lunes, 15 de enero de 2018

Las piezas del puzle. La smart city en el contexto tecnológico digital

Tabula rasa y adanismo. El olvido de los estudios urbanos en la era del big data
El interés por las ciudades inteligentes está íntimamente ligado al big data como uno de los materiales críticos en la realización de las aspiraciones de la SC La disponibilidad de datos masivos es una de las características emergentes de nuestra época. Startups, aplicaciones, servicios web, business angels,…luchan por almacenar, gestionar y, en último término, monetizar el rastro digital de la sociedad conectada y el individuo conectado. De manera inadvertida en la mayor parte de las veces, la vida es un constante goteo de datos y metadatos que se incorporan a un torrente invisible del que apenas sabemos nada. Si la trayectoria vital de una persona se puede cuantificar a través de tantos dispositivos y mecanismos que datifican nuestros pasos por el mundo, ¿qué no se podrá hacer con la suma de trayectorias digitales de personas, flujos, infraestructuras, servicios, incidentes, episodios y actos que forman la ciudad? La smart city es también la promesa de un urbanismo cuantitativo y empírico sustentado en el big data. Siendo así, dada la importancia fundamental que el big data tiene como movilizador del imaginario y, sobre todo, como combustible y dividendo monetizable de gran parte de las aplicaciones de la smart city, cabe abrir un apartado específico para analizar el significado de los datos masivos y su papel dentro del imaginario.

En 2008, un artículo en Wired de Chris Anderson, uno de los nombres más fácilmente asociables al internet-centrismo y al optimismo tecnológico en la red, abrió una intensa polémica mediática al anunciar el fin de las teorías y del propio método científico debido a la emergencia del big data: “the data deluge makes the scientific method obsolete”. El nuevo empirismo protagonizado por el ascenso del big data apela, entre otras cosas, a la disolución de las teorías y el trabajo teórico como fuente de conocimiento científico. La aspiración a captar cualquier fenómeno de la realidad a partir de datos bajo la promesa de n=all conlleva necesariamente la aspiración a encontrar en los datos todas las respuestas, de manera que las teorías sobre las que previamente se construyen los modelos de investigación en las ciencias sociales parecen quedar arrinconadas.

Chicago: City of Big Data 
Hipótesis y modelos parecen ser un lastre para una nueva ciencia de la minería de datos (recopilar información primero, hacer preguntas después). El debate en torno al big data se encuentra muy mediatizado por posturas encontradas que llevan a una falta de dirección y claridad para encontrar respuestas claras, debido en parte a la interdisciplinariedad de la materia, y en parte también por la falta de perspectiva de las investigaciones en uno y otro sentido. Se abren varios caminos para superar estas dificultades: la necesidad de pensar y cuestionar más el campo del big data, evitando la tentación de caer en el "fin de las teorías", la necesidad de abordar investigaciones y trabajos más interdisciplinares y, en tercer lugar, avanzar en el desarrollo de más casos de éxito de utilización del big data en las ciencias sociales, un campo aún poco desarrollado.

En una lógica similar, el mito del ciberespacioapelaba ya al fin de la historia, de la geografía y de la política, en la medida en que se presenta, al igual que sucedió anteriormente con otros avances tecnológicos que presumiblemente iban a transformar el mundo (el telégrafo o la televisión, por ejemplo), como una nueva era. La historia tecnológica reciente tiende a ser presentada a partir de grandes saltos tecnológicos de carácter revolucionario. Sin embargo, este enfoque tiende a olvidar el carácter acumulativo y transicional del progreso humano y, en especial, tiende a inscribirse en el imaginario como una ruptura total por la cual todos los elementos sociales afectados por una tecnología dada deberán ajustarse necesariamente a ella (y en la forma en la que imponen los actores de su régimen discursivo). En el ámbito tecnológico relacionado con internet, el fin de la historia o, mejor, el inicio de una nueva época completamente diferente a las anteriores, también está presente .
Estos apuntes nos sirven para destacar una de las características de la construcción teórica de la smart city: su desconexión con prácticamente cualquier disciplina científica distinta de las diferentes ramas de la ingeniería y su desconexión del bagaje de conocimiento acumulado en torno a la ciudad. Este olvido es el que explica gran parte del descontento que genera fuera del propio ámbito de proyección y reproducción del imaginario, al apelar a objetivos –sostenibilidad, por ejemplo- sin práctica capacidad de interiorizar al menos parte de la experiencia acumulada en las últimas décadas en el conocimiento científico-técnico y en la práctica de la sostenibilidad local. Este es el olvido que explica que para apelar a la solución de los graves problemas ambientales de la ciudad, el marco de solución pase necesariamente a ser técnico sin apenas contextualización sobre el papel de los elementos no tecnológicos (regulación, incentivos de comportamiento, metabolismo urbano,..). Es el mismo olvido que posiciona a las soluciones de video-vigilancia en tiempo real y las últimas tecnologías de teledetección biométrica como referente central de las políticas de seguridad ciudadana, sin la más mínima conexión con el verdadero contexto urbano donde pretenden implantarse, donde factores económicos, de vulnerabilidad social, de diseño urbano, de políticas de seguridad o de percepción subjetiva juegan un papel ya establecido desde hace años. Sirvan como ejemplo, los resultados prácticos del despliegue de dispositivos de vigilancia en el espacio público en cuanto a pérdida de sentido de la confianza y la responsabilidad mutua, base de cualquier sistema público de seguridad.

Proyectos como los desarrollados por el MIT Senseable City Lab en Roma, Estocolmo, Singapur, entre otros, así como de otros muchos institutos e instituciones públicas (Chicago: City of Big Data, por ejemplo), utilizando diferentes herramientas de software (InfraWorks de Autodesk, por ejemplo) ilustran estas nuevas capacidades. En especial, son las posibilidades de predicción las que más interés despiertan, en la medida en que prometen fortalecer la capacidad de actuación de las instituciones, orientadas en sus esfuerzos a aumentar su resiliencia frente a catástrofes y episodios imprevistos (lluvias torrenciales, por ejemplo), optimizar la gestión del tráfico, personalizar y adaptar constantemente los servicios públicos, etc. Así es como ciudades como Santander, Ámsterdam, Dublin, Singapur, Río de Janeiro, Nueva York o San Francisco, por mencionar unas pocas, llevan tiempo explorando la posibilidad de conectar diferentes fuentes de datos para orientar la toma de decisiones en el medio construido de la ciudad, sumando a ello la ampliación de las aplicaciones prácticas de la nueva generación de software de modelización en 3D o los sistemas de información geográfica. En esta misma dinámica se encuentra los proyectos que buscan constituir paneles de indicadores en tiempo real, cuadros de mando, city cockpits o urban dashboards, cuya ambición es construir modelos que sistematicen, simplifiquen y modelicen la realidad urbana. Estos proyectos se caracterizan por proponer la generación y el análisis de datos sobre la ciudad a través de sistemas dinámicos y la ciudad es entendida como un espacio conectado del que se pueden extraer, procesar y analizar sus datos para disponer de una imagen de la ciudad en cada momento.

Esto mismo es aplicable al área de la construcción de infraestructuras, un aspecto especialmente sensible en la política municipal, no sólo por el margen de mejora en la eficiencia de estas grandes inversiones, sino también por la afectación a la vida en la ciudad que tienen este tipo de obras públicas. La utilización del big data ofrecería la capacidad de diseñar mejores escenarios en la planificación de las obras, modelizar su impacto en tiempo real para diseñar medidas compensatorias, etc. Así, la ola del quantified self  de los datos personales deviene en barrios y ciudades cuantificados, sometidos a diferentes formas de medición de sus diferentes parámetros, en un escenario que promete conocer lo que pasa en sus calles. Esta oleada de sistemas de cuantificación personal apela a la generalización de dispositivos, aplicaciones y herramientas de diferente signo que buscan digitalizar cualquier dato de la vida cotidiana de una persona, desde las calorías consumidas a los kilómetros y la ruta utiliza haciendo deporte. Esta dinámica busca ofrecer al individuo una sensación de control sobre su propia vida, en la medida en que dispone de más información para hacer su propio seguimiento, para recibir sugerencias automáticas, para guardar sus memorias, etc. En este sentido, casi las mismas justificaciones del movimiento quantified self sirven para justificar el movimiento de la ciudad inteligente.

La nueva ciencia de las ciudades. Ni nueva ni científica
Uno de los elementos más sugerentes del régimen discursivo de la smart city es su apelación al surgimiento de una nueva ciencia de las ciudades. En una era de esplendor tecnológico, apelar a la ciencia como catalizadora de una nueva forma de pensar y construir las ciudades resulta atractivo. En efecto, en los últimos años  diferentes centros de investigación de nueva creación se han sumado a otros con cierta tradición  en la exploración del uso de la multitud de nuevas fuentes urbanas de datos. Nacidos en ocasiones de departamentos o facultades de las ciencias técnicas, estas iniciativas científicas han tendido a conformar consorcios variopintos de matemáticos, ingenieros, etc., con la esperanza de aplicar las técnicas propias de su campo (catapultadas por las nuevas capacidades que ofrecen los datos masivos) al estudio de la ciudad. Este emergente conglomerado de esfuerzos de investigación resulta sintomático del creciente interés por el estudio urbano desde una perspectiva tecno-científica y representa, sin duda, un nuevo ciclo en el estudio de la ciudad como no se había dado desde hace tiempo.

Science and the city 
Sin embargo, esta aspiración de construir un entramado metodológico cuantitativo y mecánico para estudiar de manera integral la ciudad no es novedosa. De hecho, ya en 1913 el término The city scientific fue utilizado por George B. Ford como título de su conferencia en la quinta reunión anual de la National Conference on City Planning celebrada en Chicago. También es destacable que en 1967, el Housing and Urban Development Department del gobierno de Estados Unidos encargara a Volta Torrey un informe, Science and the city que, a pesar de la fecha, presenta una factura y una terminología sorprendentemente actual. Este último trabajo citado recoge expresamente desde el llamamiento a un esfuerzo de urbanización y construcción de infraestructuras sin precedentes vinculado a las nuevas necesidades hasta la definición de las nuevas tecnologías como clave para realizar con éxito dicha empresa. Los términos del informe son tremendamente actuales y podrían confundirse con muchos textos que se publican hoy en día desde las instituciones y empresas proponentes de la smart city. No faltan las menciones a la ciudad como un sistema de subsistemas, a la necesidad de innovación social desde una mirada multi-disciplinar al hecho urbano, la digitalización de la información, los dispositivos que pudieran ser sensibles a la situación del tráfico para adaptar su ordenamiento automático, la dicotomía entre átomos y bits (con tanta antelación, por ejemplo, a los escritos de William J. Mitchell), las posibilidades de modelización matemática de las necesidades de vivienda, la contribución de la tecnología al control de la contaminación del agua o del aire y, sobre todo, la apelación a la industria aeronáutica y la ciencia espacial -en aquel momento, en pleno auge como campo donde los avances científico-tecnológicos eran más llamativos- para que contribuyeran a la mejora de las ciudades, etc.

