jueves, 14 de enero de 2016

Hacer ciudad. La convergencia de disciplinas y la ciudad relacional

El próximo 26 de enero participaré en el Master en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales impartido por la Universidad Rey Juan Carlos en colaboración con Medialab-Prado. La sesión, que he titulado Hacer ciudad. La convergencia de disciplinas y la ciudad relacional, forma parte del  módulo de Tecnociudadanía y procomún, del que es responsable Antonio Lafuente, y he planteado así los contenidos:

La forma de hacer ciudad es un proceso en crisis. Diferentes factores, desde cambios sociales, crisis de la política o transformación tecnológica, están contribuyendo a la materialización de un conflicto entre las formas institucionales de gobernar y dar forma a las ciudades y las expectativas de la ciudadanía sobre el papel que quiere tener en la ciudad que vive. Son muchos los movimientos sociales, las disciplinas académicas, los proyectos o las teorías que están contribuyendo en los últimos tiempos a la formación de un nuevo enfoque sobre cómo hacer ciudad que vaya más allá de las instituciones públicas y del urbanismo como instancias centrales o únicas de hacer ciudad. Emerge una perspectiva, a caballo entre el activismo, el arte y la cultura y la gestión urbana. Esta disciplina es el urban interaction design. Hacer ciudad ya no es únicamente un asunto de planificadores públicos o de urbanistas en sentido estricto. Las metodologías, conocimientos y teorías que diseñan y construyen la ciudad y sus proyectos en el día a día han desbordado el campo de acción de las ciencias urbanas tradicionales. El diseño de interacción urbana se propone como referencia de diferentes métodos y aproximaciones a la realidad de la sociedad conectada que están confluyendo.


martes, 29 de diciembre de 2015

Rarezas 2015

Como este año no voy a hacer la tradicional recopilación y balance del año (2014, 2013, 2012, 2011, 2010,...), a cambio comparto por aquí una selección de los enlaces, fotos y vídeos que he guardado este año bajo la categoría weird, un cajón de sastre donde archivo curiosidades y otras hierbas que quizá tengan utilidad en algún momento. A pesar de ser imágenes sueltas, el conjunto creo que da idea de los temas que han aparecido en el blog este año.

1. Gallery of public Blue Screens of Death, including a world-beater
Una recopilación de la blue screen of death en espacios y sistemas de información en el espacio público. si buscas por los enlaces, verás que se trata de un género en sí mismo esto de descubrir los fallos del sistema, al menos los visibles. Evocador si pensamos en que estas pantallas son sólo la punta del iceberg de dispositivos, plataformas, sensores,...que se disputan la presencia en la ciudad.


2. China’s 50-Lane Traffic Jam Is Every Commuter’s Worst Nightmare
El tráfico son los otros. Y así vamos hacia un embotellamiento infinito.


3. Brasilia from the International Space Station
Nada como una vista aérea para darse cuenta de la geometría escondida en el plano de Brasilia, una más de las fabulosas fotos nocturnas de la ISS, todo un clásico.

4. Where are the world’s WiFi networks?
No estoy completamente seguro de la precisión del mapa pero, en líneas generales, nos da una idea sobre las nuevas geografías.


5. Brandalism: 82 Artists Install 600 Fake Ads Across Paris to Protest the COP21 Climate Conference
O cómo hacker el green washing durante las negociaciones del clima en París. Brillantes.













6. From 1975-1980 Activist Adam Purple Built a Circular Urban Garden in New York that 'Knocked Down' the Surrounding Buildings
Una historia fascinante que no conocía.


7. ‘Red Light District’: German newspaper Bild pokes fun at Beverley’s 42 traffic lights Grovehill junction
42 semáforos para gobernarlos a todos.


8. Damn people staring at their smartphones!
No sé si entre estar absortos leyendo el periódico y estar absortos leyendo Facebook nos hemos perdido algo por el camino.


9. Information overload 1963
Porque lo del spam no es algo nuevo.


10. Smart beginnings: a crowd watches as new, automated traffic lights are erected at Ludgate Circus, London, in 1931
Eh, mirad, un semáforo automático, ya está aquí la ciudad inteligente.

martes, 22 de diciembre de 2015

Quería escribir un libro y me convertí en doctor

Todo empezó cuando empecé una nueva etapa hace algo más de tres años. Entre las opciones que quería abrir estaba la de dedicar más tiempo a sistematizar lecturas y escritos y enseguida empezaron a tomar forma algunos artículos sueltos que sirvieron de primer aliciente para escribir algo parecido a un libro. Libro como conjunto acabado, como relato con principio y con final, como estructura. Era una excusa suficientemente ambiciosa como para tener un programa de trabajo para leer y escribir con una causa, pero por el camino me abordó el recuerdo de los estudios de doctorado terminados en el 2002.

Pregunté entonces qué había pasado durante esos años y qué implicaban los cambios en los planes de estudio que observé desde la distancia de estar fuera de la universidad. Apareció por ahí un plazo legal, que siempre es algo más que una excusa. Febrero de 2016 para presentar la tesis. Motivación  + Plazo = Reto aceptado.

Este ha sido el plan desde mediados de 2013. Ayer, 21 de diciembre, defendí la tesis La ciudad como imaginario socio-tecnológico: la construcción de la utopía urbana digital en Leioa. Gracias al tribunal (Jose Fariña, Roberto San Salvador y Víctor Urrutia) y a mi director, Imanol Zubero, por permitirme disfrutar de este día con sus consejos y aportaciones en un ejercicio de defensa que me obligó a un importante esfuerzo de síntesis.



He tratado de compartir el proceso de elaboración de la tesis lo que me ha sido posible en el blog. De hecho, este último año casi todos los posts han estado monopolizados por piezas sueltas, recortes o borradores del texto final (así que este año no habrá un recopilatorio del año, sirva este post de hoy). Ha sido largo, tedioso en ocasiones y a trompicones, sacando tiempo de donde no lo había. Pero he conseguido llegar al final con un texto del que me siento cada vez más ajeno de tanto manosearlo. De hecho, terminé de trabajarlo en septiembre y en estos días de preparación de la defensa he sentido una pereza enorme. Pero, obviamente, no me arrepiento. Fue una buena decisión. sin llegar a vivirlo como una obligación -siempre decía, medio en broma, supongo, que me daba igual no llegar al final si al menos me permitía tener un plan para leer y escribir- y estoy feliz de haber dedicado tanto esfuerzo.

