martes, 12 de diciembre de 2017

Innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente

Ayer se presentó el informe anual de la Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro, para el que he contribuido con uno de los capítulos. Puedes encontrarlo aquí completo en pdfInnovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente, mientras comparto por aquí algunas secciones en los próximos días.

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Presentación
El ascenso de la sociedad conectada y el renovado interés por las ciudades y los espacios locales de gobernanza han situado los entornos urbanos como protagonistas de diferentes tendencias relacionadas con la esfera digital. La ciudad inteligente (smart city) ha aparecido en los últimos años como modelo de referencia para explicar las interacciones entre el progreso tecnológico impulsado por los diferentes vectores digitales, el cambio cultural en los patrones de comportamiento social y de organización industrial y la transformación de la gestión de los servicios públicos. En este escenario de aparición de innovaciones de diferente signo, tanto de carácter técnico como institucional, la referencia a las ciudades inteligentes busca asentar un marco para comprender de manera organizada e integral un horizonte posible para hacer realidad las promesas de personalización, optimización, adaptación en tiempo real… en el funcionamiento cotidiano de los servicios públicos y las decisiones que organizan y dan forma a las ciudades.

Se trata de un modelo aún en construcción y el presente capítulo quiere aportar luz sobre sus bases conceptuales y sus aplicaciones prácticas. En la medida en que estamos ante un término que está ya orientando la acción de empresas, instituciones y organizaciones sociales interesadas por contribuir al desarrollo urbano y social, necesitamos reflexionar sobre sus significados más profundos, no sólo desde el punto de vista de la transformación digital de nuestras ciudades, sino también desde sus implicaciones en la sociedad y en la aspiración de avanzar hacia ciudades a escala humana que ofrezcan calidad de vida a la población. El presente artículo, sin ser un estudio exhaustivo, quiere servir como introducción a los diferentes instrumentos y proyectos que se están ya poniendo en marcha para hacer realidad la ciudad inteligente, valorando el impacto tecnológico sobre las expectativas de una sociedad crecientemente conectada.

Por último, el capítulo quiere apuntar diferentes elementos de debate social. En la medida en que la smart city es un modelo asentado, pero en discusión, queremos resaltar algunas cuestiones prácticas y éticas que se abren en este escenario de presencia masiva de la tecnología en el funcionamiento urbano. Se trata de un debate de actualidad que forma parte de una dinámica más amplia de cambio en cualquier esfera social, desde la economía y el desarrollo industrial hasta los hábitos sociales o el desarrollo de nuevas prácticas de profundización democrática.



Índice
1. Un mundo urbano: las ciudades en la era digital
1.1. Un mundo urbanizado
1.2. Un mundo conectado
2. La ciudad equipada digitalmente como ciudad inteligente
2.1. El ascenso de la smart city como modelo urbano
2.2. Si no has oído hablar de ella, da igual: ya vives en ella
2.3. Si has oído hablar de ella, tal vez no te aclares mucho. El problema de la definición de la smart city
2.4. Las tecnologías que dan forma a la ciudad inteligente
2.5. Más allá de la transformación digital: el cambio cultural de la sociedad conectada
3. La ciudad inteligente en acción: inteligencia tecnológica para la transformación de la ciudad
3.1. No existe una ciudad inteligente
3.2. Un mundo urbano, muchos tipos de ciudades
3.3. Las diversas formas de la ciudad inteligente en la práctica
3.4. Una visión de conjunto: oportunidades y promesas de la ciudad inteligente
4. El desarrollo de la smart city en España
4.1. Plan Nacional de Ciudades Inteligentes
4.2. Red Española de Ciudades Inteligentes
5. Los retos de futuro: la escala humana en la ciudad inteligente
5.1. Retos prácticos y tecnológicos
5.2. Retos políticos y sociales
6. Conclusión: ¿tecnologizar la ciudad o urbanizar la tecnología?

viernes, 1 de diciembre de 2017

Presentación del Informe España 2017 (Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro)

Hace unos meses me encargaron un texto para el informe anual que publica la Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro de la Universidad de Comillas. Estos informes, publicados desde 1994, buscan aportar análisis sobre cuestiones de fondo sobre la realidad social española. Para cada año se seleccionan algunos temas más específicos dentro del listado de prioridades que se trabajan en estos informes (política y democracia, nueva ciudadanía, innovación educativa, violencia contra la mujer, refugiados, sanidad pública, etc.).

Este año han querido incluir un capítulo específico sobre la realidad urbana y su relación con las tecnologías inteligentes, capítulo del que me he encargado. Todo esto para avisar, por si te interesa, que el Informe España 2017 se presentará el lunes 11 de diciembre en Madrid. Aquí tienes toda la información para asistir. El informe estará disponible en la web a partir de ese día, y próximamente compartiré por aquí los contenidos del articlo que he aportado.


Contenidos del informe

Política en términos de incertidumbre: síntomas, causas y propuestas
José Fernández-Albertos (Instituto de Políticas y Bienes Públicos, CSIC)

“Sueños rotos”: La trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual
Carmen Meneses (Universidad Pontificia Comillas)

La importancia de las evaluaciones : referentes internacionales y calidad educativa
David Cervera Olivares (Consejería de Educación CAM ) y Guillermo Gil Escudero (GMG: Psicoterapia y Educación)

La jubilación en España: ¿hacia el envejecimiento activo con pensiones insuficientes
Jonas Radl y María Sánchez-Domínguez (Universidad Carlos III de Madrid Grupo de Estudios “Población y Sociedad” (GEPS))

Dependencia y cuidados
Antonio Abellán (CSIC), Julio Pérez (CSIC), Alba Ayala (CSIC), Rogelio Pujol (INE )y Gerdt Sundström (Institute of Gerontology, Jönköping University (Suecia))

La innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente
Manu Fernández

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Big data y nuevas epistemologías urbanas


Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

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(...) Las implicaciones de las capacidades de recolección, almacenamiento, procesamiento y explotación de cantidades masivas de datos en un escenario de datificación de cualquier realidad social, empresarial, económica, etc. apenas han sido exploradas de manera crítica. De nuevo, nos encontramos ante una primera fase de socialización espectacularizada de un concepto y unas tecnologías que sólo ahora empiezan a apuntar sus desafíos pero que en la esfera urbana ya se han desplegado en los servicios de transporte, los sistemas de vigilancia pública, el pago de impuestos, etc. Uno de estos desafíos, quizá el que más se relaciona con el día a día ciudadano y el más capaz de generar impactos mediáticos es el relacionado con su potencial como tecnología de control y vigilancia y como mecanismo de discriminación laboral, criminal o como consumidores. Podemos hablar de una ansiedad creciente sobre la reducida capacidad de actuar frente a mecanismos de control social automatizados, invasivos, imperceptibles y masivos que están detrás de episodios de espionaje, pero también en niveles más cotidianos (principalmente, a través del control de preferencias y gustos para la manipulación comercial como consumidores). Sin embargo, el desafío va más allá y, en muestro caso, nos interesa más su relación con la pretensión de construir unas nuevas bases científicas para el estudio del hecho urbano y la ciudad contemporánea. La mitología del big data ofrece una relación directa entre más datos disponibles y una mayor precisión en la verdad, pero tal afirmación requiere entender las implicaciones epistemológicas y culturales de los datos masivos.

What Big Data Means For Big Cities 
La propuesta de “revolución” científica del big data no implica sólo una acumulación cuantitativa de información para la mejora del conocimiento, sino también una mejora cualitativa al permitir traspasar los límites de la ciencia normal para llegar a una nueva revolución científica. No se trata sólo de una cuestión de volumen, sino también de velocidad y variedad, de manera que la revolución del conocimiento que se derivaría de los datos masivos representa no un cambio de escala o mejor precisión, sino también otra nueva precisión científica, otra forma de conocimiento científico. Si tal es el caso, es evidente que debemos tomar con moderación esta nueva condición científica para comprenderla con claridad en su despliegue en cualquier esfera (finanzas, industria, salud, seguros, deportes,..).

Con estas premisas, el movimiento del big data ofrece para la ciudad un campo prioritario de actuación en el ámbito del análisis predictivo (por ejemplo, en proyectos relacionados con la seguridad ciudadana y la criminalidad, como el caso del uso de PredPol en el departamento de policía de Los Ángeles  en Estados Unidos o el ComptStat utilizado en ciudades como Nueva York), el análisis de sentimientos (principalmente a través de la exploración de las redes sociales), las ciencias naturales (los trabajos del CERN o la secuenciación genómica, por ejemplo), el urbanismo cuantitativo, las ciencias sociales o el periodismo de datos, por citar sólo unas ejemplos de aplicación. Esta capacidad predictiva potencialmente se sumaría como un nuevo instrumento de las políticas públicas: la capacidad de anticipación haciendo uso del big data acumulado por hechos pasados y a través de los cuáles se podrían establecer patrones confiables que son esperables en el futuro. Sin embargo, inferir de hechos pasados patrones futuros, a pesar de ofrecer posibles avances para la anticipación del despliegue de servicios en la ciudad, tiene indudables limitaciones, especialmente en un escenario tan complejo e imprevisible como la ciudad. Realizar previsiones y asumir patrones sobre hechos pasados es una práctica natural y cotidiana en cualquier actividad humana. También lo es, y tenemos ya una demostrada capacidad para hacerlo, la actividad de planificación urbana, basada en buena medida en la relación entre expectativas futuras y patrones pasados o actuales. Sin embargo, también sabemos de la dificultad para hacer realidad las estrategias y planes en cualquier ámbito y también en el gobierno y gestión de la ciudad. Somos seres planificadores pero la realidad limita siempre nuestros sueños de un cumplimiento perfecto de esas planificaciones. Los servicios de movilidad urbana, por ejemplo, llevan décadas mejorando a través de planificaciones y capacidad predictiva para modular su despliegue. Y, a pesar de ello, su nivel de acierto es moderado.