En una fecha tan alejada del actual discurso SC encontramos en el mencionado informe expresiones como "The name of the urban game is information processing", que hoy podría ser el título introductorio de cualquier charla TED o cualquier informe de una gran empresa interesada en la aplicación del big data a las ciudades. El mismo optimismo que destila el informe, dirigido a mostrar la contribución que el complejo industrial militar podía hacer a la sociedad norteamericana de la época es el que encontramos en las promesas del complejo industrial digital que hoy nos propone la mirrada científico-técnica y cuantitativa de la ciudad inteligente del siglo XXI.

Como decíamos, entender las dinámicas urbanas a través de un aparato cibernético, de ecuaciones y algoritmos ha sido un empeño cíclico en las décadas más recientes. Hoy planteamientos como los de Geoffrey West y Luis Bettencourt o Michael Batty–algunos de los nombres más destacados asociados a la nueva ciencia de las ciudades- son una continuación o reedición de los primeros trabajos de Jay Forrester en el MIT  desde finales de la década de 1950, así como de los estudios de la física social basados en ecuaciones que describen diferentes esferas de la ciudad y cómo interactúan entre ellas, de manera que pueda programarse su simulación para extraer conclusiones y predicciones. Estos ejercicios no quedaron en el ámbito académico o en los laboratorios de simulación, sino que fueron llevados a la práctica en ciudades como Pittsburgh o Nueva York con sonoros fracasos y críticas posteriores . De la misma época datan algunos de los primeros experimentos de aplicación de rudimentarios sistemas de datos masivos (junto al análisis de clusters o la fotografía aérea infrarroja) en la ciudad de Los Ángeles para aplicarlos a estudios del gobierno municipal en relación con el urbanismo, la demografía o la vivienda . Sea como fuere, esta disciplina y estos trabajos pioneros sufrieron su particular viaje por el desierto hasta que fue redescubierta por IBM a principios del siglo XXI para aplicarla en Portland, a través de nuevos modelos más complejos, refinados y sistemáticos materializados en la aplicación System Dynamics for Smarter Cities. De nuevo, sus resultados  fueron decepcionantes para los gestores públicos, en un caso que refleja las limitaciones teóricas y, sobre todo, prácticas de este tipo de acercamientos, que siempre van a tender a hacerle al modelo aquellas preguntas que pueden ser modelizadas sin entender esto como una limitación inherente a cualquier sistema de modelización. De hecho, las experiencias pasadas de intento de construir una ciencia urbana bajo estos parámetros sistémicos y computacionales han estado afectadas por diferentes restricciones: insuficiencia de datos, baja madurez de la ciencia disponible y limitado poder computacional. Hoy, varias décadas después de la anterior oleada de aplicación de este tipo de teorías, los nuevos esfuerzos vuelven a encontrarse con problemas prácticos a la hora de mostrar resultados confiables y útiles, por más que los datos hoy sean masivos, los fundamentos científicos sean más sólidos y el poder de procesamiento sea inimaginable hace unos años.

En realidad, la aspiración a construir una ciencia de las ciudades está íntimamente ligada al debate sobre el papel y el carácter científico de los estudios sociales en su sentido amplio, es decir, todo lo que alcanza al comportamiento humano y al comportamiento social. Desde el nacimiento del positivismo y su aspiración a ser aplicado en las ciencias sociales, siempre sobrevuela la cuestión de cómo convertir los temas sociales en un objeto científico de la misma forma que las ciencias físicas y naturales. Esta aspiración cientifista sigue informando el nuevo tecno-optimismo urbano. Así, volvemos a revivir la expectativa de poder aplicar técnicas cuantitativas para problemas sociales en las que los números tienen poco que aportar, el complejo de inferioridad de las ciencias sociales por no disponer del mismo material científico y metodológico con el que cuentan las ciencias naturales y, en general, el intento por construir de una vez por todas un aparato científico (cientifista) que ofrezca la ilusión de un aparato incontrovertido, preciso y con autoridad generalizable. Estas decepciones son fruto de una tendencia recurrente a confiar los problemas sociales a soluciones técnicas con una preferencia por la ingeniería como campo científico preferencial. Este escenario es, además, una reedición del positivismo más extremo, aplicado a las ciencias sociales y al análisis del comportamiento humano.

Entre el pesimismo y el utopismo, entre la épica urbana y la magia tecnológica
La construcción del imaginario de la smart city responde a un esquema básico de identificación de problemas y soluciones. Estos problemas son identificados por los agentes creadores del imaginario y soluciones que son precisamente las que esos creadores disponen en su portfolio comercial. Este esquema de justificación es compartido por cualquier informe corporativo y mecanismo comunicativo utilizado por las empresas activas en este mercado: una descripción normalmente somera, a partir de unos pocos datos básicos para seleccionar unos determinados problemas y situar su urgencia en función de la relación de dichos problemas con las soluciones disponibles por la empresa. Es así como la ciudad es caracterizada sistemáticamente como un lugar caótico, sujeto a restricciones presupuestarias, formado por sistemas fatalmente desconectados entre sí, lleno de fallos de diseño institucional, focos de inseguridad, obsoletos, degradados, desfasados, gestionados bajo formas del siglo pasado,… Todo ello es, hasta cierto punto, parte de la realidad cotidiana del paisaje global de la agenda urbana, pero no parece un punto de partida suficientemente sólido ni especialmente bien caracterizado en cuanto a los límites de la acción local en un contexto de interrelación globalizada de los grandes desafíos de la humanidad en materia de derechos, financiación de las políticas públicas, sostenibilidad, acceso a los recursos, etc.

La insistencia en un punto de partida pesimista sobre la ciudad sitúa el leit motiv de la SC en responder a una serie de problemas que hasta ahora los decisores políticos se han mostrado incapaces de resolver porque, precisamente, no han tenido disponible una suficiente fuerza tecnológica o no han sido suficientemente inteligentes para aplicar unas tecnologías que ya estaban a su disposición. Sin embargo, este punto de partida es esencialmente generalista, resultado de la necesidad de ofrecer productos prefabricados como soluciones inteligentes, válidas eventualmente para cualquier contexto urbano. La identificación de “temas urbanos” necesita ser problematizadora y selectiva, pero descontextualizada al mismo tiempo la raíz u origen de los problemas. Asumamos que los problemas presupuestarios son una característica básica de todos los sistemas de gobierno local en el mundo: ¿es un problema de origen municipal? La SC ha tendido a primar la relación problema-solución como una relación independiente de cualquier otra escala de gobierno y, sin embargo, en el tema que apuntamos se trata de un problema de complejas relaciones y equilibrios sobre diferentes modelos de descentralización, autonomía local, capacidad fiscal, redistribución territorial, etc. Todo ello, cuya resolución (nunca ideal, definitiva ni generalizable) no pasa por un cambio tecnológico, es obviado de una presentación en cualquier caso pesimista, que enfoca las soluciones a resolver las ineficiencias en el gasto público locales. De igual forma actúan otros argumentos que presentan un panorama pesimista y culpabilizador de la escala local.

Walt Disney Experimental Prototype Community of Tomorrow  
De la misma forma que resulta razonable esta apelación a los problemas urbanos como justificante, no lo es menos reconocer que esto sólo sería parte de la imagen real de la ciudad y, sobre todo, remarcar la importancia sobre quién es el que define los problemas. Podría pensarse, por ejemplo, en situar la descripción de la ciudad como un espacio potencial de oportunidades, de igualdad, de diversión, de relación, etc., condiciones que deberían sopesarse en una balanza mejor equilibrada sobre la realidad de las ciudades. Desde esta problematización, el recurso a la utopía urbana es inmediato. La smart city es, en este sentido, una nueva utopía como anteriormente lo han sido tantos y tantos modelos urbanos que a lo largo de la Historia han querido ofrecer una solución definitiva y universal a los problemas urbanos. Utopía, en este sentido, es la otra cara del pesimismo en torno a la ciudad. La ciudad jardín como utopía ante la insalubre vida en la naciente sociedad industrial. La ciudad Futurama de la Feria Mundial de Nueva York de 1939, momento de esplendor de la ciudad del automóvil y de General Motors  como agente creador de su régimen discursivo. Las utopías urbanas sobre la ciudad del futuro del Walt Disney Experimental Prototype Community of Tomorrow (EPCOT), nacida de una visión tan pesimista de la ciudad. La ciudad radiante como utopía ante la desordenada ciudad del siglo XX. La smart city como utopía ante la compleja y desorganizada ciudad contemporánea, una utopía que cierra los ojos ante el fracaso de utopías previas. El resultado tan decepcionante de estas promesas parece no ser suficientemente reconocido y asumido por quienes se plantean la posibilidad de planificar de manera burocrática y desde el racionalismo burocrático las ciudades inteligentes del futuro próximo.De hecho, la propia utopía de la ciudad motorizada imaginaba un futuro objetual –el coche- en lugar de las consecuencias de su generalización. En este sentido, una buena ciencia ficción, como bien expresó Frederik Pohl, no es aquella que predice el coche, sino aquella capaz de predecir los atascos de tráfico. Por ello, esta historia de los últimos 50 años tiene mucho que enseñarnos sobre el exceso de optimismo en torno a una determinada tecnología y nos invita a cuestionarnos cuánto tiempo será necesario hasta que seamos conscientes de las consecuencias indeseadas de esta carrera acelerada.

Nos encontramos ante una repetición de formulaciones ya conocidas en previas revoluciones tecnológicas. La suma del planeamiento racionalista propio del urbanismo moderno, los avances en la cibernética y la computación y la nueva fase de exploración de la teoría de sistemas forman el conjunto perfecto con el que poder responder al fracaso de intentos pasados. Con ello, la SC se propone un nuevo asalto a la ciudad para poner orden allí donde otros no pudieron y solucionar para siempre problemas que empiezan a ser demasiado molestos por su persistencia. Para ello, se cuida mucho de ofrecer unos problemas concretos como la agenda de problemas urbanos, aquellos que la SC cree capaz de superar con sus recursos tecnológicos, así como aquellos que forman parte de su agenda ideológica.

