jueves, 23 de noviembre de 2017

El rastro digital de la vida en la ciudad

La emergencia de nuevas aplicaciones tecnológicas está modificando (y lo hace de forma que hace unos pocos años apenas podíamos intuir) muchos de los servicios urbanos clásicos y todas las esferas de la vida cotidiana en la ciudad. Pensemos en la recogida de residuos, el transporte y la movilidad, la generación, distribución y consumo de energía, el diseño de las calles y del mobiliario urbano, la información ciudadana, etc. En todos estos casos están surgiendo herramientas digitales de medicación que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia del uso de esos servicios y de la propia vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local. De la misma manera, las formas de consumo, el acceso a la cultura, cómo nos movemos, buscamos direcciones o encontramos nuestro destino en la ciudad o la manera en la que recordamos, nos socializamos o buscamos información están mediatizadas por la esfera digital en sus diferentes formas.

La vida en las ciudades está cada vez más determinada por las tecnologías digitales, de la misma forma que a lo largo de la Historia urbana la evolución de los entornos urbanos ha estado asociada a sus sucesivas instrumentaciones, desde la aparición de los primeros sistemas de alcantarillado a la iluminación eléctrica de la vía pública. Hoy esta instrumentación va adquiriendo características nuevas asociadas a la conectividad y las funciones digitales que hacen realidad corpórea las visiones que en décadas pasadas aventuraban una hibridación de los espacios físicos y digitales. La vida cotidiana es cada vez más una creciente interacción con objetos, plataformas y dispositivos conectados, muchas veces de manera inconsciente (el rastro digital que dejamos en el sistema público de alquiler de bicicletas, nuestra imagen captada por una cámara de video-vigilancia o el paso de un autobús urbano identificado por un sensor, por ejemplo) y otras de manera más consciente (buscando un lugar a través de la navegación GPS, conectándonos a una red de conexión inalámbrica en una plaza, pagando el estacionamiento, etcétera).

Ed Jones/AFP/Getty Images 
Quienes no pueden percibir la red no pueden actuar de manera efectiva dentro de ella y se encuentran sin poder”, señala el artista James Briddle , indicándonos una de las características más trascendentales de esta realidad digital y el enorme reto que implica en términos ciudadanos. Desde termostatos en nuestra pared hasta sensores en el asfalto que pisamos, la vida diaria se va colonizando de dispositivos que organizan o mediatizan nuestras decisiones o incluso toman decisiones por nosotros mismos de manera subrepticia y, en muchas ocasiones, independientemente de nuestra voluntad. Desde cámaras de reconocimiento facial en las esquinas de nuestras calles hasta farolas que detectan la presencia de personas en la acera, dispositivos de control automático de las funciones de los servicios urbanos van siendo parte del paisaje urbano. Desde mecanismos que captan constantemente las condiciones ambientales hasta aplicaciones que registran nuestra posición. A pesar de esta constatación básica, falta abordar críticamente el significado de este rastro digital y reconocer la necesidad de comprender con calma y de manera compleja el significado de este cambio tecnológico en la vida en la ciudad, un cambio profundo y tranquilo que se ha disuelto en nuestras vidas particulares, en nuestras relaciones sociales, en nuestras expectativas y en nuestros espacios construidos.

Hoy observamos la creciente generalización de sistemas que se han incorporado poco a poco a la vida de las sociedades contemporáneas más avanzadas, principalmente mediante la extensión de los dispositivos móviles personales que dan forma a una iphone city  pero también otras respuestas ubicuas al día a día. Hace unos pocos años, el ipad no existía, la idea del internet de las cosas prácticamente no había salido de los laboratorios más especializados o del ámbito académico, y tecnologías como las etiquetas RFID, los i-beacons, la realidad aumentada o los códigos QR no formaban parte del paisaje de objetos cotidianos que llevamos con nosotros o con los que interactuamos. La rápida adopción de dispositivos que nos mantienen permanentemente conectados y que llevamos en nuestros bolsillos y mochilas, así como la progresiva presencia de cada vez más dispositivos e interfaces incorporados en objetos y superficies capaces de procesar información digital representan un enorme cambio en nuestra experiencia vital y comportamientos habituales.
Estas novedades tecnológicas están presentes (o prometen introducirse) en nuestras viviendas, en los edificios, en las calles, en los coches, y el espacio público y, quién sabe, también dentro de nuestros propios cuerpos. Este cambio tecnológico ha llegado de forma silenciosa mediante una transición tranquila e imperceptible desde el ordenador personal hasta la computación ubicua pero, al mismo tiempo, su materialización se caracteriza por su velocidad, su invasividad y su invisibilidad. Este escenario va incorporando progresivamente medios conectados a cualquier esfera vital: relaciones sociales, acceso a servicios públicos y privados, el transporte, el control de las funcionalidades de confort en la vivienda, el registro de nuestras actividades, etc. Una creciente población está, en definitiva, mediatizada por diferentes tipos de tecnologías de movilidad y comunicación que producen un nuevo medio urbano: una ciudad que transmite en tiempo real y 24 horas al día cada vez más detalles de su funcionamiento a través de diferentes interfaces que representan los cambiantes tiempos y espacios urbanos. Reconocer esta presencia es un punto de partida obvio a la hora de situar la eclosión de la SC como el imaginario dominante en la actualidad, pero también es asumir que su vinculación al fenómeno urbano forma parte de una tendencia más amplia y que alcanza a todas las esferas de la vida. Sectores industriales, formas de comunicación, patrones de activismo social o producción y consumo cultural constituyen un incompleto listado de esferas sociales en las que la utilización en sus diferentes formas de tecnologías digitales asociadas a la Red ha transformado su misma esencia.

La concepción de la ciudad como un espacio transformado por esta capa digital es consecuencia de, al menos, dos grandes tendencias. Por un lado, la ciudad como entorno de concentración de actividad humana es el lugar privilegiado en el que los principales progresos científico-técnicos se despliegan, avances que además tienen un fuerte componente de comunicación social y de construcción de nuevas formas de sociabilidad, aspectos consustanciales a la vida urbana. Por otro lado, la letanía del mundo urbanizado que ha visto cómo la mayoría de la población vive hoy en entornos urbanos se ha constituido en una tendencia presente en cualquier estudio sobre la evolución de nuestro mundo y sitúa en las ciudades el lugar central desde el que se movilizan las grandes transformaciones de nuestro tiempo. Pensar el desarrollo económico, el avance y profundización de la democracia, los nuevos patrones de consumo, el consumo global de recursos naturales, etc. exige situar estos aspectos en la creciente importancia de las ciudades como concentradores de actividad humana.

El inicio del siglo XXI ha desplegado diferentes líneas de desarrollo tecnológico en la esfera de lo digital cuyas posibilidades de transformación futura de las ciudades apenas hoy podemos vislumbrar. En cualquier caso, sabemos que todas las tecnologías basadas o facilitadas por internet son ya las grandes protagonistas de las innovaciones urbanas y los avances tecnológicos más significativos de los próximos años. El internet del futuro es el marco de referencia para desarrollos relacionados con el internet de las cosas, el cloud computing, el big data o la sensórica como vectores tecnológicos de mayor influencia en el despliegue de servicios urbanos. Sus aplicaciones alcanzan todas las escalas, desde cambios en los hábitos de vida personal hasta la transformación de los modelos de negocio de las industrias. Igualmente, cualquiera de las funcionalidades de la tecnología móvil cambia hábitos y patrones eminentemente urbanos en un proceso de ingeniería social por el cual desde la forma de hacer la compra a las vías de estar contacto con familiares y amigos tienen poco que ver con los hábitos de hace un par de décadas. Por último, las vidas sometidas a este escenario son una sucesión continua de rastros digitales que son captados, almacenados, procesados y explotados para adecuar el mundo vivido por cada persona, grupos humanos o comunidades enteras a preferencias, personalizaciones y adaptaciones en tiempo real que comprendemos relativamente pero que funcionan a través de mecanismos algorítmicos sobre los que apenas tenemos capacidad de control.
La ciudad se ha convertido así en la representación simbólica de la creciente generalización, sistematización y colonización digital de cualquier acto humano en las sociedades más avanzadas tecnológicamente. La ciudad inteligente ha pasado a ser el escenario en el que idealizar propuestas y utopías que buscan ofrecer una imagen completa y coherente del cambio tecnológico, la piel digital de la ciudad y sus infraestructuras asociadas-y su relevancia para el progreso humano.

Una revolución tranquila
En ocasiones se identifican los cambios apuntados como una revolución digital. No pretendemos aquí entrar en cuestiones de fondo que otros nombres clásicos de los estudios socio-técnicos han trabajado suficientemente sobre las revoluciones científico-técnicas (Ellul, Mumford,…). Queremos destacar, en cambio, que a pesar de las enormes transformaciones que ha supuesto la panoplia de avances asociados a la Red y a lo digital en su conjunto, esta transición ha sido, si no sigilosa, sí al menos tranquila y sosegada. Frente a la tentación de identificar la emergencia de la ciudad inteligente como un nuevo paradigma en la gestión urbana y en la comprensión del hecho urbano –tal como suele apreciarse en ocasiones-, debemos reconocer que la cuestión digital ha estado presente en el pensamiento sobre las ciudades desde hace un par de décadas al menos. Por otro lado, la colonización digital se ha producido de manera incremental y gradual más que explosiva. De manera bastante pacífica e intuitiva, como individuos, organizaciones y sociedad, hemos incorporado a nuestro quehacer diario, a nuestra experiencia cotidiana, a nuestros medios materiales de vida y a nuestros espacios vividos diferentes dispositivos que denominamos inteligentes.