Esta ideología cultural de fetichización de los datos, tal com destaca César Rednueles en Sociofobia, se ha infiltrado en la sociedad, en las prácticas científico-tecnológicas, en los discursos institucionales y en los estudios sociales en una época dominada por las redes sociales como espacio de socialización y, sobre todo, de promoción de nuevos negocios y novedades tecnológicas. Se sitúa así como artefacto mitológico con significados implícitos que validan socialmente su propuesta de valor y se presentan como ideales auto-cumplidos. El big data se presenta, de hecho, como un asidero en el que las ciencias sociales pueden incluso quitarse de encima su complejo frente a las ciencias matemáticas, ya que ahora disponen de un instrumental para dotar de potencial estadístico comparable al de otras ciencias cuantitativas. Las disciplinas humanísticas, bajo esta lógica, disponen de una nueva oportunidad para proclamar su carácter de ciencia cuantitativa. Sin embargo, se trata de una reclamación poco afinada. Trabajar con big data sigue siendo una actividad subjetiva y aquello medido con big data no puede ser pensado como una verdad objetiva. Explotar datos masivos derivados de redes sociales, por poner un ejemplo de campo de aplicación efectista y que ha recibido gran atención en el imaginario SC, no puede proponerse como una cuantificación absoluta ni veraz de la realidad, y deberá siempre acompañarse de un descargo para indicar sus limitaciones.

Jonathan Harris — Data Will Help Us 
El big data implica, en definitiva, un extraordinario desafío sobre los marcos de trabajo de todas las disciplinas científicas, principalmente por el cuestionamiento que implica sobre el papel de la causalidad y la correlación en el método. También implica la exclusión de todo lo que no es cuantificable, sea esto la economía informal, los cuidados que prestan las personas a cargo de familiares difícilmente medibles en datos, etc.. En el escenario de espectacularización y banalización de las potencialidades y limitaciones del big data, el riesgo de los sesgos cognitivos es uno de los más decisivos. La sobre-representación de ingenieros y expertos en análisis de redes sociales en muchos de los experimentos y plataformas de agregación de datos masivos y la consecuente sub-representación de científicos sociales –más acostumbrados a hacerse preguntas y a tener en cuenta el riesgo de sesgos- está detrás de muchos de los proyectos de big data invalidados por sus planteamientos viciados. De hecho, esta misma sobre-representación es reconocida también desde el lado más crítico de las ciencias de la computación ubicua, que asume con mucha más normalidad que el discurso más dominante del big data y la smart city necesita la presencia de profesionales de las ciencias sociales y el uso de métodos cualitativos.

De la misma, estos sesgos se manifiestan en las exclusiones de información, lo que el big data no contiene en su aplicación práctica. A esta debilidad, las expectativas siempre responderán con una misma salida: si faltan datos, es precisamente porque necesitamos más datos, necesitamos ampliar el alcance de lo que podemos datificar, convirtiendo cualquier crítica sobre la insuficiencia de datos en un absurdo. Sin embargo, es precisamente en las ausencias de lo que no es cuantificable o lo que no es cuantificado donde se abren las brechas para la crítica del neo-positivismo de los datos como escenario de conocimiento perfecto de la realidad y como vía para descifrar el comportamiento humano y resolver los problemas sociales. ¿Quién deja rastro de sus actividades en la ciudad? ¿Quiénes participan en los circuitos e infraestructuras captadores de datos digitales? ¿Es esta la realidad reflejada a través de estos rastros digitales? ¿Quién no participa de estos circuitos de datificación? Y, sobre todo, ¿de qué manera el uso del big data responde a una realidad fraccionada?

lunes, 27 de noviembre de 2017

El surgimiento de la ciudad inteligente como nueva utopía urbana

(...)
Hemos apuntado ya uno de los componentes esenciales en el paisaje de reproducción del imaginario: la dificultad para identificarlo con una conceptualización coherente, unívoca y consensuada entre todos los implicados. No nos detendremos en cuestiones terminológicas o de definición, un ámbito que ha dado lugar ya a diferentes estudios comparados  y que también suele recogerse en forma de recopilación de definiciones en informes corporativos y otra literatura. De hecho, no se trata de una confusión puramente terminológica, sino también conceptual o, como proponemos en el presente estudio, una confusión sobre diferentes imaginarios tecnológicos y urbanos. Estas dificultades respecto a una definición pacífica de un término tan generalizado e influyente se han tratado de superar en ocasiones acudiendo a fórmulas o normas de estandarización (como en el caso de la Agencia Española de Normalización y Certificación o el Bristish Standards Institute), pero es posible que sólo hayan ayudado a establecer un terreno de juego más claro para los competidores privados del mercado de la smart city más que a socializar una idea comprensible de la ciudad inteligente. Ello se debe, principalmente, a que estas normas, más allá de sus títulos, que nominalmente apelan a la ciudad como genérico, estandarizan elementos parciales de esa misma ciudad inteligente, como es el caso de los catálogos abiertos, determinadas infraestructuras urbanas, etc., contribuyendo con ello a la confusión permanente entre el todo y sus partes que preside el debate sobre las smart cities.

Esta ambigüedad es característica de una presentación al público de soluciones tecnológicas que busca ser válida para cualquier contexto, circunstancia, caso de uso o ámbito, de manera que la apelación a la ciudad se convierte en táctica retórica para presentar un lugar genérico en el que tienen entrada aplicaciones e sectores tan dispares inicialmente como la salud, la vivienda o la industria. Podemos pensar que es una imprecisión calculada: el término adquiere un carácter de significante vacío que permite ser usado por agentes diversos según sus propios intereses sin que sea necesario enmendar su marco generalista, de modo que políticas, proyectos, y productos de diferente signo pueden asociarse a la ciudad inteligente sin que se quiebren sus bases conceptuales . Por todo ello, el catálogo de definiciones disponibles constituye una sucesión de sentencias dispares. La variedad de enfoques a la hora de abordar la definición de la smart city queda de manifiesto en este (incompleto) catálogo, más allá de la constante presencia con más o menos énfasis de la tecnología asociada a la esfera digital en sentido amplio. En todo caso, la mayor parte de las veces estas enunciaciones son de parte y responden a los intereses de quien las establece, que obtiene así un eslogan o reclamo con el que legitimar sus propuestas a pesar de carecer de consenso suficiente respecto a su significado.

Historic photographs transformed into surreal animated GIFs by Nicolas Monterrat

Apuntaremos ahora que, a pesar de ser un imaginario controvertido, la SC está actuando ya directamente en la agenda pública sin contener un sustrato teórico suficientemente sólido, mínimamente unívoco o contrastado. Así, a pesar de la abundancia de recursos comunicativos producidos bajo este régimen discursivo (imágenes, diagramas, presentaciones, reportajes, medios especializados, proyectos icónicos, etc.), su influencia ha podido soslayar el hecho de no disponer de una justificación convincente y generalizada sobre qué significa ser una ciudad inteligente y por qué es tan importante para el futuro urbano. Ni las diferentes presentaciones de las corporaciones más activas en este ámbito ni los primeros acercamientos a una sistematización conceptual del término han podido establecer una definición de consenso no solo sólida y mínimamente pacífica, sino cercana a la realidad cotidiana de la gestión municipal.

En todo caso, la reproducción de este imaginario está sirviendo para establecer la agenda urbana de los próximos años y se trata de un término más que emergente, al haber captado ya la atención de empresas, centros tecnológicos, decisores públicos, medios de comunicación, organizaciones sociales y ciudadanos en general presentándose como el vehículo técnico y el aparato conceptual sobre el que construir el futuro urbano. El imaginario de la smart city ha encontrado un terreno fértil en un momento de cuestionamiento de las políticas públicas, de incertidumbre sobre la viabilidad de los modelos urbanos previos, promoviendo desde esta debilidad una visión particular y pretendidamente generalizable a cualquier contexto urbano, marginando otros objetivos, imaginarios alternativos o visiones críticas sobre sus potenciales efectos negativos o ls diferentes aristas de una presencia tecnológica en la ciudad más compleja y problemática de lo que el relato de la SC ha buscado establecer. La SC, en definitiva, es un relato que opera en la realidad hoy, bien a través de manifestaciones prácticas concretas, bien a través de la modificación de la agenda de las políticas públicas y de las ideas que las alimentan.