Ser doctor no era el objetivo. Ni me interesa la carrera académica ni la veo como una opción aquí. Si acaso, la única agenda oculta es que el doctorado puede ser una especie de salvoconducto para tener opciones fuera. Hace un par de años, la posibilidad de salir era muy real. Hoy no lo es tanto, al menos a corto plazo, pero quizá en su momento el doctorado sirva de algo para encontrar alternativas en universidades extranjeras aunque, sospecho, no participar de la alocada carrera de publicaciones, acreditaciones, evaluaciones y demás servidumbres hace de ello algo lejano.

No ha sido tampoco un proceso de tesis al uso, si es que existe un estandar esperable. No he pisado la biblioteca, ni he estado cerca del circuito académico de seminarios, congresos, papers y demás. Un outsider, desde el desconocimiento de la burocracia universitaria hasta la distancia con la vida académica. También lejos de las teorías academicistas o del saber enciclopédico, la rigurosidad o la discusión metodológica. Pero debo tanto a muchas personas que en estos años me han inspirado con sus proyectos o escritos, me han ayudado a entender mejor algunas cosas cuando me adentraba en terrenos desconocidos, me han invitado a dar conferencias que han sido un aliciente para avanzar y una prueba de cómo sonaban las cosas que iba trabajando,..

Ah, gracias también a quienes se acercaron ayer y a los que habéis mandado tantas buenas vibraciones de una forma u otra estos días.

¿Dónde puedo leer la tesis?
Pues estará en el repositorio de la UPV/EHU en unos días y con el tiempo iré viendo la forma de utilizar algunas partes como posts, artículos en otros sitios, etc. Por definir, pero avisaré pronto.

¿Y qué hay del libro?
Esto lo responderé en el próximo post, pero ya anuncio que quería escribir un libro y tendré un libro :-)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Defensa de la tesis doctoral

El próximo lunes 21 toca defender la tesis. Después de casi 3 años leyendo y escribiendo, es hora de presentar la investigación y también de cerrar página de alguna manera. El texto, en realidad, lo dí por cerrado a principios de septiembre después de un intenso verano para cerrar el documento. Desde entonces ha habido un largo proceso burocrático de papeles, organización del tribunal, búsqueda de fechas, etc. La fecha podría haberse ido todavía más lejos, pero me he empeñado en acompañar el fin de año con el cierre de esta etapa.
Cuesta volver al texto después de tanto manosearlo en los últimos meses, y cuesta más aún tener que sintetizar para hacer una exposición tan breve en la que no voy a poder entrar en detalles concretos, que muchas veces han sido los que más me han entusiasmado. Se trata de hacer una defensa de conjunto y tocará centrarse en la importancia de los imaginarios, las estructuras del régimen discursivo que definen el imaginario y, sobre todo, la parte de los mitos, que seguramente es lo más interesante, digo yo.

A estas alturas ya he contado mucho sobre la tesis (sobre la estructura de contenidos, sobre la bibliografía, sobre la introducción y diferentes notas sueltas), así que si eres de los fieles del blog, más o menos sabes de qué va la historia.

Así que el lunes a las 11:30 toca estar preciso pero también disfrutar del dia. Será a las 11:30 en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación, con un tribunal compuesto por Jose Fariña, Victor Urrutia y Roberto San Salvador

miércoles, 9 de diciembre de 2015

De la ciudad abierta y móvil a la ciudad emergente

La generalización de los dispositivos móviles y la disponibilidad de una amplia experiencia en el uso de herramientas digitales para la interacción social han creado un nuevo marco de actuación cívica que multiplica la capacidad de la ciudadanía para intervenir en los asuntos comunes. Respositorios como Civic Commons, The Civic Media Project, Social Tech Guide, Civic Patterns o Stack Cívico, entre otros, nos dan la dimensión de la acción cívica digital. Knight Foundation ha publicado un buen balance sobre la importancia de las tecnologías cívicas a la hora de posibilitar la creación de redes ciudadanas, la promoción de la inteligencia colectiva, el apoyo de proyectos sociales y comunitarios, el diseño de nuevos servicios o la promoción del debate político. De hecho, es esta tecnología la que menos tiempo ocupa en la narrativa de la smart city, dominada por su preferencia por tecnologías por llegar y no, por ejemplo, por el dispositivo por antonomasia de la era digital, el smartphone . En los últimos años hemos asistido a la irrupción de un nuevo discurso en torno a la ciudad que se focaliza en la idea de las smart cities como vehículo de transformación de lo urbano. Se trata de un debate hasta cierto punto polarizado por visiones muy distantes unas de otras respecto al papel de la tecnología en la ciudad y que encierra, en último término, una visión particular de la ciudad, sus agentes, el espacio físico y el espacio de los flujos de las relaciones que se dan en el entorno urbano. Prácticamente el único punto de unión en esta “batalla” por las smart cities reside en la asunción de que las tecnologías digitales implican un cambio de escenario sobre la forma en la que se organiza la vida en la ciudad, incidiendo en algunos casos sobre la mejora de la eficiencia en la gestión de los servicios públicos y las infraestructuras que soportan el funcionamiento urbano, mientras que en otros casos se incide en las tecnologías digitales como habilitadoras de una nueva acción colectiva con mayor autonomía de organización, creación y aportación.