El relato del salto digital a la ciudad inteligente es mucho menos épico de lo que a veces se presenta y tiene más que ver con una sucesión constante, progresiva, incremental e intuitiva de cambios profundos sobre nuestros hábitos Estos han modulado nuestros procedimientos y acciones de conveniencia más frecuentes, han modificado físicamente nuestras calles y han transformado nuestras formas de relación. No es, por tanto, un cambio rabiosamente contemporáneo. La presencia del software en la vida cotidiana irrumpió hace mucho tiempo en ámbitos diversos (la navegación aérea, la organización empresarial, los flujos financieros o el equipamiento doméstico) y es parte del sistema de organización social desde hace tiempo. Esta presencia es ahora normal en nuestros bolsillos, en el espacio público o en los sistemas de seguridad ciudadana porque el salto principal de los últimos tiempos ha sido el derivado de la naturaleza invasiva de las funciones de los dispositivos inteligentes, que han individualizado la capacidad de intermediar a través de la red en las actividades más comunes e incluso íntimas de la vida humana conectada. Por supuesto, se trata de una presencia ahora masiva y equipada con nuevas capacidades (big data), a través de nuevos dispositivos (teléfonos inteligentes) o interfaces (internet de las cosas) y nuevas infraestructuras (conectividad, centros de datos). Sin embargo, esencialmente, todo se ha producido fuera de nuestra vista, de una manera diluida en la suma de pequeños actos cotidianos con los que sostenemos nuestra existencia en un mundo en el que, aunque sólo sea para una pequeña parte de la humanidad que disfruta de la conexión total y permanente a la esfera digital, desde las retiradas de dinero o las felicitaciones de cumpleaños, pasando por la espera en una calle o el paso de nuestro vehículo queda registrado a través de diferentes medios de captación y almacenamiento de datos.

Todo ello fue imaginado hace tiempo, de manera visionaria pero tremendamente pragmática y, aunque esta vida conectada de inteligencia ambiental ubicua ha tomado formas insospechadas o no previstas, responde a parámetros perseguidos conscientemente. Desde la década de 1980, los estudios sobre la computación ubicua  como método para incorporar inteligencia computacional en el espacio urbano han ido ganando relevancia y solidez, pero ha sido la emergencia del movimiento de la smart city el que ha situado de manera generalizada este asunto en la agenda urbana, saliendo por ello de los círculos académicos, artísticos, tecnológicos y activistas en los que hasta ahora se había desenvuelto el estudio de la computación urbana y sus campos conexos (locative media, pervasive computing,…). Siendo esto así, cabe preguntarse cómo este amplio campo de la intersección de la esfera de las tecnologías digitales en la ciudad ha acabado concretándose en una visión particular, selectiva y concreta que ha pasado a denominarse smart city. Igualmente, cabe preguntarse por el papel que juega y jugará esta esfera digital en la comprensión de la vida urbana y en la configuración de sus servicios. Esta esfera está conformada por sensores instalados en la ciudad y sus equipamientos así como por las infraestructuras móviles ubicuas, ambas esferas transmitiendo datos automáticos o deliberados y alimentando aplicaciones y servicios tan dispares como la localización de baches en el asfalto, la medición de la calidad del aire, la monitorización de la red de alcantarillado, la gestión de la red eléctrica, la contabilización de personas, la cuantificación de espacios libres de aparcamiento o la alerta temprana de incendios, etc.

La invisibilidad es característica de las tecnologías que estamos tratando. Hasta ahora, cualquier otra gran transformación técnica de la Humanidad ha sido protagonizada por instrumentos materiales, tangibles físicamente e incluso pesados. Quizá el teléfono o el telégrafo se acerquen a esa invisibilidad pero, en último término, siempre han estado asociados a sus terminales, oficinas o líneas de comunicación y, en cualquier caso, su funcionamiento es relativamente sencillo en comparación con la complejísima red de infraestructuras, protocolos, software,… sobre la que se soporta la Red. Hoy tenemos los dispositivos conectados –con el smartphone como símbolo-, pero la transformación fundamental está en la conexión inalámbrica y la transferencia de información que generan. Datos, algoritmos y código son producto y resultado de la inteligencia ofrecida por los mecanismos materiales que usamos para conectarnos. Así, el teléfono móvil inteligente se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo un objeto absolutamente visible y material propio de la vida conectada es, sin embargo, resultado funcional de un sistema de redes complejas e infraestructuras (centros de datos, servidores,…) invisibles y desconocidas  que sostienen todo ello, pero radicalmente materiales y físicas. Esta pérdida de conexión sensorial con la base física de la Red podría explicar nuestra dificultad para captar las consecuencias profundas del cambio tecnológico que vivimos y hace que, en el día a día, la experiencia digital esté más cerca de lo inconsciente y la sensación de tener en nuestras manos una tecnología mágica sobre la que apenas tenemos capacidad de comprender sus consecuencias, su funcionamiento básico y las prerrogativas que le cedemos a cambio de su uso.

Via Cory Doctorow (CC BY-SA 2.0) 


Estas cuestiones nos urgen a formular un modelo crítico para comprender la transición hacia una vida conectada que ha llegado de manera gradual pero abriendo importantes cuestionamientos sobre el significado de esta colonización digital. Podemos ver los sensores instalados en las farolas de alumbrado público, pagar el aparcamiento acercando nuestra tarjeta de crédito, seguir en tiempo real nuestro consumo energético o incluso, al menos entender, en qué consiste la plataforma de integración de datos que nuestro ayuntamiento está desarrollando a modo de sistema operativo. Podemos descargarnos una app en nuestro móvil, aceptar la política de cookies de una web o acordar con una empresa a través de un formulario web una determinada política de uso de nuestros datos personales. Pero aunque podamos tocar estos objetos o realizar estas acciones de manera consciente, su significado más íntimo en términos de quién hace qué con nuestros datos, qué control tenemos sobre las imágenes de video-vigilancia a las que estamos sometidos o por qué el buscador de información municipal nos ofrece unos datos u otros, sigue siendo una caja negra. Mucho más oscuro aún es comprender que nuestros datos personales están alojados en servidores y centros de datos de la Costa Este de Estados Unidos, que el diseño de ese sistema operativo de nuestra ciudad tiene su cerebro (servidor) en California o quién es dueño de los cables submarinos que nos conectan a la Red mundial. Por eso, a pesar de haber descubierto recientemente que nuestra sociedad y nuestras vidas, tan beneficiadas por estar conectadas, están también sometidas a los sistemas de espionaje masivo más complejos de la Historia , nuestra sensibilidad sobre los problemas, por ejemplo, de privacidad, sigue siendo muy baja . Esta realidad nos señala una necesidad imperiosa de disponer de recursos críticos para abordar estos cambios desde un debate social consciente, crítico y constructivo. Precisamente por el carácter invasivo e invisible que hemos señalado, las tecnologías que hoy disfrutamos tienen la capacidad de maravillarnos, instalarse cómodamente en nuestras rutinas y ser asumidas sin mayor cuestionamiento que la conveniencia que nos producen en nuestros quehaceres diarios. Pero si bien el enorme y complejo desafío de la privacidad y la seguridad se presenta como el más significativo y sensible a nivel personal, otros muchos desafíos se presentan en el horizonte de la esfera pública y comunitaria. Estos desafíos, en la medida en que se plasman a través del imaginario de la smart city en las formas de gobierno, en los arreglos institucionales a través de los cuáles se despliegan las infraestructuras básicas de la ciudad y nuevos servicios derivados de la esfera digital o en las expectativas sobre los límites de la democracia, abren la necesidad de cuestionar las asunciones implícitas detrás de estas tecnologías.

La condición inteligente de la ciudad
La smart city como propuesta urbana trata de ofrecer un marco para explicar y ordenar esta presencia digital en la ciudad. Se trata del modelo urbano que ha sido ofrecido como explicación totalizadora de tantos fenómenos de cambio que apenas hemos esbozado anteriormente. La complejidad de la transición a un mundo (progresivamente) ubicuo y (mayoritariamente) urbano exige dar un sentido y coherencia para explicar el mundo en el que vivimos y que estamos construyendo y en el marco de esta necesidad la SC ha salido triunfante como modelo o teoría social de referencia a partir de una integración o co-optación de discursos previos (la sostenibilidad) y de pretensiones nada novedosas (la planificación y a gestión burocrática del desarrollo urbano). A pesar de sus ambiciones totalizadoras, el debate sobre la smart city ha sido muy limitado, sesgado, incompleto y precipitado. Tras los últimos años protagonizando gran parte del debate institucional (en forma de congresos, planes, proyectos piloto, etcétera), la ciudad inteligente no es capaz de explicarse a sí misma de manera comprensible para poder discutir sus consecuencias explícitas y sus efectos implícitos.
El significado de estas innovaciones tecnológicas en un mundo tan urbano (por porcentaje de población viviendo en ciudades pero también por el cada vez mayor número de grandes aglomeraciones urbanas) y a la vez tan dispar (un mundo en el que conviven realidades urbanas tan diferentes como Lagos, Nueva York, Jakarta o Santiago de Chile) está aún por explorar. El escenario aspiracional de la ciudad inteligente en la sociedad conectada sigue siendo aquel descrito por uno de sus pioneros, William Mitchell una personalización y adaptabilidad masiva de los servicios públicos y privados a través de los cuales las personas desarrollamos nuestras vidas para nuestra conveniencia. Cabe preguntarse en este momento si conveniencia y eficiencia es lo único que cabe esperar como ciudadanos del despliegue de la ubicuidad digital en la ciudad. Frente a la conveniencia que desde principios de siglo han añadido a nuestra vida tantos equipos capaces de adaptarse a nuestra realidad, de hacernos más sencillas las cosas, ahora somos más conscientes que hay otras consecuencias asociadas. Pérdida de autonomía (¿somos hoy más libres sujetos a los grandes monopolios de internet?), cambios en nuestras capacidades humanas (¿qué fue de nuestra memoria?), modificación de nuestros hábitos (¿qué hacíamos con tantos tiempos muertos antes del móvil?), creación de nuevos modelos de gobernanza y ejercicio del poder (¿quién controla hoy nuestro rastro digital?),.. Estas consecuencias no son necesariamente negativas, pero claramente nos obligan a cuestionarnos no hacia dónde vamos, sino hacia dónde queremos ir.

