de la población o la movilidad usando ciertas leyes derivadas de las ciencias físicas. Recientemente, la New York University ha lanzado el  Center for Urban Science and Progress como programa de investigación basado en la explotación del big data como materia prima para una nueva ciencia de las ciudades. Son muchos otros los ejemplos de compañías y proyectos tecnológicos en diferentes ciudades (con el centro de control de Rio de Janeiro como ejemplo más aplaudido) que prometen dominar absolutamente lo que sucede en la ciudad con un conocimiento supuestamente aséptico y neutral basado en los datos y el código. Supuestamente, unas leyes ocultas de la ciudad organizan la vida colectiva y hoy somos capaces de descifrarlas a través de nuevas técnicas cuantitativas que nos ofrecen un conocimiento neutro y verificable, indiscutible, ideológicamente inofensivo y abstracto.

Pero ni los datos ni el código son neutrales. De nuevo, se trata de una magnífica puerta abierta a nuevos procesos de investigación y análisis para entender las ciudades y el comportamiento de quienes vivimos en ellas para crear servicios más eficientes, pero sería bueno evitar el triunfalismo y, sobre todo, es hora de reclamar el papel de las ciencias sociales que las visiones tecnológicas y deterministas parecen estar imponiendo en esta ciencia de las ciudades. Bienvenidas las nuevas técnicas y los nuevos saberes a un campo, el de los estudios urbanos, con una larga y sólida trayectoria construida con la contribución de tantas disciplinas: sociología urbana, economía regional, psicología ambiental, urbanismo, arquitectura, antropología, derecho, etc. Son estas disciplinas y las diferentes perspectivas desde las que estudian la complejidad humana las que son capaces de hacerse preguntas más allá de esa supuesta neutralidad. Disponer de material de trabajo en forma de ingentes datos digitales no nos libera de seguir haciéndonos las preguntas correctas y de reconocer que los conflictos y tensiones de siempre siguen siendo relevantes.

Hace unos meses esbozaba algunas escenas de la vida cotidiana en las que la tecnología no es la única respuesta a los diferentes comportamientos espontáneos y acciones que suceden en las ciudades cada día. Parece simplista e ingenuo de alguna manera, pero es importante descubrir la relación y el papel de las tecnologías en la ciudad en el uso concreto y en las interacciones cotidianas que se dan en cada intersección de un acto cotidiano con cualquier elemento de código digital. En este sentido, el libro Urban Code (publicado por GTA Verlag y MIT Press), una recopilación de lecciones para entender la ciudad, por Anne Mikoleit y Pürckhauer Moritz, es un gran ejemplo de observaciones sobre cómo la vida cotidiana se organiza en un barrio (leer la lista completa aquí). El barrio del SoHo de Manhattan es utilizado por los actores para llevar a cabo un estudio de observación basado en escenas de la vida cotidiana. Sin tener nada que ver con el campo tecnológico, este estudio es un ejemplo de la necesidad de no olvidar la complementariedad de herramientas y enfoques a la hora de abordar el estudio del funcionamiento real de la vida colectiva en un entorno urbano. Es sólo un ejemplo de toda una tradición y una compleja genealogía de conocimientos acumulados que son relevantes, como siempre lo han sido, pero parecen escapar de las visiones más asépticas de la nueva ciencia urbana.


Cómo y por qué la gente usa los espacios públicos, se reúne en las intersecciones, usa el transporte público, conoce amigos, busca el sol o se organiza en común, utiliza o deja de utilizar determinadas aceras o plazas, escoge ciertas localizaciones para sus negocios, cruza o no en ámbar, apaga las luces de una habitación cuando no hay nadie en ella, diseña los escaparates de las tiendas, se sienta en unos bancos y no en otros, rehuye ciertas calles, etc.

Todo ello esconde una gran cantidad de código oculto que no aparece en los relatos más optimistas de la visión tecnológica  de la ciudad inteligente . De hecho, Urban Code no es otra cosa sino una exploración actualizada en un barrio determinado sobre la base de algunos de los “sospechosos habituales” de cualquier bibliografía sobre lo cotidiano en la ciudad:  Christopher Alexander,  Jane Jacobs, Kevin Lynch o William H. Whyte. La mayoría de estas “100 lecciones” son claramente una invitación a ampliar algunos puntos de vista predominantes sobre las ciudades y evitar la condena de Sísifo de esperar un nivel de previsibilidad que nunca va a suceder (o la ansiedad maximización de la eficiencia, como destacaba hace poco Dan Hill). Evidentemente, están surgiendo formidables herramientas y capacidades para facilitar la comprensión de lo que sucede en una ciudad aprovechando las potencialidades del big data y se pueden utilizar para cualquier propósito: desde los patrones de demanda de energía para los flujos de tráfico a  la comprensión del pulso y el sentimiento de los ciudadanos, desde  la personalización de la prestación de servicios públicos a la modelización del tráfico y la adaptación en tiempo real de sus flujos, etc. Pero todavía existe una amplia capa de información cualitativa difícilmente digitalizable que es de valor fundamental y es parte de un código oculto, la inteligencia en las calles.