Las tecnologías móviles aportan una renovada capacidad cívica de intermediación en la ciudad con un alto componente de creación colectiva y de intensificación de las dinámicas urbanas. Existen actualmente muchos casos de utilización exitosa de estas herramientas en muchas ciudades del mundo, tanto desde un impulso institucional como desde un impulso ciudadano. Las tecnologías móviles en la vida cotidiana en la ciudad se están utilizando para implicar a las comunidades locales en la generación de soluciones móviles concretas para sus ciudades, un marco de colaboración entre los ámbitos tecnológicos y no tecnológicos como vía para asegurar la adecuada contextualización de las aplicaciones móviles que se generen desde una visión cívica de las tecnologías móviles.Todas estas dinámicas comparten una visión en torno al valor cívico de las herramientas digitales como habilitadoras de procesos de cambio y concienciación. Sin embargo, la presencia de este valor cívico no es tan evidente, entendiendo valor cívico como el atributo propio de la vida en la ciudad o la incorporación de una variable urbana a las tecnologías en cuanto a promoción de la libertad, de la acción comunitaria, del compromiso social, la crítica social y la construcción de alternativas.

Real-Life Instagram Turns A City Into An Indictment Of Our Distracted Photo Culture 
Las tecnologías para afrontar soluciones locales a problemas de las ciudades están explorando esta vía. Mientras que determinadas dinámicas tipo hackathon o similares, basadas en la concentración de conocimiento y habilidades técnicas sobre el desarrollo de aplicaciones móviles buscan promover la creación de nuevas apps u otro tipo de soluciones de manera generalista, otras dinámicas están sumando a este conocimiento técnico un esfuerzo por dotar de contenido urbano a estas dinámicas creando contextos más eficaces  para la generación de soluciones hiper-locales y creando entornos de cooperación entre personas y colectivos comprometidos con la ciudad y, en algunos casos, también con las propias instituciones locales. Esto no nos puede hacer olvidar el riesgo de convertir los medios digitales en formas individualizadas y descomprometidas de intervenir en la vida pública. En este sentido, el autor apuesta claramente por añadir al diseño, el despliegue y la gestión de dispositivos, servicios, infraestructuras y plataformas digitales un sentido de pertenencia y apropiación ciudadana sobre los mismos para que la ciudadanía mantenga su agencia.

La apertura de datos abiertos es uno de los vectores asociados a la smart city en su relación con la ciudadanía. Ciudades en todo el mundo están liberando sus datos públicos posibilitando que desarrolladores y activistas trabajen en proyectos de reutilización del open data. La smart city se transforma entonces en un concepto abierto a la ciudadanía cuando reconocemos cómo se están desarrollando herramientas digitales de diferente tipo para favorecer formas de apropiación tecnológica y de democratización . Las smart cities también son lo que sucede en la intersección del urbanismo y la exploración artística a través de fachadas digitales y el uso creativo y participativo de las tecnologías digitales en el espacio público (con la red Connecting Cities , en la que participan Quartier del Spectacle Montreal , Federation Square Melbourne  o CAVI–Centre for Advanced Visualization and Interaction de la Universidad de Aarhus) y otras formas de pensamiento crítico en el espacio público (Urban Prototyping ) en las que el ciudadano se compromete, crea, organiza y comparte una plataforma común, la ciudad. El principal factor diferencial de estas iniciativas es que promueven un enfoque de “la tecnología en nuestras manos”, una concepción mucho más cercana a la realidad cotidiana del uso de tecnologías y de interacción con la ciudad que las visiones excesivamente jerárquicas y burocráticas que a veces destilan las propuestas de la SC. La tecnología-en-uso es una formulación que nos permite desbordar los límites tan estrechos que hemos mencionado hasta ahora sobre la concepción de la tecnología como un elemento estático. La cotidianeidad en el uso de tecnologías y la forma en que interactúan los individuos y las comunidades con su ciudad a través de diferentes dispositivos, sistemas o relaciones –no necesariamente digitales- se expresa a través de actos cuya suma y progresión adapta la tecnología a usos particulares. El valor fundamental, el hecho más rompedor no es, por ejemplo, la capacidad de automatizar el funcionamiento del sistema de alumbrado público mediante sensores y detección de presencia para encender o apagar unas luminarias. Por supuesto, esto ofrece grandes ventajas en la cuenta corriente de las finanzas de un ayuntamiento, una eficiencia operativa ampliada y un uso más racional de los recursos. Pero se trata de innovaciones incrementales. Es mucho más rompedora, sin embargo, la posibilidad de disponer de tecnologías que están cambiando y cambiarán nuestra propia actividad como ciudadanos y nuestra experiencia en la ciudad. Pensemos en la fabricación digital, por ejemplo, como un universo de tecnologías que pueden cambiar de manera fundamental la forma en la que entendemos la producción industrial hacia modelos descentralizados y la autosuficiencia, pero también los dispositivos móviles que ya están en nuestros bolsillos y que transforman la manera en la que interactuamos y nos relacionamos con el entorno. Tanto en un caso como en otro, ofrecen un potencial de auto-organización y de decisiones personales y colectivas que empoderan a la ciudadanía para tener más capacidad de acceder a información, de crear sus propios servicios y desarrollar sus propias soluciones y estrategias para vivir en la ciudad.

Muchos otros ejemplos se podrían mencionar de proyectos e iniciativas que se encajan en una esfera amplia de apropiación ciudadana de los medios digitales y sirven para ilustrar lo que los renders no pueden: un creciente número de personas están trabajando en lugares reales con problemas reales para desarrollar herramientas reales con tecnologías que ya están disponibles. La mejor manera de comprometer a la ciudadanía en el desarrollo de las smart cities es reconocer lo que ya está sucediendo. Existe aún excesivo interés en promesas altamente dependientes de infraestructuras y soluciones orientadas a resolver únicamente los problemas de las administraciones locales. Sin embargo, las reglas han cambiado de alguna forma en la sociedad digital: las personas pueden desarrollar proyectos transformadores con un catálogo de tecnologías y aplicaciones abiertas y colaborativas.