El seminal artículo de Mark Weiser (The Computer for the 21st Century) sobre la computación ubicua. Este breve texto representa uno de los escritos más influyentes y casi fundacionales de la tecnología digital tal como la conocemos hoy, en la medida en que predijo el paso de la época del ordenador personal a la era de la computación distribuida y fuera de las pantallas de los ordenadores. Su influencia ha sido central en las siguientes dos décadas en la agenda de investigación de las tecnologías ubicuas y su presencia cotidiana y en la retórica sobre sus prometedores efectos como una proyección para el futuro. Sin duda, su carácter visionario expresado en la conocida cita “the most profound technologies are those that disappear. They weave themselves into the fabric of everyday life until they are indistinguishable from it” se ha demostrado real a día de hoy, aunque posiblemente su despliegue material haya tomado derroteros y plasmaciones insospechadas o imprevistas en algunos casos.
Via BruceS 
En el caso específico del urbanismo y el planeamiento municipal, su intersección con las tecnologías conectadas también ha dado lugar a nuevas soluciones que tratan de encontrar nuevas dinámicas urbanísticas que incorporen soluciones digitales en sentido amplio. Esto pasa, en primer lugar, por la exploración de la realidad del funcionamiento urbano a través del uso del big data como nueva fase del estudio de los sistemas complejos en los entornos urbanos produciéndose así proyectos de modelización y de visualización de datos urbanos. Este tipo de proyectos de urbanismo sensorizado o urbanismo cuantitativo utilizan una variedad de técnicas de análisis basadas en los datos digitales urbanos que quedan plasmados en visualizaciones con un componente dinámico y, en muchas ocasiones, en tiempo real.

Más cercanos al ciudadano están los diferentes proyectos que están explorando cómo acercar la realidad cotidiana del espacio físico construido a través del uso de aplicaciones móviles para explorar y entender la capa digital de información alrededor del urbanismo (desde los diferentes sistemas de geolocalización a los que ya estamos acostumbrados para utilizar los medios de transporte público o para identificar o localizar diferentes recursos de la ciudad, desde problemas que requieren intervenciones de mantenimiento municipal hasta sistemas para localizar edificios y espacios abandonados o en desuso). Desde el punto de vista de la gestión interna municipal, la digitalización de la información está dando lugar, por su parte, a fórmulas más integradas de organización de la realidad urbanística y su cruce con otras realidades sectoriales, avanzando hacia soluciones más coherentes y a decisiones mejor informadas por parte de los gestores públicos. En último lugar, la presencia de objetos conectados en las calles de las ciudades continúa extendiéndose de manera natural (control de accesos a edificios a través de sistemas de identificación, soluciones automatizadas para áreas de peaje urbano, dispositivos de información pública, hotspots de conexión wi-fi, fachadas digitales interactivas, etc.), conformando una esfera de objetos públicos con los que la ciudadanía interactúa de manera más o menos consciente en la hidridación del espacio urbano y el espacio digital para desarrollar su vida en la ciudad.

////////

Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

La smart city, ¿algo más que una moda?

La ciudad contemporánea ha sufrido importantes transformaciones y seguirá sufriéndolas en las próximas décadas para continuar siendo el escenario del desarrollo colectivo. La emergencia de nuevas aplicaciones tecnológicas está modificando (y lo hará de forma que apenas hoy podemos intuir) muchos de los servicios urbanos clásicos y la forma en la que las instituciones públicas locales proveen esos servicios. Cualquier elemento consustancial a la gestión y a la vida urbanas está mediatizado hoy por el surgimiento de soluciones y aplicaciones tecnológicas de diferente signo que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia de la vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local.

La smart city está teniendo ya hoy capacidad de influir en la agenda urbana a través de estrategias, proyectos de implantación, inversiones y priorización de gasto público. Ciudades globales como San Francisco, Barcelona, Nueva York, Amsterdam, Montreal, Dublín, Londres o Singapur han aprobado en los dos últimos años documentos con diferentes títulos y ambición que buscan establecer una estrategia integral para la adopción de tecnologías inteligentes. Otras ciudades de menor tamaño y con menos focos a su alrededor también intentan encontrar su hueco proyectando o implantando proyectos tecnológicos para asociarse a la idea de la ciudad inteligente.

Este  término ha alcanzado desde 2011 un profundo interés  en comparación con otros términos que en la última década han sido grandes referencias en la cultura general sobre modelos urbanos como la ciudad sostenible y la ciudad creativa. Quien más quien menos, en los tres o cuatro últimos años cualquier ciudadano/a ha podido encontrarse con titulares grandilocuentes sobre cómo su ciudad será la primera ciudad inteligente en España o será la primera en tener un cerebro inteligente a través de una nueva plataforma de datos, se habrá encontrado con eventos para emprendedores o sobre innovación social que trataban el tema de la ciudad inteligente, habrá visto algún reportaje destacando nuevos servicios digitales en su ciudad, etc. Aún más importante, en estos años esa misma persona habrá oído hablar de alguna nueva aplicación para su móvil a través de la cuál mantenerse informado de las actividades de su ayuntamiento, habrá recibido una carta de su compañía suministradora de electricidad ofreciéndole la instalación de contadores inteligentes, se habrá encontrado con algún poste de recarga de vehículos eléctricos, se habrá conectado a algún punto de conexión inalámbrica en una plaza pública o habrá notado el comportamiento extraño de las farolas de la calle, que se apagan y se encienden de manera aparentemente aleatoria. Aún más importante si cabe, esa misma persona habrá pasado estos años dejando el rastro digital allí por donde ah pasado: calles sometidas a sistemas de videovigilancia, el historial de su navegador, el GPS de su móvil, las innumerables transacciones con su tarjeta de crédito, etc. En todas estas situaciones ha estado participando, inadvertidamente y sin ser consciente de sus implicaciones, del magma amorfo de la vida en la ciudad inteligente.

La smart city (SC) se ha convertido en un lugar común del discurso urbano y la rapidez con la que se ha introducido en programas electorales, planes de actuación municipal y orientaciones estratégicas de empresas tecnológicas ha impedido una reflexión sosegada sobre sus implicaciones. La SC se enfrenta incluso a una confusión conceptual que no ha impedido, sin embargo, que tenga ya hoy capacidad de influir en la sociedad. No se trata de un objeto teórico ni una especulación sin reflejo material. Al contrario, el imaginario ha comenzado a materializarse y a determinar nuevas formas de organizar las infraestructuras urbanas básicas, nuevas prioridades de inversión y nuevas maneras de entender el gobierno de las instituciones públicas.

(Chris Ratcliffe - Bloomberg)
La contestación crítica nació casi al mismo tiempo que las primeras referencias a la smart city. Robert Hollands se preguntaba ya en 2008 dónde encontrar en la realidad la ciudad inteligente que empezaba a aparecer en el lenguaje corporativo e institucional. Eran los primeros días de la fabricación de la idea de smart city como plasmación del ideal de incorporación de una nueva gama de tecnologías digitales en la ciudad. Tan sólo algunas empresas pioneras en revestir sus estrategias de marketing de un halo urbano habían comenzado a utilizar este término, fagocitando otros reclamos smart o propuestas en paralelo que buscaban aplicar una capa de tecnología digital a modelos de desarrollo urbano sostenible. Aún estaba por llegar toda una oleada de atención a las ciudades inteligentes que ha protagonizado en buena medida el debate sobre políticas urbanas en los últimos años.
Ahora que podemos evaluar este periodo de crecimiento exponencial de la atención a este tema, la pregunta de si existe realmente una ciudad inteligente tal como se ha promovido podría tener la misma respuesta. No existe la smart city tal como se ha presentado en el discurso más establecido y que ha sido dominante en los últimos años. La consiguiente sensación de desilusión empieza a aparecer ante la frustración que genera un movimiento con tan pocos resultados prácticos y tanto confusión conceptual, aunque sí mucha influencia mediática y programática. Esta falta de concreción práctica no impide, en cualquier caso, reconocer su influencia en la agenda de las políticas urbanas, que de una u otra forma han visto cómo se ha instalado en ellas una concepción particular del significado de la esfera digital en la ciudad y del modelo de innovación urbana.