Origen del discurso sobre la smart city
La noción de smart city ha sido puesta en el tablero de la agenda urbana por gigantes de la comunicación como IBM o Cisco En el primer caso, desde 2008, esta compañía ha desarrollado un completo proceso de transformación de su modelo de negocio y de su estructura organizativa a partir del concepto de smarter cities, posicionándose como pionera en este ámbito, llegando incluso a patentar el término de “smarter cities” el 4 de octubre de 2011 como un hito clave en la disputa entre las diferentes compañías TIC por situarse en el mercado de la smart city. Algunos autores sitúan, de hecho, el inicio del movimiento de smart cities en 2005, en una iniciativa de la Fundación Clinton, que pidió a Cisco un análisis sobre cómo sus servicios podrían contribuir a la ciudad del futuro y los servicios urbanos. Otros han identificado que ya a mediados de la década de 1990 tanto en Australia como en Malasia algunos proyectos de desarrollo urbano utilizaron por primera vez el término de “smart city” para describir intervenciones de modernización y urbanización a caballo entre la ciudad jardín y el desarrollo tecnológico. Más allá de las discrepancias sobre la primera asociación de ciudad e inteligencia, existe un consenso básico (quizás el único) en que ha sido la acción decidida y consciente de un grupo muy reducido de empresas globales el factor fundamental para sacar este término desde lo residual a lo hegemónico.

El debate de la smart city se trata, de hecho, de una cuestión que, al menos en la última década, ha ido ganando posiciones en la agenda de investigación urbana, moviéndose inicialmente desde el optimismo tecnológico sobre el potencial de la computación ubicua  hasta la distopía crítica sobre sus consecuencias más negativas. Así, la SC surge como un imaginario tecnológico que busca comprender los desafíos de un mundo urbano en un periodo de transformación tecnológica como la que estamos viviendo. Su plasmación y reproducción ha florecido a través de una red de eventos, actividades de relaciones públicas de las empresas interesadas, un circuito de revistas especializadas surgidas al calor del tema, colonización de espacios periodísticos y comerciales en medios de comunicación, vídeos promocionales, infografías convertidas en memes, etc. Este despliegue se ha mostrado manifiestamente celebratorio, exploratorio, tentativo, especulativo o performativo, según los casos, pero al estar aún en su infancia si pensamos en el tiempo que requieren los conceptos sociales para establecerse, podemos cuestionarnos si ha sido también suficientemente crítico o, mejor, si ha tenido capacidad de acoger voces o visiones contradictorias o complementarias.

El impulso inicial de la SC tiene su origen en el entorno empresarial que suele denominarse el mercado de las smart cities, representado por empresas tecnológicas como IBM, Cisco Systems, Siemens, Orange, Alcatel-Lucent, Telefonica, Microsoft, Oracle, Toshiba, Schneider Electric, Hitachi, GSMA, SAP, etc. La formulación inicial de la SC se asoció pronto con un modelo que le pudiera dar soporte conceptual. Para ello, la descripción más difundida de la smart city como sistema de sistemas se ha vinculado de manera recurrente con un marco analítico surgido de un proyecto de investigación europeo y finalizado en 2007, sólo unos meses antes de la puesta en escena de las primeras estrategias de corporaciones tecnológicas relacionadas con el tema. Así, el estudio European Smart Cities  es el origen de un esquema que, en diferentes variantes , ha tratado de sistematizar el objeto de interés de la smart city a partir de seis características definitorias de una ciudad inteligente:
Smart Economy: una ciudad que promueve el emprendimiento, la innovación, la productividad, la competitividad,…
Smart People: una ciudad que cuenta con una ciudadanía formada e informada, activa y participativa y que promueve la igualdad
Smart governance: una ciudad que promueve formas de gobierno electrónico, que innova en nuevos procedimientos y modelos de gobernanza, basada en las evidencias para la toma de decisiones y que fortalece esquemas de transparencia, participación y control ciudadano de la actividad de las instituciones
Smart mobility: una ciudad con sistemas inteligentes y eficientes de transporte, que promueve la movilidad multi-modal, etc.
Smart Environment: una ciudad que promueve la sostenibilidad y la resiliencia, que se propone objetivos de eficiencia energética y lucha contra el cambio climático,…
Smart Living: una ciudad que apuesta por mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

Estas dimensiones se han convertido en un estándar del imaginario (debido a que ofrecía, a falta de un modelo propio, una visión suficientemente amplia y genérica de todas las esferas de la vida en la ciudad). Sin embargo, la vinculación de la SC a este modelo es problemática. Por un lado, este modelo nació con el objetivo de ser una comparación de indicadores entre diferentes ciudades europeas y con la vocación de servir como un ranking de calidad de vida. El uso de la etiqueta “smart” en el caso de este proyecto era claramente simbólica pero no implicaba una relación directa con la presencia de la tecnología en ninguna de esas seis áreas salvo en el caso del transporte y la movilidad y, en menor medida, en el apartado de la gobernanza. De la misma forma, el tenor de la definición que ofrece de una smart city  es radicalmente diferente de cualquier otra definición surgida posteriormente al calor de la SC e incluso usando esta misma división de áreas temáticas. Por último, el uso de un esquema de este tipo funciona a modo de legitimación de un interés por trabajar desde la SC todos los aspectos que definen una ciudad, pero la realidad del discurso, como veremos en adelante, ha sido mucho más restrictiva en sus preocupaciones. A pesar de todo ello, la SC alimentó su carga discursiva en el origen utilizando este marco analítico y con el tiempo ha seguido utilizándolo con diferentes variaciones sobre el mismo tema.

La SC puede ser entendida como una construcción discursiva claramente ligada a la industria tecnológica global. Estas compañías, como proponentes originales y preponderantes en la construcción del régimen discursivo, han conseguido situar en el escenario de la piel digital de la ciudad una propuesta atractiva a primera vista: resolver los problemas tradicionales y actuales de las ciudades en un mundo urbano conformado por ciudades caóticas es relativamente sencillo porque disponemos de la tecnología pertinente para superar cualquiera de esos problemas sin necesidad de otras transiciones culturales, políticas, normativas, etc. La tecnología (y estas empresas como proveedoras y acumuladoras del capital económico y cognitivo necesario) sólo necesitan disponer de la ciudad y sus sistemas como territorios de implantación de soluciones que aliviarán los problemas críticos de tráfico (gracias a un control automático y en tiempo real de la infraestructura que lo gestiona, sin poner en cuestión, por ejemplo, el modelo de desarrollo urbanístico expansivo o la dependencia del vehículo privado); resolverán el problema del cambio climático como una esfera de acción local requerirá de la disposición de mecanismos técnicos que hagan más eficiente la producción, generación y distribución energética (sin necesidad de cambios socio-técnicos más complejos que impliquen la modificación de los patrones de consumo, la correlación de fuerzas en el mercado eléctrico entre diferentes fuentes de generación o la normativa de incentivos económicos y de comportamientos); solucionarán las demandas de mayor transparencia (gracias al open data entendido como solución técnica); detendrán la presión sobre los recursos naturales que producen los modos de vida urbano (a través de la instrumentación de mecanismos de eficiencia sobre los sistemas de gestión de residuos, aguas, etc.),…

Situados estos primeros elementos a modo de introducción de las brechas problemáticas que podemos asignar a la SC, podemos destacar ahora que el término “smart city” se ha constituido como un lugar común para referirse a una serie de estrategias y soluciones en forma de productos o servicios que incorporan un nivel determinado de digitalización al funcionamiento urbano en sus diferentes niveles. Más allá de esta referencia inicial, las definiciones conceptuales abundan en un debate de difícil caracterización, en el que se entremezclan diferentes grados y enfoques de conceptualización. Desde las propuestas dirigidas a la divulgación utilizando métodos de rankings de ciudades inteligentes hasta las definiciones que cada corporación interesada en este mercado lanza para intentar diferenciarse del resto, la SC se ha abierto camino entre una multiplicidad amorfa de definiciones más o menos exitosas pero ninguna suficientemente convincente o establecida. En la mayoría de los casos, estas definiciones son actualizaciones de definiciones integrales para el análisis urbano (en especial, aquellas que parten de las conceptualizaciones sobre el desarrollo sostenible local) o formulaciones que parecen partir de cero sin incluir perspectiva alguna sobre conceptos previos, compartiendo únicamente la presencia genérica de las tecnologías de la información y la comunicación como elemento distintivo.

La construcción de un nuevo imaginario sobre la ciudad
El campo de la presencia mediática ha sido, al menos inicialmente, el recurso dominante de reproducción del discurso de la SC. Su aparición y rápida colonización de espacios mediáticos constituye uno de los casos más significativos de cómo un término puede aparecer en poco tiempo y ocupar el protagonismo y atraer interés de una manera vertiginosa. Tomando el concepto de la teoría de la comunicación, el término de agenda setting suele usarse para caracterizar la capacidad de los medios de información para divulgar ideas políticas y conformar la opinión y percepción de políticos individuales y sus políticas. Mediante este mecanismo, la sensibilidad social sobre determinados temas y problemas de interés social llega a la opinión pública a través de un ejercicio sistemático por parte de los medios de generación de atención. Este fenómeno es identificable a la luz de la exploración de la ingente cantidad de recursos comunicativos que la SC ha desplegado y cómo se ha instalado de manera generalizada en lenguaje, los titulares, las temáticas o los monográficos especializados de los medios de comunicación. Esta abundancia consiguió pronto instalarse en la jerga de la estrategia urbana y en recurso familiar en propuestas de política municipal, planes empresariales e informes de corporaciones y organismos multilaterales. Con ello, el relato de los problemas a resolver por la ciudad inteligente del futuro queda definido en un marco reduccionista de problemas, entre los que siempre encontraremos el cambio demográfico y la creciente presión sobre los recursos naturales y públicos, el cambio climático y, en último lugar, la contradicción entre la austeridad fiscal y la competencia por atraer inversiones y talento.