Quizás el ejemplo más extremo de esta visión aséptica de la ciudad es el proyecto –estancado, por otra parte- de construir una ciudad sin personas como laboratorio para la prueba de tecnologías smart. Puede que sea, por extremo, demasiado anecdótico, pero es la mejor forma de ilustrar una visión sobre el control y gestión de los servicios urbanos y el desarrollo de tecnologías urbanas que entiende las ciudades como objetos físicos y materiales estáticos y controlables. Pero, y aunque sea una obviedad absoluta hay que decirlo, una ciudad son personas.


Versión revisada del post publicado en La Ciudad Viva con el título La ciencia de las ciudades desde lo cotidiano y ampliada también respecto a la anterior versión en inglés, Decoding how cities work: street level observations.

jueves, 17 de enero de 2013

Tres libros que leeré en 2013: civic coders, the city as interface y ubiquitous computing

Este año, si se cumplen las previsiones, tendremos la suerte de poder leer los libros de tres nombres que forman parte de mi lista particular de gente que dice cosas sensatas sobre el papel de las tecnologías digitales en la vida urbana. Lo comento por si quieres estar pendiente y, sobre todo, por si quieres seguirles la pista si aún no lo haces.

BIG DATA, CIVIC CODERS, AND THE QUEST FOR A NEW UTOPIA parece que será el libro que Anthony Townsend publicará en octubre de 2013. Sus conferencias y sus escritos sobre las smart cities son un cuestionamiento coherente y solido de este tema, así que el libro promete desarrollar en especial una de las líneas de trabajo que está desarrollado desde el Institute for the Future sobre planet of civic laboratories.
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THE CITY AS INTERFACE. HOW NEW MEDIA ARE CHANGING THE CITY es el libro resultante de la tesis doctoral de Martijn de Waal y que nai010 publicará en marzo de 2013. Implicado en The Public Matters y en The Mobile City, desde donde ha organizado en los últimos años actividades de exploración del papel público de la esfera de objetos conectados y la posibilidad de apropiación cívica de estas tecnologías, le sigo la pista desde hace tiempo, así que el libro promete ser una buena referencia.
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THE CITY IS HERE FOR YOU TO USE: URBAN FORM AND EXPERIENCE IN THE AGE OF UBIQUITOUS COMPUTING es el prometido libro de Adam Greenfield, del que además ya tenemos un adelanto en forma de 100 proposiciones. Aún no hay una fecha esperada para la publicación, pero sin duda, al igual que Everyware, será un lectura central e influyente.
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viernes, 21 de diciembre de 2012

Week picks #9

COSM 

The Internet of Things is happening, and it’s being built right here on Cosm. Founded as Pachube in 2008, Cosm has grown under the vision that open is better than closed and sharing is better than hoarding. Today, Cosm is the platform, API and community where devices, information, developers, apps and commercial applications come together to bring connected products and ideas to life.

Cosm is a secure, scalable platform that connects devices and products with applications to provide real-time control and data storage. Using Cosm's open API, individuals and companies can create new devices, develop prototypes, and bring products to market in volume. Cosm offers a way to launch internet enabled products without having to build any backend infrastructure. As a LogMeIn company, our platform runs within LogMeIn datacenters, providing world-class security and reliability.

As an early entrant and thought leader to the Internet of Things, Cosm has an established and engaged community of developers, makers and enthusiasts who work on a diverse range of hardware, projects and products. They are initiating crowdsourcing movements, building new devices and exchanging data.

STADSLAB AMSTERDAM 


STADSLAB AMSTERDAM is a platform that allows Amsterdammers to collaborate on developing new ways of improving the vitality and liveability of their city. STADSLAB AMSTERDAM is involved with various projects and is concerned with the fundamental redevelopment of the city, also in regards to developing the city as a learning environment and discovering new design principles. STADSLAB AMSTERDAM is dedicated to helping and collaborating with a wide range of groups, including residents, business owners, professionals, governmental representatives, directors and scientists.


COMMON SENSE
Mobile sensing for community action

We are developing mobile sensing technologies that help communities gather and analyze environmental data. We hope that this hardware and software will empower everyday citizens to learn more about their environment and influence environmental regulations and policy.

We have developed various research prototypes, which are being used in studies such as a deployment on street sweepers in San Francisco and a deployment of a handheld device in West Oakland. Right now we are focusing our efforts on air quality sensing. Our hope is that our research prototypes will demonstrate the utility of embedding environmental sensors in commercial commodity devices such as mobile phones.
Our project name “Common Sense” refers to Thomas Paine's famous treatise on democracy, because we hope our project will illustrate ways in which everyday citizens can use sensing technologies to conduct citizen science and participate in the political process. The project name also emphasizes the notion that sensing data can be shared in common by communities, that individuals can join together to collect and analyze environmental data.