Nuestras ciudades, en buena medida y con diferente profundidad, son resultado de un régimen discursivo construido en la primera mitad del siglo XX y que tiene en la Feria Mundial de Nueva York y la propuesta Futurama de General Motors su antecedente más cercano. Entonces también se constituyó todo un aparato promocional, científico y cultural en torno al coche como gran catalizador de la transformación de la ciudad. En aquel caso, nos encontramos una gran empresa como General Motors destinando una cantidad importante de recursos mediáticos para convencer al público sobre la bondad de sus propuestas para movilizar la transformación de la ciudad. En esta misma situación estamos ahora, en el surgimiento de una nueva utopía urbana que afirma ser capaz de modelar la estructura física de la ciudad, tejer las nuevas relaciones personales y comunitarias, reorganizar nuestras instituciones y mecanismos de toma de decisiones, de reestructurar nuestro abanico de opciones vitales. Todo eso, tal como lo hemos conocido en las últimas décadas, ha sido producto en gran parte del mundo de la fenomenal capacidad de transformación que ha tenido la utopía de la ciudad moderna y su asociación con la cultura y la industria del automóvil. Así que surge como contestación una respuesta entre incómoda y sorprendida en forma de descontento sobre hacia dónde nos lleva la instrumentación digital de la ciudad.

El pesimismo implícito en la utopía urbana digital que manifiesta la SC tiene claros antecedentes en épocas recientes de las teorías urbanas, pero también fuertes anclajes en el utopismo propio con el que nacieron las ciencias de la computación. De la misma forma, hoy desde la smart city se imaginan los diferentes productos que reconfigurarán las ciudades, pero apenas se presta atención a sus consecuencias. Si no pudimos prever la contaminación, la obesidad, el consumo de territorio, la dependencia del petróleo, la inseguridad viaria o el cambio climático, ¿qué consecuencias no está atendiendo el marco de la smart city y que aparecerán en las próximas décadas? Pensando en los valores que encerraba la ciudad moderna del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) y la manera en que la smart city más prototípica se asemeja a ella, sabemos cuál es el balance de las propuestas utópicas de la primera mitad del siglo XX y cómo desde las últimas décadas del siglo pasado estamos luchando denodadamente por cambiar las tendencias de sus efectos más adversos en términos de desarrollo sostenible.

Conjugación en futuro perfecto. El futuro nunca llega demasiado pronto
Las promesas de la smart city son construidas a partir de una sistemática preferencia por los tiempos verbales en futuro. Esta cuestión la plantearon inicialmente Genevieve Bell y Paul Dourish en un acertado artículo (Yesterday’s tomorrows: notes on ubiquitous computing’s dominant visión) sobre la utilización del tiempo futuro como recurso discursivo en la tecnología (y, específicamente, en el área de la computación ubicua), y que la ciudad inteligente está repitiendo de forma mimética. De esta manera, echando la vista atrás a una década de investigación en el campo de la computación ubicua, los autores identifican como patrón el uso del futuro próximo (proximate future) como referencia temporal en la que las promesas se convertirían en realidad. De nuevo, no estamos ante una cuestión meramente estilística, sino que denota un posicionamiento previo sobre las condiciones en las que los desarrollos tecnológicos se desplegarán en la ciudad, quién será su responsable y cómo se repartirán los costes y los beneficios. Así, situando el potencial de realización de los beneficios de las smart cities en el futuro, implícitamente se sustrae la agencia de quienes no están incluidos en la propuesta de un determinado producto smart pensado en futuro. La responsabilidad de su desarrollo queda en manos de su proponente, mientras que los demás (de manera implícita también, la ciudadanía) queda al margen y no le queda más que esperar a ver cómo se concreta el proyecto. De la misma forma, detrás de este uso del tiempo futuro se esconde una estrategia de financiación del proyecto: invertir hoy para disponer de beneficios en el futuro (retornos económicos, ahorros o beneficios sociales), consiguiendo con ello sustraer el debate sobre la oportunidad de la inversión hoy (en la mayor parte de los casos muy importante dada la actual escasez de recursos económicos y también generalmente escondida entre difusos mecanismos de colaboración público-privada) porque, en cualquier caso, los beneficios futuros (por tanto, únicamente esperados y no reales) serán mayores.

Este mecanismo narrativo en tiempo futuro supone una consecuencia aún más crítica: las soluciones, dispositivos, interacciones o recursos susceptibles de ser catalogados como inteligentes son aquellos que veremos en ese futuro cercano, sustrayendo de la mirada aquellos ya existentes. Esta cuestión opera, a su vez, en dos niveles. Por un lado, sitúa la cuestión de la ciudad inteligente como una utopía más o menos cercana pero, en cualquier caso, por llegar. Es, por decirlo de alguna manera, el recurso a la insatisfacción del cliente (“aún no dispones de este producto que te hará ser feliz”), creando la actual abundancia de interés por comprar e implementar proyectos de smart city. Pero, por otro lado, funciona negando cualquier reconocimiento a proyectos, iniciativas o mecanismos ya existentes que perfectamente pudieran estar integrando hoy ya, de una manera mucho más natural desde la perspectiva del día a día de la vida en la ciudad, ese nuevo mix entre ciudad-tecnología que, en cualquier caso, ha sido siempre una constante en la historia de la ciudad a través de diferentes evoluciones tecnológicas. La negación de lo que acontece hoy, del uso actual de la tecnología digital es uno de los puntos de choque con las narrativas contra-hegemónicas, ya que oscurece de la descripción de la ciudad inteligente prácticas, agentes y usos cotidianos de tecnologías ya apropiadas por la ciudadanía.

Solucionismo. Las ciudades no necesitan la salvación eterna
La smart city funciona en un régimen discursivo que se propone atender problemas de una extraordinaria complejidad. El prólogo a cualquier presentación, informe o estudio que plantee las bondades de la ciudad inteligente estará preñado de alusiones cercanas a lo apocalíptico sobre la acelerada urbanización mundial, sobre los riesgos del cambio climático, sobre los problemas de acceso a los recursos naturales, sobre la inseguridad ciudadana, sobre los ineficientes y derrochadores sistemas de gestión pública, etc. Como hemos visto, se trata de un paso introductorio y necesario para construir sobre él el imaginario tecnológico que resuelva estos problemas.

En este sentido, ante problemas complejísimos, la solución aparece sencilla: aplicar inteligencia sobre las tecnologías para que estas traigan una solución inmediata a problemas intrínsecos a la naturaleza humana, a problemas presentes a los largo de la Historia, a problemas que dependen de complejas estructuras de poder, a problemas que dependen de comportamientos individuales, a problemas que, en definitiva, tienen mucho más que ver con la política, la sociología, la economía o, casi siempre, una mezcla de todo ello. Esta orientación a solucionar problemas está muy vinculada a una forma de pensamiento conectada con la búsqueda de la eficiencia, pero también con una concepción de la realidad mecanicista en la que para cualquier problema singular existiría también una solución singular, más allá de la visión de conjunto, de las interacciones entre problemas y de la complejidad de los mismos. Esta misma orientación a las soluciones es la que prima la consecución de respuestas tecnológicas preguntas socio-políticas (problemas) para los que aún tenemos dificultades a la hora de definirlos. Así, los problemas sociales se definen como problemas complejos sin una solución única y óptima (wicked problems o problemas retorcidos) en función de las siguientes características definidas por Horst W. J. Rittel y Melvin M. Webber en Dilemmas in a general theory of planning: no existe una formulación definitiva de un problema retorcido, los  problemas retorcidos no tienen solución definitiva. las soluciones a los problemas retorcidos no son de verdadero o falso, sino buenas o malas, no existe una prueba inmediata ni definitiva de una solución a un problema retorcido, todo problema retorcido puede ser considerado un síntoma de otro problema, etc.

Sin embargo, la era de internet nos ha traído una confianza creciente en el poder de cambiar las cosas. Sin duda, ha liberado muchos espacios para ampliar la libertad individual de la ciudadanía y no es el momento de describir este cambio. Sin embargo, la sociedad conectada también se ha imbuido de una capacidad de confiar en que las soluciones a los grandes problemas son sencillas y que basta la adición de sofisticación tecnológica suficiente allí donde no existe para cambiar el mundo, un pensamiento con suficiente tradición y de renovada actualidad como para saber que tal axioma está expuesto a profundas limitaciones prácticas cuando estamos ante problemas complejos.
De esta manera, el internet-centrismo (como lógica por la cual cualquier análisis de la realidad y cualquier propuesta pueden ser configuradas en función de las características ideales del funcionamiento de internet) vuelve su mirada también a la ciudad para solucionar sus perennes problemas con internet y la red como referencia para cualquier arreglo tecnológico. La lógica del crowdfunding podrá ser aplicada a la financiación de proyectos urbanos, la lógica de Wikipedia se podrá aplicar a la gestión de la información urbana, la lógica Google puede aplicarse a los sistemas electorales, etc. Estas resoluciones técnicas de los problemas asociados a la ciudad podrían, hoy en día, abordarse desde una perspectiva solucionista por la cual esos conflictos y problemas disponen de soluciones sencillas. De esta manera, en la contundente refutación de esta lógica por parte de Evgeny Morozov  encuentra razones suficientes para sospechar de la viabilidad y la eficacia de las respuestas técnicas que la ideología californiana propone para el mundo.


martes, 19 de diciembre de 2017

La ciudad equipada digitalmente como ciudad inteligente

En los últimos años hemos sido testigos del nacimiento de un nuevo modelo o utopía urbana para pensar las ciudades, que busca dar sentido a la asociación tecnología-ciudad. Dicha asociación no es, en realidad, nueva, ya que ha sustentado siempre el avance en las teorías y en las prácticas de desarrollo y gestión de las ciudades. El pensamiento utópico en torno a la ciudad es un proceso continuo en el que, remitiéndonos sólo al pasado reciente, se suceden propuestas totalizadoras y pretendidamente definitivas, desde la ciudad jardín propuesta por Ebenezerd Howard hasta la ciudad radiante de Le Corbusier y el movimiento moderno del siglo XX, pasando por propuestas más audaces como las diseñadas por Archigram o las más cercanas a la gestión de la ciudad, como la idea de las ciudades creativas de Richard Florida, último gran término de éxito mediático antes de la llegada de las ciudades inteligentes. La smart city es, además, la destilación exitosa de conceptos que hemos manejado en los últimos tiempos –ciudad digital, tecnópolis, ciudad del conocimiento…– y que ahora, con la generalización de la esfera digital ha terminado apuntándonos a la inteligencia como principal rasgo distintivo de la equipación digital de la ciudad.