Proyectos como Thingful , diseñado como motor de búsqueda del internet de las cosas y los objetos conectados, implican nuevas vías de investigación más allá de los datos abiertos, proponiendo un nuevo marco  que supere el abierto-cerrado. Haque, su ideólogo y diseñador principal, destaca que el núcleo central de la cuestión de los datos radica no tanto en su carácter abierto sino en la titularidad (entitlement) no en el sentido restrictivo de propiedad sino en el de conjunto de capacidades que mantienen la agencia del titular de los datos digitales. De esta forma, los datos no deberían actuar bajo un régimen abierto-cerrado, sino bajo un régimen heterogéneo en el que el creador y propietario de datos y bases de datos mantiene la capacidad de elegir conscientemente las diferentes formas de acceso a sus datos en una multiplicidad de opciones. El mundo de los objetos conectados requiere explorar nuevos marcos, en especial para atender los desafíos sobre la privacidad. El proceso gradual de adopción de lo digital ha tenido como consecuencia cambios profundos pero inesperados e inauditos en la concepción social de la privacidad. Acostumbrados a aceptar las crípticas políticas de uso de datos de aplicaciones y servicios como Facebook, Google, Amazon, Uber, Change.org y otros, la vida en las redes sociales y, por extensión, en cualquier espacio digital, es un proceso dominado por la experiencia seamless con profundas implicaciones sobre el control de los datos personales. Su carácter sensible a nivel comercial pero también en cuanto a capacidad de establecer perfiles socio-demográficos, de control ciudadano o de vigilancia social acrecienta la carrera por disponer de datos personales digitales como el valor de intercambio fundamental en una red donde (casi) todo es aparentemente gratuito. El internet de las cosas, como siguiente evolución, no hará sino acrecentar esta condición a menos que podamos construir un nuevo modelo de relación con los datos personales basado en la transparencia, en el desvelamiento de las infraestructuras de datos que están detrás de los servicios que usamos y de los interfaces a los que nos sometemos de manera voluntaria o involuntaria.

Thingful
Una de estas formas de colaboración tiene que ver con la generación de nuevos servicios y la mejora de los ya existen apoyándose en la propia ciudadanía usuaria de los mismos y en las capacidades tecnológicas y el conocimiento local para orientarlos hacia las necesidades reales de la ciudadanía. Este conglomerado de instituciones, ciudadanía implicada y colectivos y empresas capaces de trabajar técnicamente junto a la Administración está siendo utilizado en muchas ciudades del mundo por diferentes grupos de agentes (desde organizaciones sociales a laboratorios de innovación pública) mediante distintas fórmulas (comunidades de práctica, hackathons, living labs, laboratorios cívicos,…) y se están demostrado exitosas para adaptar el funcionamiento de los servicios públicos a las nuevas demandas sociales a partir de tecnologías abiertas (hardware abierto, datos abiertos, redes abiertas y conocimiento abierto). Esto apunta a la emergencia de un nuevo campo de acción cívico, la innovación social digital (DSI, digital social innovation) , que daría unidad conceptual a este tipo de prácticas. Este campo incluye diferentes tipologías de activismo y movilización ciudadana, desde el movimiento maker y DIY proveniente del open software hasta los proyectos de inteligencia colectiva (crowdsourcing) y micro-financiación colectiva (crowdfunding), pasando por el propio movimiento del open data. Todos estos proyectos comparten una característica en común: la utilización de diferentes soportes digitales para renovar las prácticas de acción colectiva y la incidencia pública de las demandas, expectativas y necesidades sociales. Los usos más interesantes y productivos de la tecnología actual están sucediendo en manos de ciudadanos con equipos técnicos ya existentes, sean estos smartphones, placas de Arduino o Raspeberry Pi. Estos ejemplos ilustran la posibilidad de abrir nuevos canales para intervenir en nuestra realidad más cercana, para colaborar y también para traspasar los muros de lo que se puede y no se puede hacer. La participación en torno a comunidades y prácticas colaborativas, se va haciendo más sólida, o al menos dispone ahora de nuevas formas de organización. De la participación por representación a la participación con contribución. Menos quién eres y qué representas, y más qué puedes aportar. Menos obsesión por las soluciones/herramientas y más procesos/espacios de cooperación.

El punto de partida es reconocer que las mismas tecnologías sobre las que se construye el discurso anteriormente diseccionado son también las protagonistas de usos, prácticas e infraestructuras diferentes que optan a ser contra-hegemónicos. Los recursos técnicos básicos (sensores, conectividad, teléfonos inteligentes, datos digitales,…) están, de hecho, en manos de otros agentes alejados del régimen discursivo de la smart city y la construcción de la sociedad conectada no está en manos únicamente de las grandes compañías proponentes del imaginario hegemónico. Quizá por primera vez en mucho tiempo, las tecnologías protagonistas de la nueva fase de progreso técnico están relativamente democratizadas. Aun sujetas a fuertes contradicciones propias del cambio de modelo, a grandes esfuerzos en sentido contrario por los espacios de poder dominantes y a condiciones desiguales de acceso a las mismas, estas tecnologías están relativamente disponibles con un esfuerzo infinitamente menor que cualquier otra en el pasado reciente.
Signs from the near future
El concepto de apropiación de las herramientas sigue siendo clave en una nueva teoría de la acción colectiva basada en las tecnologías móviles y ofrece un panorama novedoso sobre cómo afrontar la construcción de procesos y dinámicas de interacción social desde el compromiso cívico y la acción comunitaria en las que lo digital juega el papel de canalizador de un proceso más complejo de activación de la participación social en los asuntos comunes de la ciudad. La web y todas las soluciones derivadas, en el despliegue social que con el que va configurándose, abre nuevas opciones para desarrollar herramientas de activismo y compromiso social que, sólo apenas unos años apenas podíamos imaginar. Ha abierto la posibilidad de diseñar instrumentos de relación social que nos hace más abiertos y colaborativos en entornos personalizables de participación. Sin embargo, esta idea de la Red como espacio de liberación de la participación ciudadana, a pesar de formar parte de las bases fundamentes de este imaginario, resulta polisémica y requiere de formulaciones más profundas que su simple mención, tal como suele hacerse en la SC.