Asociarla imagen de la ciudad –o, en muchos casos, la acción del gobierno municipal en cada momento- al término “ciudad inteligente” ha servido también para precipitar el inicio de determinados proyectos de implantación (de renovación urbana, de modernización de los sistemas informáticos de gestión municipal, de iluminación pública, de gobierno abierto, etc.) que, a pesar de ser casi siempre sectoriales y parciales, justifican la “transformación” de la ciudad por completo en argumento comunicativo de una smart city. En este sentido, el movimiento de las ciudades inteligentes encaja con las lecturas que desde la literatura se han hecho en torno a la representación social del espacio urbano y, por extensión de la ciudad. La smart city busca construir un nuevo significado social para la ciudad mediante la representación de un nuevo modelo urbano a partir de una serie de características y significados. Se trataría, en este sentido, de una renovación de procesos de construcción de imaginarios a los que ya hemos asistido cuando se produjo el despliegue de la electricidad en las calles de las ciudades o del telégrafo.


Evidentemente, no es sólo una cuestión de marketing. Estas grandes corporaciones disponen de fuertes capacidades tecnológicas para renovar y transformar la gestión del tráfico, la tecnologización de las infraestructuras urbanas y de realizar inversiones masivas. Pero podemos considerar esta evolución un claro ejemplo de agenda-setting, al haber conseguido situar esta cuestión en el centro del debate sobre la ciudad creandoun relato nuevo sobre la ciudad que está protagonizando gran parte del debate desde una mirada tecno-entusiasta refractaria a otras miradas sobre la ciudad y haciendo prácticamente tabula rasa del conocimiento acumulado sobre el funcionamiento urbano desde diferentes campos de conocimiento. En cualquier caso, la narrativa ha sido, hasta ahora, exitosa a la hora de colocar en la agenda pública una serie de temas y una determinada visión sobre el progreso urbano que pasa necesariamente por la adaptación tecnológica, propagándose de manera hegemónica en diferentes círculos relacionados con el régimen discursivo de la SC.

El papel del sistema de corporaciones globales en este sentido es innegable. Estas se han constituido como promotores de un término que ha transformado la agenda urbana de prioridades, modernizando la aspiración de la renovación de las infraestructuras asociadas al desarrollo urbano en un contexto de urbanización mundial. Esta nueva agenda ha sido capaz de colocar no sólo unas tecnologías relativamente nuevas, sino también un nuevo lenguaje y un nuevo léxico en torno a la ciudad, así como unas nuevas prácticas en forma de programas, proyectos y estrategias de ciudad inteligente. Se trata de la primera vez que un concepto urbano se fabrica originalmente desde actores privados sin una conexión original con las teorías sociales, el ámbito académico o la experiencia de la gestión o la política urbanas. De esta forma, actores hasta hace poco escasamente presentes en los temas urbanos han mostrado su interés por participar en el celebrado proceso de urbanización mundial, presentando al mundo y a sus potenciales clientes sus soluciones para la innovación urbana, a través de diferentes estrategias: movilizando recursos internos para acelerar los procesos de I+D+i para introducir nuevas soluciones en el mercado, reordenando sus líneas productivas y divisiones funcionales para orientar su esfuerzo productivo y comercial hacia el mercado de las ciudades inteligentes, rescatando productos abandonados, re-estructurando estos mismos productos para dotarlos de un componente urbano o simplemente concentrando su esfuerzo de relaciones públicas en este mercado emergente.

El régimen discursivo de la smart city
Así, el imaginario ha sido definido desde unos emisores específicos del paisaje tecnológico actual, formando parte estos agentes del régimen discursivo a través de su actividad de difusión, investigación y desarrollo, inversión y participación en proyectos de implantación de soluciones inteligentes en la ciudad. En la conformación de este imaginario, en la medida en que encierra expectativas y visiones sobre la condición tecnológica, los agentes protagonistas del imaginario comparten también una posición de optimismo tecnológico y un determinado posicionamiento sobre el papel de la tecnología en la sociedad. Como hemos destacado además, el imaginario tecnológico no es un artefacto puramente discursivo, sino que tiene capacidad de transformación de la realidad y de modificación de las formas de representación de la tecnología y de la ciudad. Por tanto, concebir la smart city como imaginario tecnológico nos permite establecer un marco de reflexión para explorar varios niveles de análisis: la forma explícita a través de la cual se reproduce como discurso social, las formas implícitas a través de las cuáles establece un nuevo orden moral sobre el desarrollo urbano más conveniente, las formas a través de las cuáles se posiciona en el debate público sobre la ciudad y se infiltra en las nuevas concepciones de la agenda urbana y, por último, las diferentes formas mediante las cuáles transforma espacial, social, económica y culturalmente las ciudades hoy en día a través de estrategias, planes, programas y proyectos urbanos. La SC actúa así como mecanismo legitimador al proponer una nueva lectura sobre qué es una buena ciudad y una mala ciudad.

En nuestro texto partimos de la idea de los imaginarios sociales como plasmación ideológica de un régimen discursivo en torno a una idea colectiva de la tecnología urbana  construida como conjunto de recursos retóricos, simbólicos y materiales que proponen una racionalidad para legitimar la producción e implantación de la ciudad inteligente. Esta idea colectiva es la “smart city” como constructo conceptual de poder simbólico sustentado a través de un relato perfectamente trazable e identificable a partir de sus protagonistas proponentes (quienes han construido el relato) y de su aparato discursivo (los conceptos y recursos sobre los que sustentan dicho relato). Esta retórica es capaz de dotar de significados concretos a una relación permanente en la Historia (la ciudad y la evolución tecnológica) que hoy se actualiza en torno a las tecnologías digitales (utilizadas aquí en un sentido muy amplio como categoría aglutinante de todas las soluciones de cualquier tipo vinculadas al procesamiento de información, la computación ubicua y las tecnologías móviles). Dicho relato es, siguiendo la idea de imaginario social, una construcción particular, es decir, una entre las diferentes posibles narrativas que podríamos hoy establecer sobre la relación ciudad-tecnología, y se sustenta sobre intereses particulares concretos de actores interesados en el mismo, cada uno con su propia agenda. Es así cómo diferentes actores se han sumado a la construcción de este discurso aceptando sus premisas básicas, pero cada uno con su propia agenda de prioridades, beneficios esperados, etc. Así, los gobiernos municipales más activos en este ámbito han apelado a la smart city como un elemento para operativizar discursos de transparencia y de eficacia en el uso de presupuestos públicos, mientras que las empresas y corporaciones tecnológicas suelen apelar a la modernización y al aumento de ventas en el mercado de la smart city.

Así, podemos entender la SC como un sistema de comunicación básica problemas-soluciones-utopía tal como lo describimos a continuación:

Definición de una serie de problemas urbanos, situando en el debate público un determinado diagnóstico de la ciudad, priorizando unos problemas frente a otros. De esta manera, siguiendo la misma lógica que dice que quien tiene un martillo sólo ve clavos, los problemas a resolver de una ciudad en la presentación dominante de la ciudad inteligente tienen que ver con la caja de herramientas tecnológicas de las empresas que han perfilado inicialmente este discurso. Esto lleva a que cuestiones como el acceso a la vivienda, la desigualdad, el cambio demográfico o la segregación espacial, por poner sólo algunos ejemplos, quedan fuera de este punto de partida, a pesar de ser, a todas luces, problemas básicos y fundamentales de cualquier entorno urbano. La intervención de empresas privadas en la generación de una demanda para el mercado de las smart cities representa un proceso de creación de redes socio-técnicas de actores en la cúspide del régimen discursivo, iniciado a través de la problematización de la ciudad y la creación de una solución indispensable –la smart city como concepto- para poder afrontar el problema, necesariamente a través de la intervención de los agentes que han problematizado la cuestión. De esta manera, las preguntas iniciales (problemas) a los que se enfrenta la ciudad contemporánea están ya mediatizadas por la construcción del problema que se ha hecho desde las instancias que se han posicionado como proveedoras de las soluciones, imposibilitando el cuestionamiento de los condicionantes previos.
Asignación de una solución global inmediata: la smart city como estrategia global de intervención. 
De esta forma, situaciones complejas que requieren de aproximaciones multi-nivel en cuanto a las competencias y enfoques multidisciplinares son entendidas de manera simplificada y dotando a la tecnología de un carácter cuasi-mágico que difícilmente casa con la realidad de las cosas, donde la integración de una nueva solución tecnológica sólo es una aportación a un conjunto de factores interrelacionados.
Descripción de un escenario ideal, de manera que existe la posibilidad narrativa de ofrecer una relación directa entre los problemas y la solución. El relato se sitúa en un nivel de confianza absoluta en la capacidad de individualizar problemas separándolos de las complejas interrelaciones entre circunstancias urbanas y asignarles soluciones inmediatas y específicas. De esta forma, por ejemplo, las complejas relaciones que están detrás de las dinámicas de insostenibilidad global quedan enmarcadas en un relato en el que la solución a los problemas del cambio climático reside supuestamente en la adquisición e implantación de tecnologías energéticas de última generación, descontextualizadas de consideraciones sistémicas.