De la misma forma, tanto esfuerzo discursivo tampoco ha conseguido ofrecer un consenso básico y compartido por las diferentes áreas de conocimiento relacionadas con la ciudad o para diferentes contextos urbanos ni ofrecer un relato coherente y entendible para la ciudadanía. Nos encontramos ante una propuesta de nuevo modelo de desarrollo urbano como continuación y evolución de términos previamente acogidos con igual entusiasmo (la ciudad creativa, la ciudad sostenible,…) en una larga historia de utopías y modelos teóricos urbanos. Se trata de la primera vez que un término que pretende marcar la agenda urbana prometiendo prosperidad emerge en un contexto de depresión y austeridad. Esto es especialmente significativo en el caso de los países del sur de Europa (España, Italia, Portugal, Grecia), contextos donde la retórica de la ciudad inteligente ha tenido un fuerte calado estos años. De esta manera, en un delicado contexto económico e institucional para las ciudades de nuestro entorno más cercano, la propuesta de la smart city ha sido acogida con un entusiasmo mucho mayor que en otros lugares (si bien ha sido significativa también su promoción en lugares tan dispares como India, China, Ecuador o Estados Unidos), convirtiéndose en un recurso discursivo predominante como modelo urbano de solución a la crisis, especialmente en una de sus argumentaciones básicas, la eficiencia. Esta apelación a la eficiencia operativa del funcionamiento de los servicios municipales ha sido significativa en países como España o Italia y ha favorecido el sostenimiento de un perfil activo en cuanto a nuevas propuestas para el mercado electoral en un tiempo de restricciones extremas en el gasto público, posibilitando así la apariencia y, en ocasiones la realidad (la mayor parte de las veces, gracias a financiación externa) de estar ofreciendo nuevas actuaciones para la ciudad. La SC ha funcionado así como discurso-promesa para ofrecer una vía de salvación a la situación generalizada de depresión de las políticas y la financiación municipal en regiones que sufrían un duro ajuste en sus expectativas. Junto a ello, el ambiente predominante de espectacularización acrítica en el que se desarrolla el actual contexto de adopción de innovaciones digitales ha sido crucial a la hora de explicar el surgimiento, emergencia, consolidación e influencia de un término que, apenas hace unos años era tangencial, especulativo y residual tanto en la esfera académica como en la mediática o la institucional.

////////

Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

lunes, 30 de octubre de 2017

En Etopia Demo City

El próximo 8 de noviembre estaré en Etopia Demo City. La ciudad digital como agente de transformación social, unas jornadas de dos días (8 y 9 de noviembre) organizadas por el Ayuntamiento de Zaragoza que tendrán lugar en Etopia, Centro de Arte y Tecnología.


Es un intensísimo programa que reúne diferentes expresiones de dinámicas alrededor del municipalismo con un enfoque que va más allá de lo puramente tecnológico y alcanza a temas de soberanía, economía urbana o ciudad colaborativa. A mí me toca hacer la introducción inicial, en la que partiré del libro Descifrar las smart cities, para abordar algunos cuestionamientos, para después moderar una sesión, Ciudad digital, datos y ciudadanía, en la que diferentes ponentes abordarán esta relación.

8 noviembre, mañana. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
9h15 - Descifrando la Smart City
9h45 - Ciudad Digital. Datos y ciudadanía
10h30 - Nuevos centros de conocimiento
11h45 - La ciudad colaborativa y democrática
12h30 - FabLabs y Movimiento Maker
8 noviembre, tarde. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
Diálogos ciudadanos “Hackeando la ciudad”
18h00 - Soberanía TIC
19h00 - Soberanía Energética o Energía de Código Abierto
9 noviembre, mañana . Etopia - Centro de Arte y Tecnología
9h15 - Ciudades cuidadoras: Innovación en alimentación y salud
10h00 - Movilidad de última milla: la compra a casa.
11h15 - Energía. Transición hacia la soberanía energética
12h00 - Nuevas economías urbanas
12h45 - El Barrio como plataforma de innovación social
9 noviembre, tarde. Etopia - Centro de Arte y Tecnología
Diálogos ciudadanos “Hackeando la ciudad”
18h00 - Espacio público DIY
19h00 - Comercio de proximidad: el pulso de la ciudad
20h00 - Visualización Fachada LED "El Pulso de la ciudad".
9 noviembre, tarde. La Aljafería
17h00 - Mesa redonda: innovación y capacidades a nivel local y regional
18h30 - Pausa
18h45 - Diálogo ciudadano sobre innovación y empoderamiento local y regional

Daniel Sarasa presentaba hace unos días el contexto de estas jornadas, y creo que es una buena explicación del por qué y el cómo de unas jornadas que tienen pinta de ser un magnífico concentrados de proyectos y una toma de contacto de cosas que están pasando.

Puedes registrarte en esta página, nos vemos por allí.


martes, 11 de julio de 2017

Smart cities: escala humana y vida pública en las ciudades

El pasado 8 de junio estuve en Córdoba invitado por el Grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad en las Jornadas Sostenibilidad y convivencia en centros históricos, uso y disfrute del espacio público. Dejo aquí el resumen de los temas que abordé en la conferencia Smart cities: escala humana y vida pública en las ciudades.

////////////////////

La ciudad contemporánea ha sufrido importantes transformaciones y seguirá sufriéndolas en las próximas décadas para continuar siendo el escenario del desarrollo colectivo. La emergencia de nuevas aplicaciones tecnológicas está modificando (y lo hará de forma que apenas hoy podemos intuir) muchos de los servicios urbanos clásicos y la forma en la que las instituciones públicas locales proveen esos servicios. Cualquier elemento consustancial a la gestión y a la vida urbanas está mediatizado hoy por el surgimiento de soluciones y aplicaciones tecnológicas de diferente signo que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia de la vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local.

Esta realidad coincide con ciertas tendencias que nos hacen reflexionar sobre el carácter social de nuestras ciudades. Si el mundo es cada vez más  urbano, ¿son nuestras ciudades más sociables? Como ciudadanos equipados con diferentes dispositivos y soportes para participar en el conglomerado de relaciones del espacio digital, ¿somos hoy seres más sociales? Diferentes tendencias. Vivimos un arrinconamiento de muchas actividades sociales  en el espacio público, pero también estamos aprendiendo a convivir con nuevos principios y expectativas de la cultura digital, desde la transparencia hasta la convivencia con la flexibilidad y la condición de beta permanente e innovación gradual. Las tensiones entre estas dos tendencias se reflejan en conflictos urbanos que hoy son cotidianos y que se muestran en los espacios públicos, en el acceso a la vivienda o en el uso de los espacios públicos.

En este escenario ambivalente, la smart city aparece como nuevo modelo urbano. Sus promesas evidentes (una ciudad inteligente será más sostenible, más eficiente o más competitiva, y se gestionará de manera más  integrada) tienen aún que demostrarse en muchos casos efectivas y significativas para la vida cotidiana en las ciudades. Necesitamos de las smart cities algo más  que un reato solucionista de problemas urbanos que no tienen una solución única, ni mucho menos tecnológica. Necesitamos ciudades inteligentes que nos hablen de muchos de los valores urbanos que no tienen que ver con una vida eficiente. Necesitamos una ciudad inteligente de las tecnologías cotidianas, de las tecnologías del cuidado, de las necesidades reales de la ciudadanía. Necesitamos una ciudad inteligente dirigida a hacer de la tecnología un medio para un objetivo mayor que es disponer de mecanismos de gestión inteligente de lo público y de oportunidades para ensanchar las posibilidades de disfrute de la ciudad. 

viernes, 7 de julio de 2017

Solucionismo: reinventando el transporte público

El solucionismo tiene estas cosas, que nos presenta como novedades lo que ya está inventado pero no es suficientemente cool, que nos propone soluciones definitivas -tecnología mediante- a problemas que son irresolubles, al menos a través de determinaciones únicas, infalibles y mágicamente sencillas. Se alimenta de la ideología californiana, del optimismo irredento que desprende el silicio, de la petulancia ambiciosa de quien va en zapatillas arreglando el mundo.
Y así se adornan novedosos sistemas para dotarnos de modos de transporte colectivo, con diferentes paradas a través de unas rutas establecidas que aspiran a ser capilares a través de la multi-modalidad. Lo llamaremos Lyft Shuttle porque queda mucho mejor que autobuses públicos y porque, en realidad, lo que queremos es privatizar vía trampa colaborativa un servicio urbano esencial como el transporte público. Y así, de paso, generaremos sesgos, barreras y regulaciones privadas, para hacerlo más usable, más user-friendly. Porque el pesimismo sobre la ciudad nos dice que los sistemas públicos actuales son ineficientes, demasiado rígidos y disponibles para todo el mundo, y eso no puede ser.


También podemos acabar con el tráfico, el endemoniado tráfico, de una vez y para siempre, con una respuesta única. ¿Y si escondemos debajo de la tierra todo el tráfico? Magia: ojos que no ven, corazón que no siente. Es "sólo" cuestión de construir miles de kilómetros de túneles debajo de la superficie. ¡Cómo no se nos había ocurrido antes! Esto, espera, espera, ¿no se parece eso demasiado a un metro? Ya están los aguafiestas. Esto es diferente, serán vehículos autónomos y todo eso y así cada uno irá en su propio vehículo, nada de metros ni sistemas colectivos, ni públicos.