Los procesos de modernización inteligente de los espacios urbanos están protagonizando la transformación digital de los servicios urbanos clásicos y casi cualquier esfera de la vida cotidiana: desde la recogida de residuos, el transporte y la movilidad, la generación, distribución y consumo de energía, pasando por el diseño de las calles y del mobiliario urbano, la información ciudadana, etc. En todos estos casos están surgiendo herramientas digitales de mediación que cambian completamente no sólo los servicios en sí, sino también la propia morfología urbana, la experiencia del uso de esos servicios y de la propia vida en la ciudad e incluso las oportunidades para nuevas formas de desarrollo local. De la misma manera, las formas de consumo, el acceso a la cultura, cómo nos movemos, buscamos direcciones o encontramos nuestro destino en la ciudad o la manera en la que recordamos, nos socializamos o buscamos información están mediatizadas por la esfera digital en sus diferentes formas. Desde termostatos en nuestra pared hasta sensores en el asfalto que pisamos, la vida diaria se va colonizando de dispositivos que organizan o mediatizan nuestras decisiones o incluso toman decisiones por nosotros mismos de manera subrepticia y, en muchas ocasiones, independientemente de nuestra voluntad. Desde cámaras de reconocimiento facial en las esquinas de nuestras calles hasta farolas que detectan la presencia de personas en la acera, dispositivos de control automático de las funciones de los servicios urbanos van formando parte del paisaje urbano. Desde mecanismos que captan constantemente las condiciones ambientales hasta aplicaciones que registran nuestra posición.

El ascenso de la smart city como modelo urbano
Al menos en las dos últimas décadas gran parte del debate en torno a la ciudad ha estado protagonizado por la búsqueda de un modelo de ciudad sostenible como punto de encuentro de disciplinas y aspiraciones para imaginar desarrollos urbanos compatibles con los límites físicos de la capacidad de la Tierra para asumir el impacto de la actividad humana. En este escenario, la smart city ha pasado a protagonizar informes, discursos, conferencias, planes y estrategias, apareciendo incluso de manera explosiva en la producción científica. Tomando este elemento como síntoma de este interés, podemos acudir a un reciente trabajo  para tomar la temperatura a este ascenso, reflejo de una preocupación empresarial, social e institucional por comprender la relación entre desarrollo tecnológico y desarrollo urbano. Este estudio refleja una serie de patrones sobre la emergencia de la smart city como nuevo modelo explicativo del futuro de las ciudades: de una tímida presencia en el período 2007-2009 (cuando el término cobra cierta fuerza, en especial a partir de la puesta de largo de la apuesta estratégica de IBM por las smarter cities) pasamos a una producción exponencial hasta nuestros días. En pocas ocasiones un término asociado al debate en torno a la ciudad ha sido capaz de crear tanto interés en tan poco tiempo, ni siquiera la idea de la ciudad creativa.

Crecimiento acumulado en las fuentes de producción científica en torno a la smart city. Fuente: Luca Mora, Roberto Bolici y Mark Deakin, The First Two Decades of Smart-City Research: A Bibliometric Analysis (2017)
Este creciente interés refleja la intensidad con la que gestores públicos, organismos públicos y privados de diferente signo, empresas y organizaciones sociales han acogido este debate para dar significado a una ciudad tecnológicamente equipada como espacio y plataforma de la vida en la sociedad digital. El inicio del siglo XXI ha desplegado diferentes líneas de desarrollo tecnológico en la esfera de lo digital cuyas posibilidades de transformación futura de las ciudades apenas hoy podemos vislumbrar. En cualquier caso, sabemos que todas las tecnologías basadas o facilitadas por Internet son ya las grandes protagonistas de las innovaciones urbanas y los avances tecnológicos más significativos de los próximos años. El Internet del futuro es el marco de referencia para desarrollos relacionados con el Internet de las cosas, el cloud computing , la inteligencia artificial o el big data como vectores tecnológicos de mayor influencia en el despliegue de servicios urbanos. Sus aplicaciones alcanzan todas las escalas, desde cambios en los hábitos de vida personal hasta la transformación de los modelos de negocio de las industrias. Igualmente, cualquiera de las funcionalidades de la tecnología móvil cambia patrones eminentemente urbanos en un proceso de ingeniería social por el cual desde la forma de hacer la compra a las vías de estar contacto con familiares y amigos tienen poco que ver con los hábitos de hace un par de décadas. Por último, las vidas sometidas a este escenario son una sucesión continua de rastros digitales que son captados, almacenados, procesados y explotados para adecuar el mundo vivido por cada persona, grupos humanos o comunidades enteras a preferencias, personalizaciones y adaptaciones en tiempo real que comprendemos relativamente pero que funcionan a través de mecanismos algorítmicos y alimentados por datos masivos alojados en centros de datos (data centers) sobre los que apenas tenemos capacidad de control.

La ciudad inteligente se ha convertido así en la representación simbólica de la creciente generalización, sistematización y colonización digital de cualquier acto humano en las sociedades más avanzadas tecnológicamente. La ciudad inteligente ha pasado a ser el escenario en el que idealizar propuestas y utopías que buscan ofrecer una imagen completa y coherente del cambio tecnológico, la piel digital de la ciudad y sus infraestructuras asociadas y su relevancia para el progreso humano.

Si no has oído hablar de ella, da igual: ya vives en ella
La ciudad inteligente se ha convertido en un lugar común del discurso urbano y la rapidez con la que se ha introducido en programas electorales, planes de actuación municipal y orientaciones estratégicas de empresas tecnológicas ha impedido una reflexión sosegada sobre sus implicaciones. Aunque sea remotamente, hasta al más despreocupado seguidor de la actualidad en los medios generalistas le sonará haber escuchado o leído alguna referencia a las ciudades inteligentes. Dicho lector se habrá topado con titulares grandilocuentes sobre cómo su ciudad será la primera ciudad inteligente en España o será la primera en tener un cerebro inteligente a través de una nueva plataforma de datos, se habrá encontrado con eventos para emprendedores o sobre innovación social que trataban el tema de la ciudad inteligente, habrá visto algún reportaje destacando nuevos servicios digitales en su ciudad, etc. En estos años esa misma persona habrá oído hablar de alguna nueva aplicación para su móvil a través de la cual puede mantenerse informado de las actividades de su ayuntamiento, habrá recibido una carta de su compañía suministradora de electricidad ofreciéndole la instalación de contadores inteligentes, se habrá encontrado con algún poste de recarga de vehículos eléctricos, se habrá conectado a algún punto de conexión inalámbrica en una plaza pública o habrá notado el comportamiento extraño de las farolas de la calle, que se apagan y se encienden de manera aparentemente aleatoria. Aún más importante si cabe, esa misma persona habrá pasado estos años dejando el rastro digital allí por donde ha pasado: calles sometidas a sistemas de videovigilancia, el historial de su navegador, el GPS de su móvil, las innumerables transacciones con su tarjeta de crédito, etc.

En todas estas situaciones ha estado participando, inadvertidamente y sin ser consciente de sus implicaciones, del magma amorfo de la vida en la ciudad inteligente. Y si todo ello no es suficiente, es prácticamente seguro que, aun sin apelar a la smart city, haya vislumbrado a través de diferentes medios de información las últimas novedades sobre inteligencia artificial (los robots y el futuro del empleo), sobre coches sin conductor (cómo nos moveremos en el futuro), sobre drones repartidores (qué será del comercio minorista de proximidad), sobre impresoras 3D (cómo produciremos en el futuro), sobre software fraudulento (pensemos en el caso Volkswagen) o sobre las nuevas prácticas de hackeo y manipulación digital de procesos electorales.

Todo ello forma parte de una ciudad inteligente abriéndose paso y, sin embargo, aún no sabemos exactamente qué significa, qué ciudades son inteligentes o qué condiciones son necesarias para serlo. Diferentes estudios tratan de tomar el pulso a la presencia en las ciudades del mundo de proyectos definidos como smart city. Las cifras varían en función de los requisitos o condiciones planteados por agencias de mercados, grupos de investigación o consultoras. Si acudimos a uno de los estudios más recientes , encontramos que se catalogan más de 250 ciudades a nivel mundial como ciudades inteligentes, con diferentes niveles de introducción según las regiones.

Sin entrar en los detalles de qué ciudades y qué proyectos se hayan considerado en el estudio, en este punto nos interesa anotar que la presencia real de proyectos tangibles de ciudad inteligente ha alcanzado ya a todos los continentes, con diferencias en este patrón de adopción según el número de iniciativas o las temáticas que abordan. Sea como fuere, la idea de smart city está ya conformando una nueva generación de pensamiento sobre la ciudad, nuevos instrumentos de gobierno y gestión pública, nuevas tipologías de servicios y nuevas soluciones para la vida cotidiana.

Si has oído hablar de ella, tal vez no te aclares mucho. El problema de la definición de la smart city
Históricamente –y sólo nos referiremos a la Historia más cercana– se han planteado diferentes modelos que trataban de ofrecer una utopía urbana: la teoría general de la urbanización de Ildefonso Cerdá, la ciudad lineal de Arturo Soria, la ciudad jardín de Ebenezer Howard, la ciudad orgánica de Patrick Geddes y Lewis Mumford, la ciudad social de Jane Jacobs, etc. En todas estas teorías, y en muchas otras no mencionadas, se busca ofrecer definiciones de la ciudad ideal que buscan integrar diferentes fenómenos urbanos y, en realidad, ciudades con circunstancias y contextos muy diferentes, que sean a la vez programas de actuación. En este sentido, la smart city es algo más que una de las diversas definiciones de ciudad que han establecido ensayistas, arquitectos, políticos, urbanistas, poetas, dramaturgos, organizaciones… Es, al igual que otros proyectos utópicos, no tanto una foto fija más o menos afortunada, sino una esperanza de un mundo mejor, siempre bajo unas determinadas tecnologías disponibles en cada momento y unos determinados valores dominantes capaces de ofrecer un proyecto aspiracional.

Esta búsqueda utópica para definir la ciudad contemporánea no goza de un relato y una definición pacífica. Al contrario que en los modelos previos, la conformación conceptual de la ciudad inteligente es fruto de la aportación de múltiples actores delimitando sus contornos al mismo tiempo, y también sufre de su ambición totalizadora, que lleva a expresar definiciones que al final acaban poniendo el énfasis en diferentes ámbitos y objetivos. Quizá el único elemento común a todas ellas pueda ser la presencia distintiva de la tecnología en un sentido u otro.