Diferentes proyectos relacionados con problemáticas urbanas se han basado en este modelo (Change by us, Neighborland, Fix my Street, Open Plans,…), buscando la aportación colectiva de información, en especial a través de iniciativas de mapeado o simplemente utilizando aplicaciones móviles a través de las cuales los usuarios generan y comparten información. Sin embargo, el peligro reside en generar con ello esquemas de actuación en los que el ciudadano –el usuario de las aplicaciones o participante en los procesos basados en tecnologías móviles- tenga un papel excesivamente pasivo como mero recolector de información. Así, las iniciativas de ciencia ciudadana (Smart Citizen Kit, Air Quality Egg o todo el trabajo de Public Lab) o espacios como fablabs, maker spaces o laboratorios de innovación digital (Medialab Prado en Madrid o Laboratorio para la Ciudad en México D.F., por ejemplo) ofrecen una perspectiva más amplia de este tipo de ciudadanía digital activa.

La generalización de los dispositivos móviles ha hecho que la interacción con un espacio digital sea constante y diaria. Nuestra vida es un permanente camino de rastros digitales de la interacción con las dependencias públicas, con las máquinas canceladoras o cualquier otro punto de la esfera de objetos públicos conectados con los servicios y aplicaciones de nuestros dispositivos móviles, con las tarjetas bancarias, etc. Los ciudadanos somos un continuo de datos, meros generadores pasivos de información que va quedando por el camino del uso de las redes sociales. Mariposas revoloteando de un tema a otro, de una aplicación a otra, sin una dirección clara y perdidos en la confusión y a través de una sofisticada red de infraestructuras invisibles. Siguiendo este planteamiento, podemos vincular los dispositivos móviles en procesos de compromiso ciudadano real más allá del peligro de asignar al ciudadano un papel de mero recolector de información. Se trata de un punto clave para que las aplicaciones móviles que se puedan crear tengan un sentido urbano, en la medida en que las aplicaciones y servicios asociados a los urban media pueden tener diferentes impactos sobre la vida en la ciudad en función del concepto de ciudadanía, gobernanza o ensanchamiento democrático que pretenden promover con su uso.

Con estas consideraciones , las apps se convierten en una vía más para romper el modelo tradicional de intermediación institucional del ciudadano, que ahora amplía su capacidad para intervenir y hackear el gobierno para crear soluciones colectivas fuera de los circuitos tradicionales. Surge así, tenemos la posibilidad de dar una orientación ciudadana al discurso predominante del papel de la tecnología en la ciudad desde un sentido de apropiación ciudadana de las posibilidades tecnológicas digitales en el diseño de servicios y herramientas digitales, un cambio de perspectiva basado en tres pilares: la ciudad como plataforma para unos datos que deberían ser de "propiedad" colectiva, los medios digitales como instrumentos de acción colectiva, cocreación y auto-organización y la capacidad de sumar a más actores y públicos a los temas de interés público.

Jeff Hammerbacher, ex-empleado de Facebook, refiriéndose en general al mundo de internet de los social media, se lamentaba hace unos años: “The best minds of my generation are thinking about how to make people click ads”. Todo un lamento sobre la burbuja tecnológica que, al final, desvía gran parte del talento a intentar conseguir que hagamos click en la publicidad digital de cualquier tipo y por cualquier vía. De la misma manera, el interés por desarrollar aplicaciones digitales para intervenir en problemas cívicos o comunitarios puede hacer que nos centremos en crear aplicaciones y que el modelo de participación social que promuevan se base en usuarios haciendo click, usuarios alimentando pasivamente aplicaciones con los datos que suben en forma de “me gusta”, “denuncio”, etc. en lugar de promover un modelo de compromiso activo más allá del click en el que las apps formen parte de estrategias de participación creadoras de vínculos más estables. Slacktivismo o clicktivismo aparecen así como horizontes de aparente movilización gracias a la red que, sin embargo, podrían promover formas despolitizadas de intervención en los asuntos públicos.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El frigorífico quiere hablar contigo

Hace poco descubrí este vídeo, The internet of things is going to take over your home. Es una parodia del internet de las cosas, un poco en la línea de El internet de las cosas inútiles. Extremo, sí, pero ¿quién sabe?



La película Her se tomaba más en serio los brechas en la comunicación/incomunicación en esta nueva etapa tecnológica, pero Vint Cerf ya se permitía algunas bromas cercanas a la queja sobre los frigoríficos parlantes. En esta carrera por conectar todo porque, al fin y al cabo, se puede y es deseable, acabaremos por acostumbrarnos a tener relaciones absurdas con objetos que aspiran a convencernos de su inteligencia, abandonaremos hábitos tradicionales por otros más convenientes y más/menos humanizadores y en cada minúscula transacción quedará el rastro en forma de datos que alguien se encargará de darle valor transformado en dinero, poder, control, etc.

Scott Bedford/Shutterstock

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El mito de la neutralidad del dato. La ficción de un conocimiento aséptico, sin sesgos, perfecto y objetivo a partir del big data

Uno de los aspectos centrales en la retórica de la ciudad inteligente es la promesa de un nuevo horizonte de gestión urbana basada en la neutralidad de los datos. Según esta presunción, la capacidad de gestionar y procesar ingentes cantidades de información digital nos lleva a un escenario de neutralidad en las decisiones, informadas a partir de ahora por un mecanismo de discernimiento supuestamente no sesgado. En estas condiciones, el gobierno de la ciudad se convertiría en un asunto tecnocrático mediatizado por data streams, meta datos y, en última instancia, salas de control panóptico desde las que asegurar unas decisiones perfectamente basadas en datos objetivos. La política pública municipal podría, con ello, alcanzar un nuevo estado de automatización de las decisiones de la misma forma que se ha producido esta transformación en otras esferas de la vida, desde la producción industrial, a la aviación, etc.