Nota: sí, hacía muuucho tiempo que no dejaba rastro en el blog, pero ppr aquí sigo :-)

miércoles, 15 de marzo de 2017

La smart city como imaginario socio-tecnológico, en Ci[ur]

Será por opciones. La tesis la puedes encontrar en el repositorio de la UPV/EHU o desde el propio blog para descargar. Puedes encontrar la parte de los mitos publicada en la Revista Urbs. Y, por supuesto, está la versión libro en Descifrar las smart cities. Incluso partes del propio libro las he empezado a publicar en Medium, por si sirve también para seguir sus contenidos.

Ahora también puedes acceder a gran parte de sus contenidos gracias a la publicación del número 109 de Ci[ur] Cuadernos de investigación urbanística, bajo el título La smart city como imaginario socio-tecnológico.

Fecha de edición: noviembre--diciembre de 2016

Índice

Introducción
Hegemonía de la Smart City como discurso particular
El régimen discursivo de la Smart City y la condición inteligente
Los mitos discursivos de la Smart City
4.1 El mito de la eficiencia operativa. La obsesión por la optimización como objetivo único de los servicios urbanos
4.2 El mito de la sostenibilidad. El reclamo a una sostenibilidad débil basada en la irresponsabilidad de los comportamientos
4.3 El mito de la competitividad. La acumulación tecnológica como factor de desarrollo económico
4.4 El mito de la integración. La aspiración a un sistema de gestión y control perfectamente integrado y una experiencia sin fricciones
4.5 El mito de la simplificación. La reducción de la complejidad a modelos de simulación en lugar de pensar la ciudad como wicked problem
4.6 El mito de la neutralidad del dato. La ficción de un conocimiento aséptico, sin sesgos, perfecto y objetivo a partir del big data
4.7 El mito de la despolitización. La aspiración de conseguir mediante más información un horizonte post-político de la gestión urbana
4.8 El mito de la suficiencia tecnológica. La identificación de la tecnología como el elemento crítico en cualquier cuestión relacionada con la ciudad
4.9 El mito de la deseabilidad intrínseca. El inevitable e incuestionable progreso tecnológico
Conclusiones
Bibliografía

miércoles, 1 de febrero de 2017

La condición inteligente de la ciudad

El nuevo número de Ciudad Sostenible incluye un extracto del libro Descifrar las smart cities. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

////////////////////////

La smart city como propuesta urbana trata de ofrecer un marco para explicar y ordenar la presencia digital en la ciudad. Se trata del modelo urbano que ha sido ofrecido como explicación totalizadora de tantos fenómenos de cambio que apenas hemos esbozado anteriormente. La complejidad de la transición a un mundo (progresivamente) ubicuo y (mayoritariamente) urbano exige dar un sentido y coherencia para explicar el mundo en el que vivimos y que estamos construyendo y en el marco de esta necesidad la SC ha salido triunfante como modelo o teoría social de referencia a partir de una integración o co-optación de discursos previos (la sostenibilidad) y de pretensiones nada novedosas (la planificación y a gestión burocrática del desarrollo urbano). A pesar de sus ambiciones totalizadoras, el debate sobre la smart city ha sido muy limitado, sesgado, incompleto y precipitado. Tras los últimos años protagonizando gran parte del debate institucional (en forma de congresos, planes, proyectos piloto, etcétera), la ciudad inteligente no es capaz de explicarse a sí misma de manera comprensible para poder discutir sus consecuencias explícitas y sus efectos implícitos.

El significado de estas innovaciones tecnológicas en un mundo tan urbano (por porcentaje de población viviendo en ciudades pero también por el cada vez mayor número de grandes aglomeraciones urbanas) y a la vez tan dispar (un mundo en el que conviven realidades urbanas tan diferentes como Lagos, Nueva York, Jakarta o Santiago de Chile) está aún por explorar. El escenario aspiracional de la ciudad inteligente en la sociedad conectada sigue siendo aquel descrito por uno de sus pioneros, William Mitchell una personalización y adaptabilidad masiva de los servicios públicos y privados a través de los cuales las personas desarrollamos nuestras vidas para nuestra conveniencia. Cabe preguntarse en este momento si conveniencia y eficiencia es lo único que cabe esperar como ciudadanos del despliegue de la ubicuidad digital en la ciudad. Frente a la conveniencia que desde principios de siglo han añadido a nuestra vida tantos equipos capaces de adaptarse a nuestra realidad, de hacernos más sencillas las cosas, ahora somos más conscientes que hay otras consecuencias asociadas. Pérdida de autonomía (¿somos hoy más libres sujetos a los grandes monopolios de internet?), cambios en nuestras capacidades humanas (¿qué fue de nuestra memoria?), modificación de nuestros hábitos (¿qué hacíamos con tantos tiempos muertos antes del móvil?), creación de nuevos modelos de gobernanza y ejercicio del poder (¿quién controla hoy nuestro rastro digital?),.. Estas consecuencias no son necesariamente negativas, pero claramente nos obligan a cuestionarnos no hacia dónde vamos, sino hacia dónde queremos ir.

El seminal artículo de Mark Weiser (The Computer for the 21st Century) sobre la computación ubicua. Este breve texto representa uno de los escritos más influyentes y casi fundacionales de la tecnología digital tal como la conocemos hoy, en la medida en que predijo el paso de la época del ordenador personal a la era de la computación distribuida y fuera de las pantallas de los ordenadores. Su influencia ha sido central en las siguientes dos décadas en la agenda de investigación de las tecnologías ubicuas y su presencia cotidiana y en la retórica sobre sus prometedores efectos como una proyección para el futuro . Sin duda, su carácter visionario expresado en la conocida cita “the most profound technologies are those that disappear. They weave themselves into the fabric of everyday life until they are indistinguishable from it” se ha demostrado real a día de hoy, aunque posiblemente su despliegue material haya tomado derroteros y plasmaciones insospechadas o imprevistas en algunos casos.
En el caso específico del urbanismo y el planeamiento municipal, su intersección con las tecnologías conectadas también ha dado lugar a nuevas soluciones que tratan de encontrar nuevas dinámicas urbanísticas que incorporen soluciones digitales en sentido amplio. Esto pasa, en primer lugar, por la exploración de la realidad del funcionamiento urbano a través del uso del big data como nueva fase del estudio de los sistemas complejos en los entornos urbanos produciéndose así proyectos de modelización y de visualización de datos urbanos. Este tipo de proyectos de urbanismo sensorizado o urbanismo cuantitativo utilizan una variedad de técnicas de análisis basadas en los datos digitales urbanos que quedan plasmados en visualizaciones con un componente dinámico y, en muchas ocasiones, en tiempo real.

Más cercanos al ciudadano están los diferentes proyectos que están explorando cómo acercar la realidad cotidiana del espacio físico construido a través del uso de aplicaciones móviles para explorar y entender la capa digital de información alrededor del urbanismo (desde los diferentes sistemas de geolocalización a los que ya estamos acostumbrados para utilizar los medios de transporte público o para identificar o localizar diferentes recursos de la ciudad, desde problemas que requieren intervenciones de mantenimiento municipal hasta sistemas para localizar edificios y espacios abandonados o en desuso). Desde el punto de vista de la gestión interna municipal, la digitalización de la información está dando lugar, por su parte, a fórmulas más integradas de organización de la realidad urbanística y su cruce con otras realidades sectoriales, avanzando hacia soluciones más coherentes y a decisiones mejor informadas por parte de los gestores públicos. En último lugar, la presencia de objetos conectados en las calles de las ciudades continúa extendiéndose de manera natural (control de accesos a edificios a través de sistemas de identificación, soluciones automatizadas para áreas de peaje urbano, dispositivos de información pública, hotspots de conexión wi-fi, fachadas digitales interactivas, etc.), conformando una esfera de objetos públicos con los que la ciudadanía interactúa de manera más o menos consciente en la hidridación del espacio urbano y el espacio digital para desarrollar su vida en la ciudad.

Partimos, por tanto, desde este mismo momento, de la constatación de una nueva presencia en la ciudad, una nueva capa técnica que no sólo tiene un reflejo material en forma de infraestructuras, dispositivos públicos y personales, sino también un reflejo inmaterial en forma de flujos y transferencias de información, transacciones de todo tipo mediatizadas por interfaces digitales. Este es el entorno crecientemente generalizado en el que se desenvuelve la cotidianeidad urbana, en el que se transforman los servicios urbanos y en el que nace y se manifiesta un nuevo imaginario.