Además de la presencia disruptiva del factor tecnológico, la mayoría de las definiciones apuntan a un objetivo último: crear mejores condiciones de vida para la ciudadanía o disponer de sistemas más eficientes de gestión de la ciudad, con una visión integral de los espacios urbanos como confluencia de diferentes ámbitos. En cualquier caso, a la hora de comprender cada una de las definiciones es importante contextualizar quién la propone (desde entidades multilaterales relacionadas con el desarrollo local a grupos de investigación relacionados con la innovación abierta, desde empresas del sector energético a empresas proveedoras de conectividad, desde investigadores de economía regional y las dinámicas de innovación territorial a start-ups –empresas emergentes– tecnológicas) para encontrar respuesta a la diversidad en el énfasis y punto de partida de cada una de ellas. La noción de smart city ha sido puesta en el tablero de la agenda urbana por gigantes de la comunicación como IBM o Cisco. Este elemento, lejos de ser circunstancial, ha marcado el modelado posterior de la idea de ciudad inteligente. En el primer caso, desde 2008, esta compañía ha desarrollado un completo proceso de transformación de su modelo de negocio y de su estructura organizativa a partir del concepto de smarter cities, posicionándose como pionera en este ámbito, llegando incluso a patentar el término de “smarter cities” el 4 de octubre de 2011 como un hito clave en la disputa entre las diferentes compañías TIC por situarse en el mercado de la smart city.

Este origen en el entorno empresarial del impulso inicial de la ciudad inteligente (presentado por empresas tecnológicas como IBM, Cisco Systems, Siemens, Orange, Alcatel-Lucent, Telefónica, Microsoft, Oracle, Toshiba, Schneider Electric, Hitachi, GSMA, SAP, etc.) ha ido acompañado de la adopción de un marco analítico surgido de un proyecto de investigación europeo y finalizado en 2007, European Smart Cities. Dicho estudio, cuando aún IBM no había lanzado su primera campaña, y no centrado exclusivamente en temas de tecnologías urbanas, definía una serie de ámbitos que tentativamente describirían una ciudad construida de manera inteligente. Este esquema ha sido posteriormente replicado y adaptado a conveniencia para aprovechar su esqueleto y dar otros significados más tecnológicos a las siguientes seis características definitorias de una ciudad inteligente:
Smart Economy: una ciudad que promueve el emprendimiento, la innovación, la productividad, la competitividad…
Smart People: una ciudad que cuenta con una ciudadanía formada e informada, activa y participativa y que promueve la igualdad
Smart Governance: una ciudad que promueve formas de gobierno electrónico, que innova en nuevos procedimientos y modelos de gobernanza, basada en las evidencias para la toma de decisiones y que fortalece esquemas de transparencia, participación y control ciudadano de la actividad de las instituciones
Smart Mobility: una ciudad con sistemas inteligentes y eficientes de transporte, que fomenta la movilidad multi-modal, etc.
Smart Environment: una ciudad que promueve la sostenibilidad y la resiliencia, que se propone objetivos de eficiencia energética y lucha contra el cambio climático…
Smart Living: una ciudad que apuesta por mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

Modelo de referencia de las smart cities. Fuente: Estudio y Guía metodológica sobre Ciudades Inteligentes (ONTSI, 2015)

Estas dimensiones se han convertido en un estándar (debido a que ofrecían, a falta de un modelo propio, una visión suficientemente amplia y genérica de todas las esferas de la vida en la ciudad), implicando una estructuración casi canónica de los ámbitos en los que organizar la explicación de qué es una ciudad inteligente y en qué temas pretende operar. En cualquier caso, el cambio fundamental es lo que ahora se llama la transformación digital, la sofisticación de los servicios urbanos, con ciertas tecnologías habilitantes entre las que las plataformas de centralización y control en tiempo real de los datos de la ciudad representan el escenario ideal por el cual todos los sistemas de la ciudad quedarían centralizados y, a partir de ahí, podría hacerse una gestión personalizada, eficiente, etc.
Con ello, podemos concluir que las definiciones conceptuales abundan en un debate de difícil caracterización, en el que se entremezclan diferentes grados y enfoques. Desde las propuestas dirigidas a la divulgación utilizando métodos de rankings de ciudades inteligentes hasta las definiciones que cada corporación interesada en este mercado lanza para intentar diferenciarse del resto, la idea de ciudad inteligente se ha abierto camino entre una multiplicidad amorfa de definiciones más o menos exitosas, pero ninguna suficientemente convincente o establecida.

No existe una ciudad inteligente
Si hablamos de la posibilidad de construir ciudades inteligentes, la pregunta consecuente es tentadora: ¿existe alguna ciudad inteligente? Si no es hoy, ¿cómo sería una ciudad inteligente en un futuro cercano? En realidad, ¿puede una ciudad cumplir con las premisas, promesas, estándares y soluciones apuntadas? Si es así, ¿dónde está?

Lo planteamos desde ahora: no existe una ciudad inteligente. Existen aproximaciones, intentos, proyectos emblemáticos de carácter estratégico o sectorial, desarrollos concretos, pero no existe, conceptualmente ni en la práctica, la posibilidad de que una ciudad funcione de manera inteligente desplegando todos los ámbitos en los que se sitúa la smart city. Sin embargo, en la búsqueda de referencias con los que guiar el avance hacia ese modelo ideal podemos encontrar dos grandes instrumentos que podrían servirnos como indicadores indirectos para distinguir aquellas ciudades que podrían estar más cerca de ese ideal.

Sistemas de estandarización: una norma para gobernarlos a todos
Una primera opción sería, por un lado, disponer de un marco de referencia aceptado por los diferentes sectores involucrados (en realidad, instituciones públicas como demandantes de soluciones smart y empresas privadas desde el lado de la oferta) que funcione como sistema de normalización para el desarrollo de estándares. De esta forma, idealmente ese mercado de límites difusos que hemos dibujado, protagonizado por empresas de diferente signo y capaces de desplegar soluciones a las miles de ciudades del mundo podría optimizarse para ofrecer economías de escala, reducción de costes de transacción y, en último término, favorecer a los ayuntamientos la interoperabilidad entre proveedores de diferentes servicios o de un mismo servicio. En esta línea, las iniciativas se han sucedido a lo largo del tiempo y en distintas escalas.

Así, tenemos proyectos que tratan de estandarizar sistemas de indicadores para medir el avance de una ciudad en todos sus aspectos (hacia una ciudad inteligente) gracias a la iniciativa de World Council on City Data y el estándar ISO 37120 para certificar estos avances. A otro nivel, plataformas como FIWARE u OASC (Open & Agile Smart Cities) buscan ofrecer a las ciudades y empresas participantes en sus esquemas de estandarización modelos para compartir desarrollos tecnológicos, en el primer caso, o formas para implementar de manera cooperativa soluciones en varias ciudades al mismo tiempo. En la misma línea, City Protocol también ha sido propuesto como modelo de arquitectura para el desarrollo de las ciudades inteligentes. Por otro lado, los estándares ya existentes para determinados dispositivos también cuentan en este sentido (smart grid, smart cards, estándares web de W3C, redes wireless, etc.) sin referirse necesariamente a la smart city. Aquí cabe recordar que a nivel sectorial los estándares ya existentes se multiplican, llegando a casi 1.000 estándares en materia de transporte, 450 en materia de edificación o casi 250 en materia de medio ambiente . Por último, en este nivel internacional han destacado también los esfuerzos de International Telecommunication Union (ITU), que, a través de diferentes grupos de trabajo bajo el paraguas de su iniciativa United for Smart Cities and Communities (U4SSC), ha desarrollado también sus propios estándares para favorecer la cooperación en el desarrollo de arquitecturas se sensores y computación ubicua para su uso en sistemas urbanos.

A nivel nacional, algunos países han querido también crear marcos propios de referencia para favorecer el desarrollo tecnológico en sus ciudades, pero, sobre todo, para ordenar sus incipientes industrias de smart city. Es así como el Reino Unido, a través de British Standars Institute (BSI), ha coordinado esta normalización mediante la aprobación de estándares sobre terminología, datos, indicadores KPI`(indicadores clave de desempeño o de gestión), etc. En el caso español, esta dinámica ha sido aún más relevante y representa uno de los elementos en los que España ha tenido mayor liderazgo en los últimos años. Así, el Comité Técnico de Normalización sobre Ciudades Inteligentes (AEN/CTN 178) –creado en el seno de la Asociación Española de Normalización y Certificación (AENOR) e impulsado por la entonces Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información (SETSI) y hoy Secretaría de Estado de Sociedad de la Información y Agenda Digital–, ha sido la plataforma para la discusión y aprobación de diferentes estándares que tratan de normalizar la actuación de agentes públicos y privados en el desarrollo de soluciones de ciudad inteligente. Es así como en el período 2015-2016 se han aprobado diferentes normas UNE, destacando entre ellas las referidas a: 1) Ciudades inteligentes. Gestión de activos de la ciudad, 2) Desarrollo sostenible en las ciudades. Indicadores para los servicios urbanos y la calidad de vida, 3) Ciudades Inteligentes. Datos Abiertos (Open Data), 4) Guía para las infraestructuras de Ciudades Inteligentes. Redes de acceso y transporte, y 5) Ciudades Inteligentes. Infraestructuras. Sistemas de telecomunicación.

Todos estos esfuerzos tratan, en definitiva, de responder a las preguntas que señalábamos al inicio del apartado mediante la propuesta de unas guías de referencia que puedan convertirse en estándares generalizados en el mercado y, consecuentemente, modelizar también una forma de ser ciudad inteligente mediante el cumplimiento con las mismas.

Rankings: espejito, espejito
Otra forma de responder a esas preguntas iniciales ha sido mediante la elaboración de rankings a partir de una serie de indicadores que tratan de sintetizar las características de una ciudad inteligente. En la medida en que una ciudad se acerque a la puntuación máxima para las variables definidas, podríamos llegar a decir que una ciudad determinada es o, al menos, está cerca de poder ser considerada inteligente. La aparición de diferentes rankings que presentan listas ordenadas de diferentes ciudades inteligentes es parte de una tendencia de elaboración de este tipo de estudios, principalmente por parte de grandes consultoras tecnológicas, de mercado o de gestión, y que alcanzan a ámbitos urbanos como la calidad de vida, las ciudades sostenibles, el coste de la vida o la capacidad de atraer talento. Todos estos estudios tratan de estudiar con técnicas de benchmarking (análisis comparativo) factores relevantes para abordar el creciente interés por las ciudades. Los rankings de ciudades inteligentes son, así, la decantación lógica del atractivo de este tipo de estudios por saber cuáles son las ciudades que más se acercan al ideal de la smart city.