En su lógica se palpa la concepción del mundo como una realidad perfectamente conocible. Este posicionamiento oculta cuestiones que pueden resultar obvias en nuestra vida diaria y para las ciencias sociales, pero que son sistemáticamente olvidadas. Cuestiones como la imprevisibilidad de los usuarios de los sistemas inteligentes (¿y si, en realidad, no actuamos de manera racional frente a la información que nos ofrecen los contadores inteligentes?), el pequeño margen de actuación individual que siempre le quedará a cualquier policía sometido al más estricto de los sistemas inteligentes de gestión del tráfico a la hora de no castigar determinadas infracciones, la falta de información relacionada entre sistemas (con el clásico ejemplo de la corporación RAND y sus propuestas, basadas en modelos de dinámica urbana en la década de los 70 del siglo pasado en Nueva York), los sesgos de información o conocimiento (refiriéndonos aquí al también principio clásico de Heisenberg), la inevitable necesidad de aplicar razonamientos ideológicos más allá de la calidad estadística que informe dicha decisión, los errores de medición, etc.

Esta visión, presentada de manera sucinta, es claramente tentadora, pero apenas tiene sustento teórico o al menos requiere de una exploración más profunda y una contextualización de sus significados en términos de los cambios que se derivan. Una perspectiva crítica sobre cómo enmarcar los datos en términos económicos, técnicos, éticos, políticos, espaciales o filosóficos necesita un posicionamiento claro desde el inicio en torno a la proclamada neutralidad de los datos. Esta idea de la contextualización de todo el aparato del big data en torno a ensamblajes que no son puramente técnicos, sino un conglomerado de ideologías, instituciones, normativas, prácticas, subjetividades, mercados,… es la que nos permite establecer un relato alternativo y crítico sobre la lectura más establecida sobre el uso del big data en los asuntos públicos. De hecho, no se trata de una disputa nueva, por más que el big data añada unas nuevas condiciones cuantitativas para el gobierno de la ciudad. La Ley de Campbell es conocida en sociología y nos da una idea de la capacidad de corrupción que tienen los datos estadísticos más allá de la puridad de los datos fríos: cuanto más utilizado sea un determinado indicador social cuantitativo para la toma de decisiones, mayor será la presión a la que estará sujeto y más probable será que corrompa y distorsione los procesos sociales que pretende medir.


De esta manera, conceptos supuestamente auto-evidentes como usuario, infraestructura o datos, por poner un ejemplo, necesitan ser analizados desde una perspectiva socio-técnica como ensamblajes complejos más que como realidades incuestionables, en la medida en que son el resultado de una panoplia de prácticas y decisiones no técnicas que escapan incluso de la visión más reducida de la técnica como máquina material. Cualquier equipamiento técnico en la ciudad es fruto de unas características que esconden definiciones no necesariamente evidentes y que, sin embargo, son capaces de normativizar los comportamientos sometidos a su intermediación.

Sin embargo, el optimismo en torno al big data y su contribución a la ciudad inteligente se ha asentado en los medios y en los despachos de las instituciones, al mismo tiempo que erosiona los cimientos del conocimiento científico tal como lo conocíamos hasta ahora. El big data ofrecería hoy la posibilidad de dejar atrás las teorías y las hipótesis porque, gracias a la disponibilidad masiva de información verificable y supuestamente objetiva, no será necesario demostrar las teorías, sino encontrar correlaciones significativas desde la minería de datos. En este marco es donde sucede la actual tensión sobre qué esperar de los grandes datos y cómo esa tensión se traslada al ejercicio del gobierno de lo público en las ciudades, donde el fin de las teorías se torna presuntamente en el fin de las ideologías.

Esta apreciación responde a la realidad de las cosas de la toma de decisiones públicas, pero también a otras esferas como la gestión empresarial. Pensemos, por ejemplo, en los ERP y otros sistemas de gestión corporativa, que buscan cuantificar diferentes elementos de la vida de la empresa y el comportamiento de sus empleados. Estos, a pesar de contar con un sistema supuestamente objetivo de cuantificación, por ejemplo, de la dedicación invertida en cada proyecto, trabajan en un contexto en el que otros objetivos e intereses invitan a la manipulación de sus propios datos para ofrecer una imagen no real pero interesada. Este sencillo ejemplo es aplicable, por supuesto, a esferas de la gestión pública urbana, donde existen también importantes incentivos para la manipulación estadística, con los datos sobre criminalidad como ejemplo más paradigmático. Así, existen evidentes problemas para reclamar la perfección e infalibilidad de la seguridad predictiva porque no existe forma alguna de evitar los sesgos en el diseño de los algoritmos (¿qué tipos criminales se buscan y cuáles no?) o los sesgos de la realidad (la imposibilidad de introducir en los algoritmos los crímenes no denunciados como, por ejemplo, los delitos contra la libertad sexual o los relacionados con la violencia doméstica). Sin embargo, el arreglo tecnológico que persigue el análisis predictivo de la criminalidad se presenta como una realidad sencilla y supuestamente eficaz sin contemplar las causas de la criminalidad y la información de contexto necesaria para entender el clima de seguridad en un barrio o calle determinado.

Estos sesgos relacionados con los algoritmos y el big data forman parte, en opinión de Carr (2014:85), del sistema tecnológico contemporáneo basado en la automatización. Este sistema adolecería, en opinión del autor, de dos sesgos que podemos aplicar también a nuestro análisis:

La complacencia automatizada, de manera que la gestión diaria de cualquier ámbito de la política urbana, en la medida en que esté cada vez más mediatizada por tecnologías automáticas, añadiría nuevos riesgos por falta de vigilancia en el ejercicio de la función pública, imperfecciones en el uso de la maquinaria, pérdida de capacidad de vigilancia para detectar errores de las máquinas, etc. Piénsese, por ejemplo, en el caso de los sistemas de predicción automática de criminalidad, en el riesgo de descuidar el funcionamiento efectivo y sin errores de los sistemas de monitorización y alertas a la policía. Piénsese en el funcionario encargado de hacer seguimiento de las pantallas de un centro inteligente de operaciones y cómo el ejercicio repetitivo de una función mediatizada por una maquinaria reduce su trabajo a tareas rutinarias
El sesgo por la automatización, de manera que las políticas públicas tendrían el riesgo de basar cada vez más sus decisiones en los sistemas inteligentes en lugar de la apreciación y el buen juicio de las personas a cargo de su gestión. Piénsese, por ejemplo, en la brigada de mantenimiento que estará alerta exclusivamente a los avisos que les lleguen a través de sus smartphones sobre incidencias en el viario público, descartando actuar ante incidencias que podrían observar directamente sin medicación de ese instrumento.