La emergencia hegemónica de la SC implica un cambio de marco que busca ofrecer al panorama de la gestión urbana una nueva forma de pensar sobre la ciudad en la que el lenguaje, representado por una nueva formulación del modelo urbano dominante, invita a hablar y pensar de forma diferente la ciudad. Desde su posición hegemónica, el relato ha sido capaz de reproducirse a diferentes niveles: en la creación de una nueva agenda pública que ha situado la inversión en ciudades inteligentes como una prioridad, en la explosión de eventos, publicaciones de relaciones públicas y comerciales, monográficos y especiales en los medios de comunicación social  y, también, en la promoción de nuevos negocios e inversiones alrededor de las tecnologías urbanas como sector industrial nunca hasta ahora tratado de manera particular. El imaginario de la smart city se manifiesta con una voluntad de dominio respecto a otros posibles modelos urbanos recientes o en convivencia (ciudad creativa, ciudad sostenible, ciudad digital,…) y con voluntad de convertirse en universal (válido para cualquier ciudad, independientemente de su contexto geográfico, social, cultural, político o económico). A lo largo del texto mantendremos que esta voluntad busca en último término construir una nueva realidad sobre el hecho urbano a través de un discurso particular sobre la inteligencia urbana que se convierta en dominante o al menos mayoritario y, en cualquier caso, auto-justificativo.
De manera general, la forma en la que se presenta la narrativa de la smart city a través de sus soluciones arquetípicas suele apelar a la inmediatez de su respuesta, la sencillez de su despliegue y la falta de controversia sobre su desarrollo. Este tipo de soluciones se presentan de manera no problemática (apuntando sus virtudes y, en el mejor de los casos, señalando algunas barreras cuya solución depende de otros agentes), soslayando la realidad concreta en la que tienen que ser desplegadas (procedimientos de contratación, mecanismos de financiación, aceptación social, capacidades técnicas dentro de los ayuntamientos, complejidad técnica en comparación con las tecnologías existentes instaladas en los municipios, etc.).

Las características descritas tratan de definir el poder simbólico del imaginario tecnológico de la smart city, más allá de sus contenidos conceptuales que, como ya hemos indicado, son difusos y hasta contradictorios. Son, por tanto, a nuestro entender, la carga ideológica latente del imaginario tal como lo enmarcamos en el presente texto. El discurso dominante cumple así tres funciones: propone un diagnóstico oficial o manifestación de conocimiento establecido que es reconocido socialmente y que determina cómo se entiende un determinado objeto (la ciudad, en nuestro caso), prescribe un conjunto de directivas, órdenes, procedimientos y recetas con los que actuar sobre dicho objeto y, en tercer lugar, reconoce qué prácticas y actores están funcionado de acuerdo a su esquema. El poder simbólico de este discurso se torna con ello capaz de construir realidad en forma de prescripción y legitimación que alinea a actores diversos alrededor de un discurso hegemónico. Dicho de otra forma, este imaginario, en cuanto representación simbólica, propone un conjunto pretendidamente coherente de creencias que aspiran a ser compartidas socialmente como dominantes construidas a través de sentimientos, imágenes e ideas y, en nuestro caso, manifestadas materialmente a través de diferentes arreglos tecnológicos.

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Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?



La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

jueves, 23 de noviembre de 2017

El rastro digital de la vida en la ciudad

La emergencia de nuevas aplicaciones tecnológicas está modificando (y lo hace de forma que hace unos pocos años apenas podíamos intuir) muchos de los servicios urbanos clásicos y todas las esferas de la vida cotidiana en la ciudad. Pensemos en la recogida de residuos, el transporte y la movilidad, la generación, distribución y consumo de energía, el diseño de las calles y del mobiliario urbano, la información ciudadana, etc. En todos estos casos están surgiendo herramientas digitales de medicación que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia del uso de esos servicios y de la propia vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local. De la misma manera, las formas de consumo, el acceso a la cultura, cómo nos movemos, buscamos direcciones o encontramos nuestro destino en la ciudad o la manera en la que recordamos, nos socializamos o buscamos información están mediatizadas por la esfera digital en sus diferentes formas.

La vida en las ciudades está cada vez más determinada por las tecnologías digitales, de la misma forma que a lo largo de la Historia urbana la evolución de los entornos urbanos ha estado asociada a sus sucesivas instrumentaciones, desde la aparición de los primeros sistemas de alcantarillado a la iluminación eléctrica de la vía pública. Hoy esta instrumentación va adquiriendo características nuevas asociadas a la conectividad y las funciones digitales que hacen realidad corpórea las visiones que en décadas pasadas aventuraban una hibridación de los espacios físicos y digitales. La vida cotidiana es cada vez más una creciente interacción con objetos, plataformas y dispositivos conectados, muchas veces de manera inconsciente (el rastro digital que dejamos en el sistema público de alquiler de bicicletas, nuestra imagen captada por una cámara de video-vigilancia o el paso de un autobús urbano identificado por un sensor, por ejemplo) y otras de manera más consciente (buscando un lugar a través de la navegación GPS, conectándonos a una red de conexión inalámbrica en una plaza, pagando el estacionamiento, etcétera).

Ed Jones/AFP/Getty Images 
Quienes no pueden percibir la red no pueden actuar de manera efectiva dentro de ella y se encuentran sin poder”, señala el artista James Briddle , indicándonos una de las características más trascendentales de esta realidad digital y el enorme reto que implica en términos ciudadanos. Desde termostatos en nuestra pared hasta sensores en el asfalto que pisamos, la vida diaria se va colonizando de dispositivos que organizan o mediatizan nuestras decisiones o incluso toman decisiones por nosotros mismos de manera subrepticia y, en muchas ocasiones, independientemente de nuestra voluntad. Desde cámaras de reconocimiento facial en las esquinas de nuestras calles hasta farolas que detectan la presencia de personas en la acera, dispositivos de control automático de las funciones de los servicios urbanos van siendo parte del paisaje urbano. Desde mecanismos que captan constantemente las condiciones ambientales hasta aplicaciones que registran nuestra posición. A pesar de esta constatación básica, falta abordar críticamente el significado de este rastro digital y reconocer la necesidad de comprender con calma y de manera compleja el significado de este cambio tecnológico en la vida en la ciudad, un cambio profundo y tranquilo que se ha disuelto en nuestras vidas particulares, en nuestras relaciones sociales, en nuestras expectativas y en nuestros espacios construidos.

Hoy observamos la creciente generalización de sistemas que se han incorporado poco a poco a la vida de las sociedades contemporáneas más avanzadas, principalmente mediante la extensión de los dispositivos móviles personales que dan forma a una iphone city  pero también otras respuestas ubicuas al día a día. Hace unos pocos años, el ipad no existía, la idea del internet de las cosas prácticamente no había salido de los laboratorios más especializados o del ámbito académico, y tecnologías como las etiquetas RFID, los i-beacons, la realidad aumentada o los códigos QR no formaban parte del paisaje de objetos cotidianos que llevamos con nosotros o con los que interactuamos. La rápida adopción de dispositivos que nos mantienen permanentemente conectados y que llevamos en nuestros bolsillos y mochilas, así como la progresiva presencia de cada vez más dispositivos e interfaces incorporados en objetos y superficies capaces de procesar información digital representan un enorme cambio en nuestra experiencia vital y comportamientos habituales.
Estas novedades tecnológicas están presentes (o prometen introducirse) en nuestras viviendas, en los edificios, en las calles, en los coches, y el espacio público y, quién sabe, también dentro de nuestros propios cuerpos. Este cambio tecnológico ha llegado de forma silenciosa mediante una transición tranquila e imperceptible desde el ordenador personal hasta la computación ubicua pero, al mismo tiempo, su materialización se caracteriza por su velocidad, su invasividad y su invisibilidad. Este escenario va incorporando progresivamente medios conectados a cualquier esfera vital: relaciones sociales, acceso a servicios públicos y privados, el transporte, el control de las funcionalidades de confort en la vivienda, el registro de nuestras actividades, etc. Una creciente población está, en definitiva, mediatizada por diferentes tipos de tecnologías de movilidad y comunicación que producen un nuevo medio urbano: una ciudad que transmite en tiempo real y 24 horas al día cada vez más detalles de su funcionamiento a través de diferentes interfaces que representan los cambiantes tiempos y espacios urbanos. Reconocer esta presencia es un punto de partida obvio a la hora de situar la eclosión de la SC como el imaginario dominante en la actualidad, pero también es asumir que su vinculación al fenómeno urbano forma parte de una tendencia más amplia y que alcanza a todas las esferas de la vida. Sectores industriales, formas de comunicación, patrones de activismo social o producción y consumo cultural constituyen un incompleto listado de esferas sociales en las que la utilización en sus diferentes formas de tecnologías digitales asociadas a la Red ha transformado su misma esencia.