Antes de conocer algunos de ellos, conviene hacer ya una precisión, una advertencia o consejo de uso sobre estos estudios. Debemos tener precaución con ellos y con sus titulares (“La ciudad X, la más inteligente del mundo”, “La ciudad X, de nuevo entre las tres ciudades más inteligentes de Europa”…), al menos por dos razones. Por un lado, su elaboración responde a las lógicas propias de cada entidad autora. Éstas pueden ser empresas tecnológicas interesadas en el mercado de la smart city (Networked society City Index, de Ericsson, por ejemplo), empresas de investigación de mercados (Worldwide Smart Cities: Energy, Transport & Lighting 2016-2021, de Juniper Research o Smart City Development Index, de IDC Research), medios de comunicación (The top 10 smart cities on the planet, de Co.Design) o de institutos de investigación (Cities in Motion Index, de IESE). Incluso IDC publicó en 2012 un ranking específicamente centrado en la realidad de las ciudades españolas . Todos estos informes están enmarcados en las propias agendas de sus productores, lo cual no deslegitima per se sus estudios, pero sí influye en factores como la priorización de temáticas y ciudades a estudiar. Por otro lado, toda metodología de agregación de indicadores y de elaboración de índices sintéticos implica una simplificación de la realidad a partir de unas determinadas variables a estudiar (seleccionadas en función de criterios como la facilidad de acceso a la información, la priorización de sectores a analizar y, en último término, la concepción de partida con la que se construye una imagen de la ciudad inteligente). De nuevo, esto no es un elemento deslegitimador en sentido estricto, sino una invitación a contextualizar y a acudir a los detalles para comprender las divergencias en sus resultados, que unas veces apuntan a Nueva York, otras veces a Tokio, otras veces a Viena, para señalar las ciudades más inteligentes del mundo.
Hecha esta precisión, el conglomerado de listas apunta a un grupo reducido de ciudades como aquellas sistemáticamente señaladas como las más inteligentes, y a unas orientaciones que en algunos casos encierran un mayor interés por cuestiones tecnológicas (disponibilidad de infraestructuras conectadas o implantación de conectividad como tecnología habilitante), o a cuestiones más relacionadas con la gobernanza de los servicios públicos como comprobante final de la inteligencia de una ciudad.

En unos casos o en otros, estos rankings nos sirven, si no para dar por sentada la existencia de una ciudad completamente inteligente, para reconocer aquellas ciudades mejor preparadas para el salto de la transformación digital urbana, bien por la sofisticación técnica de sus servicios existentes, bien por el carácter integrado de su apuesta por la innovación urbana y la introducción de tecnología para la gestión urbana.

///////////
Extracto del capítulo Innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente del Informe España 2017.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Un mundo urbano: las ciudades en la era digital

Hemos vuelto a mirar a las ciudades y a lo local. Las dos últimas décadas de globalización en todos los ámbitos, y en especial en el campo económico-financiero, la agenda del debate en áreas como el desarrollo industrial y tecnológico, los movimientos sociales, el comportamiento electoral o el cambio climático se está mostrando especialmente interesada por el factor físico y espacial que representa la escala urbana.

Las razones de este renovado interés son variadas. Podemos mencionar el interés por comprender (y replicar) los procesos de concentración espacial de las actividades de I+D+i (y su reflejo mediático en torno a Silicon Valley como ilustración de la localización territorial de distritos de innovación y otras formulaciones que explican cómo la innovación tiende a aprovechar las ventajas de la cercanía). También podemos contextualizar este creciente interés en el redescubrimiento del espacio público urbano como plataforma de reclamación en la nueva fase de movilización y luchas sociales (desde el parque Taksin-Gezi en Estambul hasta la Avenida Paulista en Sao Paulo, del movimiento 15-M en Madrid a Occupy Wall Street en Nueva York, pasando por Tahrir en El Cairo o el movimiento YoSoy132 en México). Podemos incluso acudir a las explicaciones de las actuales fracturas electorales en los sistemas democráticos liberales occidentales (Estados Unidos, Francia, Holanda, España, Austria), que inciden en situar en el eje rural-urbano algunas explicaciones a los cambios en los electorados. Podemos pensar en el creciente protagonismo en el escenario económico y geopolítico de nuevas capitales globales (Dubai, Shanghai, Shenzhen,…) que están haciendo más compleja aún la red de flujos de inversión y atracción de recursos, capaces además de producir efectos en sus propios territorios (mediante un aumento de la concentración de población y poder económico a ritmos inauditos hasta ahora) pero también en las capitales “clásicas” del mundo global, que están viendo transformados sus mercados inmobiliarios (y sus dinámicas sociales) mediante el asalto a los activos inmobiliarios de Londres o Nueva York por parte de las nuevas fortunas urbanas en los países emergentes para fines especulativos.

Estas circunstancias no agotan la explicación del renovado interés por las ciudades, pero ilustran la confluencia de factores que nos recuerdan que el mundo no es plano. Los medios generalistas más influyentes, desde la BBC a The New York Times, pasando por The Guardian o The Economist, han lanzado en los últimos años monográficos o incluso secciones específicas y estables dedicadas a explicar este nuevo mundo urbano. Por su parte, instituciones clave en la conformación de la agenda del debate global, desde el Banco Mundial al World Economic Forum, han vuelto su mirada al fenómeno urbano como parte de sus actividades. Conferencias, informes multilaterales, planes estratégicos nacionales y autonómicos o decisiones empresariales han ido coincidiendo en dibujar un mundo urbano.

Un mundo urbanizado
Para llegar a ello, nada ha hecho más por conformar este consenso que una cifra que ha ido repitiéndose como letanía: en 2008, según Naciones Unidas, por primera vez en la historia más del 50% de la población mundial vivía en ciudades. Este dato meramente estadístico, e incluso discutible cualitativamente, se ha impuesto como justificación de una visión del mundo que transita hacia una población crecientemente urbana. Los escenarios demográficos esperan que ese porcentaje alcance el 66% en 2050, y un 90% de ese crecimiento sucederá en Asia y África . Este hito estadístico representa una de las grandes tendencias globales que caracterizan el mundo actual y el aquel hacia el que avanzamos y tuvo en 2016 su momento culminante con la celebración en Quito de la Conferencia Habitat III. En efecto, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible ha constatado cómo el mundo ha cambiado fundamentalmente desde su anterior edición, 20 años antes, en Estambul. Los procesos de urbanización se han convertido en fuerzas de transformación territorial, social, económica, cultural y ambiental a escalas y velocidades que no conocíamos hasta ahora, y lo hacen además en patrones de desigualdad profunda, de manera que en las dos últimas décadas, las mayores tasas de crecimiento de la población urbana se han producido en los países menos desarrollados de África . Las ciudades de mayor crecimiento poblacional previsto para los próximos años están localizadas prácticamente fuera del mundo desarrollado: Lagos, Kinshasa, Yakarta, Karachi, Delhi, Dhaka, Nairobi, Manila, Sao Paulo, Guangzhou, Shanghai, Bangalore y una larga lista de ciudades asiáticas y africanas están viendo crecer ya su población en una tendencia que continuará a lo largo del tiempo.

En Europa, uno de los continentes más urbanizados, en torno al 75% de la población vive en zonas urbanas, y se prevé que hacia 2020 la cifra aumentará hasta el 80%. Como consecuencia de ello la demanda de suelo en las ciudades y sus alrededores es cada vez mayor y, acompañado de ello, el consumo de materiales y recursos, la generación de residuos y emisiones. La expansión urbana descontrolada está remodelando los paisajes y afectando a la calidad de vida de las personas y el entorno como nunca antes había ocurrido, y sitúa en el nivel local las principales tensiones sobre los sistemas de cobertura de bienestar y los servicios públicos. Las ciudades también ejercen como motores del progreso impulsando la innovación y el avance en temas culturales, intelectuales, educativos y tecnológicos. Actúan como economías de aglomeración al igual que históricamente sirvieron también de espacios de libertad y protección, ofreciendo promesas de prosperidad y progreso a sus habitantes. Sin embargo, los costes de esta urbanización del mundo son evidentes. Este proceso multiplica en muchas ocasiones las condiciones de desigualdad social y crea problemas por la baja calidad de los asentamientos urbanos. Se trata de la gran contradicción de la vida en la ciudad; como afirmaba el informe State of World Population 2007 de las Naciones Unidas, “ningún país en la era industrial ha conseguido crecimientos económicos significativos sin urbanización. Las ciudades concentran pobreza, pero también representan la principal esperanza para salir de ella”.

El paisaje global de un mundo urbanizado no es, por tanto, tan sólo una cuestión de acumulación de población en áreas urbanas y en grandes metrópolis. Se trata también de una concentración creciente de poder económico en estos entornos, que convierten la economía globalizada en una cartografía desigual de nodos de actividad económica. De manera creciente, el progreso económico se concentra en las conurbaciones de todo el planeta.

Porcentaje de PIB global generado en las ciudades (2010-2025). Fuente: Urban World: Mapping the economic power of cities (McKinsey Global Institute)

Más del 80% del PIB mundial se genera en las 600 ciudades más grandes del planeta  y las 100 primeras de ellas generaron el 38% en 2007, señalando una clara concentración económica en las ciudades. En algunos países, una sola ciudad puede llegar a representar una parte significativa de la riqueza nacional. Así, Seúl, Budapest o Bruselas acumulan más del 45% del PIB de sus países. Sin embargo, no es en las 23 grandes metrópolis y capitales globales donde la concentración está avanzando más, sino en el resto de ciudades (ciudades entre 150.000 y 10 millones de habitantes) donde los crecimientos serán más altos en los próximos años. De hecho, hasta 2025 se espera que sea en las ciudades de mercados emergentes (423 de las 600 consideradas en el estudio) donde se localice el 45% del crecimiento económico mundial, en paralelo a los crecimientos esperados en población, aumento de la capacidad de consumo, construcción de nuevas viviendas, etc.

Un mundo conectado
A esta sucinta exposición sobre la importancia de las ciudades en la actualidad podemos añadir otro patrón evidente de transformación de la sociedad: la generalización de la esfera digital y las tecnologías móviles como explicación de la modificación de hábitos sociales, estructuras industriales, modelos de gobernanza o formas de organización colectiva. Estos cambios nos han hecho avanzar de manera gradual y sigilosa pero disruptiva al mismo tiempo hacia sociedades conectadas, sociedades digitales, sociedades de la información, como queramos llamarlo. Esta penetración digital ha sido especialmente profunda en España en algunos ámbitos como la adopción de los smartphone o el despliegue de fibra óptica hasta el hogar.

La OCDE, en su informe de 2014 titulado Measuring the digital economy: a new perspective, señalaba que el número de usuarios de internet en todo el mundo alcanzó los 3.000 millones. El número de usuarios de Internet en los países de la OCDE ha pasado de algo menos del 60% de los adultos en 2005 a cerca del 80% en 2013, con una penetración del 95% entre la población joven. Hoy los jóvenes de 15 años pasan ya más tiempo diario conectados a la Red que viendo la televisión tradicional. La banda ancha móvil está ya ampliamente disponible en muchos países emergentes y en los menos desarrollados, aunque este despliegue y disponibilidad de infraestructuras de conectividad es muy desigual según los países. La penetración de usuarios de Internet alcanza el 40% a nivel mundial, un 78% en los países desarrollados y un 32% en los países emergentes, mientras que más del 90% de las personas que todavía no utilizan internet viven en los países en desarrollo. Países como Corea del Sur han llegado a alcanzar casi el 100% de disponibilidad de banda ancha en los hogares, pero las diferencias aún son evidentes, ya que en África estas conexiones no llegan más que al 10% de los hogares.