La invisibilidad es característica de las tecnologías que estamos tratando. Hasta ahora, cualquier otra gran transformación técnica de la Humanidad ha sido protagonizada por instrumentos materiales, tangibles físicamente e incluso pesados. Quizá el teléfono o el telégrafo se acerquen a esa invisibilidad pero, en último término, siempre han estado asociados a sus terminales, oficinas o líneas de comunicación y, en cualquier caso, su funcionamiento es relativamente sencillo en comparación con la complejísima red de infraestructuras, protocolos, software,… sobre la que se soporta la Red. Hoy tenemos los dispositivos conectados –con el smartphone como símbolo-, pero la transformación fundamental está en la conexión inalámbrica y la transferencia de información que generan. Datos, algoritmos y código son producto y resultado de la inteligencia ofrecida por los mecanismos materiales que usamos para conectarnos. Así, el teléfono móvil inteligente se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo un objeto absolutamente visible y material propio de la vida conectada es, sin embargo, resultado funcional de un sistema de redes complejas e infraestructuras (centros de datos, servidores,…) invisibles y desconocidas  que sostienen todo ello, pero radicalmente materiales y físicas. Esta pérdida de conexión sensorial con la base física de la Red podría explicar nuestra dificultad para captar las consecuencias profundas del cambio tecnológico que vivimos y hace que, en el día a día, la experiencia digital esté más cerca de lo inconsciente y la sensación de tener en nuestras manos una tecnología mágica sobre la que apenas tenemos capacidad de comprender sus consecuencias, su funcionamiento básico y las prerrogativas que le cedemos a cambio de su uso.

Estas cuestiones nos urgen a formular un modelo crítico para comprender la transición hacia una vida conectada que ha llegado de manera gradual pero abriendo importantes cuestionamientos sobre el significado de esta colonización digital. Podemos ver los sensores instalados en las farolas de alumbrado público, pagar el aparcamiento acercando nuestra tarjeta de crédito, seguir en tiempo real nuestro consumo energético o incluso, al menos entender, en qué consiste la plataforma de integración de datos que nuestro ayuntamiento está desarrollando a modo de sistema operativo. Podemos descargarnos una app en nuestro móvil, aceptar la política de cookies de una web o acordar con una empresa a través de un formulario web una determinada política de uso de nuestros datos personales. Pero aunque podamos tocar estos objetos o realizar estas acciones de manera consciente, su significado más íntimo en términos de quién hace qué con nuestros datos, qué control tenemos sobre las imágenes de video-vigilancia a las que estamos sometidos o por qué el buscador de información municipal nos ofrece unos datos u otros, sigue siendo una caja negra. Mucho más oscuro aún es comprender que nuestros datos personales están alojados en servidores y centros de datos de la Costa Este de Estados Unidos, que el diseño de ese sistema operativo de nuestra ciudad tiene su cerebro (servidor) en California o quién es dueño de los cables submarinos que nos conectan a la Red mundial. Por eso, a pesar de haber descubierto recientemente que nuestra sociedad y nuestras vidas, tan beneficiadas por estar conectadas, están también sometidas a los sistemas de espionaje masivo más complejos de la Historia, nuestra sensibilidad sobre los problemas, por ejemplo, de privacidad, sigue siendo muy baja. Esta realidad nos señala una necesidad imperiosa de disponer de recursos críticos para abordar estos cambios desde un debate social consciente, crítico y constructivo. Precisamente por el carácter invasivo e invisible que hemos señalado, las tecnologías que hoy disfrutamos tienen la capacidad de maravillarnos, instalarse cómodamente en nuestras rutinas y ser asumidas sin mayor cuestionamiento que la conveniencia que nos producen en nuestros quehaceres diarios. Pero si bien el enorme y complejo desafío de la privacidad y la seguridad se presenta como el más significativo y sensible a nivel personal, otros muchos desafíos se presentan en el horizonte de la esfera pública y comunitaria. Estos desafíos, en la medida en que se plasman a través del imaginario de la smart city en las formas de gobierno, en los arreglos institucionales a través de los cuáles se despliegan las infraestructuras básicas de la ciudad y nuevos servicios derivados de la esfera digital o en las expectativas sobre los límites de la democracia, abren la necesidad de cuestionar las asunciones implícitas detrás de estas tecnologías. 

martes, 24 de enero de 2017

La ciudad relacional en la sociedad conectada (8 de febrero, Alicante)

El próximo miércoles 8 de febrero estaré en Alicante en el marco del ciclo de conferencias Urbanismo Transversal organizado por el Área de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Universidad de Alicante. El curso, compuesto de diferentes sesiones entre noviembre de 2016 y abril de 2017, cuenta también con la participación de Javier Ruiz (Unviersidad Politécnica de Madrid), Gabrielle Pasqui (Politecnico di Milano), Carla Narciso (Universidad Nacional Autónoma de México), Juan Luis Rivas y Belén Bravo (Universidad de Granada) y Lisa Reber (Arizona State University).

Desde un planteamiento abierto a analizar nuevas teorías y conceptos alrededor del urbanismo, mi aportación se titula "La ciudad relacional en la sociedad conectada" y la he encuadrado así:

"La forma de hacer ciudad es un proceso en crisis. Diferentes factores, desde cambios sociales, crisis de la política o transformación tecnológica, están contribuyendo a la materialización de un conflicto entre las formas institucionales de gobernar y dar forma a las ciudades y las expectativas de la ciudadanía sobre el papel que quiere tener en la ciudad que vive. Son muchos los movimientos sociales, las disciplinas académicas, los proyectos o las teorías que están contribuyendo en los últimos tiempos a la formación de un nuevo enfoque sobre cómo hacer ciudad que vaya más allá de las instituciones públicas y del urbanismo como instancias centrales o únicas de hacer ciudad. Hacer ciudad ya no es únicamente un asunto de planificadores públicos o de urbanistas en sentido estricto. Las metodologías, conocimientos y teorías que diseñan y construyen la ciudad y sus proyectos en el día a día han desbordado el campo de acción de las ciencias urbanas tradicionales. Con estas premisas, la sesión quiere revisar más concretamente el impacto de las ciudades inteligentes como modelo urbano y su significado en las nuevas prácticas del urbanismo, la gestión de la ciudad, las dinámicas de participación ciudadana, etc."

martes, 10 de enero de 2017

Participación ciudadana. Hacia un enfoque creativo

El primer número de 180º, el primer número de una nueva revista que ha lanzado Global CAD, ya está aquí. Tuve la oportunidad de escribir una contribución hace ya unos cuantos meses, en la que abordo cómo se están superando los modelos más tediosos, rígidos e institucionales de la participación ciudadana. Este primer número, titulado Back to Local, tal como lo presenta así Fernando Casado, busca analizar "tendencias alternativas que reflejan un cambio de mentalidad comprometido a cambiar nuestros hábitos: desde nuestros modelos de consumo y producción a la forma en que gestionamos el conocimiento y cómo interactuamos entre nosotros.(...) Ante esta situación, la identidad de barrio ha recuperado su razón de ser, las asociaciones están en el punto de mira y las cooperativas están otra vez de moda. Unidos por la necesidad y respondiendo con creatividad y solidaridad a los retos de un futuro que amenaza con colapsar, los ciudadanos han vuelto a centrarse en ellos mismos, en el vecindario. Han regresado a lo que es local. El terreno de juego para esta revolución es la ciudad, la cual se esfuerza en adaptarse a una ciudadanía que ya no acepta ser representada, sino que solicita y demanda un nuevo modelo de gestión urbana basado en políticas de participación pública con un carácter más inclusivo."

En la revista puedes encontrar contribuciones de Antanas Mockus, Javi Creus, Raons Públiques, Gemma Soles o Lea Rekow, entre otros. Abajo puedes leer mi texto (una traducción ddel original en inglés) y la revista completa la puedes leer aquí.

//////////////////////////////////////

La participación de la comunidad en la  planificación urbana empieza a ser urgente.  A pesar de que las sociedades buscan  más acceso a información y transparencia  en las decisiones públicas, se enfrentan muchas veces con sistemas de  planificación oscuros y complejos cuando  se trata de desarrollo urbano. La participación  ciudadana necesita un proceso de  diseño que considere estratégicamente  cómo hacer de sus promesas una realidad.



El mundo en desarrollo está  siendo testigo de unas tasas  de urbanización sin precedentes.  Esto trae aparejada  una necesidad creciente por  generar nuevas herramientas  que ayuden a atender las demandas de las  comunidades a partir de un criterio inclusivo  y creativo que hagan de la planificación  participativa una estrategia de  alto impacto.

El diseño participativo ha ampliado  sus límites durante la última década. Las  encuestas, las audiencias públicas, las reuniones  de espacios abiertos, las consultas,  los diagnósticos participativos, ... eran  parte de las herramientas tradicionales  hace algunos años y siguen siendo lo que visualizamos cuando pensamos en participación.  Salas de reuniones, papeles, pizarras,  post-its y personas que se reúnen  para hablar, debatir, sugerir, dar su consentimiento,  etc. Además, esto se produce  en torno a temas específicos designados  por las autoridades como participativos.  Aunque esta breve descripción puede parecer  demasiado simplista e incluso injusta  dada la amplia gama de técnicas heterogéneas,  enfoques y herramientas, este ha  sido el marco general de la participación pública en las decisiones locales.