La concepción de la ciudad como un espacio transformado por esta capa digital es consecuencia de, al menos, dos grandes tendencias. Por un lado, la ciudad como entorno de concentración de actividad humana es el lugar privilegiado en el que los principales progresos científico-técnicos se despliegan, avances que además tienen un fuerte componente de comunicación social y de construcción de nuevas formas de sociabilidad, aspectos consustanciales a la vida urbana. Por otro lado, la letanía del mundo urbanizado que ha visto cómo la mayoría de la población vive hoy en entornos urbanos se ha constituido en una tendencia presente en cualquier estudio sobre la evolución de nuestro mundo y sitúa en las ciudades el lugar central desde el que se movilizan las grandes transformaciones de nuestro tiempo. Pensar el desarrollo económico, el avance y profundización de la democracia, los nuevos patrones de consumo, el consumo global de recursos naturales, etc. exige situar estos aspectos en la creciente importancia de las ciudades como concentradores de actividad humana.

El inicio del siglo XXI ha desplegado diferentes líneas de desarrollo tecnológico en la esfera de lo digital cuyas posibilidades de transformación futura de las ciudades apenas hoy podemos vislumbrar. En cualquier caso, sabemos que todas las tecnologías basadas o facilitadas por internet son ya las grandes protagonistas de las innovaciones urbanas y los avances tecnológicos más significativos de los próximos años. El internet del futuro es el marco de referencia para desarrollos relacionados con el internet de las cosas, el cloud computing, el big data o la sensórica como vectores tecnológicos de mayor influencia en el despliegue de servicios urbanos. Sus aplicaciones alcanzan todas las escalas, desde cambios en los hábitos de vida personal hasta la transformación de los modelos de negocio de las industrias. Igualmente, cualquiera de las funcionalidades de la tecnología móvil cambia hábitos y patrones eminentemente urbanos en un proceso de ingeniería social por el cual desde la forma de hacer la compra a las vías de estar contacto con familiares y amigos tienen poco que ver con los hábitos de hace un par de décadas. Por último, las vidas sometidas a este escenario son una sucesión continua de rastros digitales que son captados, almacenados, procesados y explotados para adecuar el mundo vivido por cada persona, grupos humanos o comunidades enteras a preferencias, personalizaciones y adaptaciones en tiempo real que comprendemos relativamente pero que funcionan a través de mecanismos algorítmicos sobre los que apenas tenemos capacidad de control.
La ciudad se ha convertido así en la representación simbólica de la creciente generalización, sistematización y colonización digital de cualquier acto humano en las sociedades más avanzadas tecnológicamente. La ciudad inteligente ha pasado a ser el escenario en el que idealizar propuestas y utopías que buscan ofrecer una imagen completa y coherente del cambio tecnológico, la piel digital de la ciudad y sus infraestructuras asociadas-y su relevancia para el progreso humano.

Una revolución tranquila
En ocasiones se identifican los cambios apuntados como una revolución digital. No pretendemos aquí entrar en cuestiones de fondo que otros nombres clásicos de los estudios socio-técnicos han trabajado suficientemente sobre las revoluciones científico-técnicas (Ellul, Mumford,…). Queremos destacar, en cambio, que a pesar de las enormes transformaciones que ha supuesto la panoplia de avances asociados a la Red y a lo digital en su conjunto, esta transición ha sido, si no sigilosa, sí al menos tranquila y sosegada. Frente a la tentación de identificar la emergencia de la ciudad inteligente como un nuevo paradigma en la gestión urbana y en la comprensión del hecho urbano –tal como suele apreciarse en ocasiones-, debemos reconocer que la cuestión digital ha estado presente en el pensamiento sobre las ciudades desde hace un par de décadas al menos. Por otro lado, la colonización digital se ha producido de manera incremental y gradual más que explosiva. De manera bastante pacífica e intuitiva, como individuos, organizaciones y sociedad, hemos incorporado a nuestro quehacer diario, a nuestra experiencia cotidiana, a nuestros medios materiales de vida y a nuestros espacios vividos diferentes dispositivos que denominamos inteligentes.

El relato del salto digital a la ciudad inteligente es mucho menos épico de lo que a veces se presenta y tiene más que ver con una sucesión constante, progresiva, incremental e intuitiva de cambios profundos sobre nuestros hábitos Estos han modulado nuestros procedimientos y acciones de conveniencia más frecuentes, han modificado físicamente nuestras calles y han transformado nuestras formas de relación. No es, por tanto, un cambio rabiosamente contemporáneo. La presencia del software en la vida cotidiana irrumpió hace mucho tiempo en ámbitos diversos (la navegación aérea, la organización empresarial, los flujos financieros o el equipamiento doméstico) y es parte del sistema de organización social desde hace tiempo. Esta presencia es ahora normal en nuestros bolsillos, en el espacio público o en los sistemas de seguridad ciudadana porque el salto principal de los últimos tiempos ha sido el derivado de la naturaleza invasiva de las funciones de los dispositivos inteligentes, que han individualizado la capacidad de intermediar a través de la red en las actividades más comunes e incluso íntimas de la vida humana conectada. Por supuesto, se trata de una presencia ahora masiva y equipada con nuevas capacidades (big data), a través de nuevos dispositivos (teléfonos inteligentes) o interfaces (internet de las cosas) y nuevas infraestructuras (conectividad, centros de datos). Sin embargo, esencialmente, todo se ha producido fuera de nuestra vista, de una manera diluida en la suma de pequeños actos cotidianos con los que sostenemos nuestra existencia en un mundo en el que, aunque sólo sea para una pequeña parte de la humanidad que disfruta de la conexión total y permanente a la esfera digital, desde las retiradas de dinero o las felicitaciones de cumpleaños, pasando por la espera en una calle o el paso de nuestro vehículo queda registrado a través de diferentes medios de captación y almacenamiento de datos.

Todo ello fue imaginado hace tiempo, de manera visionaria pero tremendamente pragmática y, aunque esta vida conectada de inteligencia ambiental ubicua ha tomado formas insospechadas o no previstas, responde a parámetros perseguidos conscientemente. Desde la década de 1980, los estudios sobre la computación ubicua  como método para incorporar inteligencia computacional en el espacio urbano han ido ganando relevancia y solidez, pero ha sido la emergencia del movimiento de la smart city el que ha situado de manera generalizada este asunto en la agenda urbana, saliendo por ello de los círculos académicos, artísticos, tecnológicos y activistas en los que hasta ahora se había desenvuelto el estudio de la computación urbana y sus campos conexos (locative media, pervasive computing,…). Siendo esto así, cabe preguntarse cómo este amplio campo de la intersección de la esfera de las tecnologías digitales en la ciudad ha acabado concretándose en una visión particular, selectiva y concreta que ha pasado a denominarse smart city. Igualmente, cabe preguntarse por el papel que juega y jugará esta esfera digital en la comprensión de la vida urbana y en la configuración de sus servicios. Esta esfera está conformada por sensores instalados en la ciudad y sus equipamientos así como por las infraestructuras móviles ubicuas, ambas esferas transmitiendo datos automáticos o deliberados y alimentando aplicaciones y servicios tan dispares como la localización de baches en el asfalto, la medición de la calidad del aire, la monitorización de la red de alcantarillado, la gestión de la red eléctrica, la contabilización de personas, la cuantificación de espacios libres de aparcamiento o la alerta temprana de incendios, etc.

La invisibilidad es característica de las tecnologías que estamos tratando. Hasta ahora, cualquier otra gran transformación técnica de la Humanidad ha sido protagonizada por instrumentos materiales, tangibles físicamente e incluso pesados. Quizá el teléfono o el telégrafo se acerquen a esa invisibilidad pero, en último término, siempre han estado asociados a sus terminales, oficinas o líneas de comunicación y, en cualquier caso, su funcionamiento es relativamente sencillo en comparación con la complejísima red de infraestructuras, protocolos, software,… sobre la que se soporta la Red. Hoy tenemos los dispositivos conectados –con el smartphone como símbolo-, pero la transformación fundamental está en la conexión inalámbrica y la transferencia de información que generan. Datos, algoritmos y código son producto y resultado de la inteligencia ofrecida por los mecanismos materiales que usamos para conectarnos. Así, el teléfono móvil inteligente se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo un objeto absolutamente visible y material propio de la vida conectada es, sin embargo, resultado funcional de un sistema de redes complejas e infraestructuras (centros de datos, servidores,…) invisibles y desconocidas  que sostienen todo ello, pero radicalmente materiales y físicas. Esta pérdida de conexión sensorial con la base física de la Red podría explicar nuestra dificultad para captar las consecuencias profundas del cambio tecnológico que vivimos y hace que, en el día a día, la experiencia digital esté más cerca de lo inconsciente y la sensación de tener en nuestras manos una tecnología mágica sobre la que apenas tenemos capacidad de comprender sus consecuencias, su funcionamiento básico y las prerrogativas que le cedemos a cambio de su uso.