Vincent Laforet - AIR Project 
Por otro lado, este mundo conectado avanza gracias a dos patrones simbióticos: la explosión en la producción de datos y la generalización de objetos conectados, elementos que alimentan la densa capa digital sobre la que funciona casi cualquier actividad, desde el comercio al ocio, pasando por la organización industrial o el confort en el hogar. Según la empresa SAP, el número de objetos conectados en 2050 llegará a los 50.000 millones, en un crecimiento exponencial desde la llegada a primeros de los 90 del siglo pasado de la primera ola de adopción de los ordenadores personales. Este crecimiento está protagonizado por el internet de las cosas, un patrón de desarrollo tecnológico que alcanza casi a cualquier objeto al que se pueda acoplar un sistema de actuación para la producción de datos automáticos y su control remoto (desde coches a frigoríficos, desde relojes a muñecas). Aún más difícil es medir hoy y predecir de cara al futuro el peso de este torrente de información digital. Según datos recientes de CISCO, en 2016 el tráfico de internet ha superado ya los 1.000 exabytes y espera que en 2020 esta cifra llegue a la magnitud de los zetabytes. Las cifras son mareantes: cada minuto se publican más de 100.000 tuits, más de 700.000 actualizaciones en Facebook, se envían más de 170 millones de correos electrónicos, se hacen más de 2,5 millones de búsquedas en Google, se descargan más de 50.000 aplicaciones móviles, se comparten más de 200.000 imágenes en Instagram, se ven más de 70.000 horas en Netflix o se ven casi 3 millones de vídeos en Youtube, por acudir sólo a los datos de las plataformas sociales más conocidas. Cada día creamos 2,5 trillones de bytes de datos. El 90% de los datos en toda la historia del mundo se han creado en los dos últimos años.
El informe La Sociedad de la Información en España 2016 de Fundación Telefónica nos dibuja patrones de uso de Internet para acceder a actividades relacionadas con el ocio, la comunicación personal o la actividad laboral que van generalizándose. La digitalización de las infraestructuras alcanza a la adopción de la banda ancha de nueva generación (casi 7 millones de líneas) o a la cobertura del 95% de la población de tecnología 4G, acompañando y favoreciendo así la adopción de nuevos hábitos (el abandono del correo físico entre la población más joven, la generalización de la mensajería instantánea como sistema de comunicación cotidiano, la digitalización de la organización empresarial, etc.). Hoy el 92% de los internautas acceden a Internet desde el smartphone, casi 20 puntos porcentuales más que quienes lo hacen desde el ordenador. Incluso las relaciones personales han pasado a formar parte del paisaje digital, de manera que el 29% de los jóvenes entre los veinte y los veinticuatro años ha encontrado pareja en Internet. De la misma forma, el consumo de televisión o el acceso a servicios de la Administración se han visto transformados por la aparición de los contenidos digitales, las nuevas estructuras empresariales y la generalización de servicios electrónicos para interactuar con los servicios públicos.  Abundando en más detalles, el Informe Anual de la Agenda Digital para España 2015 apunta a una creciente extensión de la compra online (37% de la población) y a la extensión del software de gestión empresarial (con crecimiento del 7% en la implantación de sistemas CRM –Gestión de Servicios al Cliente–), reflejando la extensión de la capa digital a prácticamente todos los ámbitos de la vida. Por su parte, el informe de 2016 de BBVA Research Digital Entrepreunership Index for the European cities  ha analizado, entre otras variables, el grado de digitalización de 38 ciudades europeas. Según este índice, las ciudades españolas Madrid, Barcelona y Bilbao cuentan con niveles de digitalización por encima de la media del resto de las ciudades europeas analizadas. Las tres ciudades españolas se encuentran en la mitad de la clasificación. Londres (Reino Unido), lidera todas las categorías. París (Francia), Amsterdam (Holanda), Helsinki (Islandia), Copenhague (Dinamarca) o Estocolmo (Suecia) se encuentran en los primeros puestos, por detrás de la capital de Reino Unido.

Estos patrones donde mejor se reflejan es, precisamente, en los entornos urbanos. El impacto del imparable desarrollo tecnológico sobre la ciudad es un aspecto fundamental para entender las políticas urbanas en los próximos años. No se trata de una cuestión circunscrita únicamente a las tecnologías de la información, pero es bueno recordarlo porque las ciudades “respiran” tecnología por los cuatro costados; la movilidad, la generación y la distribución de energía, la provisión de servicios públicos, la gestión de residuos, la vigilancia y la seguridad… todo esto está absolutamente mediatizado por los avances tecnológicos y, de alguna forma, el desarrollo urbano en sus diferentes facetas está muy ligado a determinados avances de la técnica. No es posible entender los cambios urbanos a lo largo de la historia sin encontrar en todos ellos el rastro de diferentes avances.
Pensemos en la movilidad, por ejemplo: cómo nos movemos en la ciudad ha ido sufriendo cambios espectaculares a lo largo de los siglos, y en cada cambio se modifica la experiencia de la vida urbana, la concepción del tiempo y del espacio (en función de la velocidad de los medios de transporte y de la distribución de éstos), el diseño urbano (aparecen las paradas de autobús, las estaciones de metro y los puntos de recarga para la movilidad eléctrica), la sensación de seguridad en la calle (según el espacio y las prerrogativas que damos a unos medios u otros), el consumo y los patrones de urbanización, etc. Sin embargo, no podemos negarlo, hoy la ciudadanía, a través de los medios digitales, construye una nueva forma de relacionarse donde a lo físico se suma lo virtual. Y los poderes públicos locales tratan también de adecuar sus servicios a esta nueva realidad dotándose de soluciones digitales para dar servicio público, mientras que la propia ciudadanía ya convive de manera natural con herramientas (navegación digital, apps…) que han reconfigurado la experiencia de moverse en la ciudad.

Estos elementos constituyen señales estadísticas y experienciales de un cambio que no es sólo tecnológico, sino también cultural, de la misma forma que la urbanización mundial no es únicamente un proceso espacial sino multidimensional. La confluencia de ambos patrones ha dado forma a una concepción de la ciudad como un espacio transformado por la capa digital. Las ciudades –siempre lo han sido– son entornos de concentración de actividad humana y el espacio privilegiado en el que los principales progresos científico-técnicos se despliegan, avances que además tienen un fuerte componente de comunicación social y de construcción de nuevas formas de sociabilidad. La historia de la ciudad es, de hecho, la historia de la plasmación física de los grandes adelantos técnicos, desde la agricultura hasta el ferrocarril, desde los sistemas de alcantarillado hasta el vehículo a motor. Hoy, en 2017, nos preguntamos cómo serán las sociedades del futuro analizando cómo se están desplegando en el presente las tecnologías más propias de nuestra época, las digitales, en el espacio principal en el que acontece la actividad humana, las ciudades.

///////////
Extracto del capítulo Innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente del Informe España 2017.

martes, 12 de diciembre de 2017

Innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente

Ayer se presentó el informe anual de la Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro, para el que he contribuido con uno de los capítulos. Puedes encontrarlo aquí completo en pdfInnovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente, mientras comparto por aquí algunas secciones en los próximos días.

///////////////////

Presentación
El ascenso de la sociedad conectada y el renovado interés por las ciudades y los espacios locales de gobernanza han situado los entornos urbanos como protagonistas de diferentes tendencias relacionadas con la esfera digital. La ciudad inteligente (smart city) ha aparecido en los últimos años como modelo de referencia para explicar las interacciones entre el progreso tecnológico impulsado por los diferentes vectores digitales, el cambio cultural en los patrones de comportamiento social y de organización industrial y la transformación de la gestión de los servicios públicos. En este escenario de aparición de innovaciones de diferente signo, tanto de carácter técnico como institucional, la referencia a las ciudades inteligentes busca asentar un marco para comprender de manera organizada e integral un horizonte posible para hacer realidad las promesas de personalización, optimización, adaptación en tiempo real… en el funcionamiento cotidiano de los servicios públicos y las decisiones que organizan y dan forma a las ciudades.

Se trata de un modelo aún en construcción y el presente capítulo quiere aportar luz sobre sus bases conceptuales y sus aplicaciones prácticas. En la medida en que estamos ante un término que está ya orientando la acción de empresas, instituciones y organizaciones sociales interesadas por contribuir al desarrollo urbano y social, necesitamos reflexionar sobre sus significados más profundos, no sólo desde el punto de vista de la transformación digital de nuestras ciudades, sino también desde sus implicaciones en la sociedad y en la aspiración de avanzar hacia ciudades a escala humana que ofrezcan calidad de vida a la población. El presente artículo, sin ser un estudio exhaustivo, quiere servir como introducción a los diferentes instrumentos y proyectos que se están ya poniendo en marcha para hacer realidad la ciudad inteligente, valorando el impacto tecnológico sobre las expectativas de una sociedad crecientemente conectada.

Por último, el capítulo quiere apuntar diferentes elementos de debate social. En la medida en que la smart city es un modelo asentado, pero en discusión, queremos resaltar algunas cuestiones prácticas y éticas que se abren en este escenario de presencia masiva de la tecnología en el funcionamiento urbano. Se trata de un debate de actualidad que forma parte de una dinámica más amplia de cambio en cualquier esfera social, desde la economía y el desarrollo industrial hasta los hábitos sociales o el desarrollo de nuevas prácticas de profundización democrática.