Week picks series features every Friday some initiatives and projects I found or want to highlight on this blog. It will help me to track new findings from community groups, startups or local governments working and delivering solutions relevant to the issues of this blog. I often bookmark them or save them on Tumblr while I wait to use them. Maybe this a good way.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Week picks #7


FUTURE CITIES LABORATORY

FCL was established by ETH Zurich and Singapore’s National Research Foundation (NRF). It is run under the auspices of the Singapore-ETH Centre for Global Environmental Sustainability (SEC). Collaborating academic partners include the National University of Singapore (NUS), Nanyang Technological University (NTU), and the École Polytechnique Fédérale de Lausanne (EPFL).
The Future Cities Laboratory (FCL) is a transdisciplinary research centre focused on urban sustainability in a global frame. It is the first research programme of the Singapore-ETH Centre for Global Environmental Sustainability (SEC). It is home to a community of over 100 PhD, postdoctoral and Professorial researchers working on diverse themes related to future cities and environmental sustainability.

THE CRYSTAL

The Crystal is a sustainable cities initiative by Siemens that explores how we can create a better future for our cities. It is home to the world's largest exhibition focused on urban sustainability.
As a world-class centre for dialogue, discovery and learning, it reveals the challenges that cities face, and the ways we can reduce their environmental impact using sustainable technologies, many available today.
Based in the Royal Victoria Docks, the centre of London's new Green Enterprise District, the Crystal is a natural home for thought leadership on urban sustainability. It provides a global knowledge hub that helps a diverse range of audiences learn and understand how we can all work to build better cities for ourselves and for future generations.
The Crystal is for everyone who cares about creating a better future for our cities. It inspires a dialogue about a shared sustainable future: how we live in cities, how we struggle with them, how we can make them more attractive, and balance environment, economy and quality of life.

CENTER FOR URBAN SCIENCE & PROGRESS

For the first time in history, more than half of the world’s population lives in urban areas; in just a few more decades, the world's population will exceed 9 billion, 70 percent of whom will live in cities. Enabling those cities to deliver services effectively, efficiently, and sustainably while keeping their citizens safe, healthy, prosperous, and well-informed will be among the most important undertakings in this century.
CUSP will tackle these urban challenges and set the research agenda on the science of cities, educating the next generation of engineers in how to apply that research, bringing innovative ideas to a world market, and creating a new, fast-growing, and indispensible industry—along with the many jobs that go with it.
At the scale at which it will operate, CUSP will generate an entirely new sector in New York City’s economy, placing it at the center of a global stage in this field.
Using cities as a "living laboratories" will be essential to CUSP's research enterprise. We will work with municipal agencies in each of CUSP's partner cities, using their real-world problems to target our research and apply our solutions in real-world settings. In New York, the Metropolitan Transportation Authority has already agreed to be our prototype partner in this sphere, giving CUSP’s researchers access to the very specific scientific and engineering challenges the agency faces in the coming years. In so doing, we will create a template for forming similar living laboratory partnerships with other agencies around the globe.

FUTURE CITIES CATAPULT

Catapults are centres of excellence that bridge the gap between business, academia, research and government. They are a powerful new element in the UK economy, helping businesses develop relevant and exciting ideas in receptive and invigorating environments.
By promoting collaboration and knowledge exchange, many progressive businesses and organisations will be able to build new partnerships with reduced risks.  Companies in a wide range of markets will see the Catapults as an invaluable resource to develop their businesses.
Cities are more economically active and have a lower environmental footprint than average, but they are struggling with climate change, changes in population, congestion and pressure on resources. To succeed in the future, new integrated and city-wide solutions are needed.
More than £6.5tn will be invested globally in city infrastructure over the next 10-15 years. The accessible market for integrated city systems is estimated to be £200bn a year by 2030.
The UK has the strength to exploit this market. We have world-leading companies in project management, engineering, architecture, energy and transport systems, communications and the digital economy, finance, legal and insurance. Our ability to bring together the cluster of companies needed to design, finance, risk manage and execute large infrastructure projects makes the UK a major global centre for such projects. The Future Cities Catapult will join business, city governments and academia in a unique collaboration to enable business to develop products and services for the cities of the future.
It will test innovative business solutions in a series of large-scale demonstrator projects, help to put the citizen at the heart of the city by integrating city systems, and take on challenges such as increasing city density without increasing congestion and moving to a low-carbon economy. Update: We are working with interested businesses and groups to plan for the establishment of the Future Cities Catapult. We aim to confirm the scope and vision shortly.

Week picks series features every Friday some initiatives and projects I found or want to highlight on this blog. It will help me to track new findings from community groups, startups or local governments working and delivering solutions relevant to the issues of this blog. I often bookmark them or save them on Tumblr while I wait to use them. Maybe this a good way.

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