Después llegaron las tecnologías en  red y su generalización no sólo cambió  nuestra vida cotidiana, sino también  nuestra forma de pensar y nuestras expectativas.  La externalización abierta  de tareas, la producción entre pares, el intercambio  colaborativo, los bienes y servicios  comunes y otros conceptos e ideas  se están convirtiendo en parte de la forma  en la que entendemos cómo funcionan las  cosas y cómo los proyectos deberían ser  diseñados, gestionados y evaluados en diferentes esferas de la vida, desde el periodismo  y los medios de información hasta  el acceso a la producción cultural y el consumo.  Así que, ¿por qué los gobiernos y las  políticas públicas están tardando tanto  tiempo en adaptar sus procedimientos a la  forma en que vivimos? La respuesta es que  la innovación y el cambio local requieren  profundas mutaciones y liderazgos que  todavía son escasos.
La participación, así como todo tipo  de implicación en asuntos públicos, deben  ser entendidos detalladamente para  evitar las falsas expectativas y el síndrome  de fatiga participativa. Aquí es donde  debemos establecer una diferenciación  crucial, como Thomas J. Lodato abordara perfectamente en su artículo “Tres posturas  sobre el hackeo cívico”. Aunque el  texto está vinculado a un enfoque particular  de la participación cívica, el hackeo  civíco, también puede adaptarse perfectamente  a una visión más amplia de los  procesos participativos. La participación  en, la participación por y la participación  a través, conforman tres marcos diferentes  para entender el nivel de implicación  en asuntos públicos que los procesos particulares  de participación están promoviendo.  Tener esto presente es una forma  de establecer límites, el alcance y la ambición  de cómo se concretará la toma de  decisiones y la participación ciudadana.
Antes de mostrar cómo estas tendencias  están remodelando nuestro conocimiento  sobre el compromiso cívico en políticas  locales, podemos resumir algunos criterios  que aún son relevantes en el diseño de  procesos participativos:

POR QUÉ. DEMOCRACIA Y MEJORES  DECISIONES
La participación comunitaria  en políticas locales y las cuestiones  sociales, por lo general, vienen precedidas  por una respuesta negativa predecible:  “malgasta dinero, tiempo y recursos  que no nos podemos permitir. Hay una necesidad  urgente de tomar una decisión”.  Antes o después, aquellos que pretenden  promover un proceso participativo tendrán  que hacer frente a esta crítica y vale  la pena diseñar un proceso que abarque los  riesgos, el escepticismo y las desventajas.  La participación comunitaria puede suponer  más tiempo hasta que se tome una  decisión, mantener los conflictos paralizados,  implicar una pérdida percibida  de la autoridad de los organismos públicos  o añadir incertidumbre en el proceso  de toma de decisiones. Estas barreras,  entre otras, son problemas potenciales  a los que un diseño deliberado y sensato  puede enfrentarse. La planificación participativa  sin embargo, es más propensa  a producir mejor decisiones respecto al  entorno construido y la gente que lo disfruta.  Estas decisiones en conjunto están  mejor informadas, anticipan conflictos  potenciales, ponen de relieve la legitimidad  de las decisiones públicas, y crean  un sentido de corresponsabilidad en la  creación de los espacios urbanos. Pero, sobre  todo, perfeccionar la participación y  el compromiso cívico es la mejor manera  de adaptar el trabajo institucional y la burocracia a las expectativas crecientes  de las sociedades alrededor del mundo a  expresar su opinión a la hora de dar forma  a su propio entorno.

QUIÉN. TRANSPARENCIA E INCLUSIVIDAD
El principal reto de los proyectos  urbanos tiene que ver con la necesidad de  diseñarlos de un modo transparente e inclusivo,  diferenciando los papeles que los  distintos actores deberían desempeñar en función de su posición. El mapa de actores  involucrados en el proyecto no tiene  que ver con un largo listado de nombres.  El reto crucial es asegurar que desempeñen  su papel de un modo equilibrado  y que definan un conjunto diferente de  herramientas de participación, eventos  y maneras de contribuir de tal forma que  la mayoría de los intereses sociales estén  incluidos. Ciertas herramientas como los  sociogramas -un instrumento que mapea  las interacciones entre los diferentes grupos de personas- o las herramientas  de mapeos de actores son útiles para comprender  el papel que cada actor puede tener  en el proceso y definir la contribución  correcta en cada etapa del proceso. Nos  ayudan a profundizar en las relaciones  dentro de la comunidad y facilitan a los  diseñadores formas para involucrar a los  participantes.

QUÉ. DISEÑO PARA CADA CASO ESPECÍFICO
A pesar de que la planificación  participativa es una rama consolidada y ha  sido utilizada en diferentes áreas de las políticas  públicas, debe tenerse cuidado con  las copias. Existe la tentación de pensar  que lo que funcionó en un lugar podrá ser  implementado de forma mimética en otros.  Por supuesto, gracias a la amplitud de iniciativas  precedentes, las organizaciones  pueden inspirase de ellas, no hay necesidad  de empezar de cero. Los facilitadores  pueden encontrar fácilmente distintas guías, ejemplos inspiradores y consejos  prácticos. Pero una de las recomendaciones  más importantes que los planificadores  comunitarios y los facilitadores de la participación  dan es la adaptación del diseño  para cada proyecto. El diseño caso a caso  es la única manera de iniciar un proceso  que puede variar en función del tema, la  problemática urbana, las circunstancias  sociales, los recursos disponibles, etc.

Teniendo presentes estas primeras  ideas como principios del diseño para garantizar  la incorporación de la conciencia  del contexto a los procesos participativos,  necesitamos integrar una mejor comprensión  de las nuevas necesidades sociales y  expectativas de lo que en realidad llamamos participación. Hubo un tiempo  en el que la planificación participativa  representaba sólo una serie de reuniones  vespertinas aburridas. Probablemente esa  aún sea la principal imagen que visualizamos  a la hora de analizar un proceso  participativo. Las reuniones internas, que  son en realidad una manera muy limitada  para que la gente se involucre, son una  pequeña fracción de las diferentes herramientas  que pueden usarse para despertar  los intereses sociales y las contribuciones.  Aquí es donde la creatividad puede inspirar  a aquellos a cargo del diseño y la facilitación  de procesos, para entender que las  ideas pueden surgir de formas diferentes  y que la implicación en cuestiones locales y comunitarias pueden ser más proactivas:  ¿por qué no hacer ejercicios de dibujo  para incluir las visiones infantiles?, ¿por  qué no contar historias para incluir a las  personas mayores?, ¿por qué no salir de  los espacios cerrados?, ¿por qué no deshacerse  de los papeles y cuestionarios y usar  las paredes u otros formatos para recoger  ideas?, ¿qué hay de transformar físicamente  el espacio que se está discutiendo  para imaginar su uso potencial?, ¿qué pasa  con la participación de otros profesionales  además de arquitectos y urbanistas (artistas,  novelistas, fotógrafos,…) y pensar con una perspectiva diferente alejada de mapas,  ordenanzas y códigos? Llegados a este  punto, podemos mencionar un proyecto  que ilustra bien esta idea, Green My Favela  (Río de Janeiro, Brasil) como forma, entre  otras, de ejemplificar el tipo de programas  orientados a la acción que incluyen en su ADN un enfoque participativo basado en la  apropiación real y creativa de la ciudad. La participación ya no es cuestión de obsesionarse  con la representatividad e invitar  a otros para personalizar los intereses de  individuos o grupos, sino una cuestión de  quién puede aportar y contribuir con sus propias manos.

Los procesos participativos digitales  y los modos de involucrar colectivamente  están impulsando la planificación  comunitaria y la participación ciudadana  en asuntos públicos. Acoger nuevas herramientas digitales (desde las redes  sociales hasta la ciencia ciudadana, las  aplicaciones móviles, el código abierto y  la visualización espacial) han transformado  la forma en la que la participación cívica es diseñada, ampliando el alcance,  las personas involucradas, el tipo de contribuciones  y, en resumen, mejorando la  calidad de la participación comunitaria  en las ciudades. Esto puede tener una función  instrumental (haciendo un mapeo de  lo invisible en comunidades marginales),  pero ha resultado ser también una herramienta  poderosa, como en el caso bien  conocido de Kibera (Nairobi, Kenia), que  impulsa la construcción y el compromiso  de la comunidad.  Las tecnologías cívicas también han  tenido un gran impacto en la facilitación  de proyectos de crowdsourcing que demuestran cómo los ciudadanos pueden  transformar sus ciudades con sus  propias manos. Desde proyectos cívicos  de crowdfunding a través de Spacehive  y otras plataformas que recogen ideas (Change by us, por ejemplo), hasta intervenciones  tácticas para construir ca rriles bici de guerrilla, pasos de cebra,  huertos urbanos y reactivar espacios desocupados.  Todo esto, estas herramientas, proyectos y tendencias nos muestran un  nuevo equilibrio al alza sobre la relación  entre ciudadanos y gobierno. Con respecto  a estos cambios, vale la pena señalar el  criterio de diseño establecido en el documento  Governance for the Future: An  Inventor’s Toolkit, del Institute for the  Future como una buena guía en esos principios  previamente descritos que han  sido renovados mediante la expansión del  movimiento de innovación social. Nuevas  metodologías de implicación y enfoques  están siendo probados para entender  cómo la participación trabaja en una sociedad  interconectada (ver, por ejemplo,  Citizen Canvas).