Todas estas precisiones refieren a la propia definición de la smart city como una ciudad sensible, que reclama para sí. Sin embargo, los conjuntos y flujos de datos generados en la ciudad inteligente están lejos de ser objetivos cuando se convierten en material sobre el que tomar decisiones. La decisión de qué datos recoger y cuáles ignorar y qué procedimiento usar para ello es una opción con sustancia política, de la misma forma que su interpretación mediante algoritmos, simulaciones, software y dispositivos de control, seguimiento y visualización también encierra decisiones de carácter normativo. En este complejo sistema detrás de la SC, todo un conjunto de valores, técnicas, decisiones, normativas y otros elementos del ensamblaje socio-técnico de la smart city tiene la capacidad de tomar decisiones que afectan a la vida diaria y a los límites de lo posible en la vida en común en la ciudad. Detrás de cualquier catálogo de open data, panel de indicadores, cuadro de mando o city dashboard existe un ensamblaje de instituciones, sistemas de pensamiento, gubernamentalidad, subjetividades, etc. que les otorgan un valor normativo no neutral ni apolítico. De esta forma, hasta los elementos más materiales y vistosos como las salas de control inteligente están equipados no sólo con infraestructuras de datos, monitores y dispositivos actuadores para ofrecer el espejismo de un control en tiempo real de la ciudad. También están equipados con una carga de valores, juicios, interpretaciones y subjetividades difícilmente de captar en una imagen icónica, en un catálogo comercial o en un reportaje de televisión y, sin embargo, configuran igualmente el funcionamiento operativo y el despliegue de su carga ideológica en la ciudad y nos alejan de una visión neutral y aséptica del mundo de los datos.

La búsqueda de la neutralidad es un objetivo y una justificación relativamente escondida en la reproducción explícita del discurso de la SC. Su uso argumentativo no es, al contrario que los mitos anteriormente descritos, un recurso de primer nivel, sino que actúa en el campo de las consecuencias o los efectos de la concepción de la ciudad inteligente que estamos describiendo. Sin embargo, este despliegue inconsciente y oscurecido por objetivos socialmente mejor entendibles no puede ocultar las profundas implicaciones que tienen los sistemas digitales así concebidos para construir una nueva realidad, de la que hemos querido apuntar algunos de sus desafíos más inmediatos.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Smart cities. Entre el pesimismo y el utopismo, entre la épica urbana y la magia tecnológica

La construcción del imaginario de la smart city responde a un esquema básico de identificación de problemas y soluciones. Estos problemas son identificados por los agentes creadores del imaginario y soluciones que son precisamente las que esos creadores disponen en su portfolio comercial. Este esquema de justificación es compartido por cualquier informe corporativo y mecanismo comunicativo utilizado por las empresas activas en este mercado: una descripción normalmente somera, a partir de unos pocos datos básicos para seleccionar unos determinados problemas y situar su urgencia en función de la relación de dichos problemas con las soluciones disponibles por la empresa. Es así como la ciudad es caracterizada sistemáticamente como un lugar caótico, sujeto a restricciones presupuestarias, formado por sistemas fatalmente desconectados entre sí, lleno de fallos de diseño institucional, focos de inseguridad, obsoletos, degradados, desfasados, gestionados bajo formas del siglo pasado,… Todo ello es, hasta cierto punto, parte de la realidad cotidiana del paisaje global de la agenda urbana, pero no parece un punto de partida suficientemente sólido ni especialmente bien caracterizado en cuanto a los límites de la acción local en un contexto de interrelación globalizada de los grandes desafíos de la humanidad en materia de derechos, financiación de las políticas públicas, sostenibilidad, acceso a los recursos, etc.

La insistencia en un punto de partida pesimista sobre la ciudad sitúa el leit motiv de la SC en responder a una serie de problemas que hasta ahora los decisores políticos se han mostrado incapaces de resolver porque, precisamente, no han tenido disponible una suficiente fuerza tecnológica o no han sido suficientemente inteligentes para aplicar unas tecnologías que ya estaban a su disposición. Sin embargo, este punto de partida es esencialmente generalista, resultado de la necesidad de ofrecer productos prefabricados como soluciones inteligentes, válidas eventualmente para cualquier contexto urbano. La identificación de “temas urbanos” necesita ser problematizadora y selectiva, pero descontextualizada al mismo tiempo la raíz u origen de los problemas. Asumamos que los problemas presupuestarios son una característica básica de todos los sistemas de gobierno local en el mundo: ¿es un problema de origen municipal? La SC ha tendido a primar la relación problema-solución como una relación independiente de cualquier otra escala de gobierno y, sin embargo, en el tema que apuntamos se trata de un problema de complejas relaciones y equilibrios sobre diferentes modelos de descentralización, autonomía local, capacidad fiscal, redistribución territorial, etc. Todo ello, cuya resolución (nunca ideal, definitiva ni generalizable) no pasa por un cambio tecnológico, es obviado de una presentación en cualquier caso pesimista, que enfoca las soluciones a resolver las ineficiencias en el gasto público locales. De igual forma actúan otros argumentos que presentan un panorama pesimista y culpabilizador de la escala local.