Índice
1. Un mundo urbano: las ciudades en la era digital
1.1. Un mundo urbanizado
1.2. Un mundo conectado
2. La ciudad equipada digitalmente como ciudad inteligente
2.1. El ascenso de la smart city como modelo urbano
2.2. Si no has oído hablar de ella, da igual: ya vives en ella
2.3. Si has oído hablar de ella, tal vez no te aclares mucho. El problema de la definición de la smart city
2.4. Las tecnologías que dan forma a la ciudad inteligente
2.5. Más allá de la transformación digital: el cambio cultural de la sociedad conectada
3. La ciudad inteligente en acción: inteligencia tecnológica para la transformación de la ciudad
3.1. No existe una ciudad inteligente
3.2. Un mundo urbano, muchos tipos de ciudades
3.3. Las diversas formas de la ciudad inteligente en la práctica
3.4. Una visión de conjunto: oportunidades y promesas de la ciudad inteligente
4. El desarrollo de la smart city en España
4.1. Plan Nacional de Ciudades Inteligentes
4.2. Red Española de Ciudades Inteligentes
5. Los retos de futuro: la escala humana en la ciudad inteligente
5.1. Retos prácticos y tecnológicos
5.2. Retos políticos y sociales
6. Conclusión: ¿tecnologizar la ciudad o urbanizar la tecnología?

viernes, 1 de diciembre de 2017

Presentación del Informe España 2017 (Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro)

Hace unos meses me encargaron un texto para el informe anual que publica la Cátedra J. M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro de la Universidad de Comillas. Estos informes, publicados desde 1994, buscan aportar análisis sobre cuestiones de fondo sobre la realidad social española. Para cada año se seleccionan algunos temas más específicos dentro del listado de prioridades que se trabajan en estos informes (política y democracia, nueva ciudadanía, innovación educativa, violencia contra la mujer, refugiados, sanidad pública, etc.).

Este año han querido incluir un capítulo específico sobre la realidad urbana y su relación con las tecnologías inteligentes, capítulo del que me he encargado. Todo esto para avisar, por si te interesa, que el Informe España 2017 se presentará el lunes 11 de diciembre en Madrid. Aquí tienes toda la información para asistir. El informe estará disponible en la web a partir de ese día, y próximamente compartiré por aquí los contenidos del articlo que he aportado.


Contenidos del informe

Política en términos de incertidumbre: síntomas, causas y propuestas
José Fernández-Albertos (Instituto de Políticas y Bienes Públicos, CSIC)

“Sueños rotos”: La trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual
Carmen Meneses (Universidad Pontificia Comillas)

La importancia de las evaluaciones : referentes internacionales y calidad educativa
David Cervera Olivares (Consejería de Educación CAM ) y Guillermo Gil Escudero (GMG: Psicoterapia y Educación)

La jubilación en España: ¿hacia el envejecimiento activo con pensiones insuficientes
Jonas Radl y María Sánchez-Domínguez (Universidad Carlos III de Madrid Grupo de Estudios “Población y Sociedad” (GEPS))

Dependencia y cuidados
Antonio Abellán (CSIC), Julio Pérez (CSIC), Alba Ayala (CSIC), Rogelio Pujol (INE )y Gerdt Sundström (Institute of Gerontology, Jönköping University (Suecia))

La innovación urbana: la escala humana en la ciudad inteligente
Manu Fernández

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Big data y nuevas epistemologías urbanas


Extracto del libro Descifrar la smart city. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?

La smart city se ha convertido en un nuevo modelo urbano para pensar y diseñar las ciudades en la sociedad conectada. El creciente interés por las ciudades y su sofisticación tecnológica nos invita a comprender el impacto y las consecuencias de cuestiones como el big data, el urbanismo cuantitativo, las tecnologías cívicas o la regulación algorítmica. El presente libro quiere ofrecer preguntas y cuestionamientos críticos sobre el significado de las ciudades inteligentes y cómo darles un contexto urbano.

////////


(...) Las implicaciones de las capacidades de recolección, almacenamiento, procesamiento y explotación de cantidades masivas de datos en un escenario de datificación de cualquier realidad social, empresarial, económica, etc. apenas han sido exploradas de manera crítica. De nuevo, nos encontramos ante una primera fase de socialización espectacularizada de un concepto y unas tecnologías que sólo ahora empiezan a apuntar sus desafíos pero que en la esfera urbana ya se han desplegado en los servicios de transporte, los sistemas de vigilancia pública, el pago de impuestos, etc. Uno de estos desafíos, quizá el que más se relaciona con el día a día ciudadano y el más capaz de generar impactos mediáticos es el relacionado con su potencial como tecnología de control y vigilancia y como mecanismo de discriminación laboral, criminal o como consumidores. Podemos hablar de una ansiedad creciente sobre la reducida capacidad de actuar frente a mecanismos de control social automatizados, invasivos, imperceptibles y masivos que están detrás de episodios de espionaje, pero también en niveles más cotidianos (principalmente, a través del control de preferencias y gustos para la manipulación comercial como consumidores). Sin embargo, el desafío va más allá y, en muestro caso, nos interesa más su relación con la pretensión de construir unas nuevas bases científicas para el estudio del hecho urbano y la ciudad contemporánea. La mitología del big data ofrece una relación directa entre más datos disponibles y una mayor precisión en la verdad, pero tal afirmación requiere entender las implicaciones epistemológicas y culturales de los datos masivos.

What Big Data Means For Big Cities 
La propuesta de “revolución” científica del big data no implica sólo una acumulación cuantitativa de información para la mejora del conocimiento, sino también una mejora cualitativa al permitir traspasar los límites de la ciencia normal para llegar a una nueva revolución científica. No se trata sólo de una cuestión de volumen, sino también de velocidad y variedad, de manera que la revolución del conocimiento que se derivaría de los datos masivos representa no un cambio de escala o mejor precisión, sino también otra nueva precisión científica, otra forma de conocimiento científico. Si tal es el caso, es evidente que debemos tomar con moderación esta nueva condición científica para comprenderla con claridad en su despliegue en cualquier esfera (finanzas, industria, salud, seguros, deportes,..).

Con estas premisas, el movimiento del big data ofrece para la ciudad un campo prioritario de actuación en el ámbito del análisis predictivo (por ejemplo, en proyectos relacionados con la seguridad ciudadana y la criminalidad, como el caso del uso de PredPol en el departamento de policía de Los Ángeles  en Estados Unidos o el ComptStat utilizado en ciudades como Nueva York), el análisis de sentimientos (principalmente a través de la exploración de las redes sociales), las ciencias naturales (los trabajos del CERN o la secuenciación genómica, por ejemplo), el urbanismo cuantitativo, las ciencias sociales o el periodismo de datos, por citar sólo unas ejemplos de aplicación. Esta capacidad predictiva potencialmente se sumaría como un nuevo instrumento de las políticas públicas: la capacidad de anticipación haciendo uso del big data acumulado por hechos pasados y a través de los cuáles se podrían establecer patrones confiables que son esperables en el futuro. Sin embargo, inferir de hechos pasados patrones futuros, a pesar de ofrecer posibles avances para la anticipación del despliegue de servicios en la ciudad, tiene indudables limitaciones, especialmente en un escenario tan complejo e imprevisible como la ciudad. Realizar previsiones y asumir patrones sobre hechos pasados es una práctica natural y cotidiana en cualquier actividad humana. También lo es, y tenemos ya una demostrada capacidad para hacerlo, la actividad de planificación urbana, basada en buena medida en la relación entre expectativas futuras y patrones pasados o actuales. Sin embargo, también sabemos de la dificultad para hacer realidad las estrategias y planes en cualquier ámbito y también en el gobierno y gestión de la ciudad. Somos seres planificadores pero la realidad limita siempre nuestros sueños de un cumplimiento perfecto de esas planificaciones. Los servicios de movilidad urbana, por ejemplo, llevan décadas mejorando a través de planificaciones y capacidad predictiva para modular su despliegue. Y, a pesar de ello, su nivel de acierto es moderado.

Esta ideología cultural de fetichización de los datos, tal com destaca César Rednueles en Sociofobia, se ha infiltrado en la sociedad, en las prácticas científico-tecnológicas, en los discursos institucionales y en los estudios sociales en una época dominada por las redes sociales como espacio de socialización y, sobre todo, de promoción de nuevos negocios y novedades tecnológicas. Se sitúa así como artefacto mitológico con significados implícitos que validan socialmente su propuesta de valor y se presentan como ideales auto-cumplidos. El big data se presenta, de hecho, como un asidero en el que las ciencias sociales pueden incluso quitarse de encima su complejo frente a las ciencias matemáticas, ya que ahora disponen de un instrumental para dotar de potencial estadístico comparable al de otras ciencias cuantitativas. Las disciplinas humanísticas, bajo esta lógica, disponen de una nueva oportunidad para proclamar su carácter de ciencia cuantitativa. Sin embargo, se trata de una reclamación poco afinada. Trabajar con big data sigue siendo una actividad subjetiva y aquello medido con big data no puede ser pensado como una verdad objetiva. Explotar datos masivos derivados de redes sociales, por poner un ejemplo de campo de aplicación efectista y que ha recibido gran atención en el imaginario SC, no puede proponerse como una cuantificación absoluta ni veraz de la realidad, y deberá siempre acompañarse de un descargo para indicar sus limitaciones.

Jonathan Harris — Data Will Help Us 
El big data implica, en definitiva, un extraordinario desafío sobre los marcos de trabajo de todas las disciplinas científicas, principalmente por el cuestionamiento que implica sobre el papel de la causalidad y la correlación en el método. También implica la exclusión de todo lo que no es cuantificable, sea esto la economía informal, los cuidados que prestan las personas a cargo de familiares difícilmente medibles en datos, etc.. En el escenario de espectacularización y banalización de las potencialidades y limitaciones del big data, el riesgo de los sesgos cognitivos es uno de los más decisivos. La sobre-representación de ingenieros y expertos en análisis de redes sociales en muchos de los experimentos y plataformas de agregación de datos masivos y la consecuente sub-representación de científicos sociales –más acostumbrados a hacerse preguntas y a tener en cuenta el riesgo de sesgos- está detrás de muchos de los proyectos de big data invalidados por sus planteamientos viciados. De hecho, esta misma sobre-representación es reconocida también desde el lado más crítico de las ciencias de la computación ubicua, que asume con mucha más normalidad que el discurso más dominante del big data y la smart city necesita la presencia de profesionales de las ciencias sociales y el uso de métodos cualitativos.

De la misma, estos sesgos se manifiestan en las exclusiones de información, lo que el big data no contiene en su aplicación práctica. A esta debilidad, las expectativas siempre responderán con una misma salida: si faltan datos, es precisamente porque necesitamos más datos, necesitamos ampliar el alcance de lo que podemos datificar, convirtiendo cualquier crítica sobre la insuficiencia de datos en un absurdo. Sin embargo, es precisamente en las ausencias de lo que no es cuantificable o lo que no es cuantificado donde se abren las brechas para la crítica del neo-positivismo de los datos como escenario de conocimiento perfecto de la realidad y como vía para descifrar el comportamiento humano y resolver los problemas sociales. ¿Quién deja rastro de sus actividades en la ciudad? ¿Quiénes participan en los circuitos e infraestructuras captadores de datos digitales? ¿Es esta la realidad reflejada a través de estos rastros digitales? ¿Quién no participa de estos circuitos de datificación? Y, sobre todo, ¿de qué manera el uso del big data responde a una realidad fraccionada?
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...