La tecnología está impulsando la  innovación y la gobernanza no es una excepción.  Las instituciones y sus burocracias  son maquinarias pesadas que tardan  más en adaptarse que la colectividad a las nuevas demandas de sociedades abiertas  y gobernanzas democráticas más profundas.  Como tal, la tecnología es sólo un facilitador  de un cambio en la mentalidad  cultural subyacente. Este cambio está relacionado  con el movimiento colaborativo  y el movimiento de ciudades compartidas  (ver el Sharing Cities Toolkit, por ejemplo)  que es la manifestación de un nuevo  enfoque en la participación: no me digas  que no puedo hacerlo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Towards a creative approach on community engagement

The first issue of 180º, a new magazine by Global CAD, is already here and I am happy I had the chance to contribute with an essay on participatory processes and how to make the best of community engagement. This #1 issue is titled Back to Local, and as Fernando Casado puts it, "it analyses alternative trends reflecting a change of mentality committed to modifying our habits: from our consumer patterns to ways of production, to the manner in which we manage generated knowledge and how we interact with each other. (...) Faced with this situation, neighborhood identity has regained its reason for being, community associations are in the spotlight and cooperatives are again in vogue. United by necessity, and responding with creativity and solidarity to the collapse of a future that, perhaps prematurely, we took as a given, citizens have returned to focus on themselves, on the neighborhood. They have returned to what is local. The playing field for this revolution is the city, which is striving to adapt to a citizenry that no longer allows for being represented, and demands a new model of urban management based on participatory public policies accented by inclusiveness."

You can find contibutions from Antanas Mockus, Javi Creus, Raons Públiques, Gemma Soles or Lea Rekow, among others, and below is my text. The full magazine is here.

//////////////////////////////////////

Community engagement in urban planning is becoming a matter of urgency. While societies are seeking more access to information and transparency in public decisions, when it comes to urban development they are most of the time faced with obscure and intricate planning systems. Citizen participation calls for a design process that strategically considers how to make its promises a tangible reality.


The developing world is witnessing an unprecedented rate of urbanisation. This leads to a growing need for a new generation of tools that help address community demands from an inclusive and creative perspective, to make participatory planning a high impact strategy.

Participatory design has broadened its scope in the last decade. Surveys, public hearings, open space meetings, consultations and participatory appraisals were part and parcel of the traditional tool kit, and are still what comes to mind when we think about participation. Meeting rooms, papers, chalkboards, post-its and people gathering to talk, discuss, suggest and consent. This occurs around specific topics designated by authorities as participatory. Though this brief description may seem overly simplistic and even unfair within the wide array of heterogeneous techniques, approaches and tools, such has been the general framework of public participation in local decisions. Then networked technologies arrived and became widespread, and not only changed our everyday life, but also our mindsets and expectations. Crowdsourcing, peer-to-peer production, collaborative sharing, commons and other concepts and ideas are becoming part of the way we understand how things and projects should be designed, managed and evaluated in different spheres of life, from journalism and media information access to cultural production and consumption. So why it is that governments and public policies are taking so long to adapt their procedures to the way we live? Because local innovation and change call for in-depth changes and leadership that are still lacking.

Public participation and involvement in public issues has to be properly understood to avoid false expectations and participation fatigue syndrome. Here is where a crucial differentiation must be made, as Thomas J. Lodato seamlessly addressed in his article ‘Three Positions on Civic Hacking’. Though the text is linked to a particular approach to civic engagement, i.e. civic hacking, it can perfectly apply to our broader outlook on participatory processes. Participation in, participation by and participation through are three different frameworks for understanding the level of engagement in public issues promoted by certain participa tion processes. Keeping this in mind is a way to set the limits, the scope and the ambition of the extent to which decision- making and citizen involvement will take shape.

Before showing how these trends are reshaping our understanding of civic engagement in local policies, we can sum up a number of criteria for designing participatory processes that are still relevant:

WHY? DEMOCRACY AND BETTER CHOICES
Community participation in local policies and social issues usually comes with the predictable backlash: ‘It wastes money, time and resources, which we cannot afford. There is an urgent need to make a decision’. Sooner or later, those seeking to promote a participatory process will have to face this critique, and it is worthwhile to design the process in a way that counters the risks, scepticism and drawbacks. Community engagement may mean more time until a decision is made, may keep conflicts stagnant, may imply a perceived loss in public bodies’ authority, or add uncertainty in the decision- making process. These stumbling blocks, to name but a few, are potential issues that deliberate and sensible designing can cope with. Participatory planning, however, is more likely to yield better decisions as regards the built environment and the beneficiaries. On the whole, these decisions are better informed, anticipate potential conflicts, enhance the legitimacy of public decisions and create a sense of co-responsibility with urban spaces. But, above all, enhancing participation and civic engagement is the best way to adapt institutional work, red tape and bureaucracy to the growing expectations of societies around the world, so that they can have their say in shaping their own environment.

WHO ? OPENNESS AND INCLUSIVENESS 
The main challenge facing participatory urban projects relates to the need for open and inclusive design, and to differentiating the roles various stakeholders should play depending on their position. The map of stakeholders involved in the project does not necessarily have to be a long list of names. The crucial challenge is ensuring that said stakeholders play a balanced role; different set of participatory tools, events and means of contributing are defined so the largest number of social interests are covered. Certain tools such as sociograms– a tool that maps interactions between different groups of people – or stakeholder mapping tools, become very useful for understanding what role each player may have in the process and defining the right contribution everyone can make at every stage of the process. They help you to dive into the relationships within the community and help designers understand how to engage participants in the process.

WHAT ? CASE-SPECIFIC DESIGN 
Though participatory planning is a well-established field and has been used in different public policy areas, beware of copycatting. There is a temptation to expect that what worked in one place can mimetically be implemented in another. Of course, thanks to the extensive background of initiatives, organisations and practices we can draw inspiration from, there is no need to start from scratch. Different manuals, inspiring examples and practical tips for facilitators can easily be found. However, one of the most important pieces of advice community planners and participation facilitators will give you is to approach every project with a new design. Caseby- case design is the only way to establish a process that can vary depending on the topic, urban issue, social circumstances or available resources.

HOW ? SUITABLE TOOLS FOR DIFFERENT GROUPS, NEEDS AND GOALS 
One major misunderstanding about how to design inclusive and democratic participatory processes is to think that everyone should take part in the same way at every stage of the process, whatever the type of project. A well-designed process must be able to dissect the different process stages to determine which agents, organisations and individuals should preferably be involved. This may sound counterintuitive, but here is where the different levels can shed some light. In the early stages of the process, when documentation and the project’s starting point context are crucial, those who can contribute the most differ from those who should be involved in the later stages, when decisions, commitments and implementation choices are key. Defining different tools for different stages is a design principle that can facilitate stakeholder identification at each stage, and help determine when and how every potential participant should take part to provide the optimum input. Here is when inclusiveness is a must.

Bearing in mind these first ideas as design principles to ensure context awareness is incorporated in participatory processes, we need to integrate a better understanding of new societal needs and expectations on what we actually call participation. There was a time when participatory planning just meant a series of boring meetings late in the afternoon. This is probably still the main image that comes to mind when we think there is a participatory process discussing an urban initiative. Discussion meetings, which are in fact a very narrow way to make people engage, are just a small fraction of the different tools we can use to raise social interests and contributions. Here is where creativity can inspire those in charge of designing and facilitating the process, to understand that ideas can flow in many different ways, and involvement in local and community issues can be much more proactive. What about developing exercises to include the perspective of children? What about storytelling to include elderly people? What about getting out of meeting rooms and meeting in open spaces? What about getting rid of paper and questionnaires, and using walls or other supports to collect ideas? What about physically transforming the place under discussion to imagine its potential use? What about involving other pro fessionals apart from architects and urban planners (such as artists, novelists, photographers) and thinking outside the box laden with maps, ordinances and zoning codes? At this point, a good illustrative project can be mentioned, Green My Favela (Rio de Janeiro, Brazil) as a means (among others) of exemplifying the kind of action-oriented projects whose DNA comprises a participatory approach based on real and creative appropriation of the city. Participation is no longer a matter of getting obsessed about representativeness, and inviting others as representative individuals of groups or interests, but a matter of who can bring something to the table and contribute with their own hands. Digitally-enabled participatory processes and ways to collectively engage in urban issues are boosting community planning and citizen involvement in public matters. Embracing new digital tools, from social media to citizen science, from mobile apps to open data and spatial visualisation, have transformed the way civic participation can be designed, broadening the scope, the people involved, the kind of input and, ultimately, enhancing the quality of community engagement in cities. This may have an instrumental role (mapping the invisible in slum communities), but it turns out to be a powerful tool, such as in the very well known case of Kibera (Nairobi, Kenya), for boosting community building and engagement. Civic technologies have also had a huge impact on facilitating crowdsourcing projects that demonstrate how citizens can transform their cities with their own hands. From crowdfunding civic projects via Spacehive and other platforms, to collecting ideas through online platforms (Change by Us, for example), from tactical interventions to building guerrilla bike lanes, crosswalks and urban farms, and activating vacant sites. All these tools, projects and trends show us a new balance on the rise as regards the relationship between citizens and governance. In terms of these changes, it is worthwhile noting the design criteria established in Governance for the Future: An Inventor’s Toolkit, by Institute for the Future as good guidance on how those principles previously described have been renewed by the expanding social innovation movement. New engagement methodologies and approaches are being tested with a broad understanding of how participation works in the networked society (for an example, see Citizen Canvas).

Technology driving innovation and governance is no exception. Institutions and their bureaucracy are heavy machineries that are taking longer than society to adapt to the new demands for open societies and more in-depth democratic governance. As such, technology is only an enabler of an underlying shift in cultural mindset. This change is related to the collaborative and sharing cities movement (see the Sharing Cities Toolkit, for example), which is the manifestation of a new approach to participation: don’t tell me I can’t do it.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...