Via Cory Doctorow (CC BY-SA 2.0) 


Estas cuestiones nos urgen a formular un modelo crítico para comprender la transición hacia una vida conectada que ha llegado de manera gradual pero abriendo importantes cuestionamientos sobre el significado de esta colonización digital. Podemos ver los sensores instalados en las farolas de alumbrado público, pagar el aparcamiento acercando nuestra tarjeta de crédito, seguir en tiempo real nuestro consumo energético o incluso, al menos entender, en qué consiste la plataforma de integración de datos que nuestro ayuntamiento está desarrollando a modo de sistema operativo. Podemos descargarnos una app en nuestro móvil, aceptar la política de cookies de una web o acordar con una empresa a través de un formulario web una determinada política de uso de nuestros datos personales. Pero aunque podamos tocar estos objetos o realizar estas acciones de manera consciente, su significado más íntimo en términos de quién hace qué con nuestros datos, qué control tenemos sobre las imágenes de video-vigilancia a las que estamos sometidos o por qué el buscador de información municipal nos ofrece unos datos u otros, sigue siendo una caja negra. Mucho más oscuro aún es comprender que nuestros datos personales están alojados en servidores y centros de datos de la Costa Este de Estados Unidos, que el diseño de ese sistema operativo de nuestra ciudad tiene su cerebro (servidor) en California o quién es dueño de los cables submarinos que nos conectan a la Red mundial. Por eso, a pesar de haber descubierto recientemente que nuestra sociedad y nuestras vidas, tan beneficiadas por estar conectadas, están también sometidas a los sistemas de espionaje masivo más complejos de la Historia , nuestra sensibilidad sobre los problemas, por ejemplo, de privacidad, sigue siendo muy baja . Esta realidad nos señala una necesidad imperiosa de disponer de recursos críticos para abordar estos cambios desde un debate social consciente, crítico y constructivo. Precisamente por el carácter invasivo e invisible que hemos señalado, las tecnologías que hoy disfrutamos tienen la capacidad de maravillarnos, instalarse cómodamente en nuestras rutinas y ser asumidas sin mayor cuestionamiento que la conveniencia que nos producen en nuestros quehaceres diarios. Pero si bien el enorme y complejo desafío de la privacidad y la seguridad se presenta como el más significativo y sensible a nivel personal, otros muchos desafíos se presentan en el horizonte de la esfera pública y comunitaria. Estos desafíos, en la medida en que se plasman a través del imaginario de la smart city en las formas de gobierno, en los arreglos institucionales a través de los cuáles se despliegan las infraestructuras básicas de la ciudad y nuevos servicios derivados de la esfera digital o en las expectativas sobre los límites de la democracia, abren la necesidad de cuestionar las asunciones implícitas detrás de estas tecnologías.

La condición inteligente de la ciudad
La smart city como propuesta urbana trata de ofrecer un marco para explicar y ordenar esta presencia digital en la ciudad. Se trata del modelo urbano que ha sido ofrecido como explicación totalizadora de tantos fenómenos de cambio que apenas hemos esbozado anteriormente. La complejidad de la transición a un mundo (progresivamente) ubicuo y (mayoritariamente) urbano exige dar un sentido y coherencia para explicar el mundo en el que vivimos y que estamos construyendo y en el marco de esta necesidad la SC ha salido triunfante como modelo o teoría social de referencia a partir de una integración o co-optación de discursos previos (la sostenibilidad) y de pretensiones nada novedosas (la planificación y a gestión burocrática del desarrollo urbano). A pesar de sus ambiciones totalizadoras, el debate sobre la smart city ha sido muy limitado, sesgado, incompleto y precipitado. Tras los últimos años protagonizando gran parte del debate institucional (en forma de congresos, planes, proyectos piloto, etcétera), la ciudad inteligente no es capaz de explicarse a sí misma de manera comprensible para poder discutir sus consecuencias explícitas y sus efectos implícitos.
El significado de estas innovaciones tecnológicas en un mundo tan urbano (por porcentaje de población viviendo en ciudades pero también por el cada vez mayor número de grandes aglomeraciones urbanas) y a la vez tan dispar (un mundo en el que conviven realidades urbanas tan diferentes como Lagos, Nueva York, Jakarta o Santiago de Chile) está aún por explorar. El escenario aspiracional de la ciudad inteligente en la sociedad conectada sigue siendo aquel descrito por uno de sus pioneros, William Mitchell una personalización y adaptabilidad masiva de los servicios públicos y privados a través de los cuales las personas desarrollamos nuestras vidas para nuestra conveniencia. Cabe preguntarse en este momento si conveniencia y eficiencia es lo único que cabe esperar como ciudadanos del despliegue de la ubicuidad digital en la ciudad. Frente a la conveniencia que desde principios de siglo han añadido a nuestra vida tantos equipos capaces de adaptarse a nuestra realidad, de hacernos más sencillas las cosas, ahora somos más conscientes que hay otras consecuencias asociadas. Pérdida de autonomía (¿somos hoy más libres sujetos a los grandes monopolios de internet?), cambios en nuestras capacidades humanas (¿qué fue de nuestra memoria?), modificación de nuestros hábitos (¿qué hacíamos con tantos tiempos muertos antes del móvil?), creación de nuevos modelos de gobernanza y ejercicio del poder (¿quién controla hoy nuestro rastro digital?),.. Estas consecuencias no son necesariamente negativas, pero claramente nos obligan a cuestionarnos no hacia dónde vamos, sino hacia dónde queremos ir.

El seminal artículo de Mark Weiser (The Computer for the 21st Century) sobre la computación ubicua. Este breve texto representa uno de los escritos más influyentes y casi fundacionales de la tecnología digital tal como la conocemos hoy, en la medida en que predijo el paso de la época del ordenador personal a la era de la computación distribuida y fuera de las pantallas de los ordenadores. Su influencia ha sido central en las siguientes dos décadas en la agenda de investigación de las tecnologías ubicuas y su presencia cotidiana y en la retórica sobre sus prometedores efectos como una proyección para el futuro. Sin duda, su carácter visionario expresado en la conocida cita “the most profound technologies are those that disappear. They weave themselves into the fabric of everyday life until they are indistinguishable from it” se ha demostrado real a día de hoy, aunque posiblemente su despliegue material haya tomado derroteros y plasmaciones insospechadas o imprevistas en algunos casos.
Via BruceS 
En el caso específico del urbanismo y el planeamiento municipal, su intersección con las tecnologías conectadas también ha dado lugar a nuevas soluciones que tratan de encontrar nuevas dinámicas urbanísticas que incorporen soluciones digitales en sentido amplio. Esto pasa, en primer lugar, por la exploración de la realidad del funcionamiento urbano a través del uso del big data como nueva fase del estudio de los sistemas complejos en los entornos urbanos produciéndose así proyectos de modelización y de visualización de datos urbanos. Este tipo de proyectos de urbanismo sensorizado o urbanismo cuantitativo utilizan una variedad de técnicas de análisis basadas en los datos digitales urbanos que quedan plasmados en visualizaciones con un componente dinámico y, en muchas ocasiones, en tiempo real.

Más cercanos al ciudadano están los diferentes proyectos que están explorando cómo acercar la realidad cotidiana del espacio físico construido a través del uso de aplicaciones móviles para explorar y entender la capa digital de información alrededor del urbanismo (desde los diferentes sistemas de geolocalización a los que ya estamos acostumbrados para utilizar los medios de transporte público o para identificar o localizar diferentes recursos de la ciudad, desde problemas que requieren intervenciones de mantenimiento municipal hasta sistemas para localizar edificios y espacios abandonados o en desuso). Desde el punto de vista de la gestión interna municipal, la digitalización de la información está dando lugar, por su parte, a fórmulas más integradas de organización de la realidad urbanística y su cruce con otras realidades sectoriales, avanzando hacia soluciones más coherentes y a decisiones mejor informadas por parte de los gestores públicos. En último lugar, la presencia de objetos conectados en las calles de las ciudades continúa extendiéndose de manera natural (control de accesos a edificios a través de sistemas de identificación, soluciones automatizadas para áreas de peaje urbano, dispositivos de información pública, hotspots de conexión wi-fi, fachadas digitales interactivas, etc.), conformando una esfera de objetos públicos con los que la ciudadanía interactúa de manera más o menos consciente en la hidridación del espacio urbano y el espacio digital para desarrollar su vida en la ciudad.

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Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

La smart city, ¿algo más que una moda?

La ciudad contemporánea ha sufrido importantes transformaciones y seguirá sufriéndolas en las próximas décadas para continuar siendo el escenario del desarrollo colectivo. La emergencia de nuevas aplicaciones tecnológicas está modificando (y lo hará de forma que apenas hoy podemos intuir) muchos de los servicios urbanos clásicos y la forma en la que las instituciones públicas locales proveen esos servicios. Cualquier elemento consustancial a la gestión y a la vida urbanas está mediatizado hoy por el surgimiento de soluciones y aplicaciones tecnológicas de diferente signo que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia de la vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local.

La smart city está teniendo ya hoy capacidad de influir en la agenda urbana a través de estrategias, proyectos de implantación, inversiones y priorización de gasto público. Ciudades globales como San Francisco, Barcelona, Nueva York, Amsterdam, Montreal, Dublín, Londres o Singapur han aprobado en los dos últimos años documentos con diferentes títulos y ambición que buscan establecer una estrategia integral para la adopción de tecnologías inteligentes. Otras ciudades de menor tamaño y con menos focos a su alrededor también intentan encontrar su hueco proyectando o implantando proyectos tecnológicos para asociarse a la idea de la ciudad inteligente.

Este  término ha alcanzado desde 2011 un profundo interés  en comparación con otros términos que en la última década han sido grandes referencias en la cultura general sobre modelos urbanos como la ciudad sostenible y la ciudad creativa. Quien más quien menos, en los tres o cuatro últimos años cualquier ciudadano/a ha podido encontrarse con titulares grandilocuentes sobre cómo su ciudad será la primera ciudad inteligente en España o será la primera en tener un cerebro inteligente a través de una nueva plataforma de datos, se habrá encontrado con eventos para emprendedores o sobre innovación social que trataban el tema de la ciudad inteligente, habrá visto algún reportaje destacando nuevos servicios digitales en su ciudad, etc. Aún más importante, en estos años esa misma persona habrá oído hablar de alguna nueva aplicación para su móvil a través de la cuál mantenerse informado de las actividades de su ayuntamiento, habrá recibido una carta de su compañía suministradora de electricidad ofreciéndole la instalación de contadores inteligentes, se habrá encontrado con algún poste de recarga de vehículos eléctricos, se habrá conectado a algún punto de conexión inalámbrica en una plaza pública o habrá notado el comportamiento extraño de las farolas de la calle, que se apagan y se encienden de manera aparentemente aleatoria. Aún más importante si cabe, esa misma persona habrá pasado estos años dejando el rastro digital allí por donde ah pasado: calles sometidas a sistemas de videovigilancia, el historial de su navegador, el GPS de su móvil, las innumerables transacciones con su tarjeta de crédito, etc. En todas estas situaciones ha estado participando, inadvertidamente y sin ser consciente de sus implicaciones, del magma amorfo de la vida en la ciudad inteligente.

La smart city (SC) se ha convertido en un lugar común del discurso urbano y la rapidez con la que se ha introducido en programas electorales, planes de actuación municipal y orientaciones estratégicas de empresas tecnológicas ha impedido una reflexión sosegada sobre sus implicaciones. La SC se enfrenta incluso a una confusión conceptual que no ha impedido, sin embargo, que tenga ya hoy capacidad de influir en la sociedad. No se trata de un objeto teórico ni una especulación sin reflejo material. Al contrario, el imaginario ha comenzado a materializarse y a determinar nuevas formas de organizar las infraestructuras urbanas básicas, nuevas prioridades de inversión y nuevas maneras de entender el gobierno de las instituciones públicas.

(Chris Ratcliffe - Bloomberg)
La contestación crítica nació casi al mismo tiempo que las primeras referencias a la smart city. Robert Hollands se preguntaba ya en 2008 dónde encontrar en la realidad la ciudad inteligente que empezaba a aparecer en el lenguaje corporativo e institucional. Eran los primeros días de la fabricación de la idea de smart city como plasmación del ideal de incorporación de una nueva gama de tecnologías digitales en la ciudad. Tan sólo algunas empresas pioneras en revestir sus estrategias de marketing de un halo urbano habían comenzado a utilizar este término, fagocitando otros reclamos smart o propuestas en paralelo que buscaban aplicar una capa de tecnología digital a modelos de desarrollo urbano sostenible. Aún estaba por llegar toda una oleada de atención a las ciudades inteligentes que ha protagonizado en buena medida el debate sobre políticas urbanas en los últimos años.
Ahora que podemos evaluar este periodo de crecimiento exponencial de la atención a este tema, la pregunta de si existe realmente una ciudad inteligente tal como se ha promovido podría tener la misma respuesta. No existe la smart city tal como se ha presentado en el discurso más establecido y que ha sido dominante en los últimos años. La consiguiente sensación de desilusión empieza a aparecer ante la frustración que genera un movimiento con tan pocos resultados prácticos y tanto confusión conceptual, aunque sí mucha influencia mediática y programática. Esta falta de concreción práctica no impide, en cualquier caso, reconocer su influencia en la agenda de las políticas urbanas, que de una u otra forma han visto cómo se ha instalado en ellas una concepción particular del significado de la esfera digital en la ciudad y del modelo de innovación urbana.

De la misma forma, tanto esfuerzo discursivo tampoco ha conseguido ofrecer un consenso básico y compartido por las diferentes áreas de conocimiento relacionadas con la ciudad o para diferentes contextos urbanos ni ofrecer un relato coherente y entendible para la ciudadanía. Nos encontramos ante una propuesta de nuevo modelo de desarrollo urbano como continuación y evolución de términos previamente acogidos con igual entusiasmo (la ciudad creativa, la ciudad sostenible,…) en una larga historia de utopías y modelos teóricos urbanos. Se trata de la primera vez que un término que pretende marcar la agenda urbana prometiendo prosperidad emerge en un contexto de depresión y austeridad. Esto es especialmente significativo en el caso de los países del sur de Europa (España, Italia, Portugal, Grecia), contextos donde la retórica de la ciudad inteligente ha tenido un fuerte calado estos años. De esta manera, en un delicado contexto económico e institucional para las ciudades de nuestro entorno más cercano, la propuesta de la smart city ha sido acogida con un entusiasmo mucho mayor que en otros lugares (si bien ha sido significativa también su promoción en lugares tan dispares como India, China, Ecuador o Estados Unidos), convirtiéndose en un recurso discursivo predominante como modelo urbano de solución a la crisis, especialmente en una de sus argumentaciones básicas, la eficiencia. Esta apelación a la eficiencia operativa del funcionamiento de los servicios municipales ha sido significativa en países como España o Italia y ha favorecido el sostenimiento de un perfil activo en cuanto a nuevas propuestas para el mercado electoral en un tiempo de restricciones extremas en el gasto público, posibilitando así la apariencia y, en ocasiones la realidad (la mayor parte de las veces, gracias a financiación externa) de estar ofreciendo nuevas actuaciones para la ciudad. La SC ha funcionado así como discurso-promesa para ofrecer una vía de salvación a la situación generalizada de depresión de las políticas y la financiación municipal en regiones que sufrían un duro ajuste en sus expectativas. Junto a ello, el ambiente predominante de espectacularización acrítica en el que se desarrolla el actual contexto de adopción de innovaciones digitales ha sido crucial a la hora de explicar el surgimiento, emergencia, consolidación e influencia de un término que, apenas hace unos años era tangencial, especulativo y residual tanto en la esfera académica como en la mediática o la institucional.

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Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

lunes, 30 de octubre de 2017

En Etopia Demo City

El próximo 8 de noviembre estaré en Etopia Demo City. La ciudad digital como agente de transformación social, unas jornadas de dos días (8 y 9 de noviembre) organizadas por el Ayuntamiento de Zaragoza que tendrán lugar en Etopia, Centro de Arte y Tecnología.


Es un intensísimo programa que reúne diferentes expresiones de dinámicas alrededor del municipalismo con un enfoque que va más allá de lo puramente tecnológico y alcanza a temas de soberanía, economía urbana o ciudad colaborativa. A mí me toca hacer la introducción inicial, en la que partiré del libro Descifrar las smart cities, para abordar algunos cuestionamientos, para después moderar una sesión, Ciudad digital, datos y ciudadanía, en la que diferentes ponentes abordarán esta relación.

8 noviembre, mañana. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
9h15 - Descifrando la Smart City
9h45 - Ciudad Digital. Datos y ciudadanía
10h30 - Nuevos centros de conocimiento
11h45 - La ciudad colaborativa y democrática
12h30 - FabLabs y Movimiento Maker
8 noviembre, tarde. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
Diálogos ciudadanos “Hackeando la ciudad”
18h00 - Soberanía TIC
19h00 - Soberanía Energética o Energía de Código Abierto
9 noviembre, mañana . Etopia - Centro de Arte y Tecnología
9h15 - Ciudades cuidadoras: Innovación en alimentación y salud
10h00 - Movilidad de última milla: la compra a casa.
11h15 - Energía. Transición hacia la soberanía energética
12h00 - Nuevas economías urbanas
12h45 - El Barrio como plataforma de innovación social
9 noviembre, tarde. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
Diálogos ciudadanos “Hackeando la ciudad”
18h00 - Espacio público DIY
19h00 - Comercio de proximidad: el pulso de la ciudad
20h00 - Visualización Fachada LED "El Pulso de la ciudad".
9 noviembre, tarde. La Aljafería
17h00 - Mesa redonda: innovación y capacidades a nivel local y regional
18h30 - Pausa
18h45 - Diálogo ciudadano sobre innovación y empoderamiento local y regional

Daniel Sarasa presentaba hace unos días el contexto de estas jornadas, y creo que es una buena explicación del por qué y el cómo de unas jornadas que tienen pinta de ser un magnífico concentrados de proyectos y una toma de contacto de cosas que están pasando.

Puedes registrarte en esta página, nos vemos por allí.


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