De la misma forma que resulta razonable esta apelación a los problemas urbanos como justificante, no lo es menos reconocer que esto sólo sería parte de la imagen real de la ciudad y, sobre todo, remarcar la importancia sobre quién es el que define los problemas. Podría pensarse, por ejemplo, en situar la descripción de la ciudad como un espacio potencial de oportunidades, de igualdad, de diversión, de relación, etc., condiciones que deberían sopesarse en una balanza mejor equilibrada sobre la realidad de las ciudades. Desde esta problematización, el recurso a la utopía urbana es inmediato. La smart city es, en este sentido, una nueva utopía como anteriormente lo han sido tantos y tantos modelos urbanos que a lo largo de la Historia han querido ofrecer una solución definitiva y universal a los problemas urbanos . Utopía, en este sentido, es la otra cara del pesimismo en torno a la ciudad. La ciudad jardín como utopía ante la insalubre vida en la naciente sociedad industrial. La ciudad Futurama de la Feria Mundial de Nueva York de 1939, momento de esplendor de la ciudad del automóvil y de General Motors  como agente creador de su régimen discursivo. Las utopías urbanas sobre la ciudad del futuro del Walt Disney Experimental Prototype Community of Tomorrow (EPCOT), nacida de una visión tan pesimista de la ciudad . La ciudad radiante como utopía ante la desordenada ciudad del siglo XX. La smart city como utopía ante la compleja y desorganizada ciudad contemporánea, una utopía que cierra los ojos ante el fracaso de utopías previas. El resultado tan decepcionante de estas promesas parece no ser suficientemente reconocido y asumido por quienes se plantean la posibilidad de planificar de manera burocrática y desde el racionalismo burocrático las ciudades inteligentes del futuro próximo. De hecho, la propia utopía de la ciudad motorizada imaginaba un futuro objetual –el coche- en lugar de las consecuencias de su generalización. En este sentido, una buena ciencia ficción, como bien expresó Frederik Pohl , no es aquella que imagina el coche, sino que imagina los atascos de tráfico. Por ello, esta historia de los últimos 50 años tiene mucho que enseñarnos sobre el exceso de optimismo en torno a una determinada tecnología y nos invita a cuestionarnos cuánto tiempo será necesario hasta que seamos conscientes de las consecuencias indeseadas de esta carrera acelerada.

Nos encontramos ante una repetición de formulaciones ya conocidas en previas revoluciones tecnológicas. La suma del planeamiento racionalista propio del urbanismo moderno, los avances en la cibernética y la computación y la nueva fase de exploración de la teoría de sistemas forman el conjunto perfecto con el que poder responder al fracaso de intentos pasados. Con ello, la SC se propone un nuevo asalto a la ciudad para poner orden allí donde otros no pudieron y solucionar para siempre problemas que empiezan a ser demasiado molestos por su persistencia. Para ello, se cuida mucho de ofrecer unos problemas concretos como la agenda de problemas urbanos, aquellos que la SC cree capaz de superar con sus recursos tecnológicos, así como aquellos que forman parte de su agenda ideológica.

Nuestras ciudades, en buena medida y con diferente profundidad, son resultado de un régimen discursivo construido en la primera mitad del siglo XX y que tiene en la Feria Mundial de Nueva York y la propuesta Futurama de General Motors su antecedente más cercano. Entonces también se constituyó todo un aparato promocional, científico y cultural en torno al coche como gran catalizador de la transformación de la ciudad. En aquel caso, nos encontramos una gran empresa como General Motors destinando una cantidad importante de recursos mediáticos para convencer al público sobre la bondad de sus propuestas para movilizar la transformación de la ciudad. En esta misma situación estamos ahora, en el surgimiento de una nueva utopía urbana  que afirma ser capaz de modelar la estructura física de la ciudad, tejer las nuevas relaciones personales y comunitarias, reorganizar nuestras instituciones y mecanismos de toma de decisiones, de reestructurar nuestro abanico de opciones vitales. Todo eso, tal como lo hemos conocido en las últimas décadas, ha sido producto en gran parte del mundo de la fenomenal capacidad de transformación que ha tenido la utopía de la ciudad moderna y su asociación con la cultura y la industria del automóvil. Así que surge como contestación una respuesta entre incómoda y sorprendida en forma de descontento sobre hacia dónde nos lleva la instrumentación digital de la ciudad.

Urban Catalyst: The Power Of Temporary Use 
El pesimismo implícito en la utopía urbana digital que manifiesta la SC tiene claros antecedentes en épocas recientes de las teorías urbanas, pero también fuertes anclajes en el utopismo propio con el que nacieron las ciencias de la computación. De la misma forma, hoy desde la smart city se imaginan los diferentes productos que reconfigurarán las ciudades, pero apenas se presta atención a sus consecuencias. Si no pudimos prever la contaminación, la obesidad, el consumo de territorio, la dependencia del petróleo, la inseguridad viaria o el cambio climático , ¿qué consecuencias no está atendiendo el marco de la smart city y que aparecerán en las próximas décadas? Sabemos cuál es el balance de las propuestas utópicas de la primera mitad del siglo XX y cómo desde las últimas décadas del siglo pasado estamos luchando denodadamente por cambiar las tendencias de sus efectos más adversos en términos de desarrollo sostenible.

Resulta sintomático e ilustrativo hacer el recorrido a través de las descripciones sobre la realidad actual de las ciudades –siempre pensadas en términos genéricos descontextualizados y con un claro sesgo hacia la ciudad en países desarrollados con una dotación previa de infraestructuras que hay que renovar- para entender este pesimismo. Se trata de un pesimismo que, además, selecciona una serie de problemas a resolver: un tráfico caótico, unas infraestructuras de saneamiento de agua ineficientes, una red eléctrica deficitaria,… Sin embargo, no es nada pesimista sobre los problemas de acceso a los servicios básicos, sobre la falta de democracia, sobre los conflictos sociales, etc.

En realidad, la smart city tiene poco que ver con las ciudades, razón por la cual podemos afirmar que en su despliegue discursivo no hay apenas referencia alguna al conocimiento generado desde las ciencias sociales en los últimos años sobre la ciudad y sus diferentes dimensiones. De esta forma es como opera el mito de la suficiencia tecnológica que revisaremos más adelante, al trasladar la idea de que el consumo de energía es una cuestión puramente tecnológica (smart grids y sus diferentes componentes), la seguridad pública es una cuestión puramente tecnológica (las cámaras de video-vigilancia, los sistemas de reconocimiento facial,…), la ordenación del tráfico es una cuestión puramente tecnológica (el procesamiento de datos en tiempo real, los sistemas de identificación automática de matrículas para las multas, etc.) y así sucesivamente en todos los vectores horizontales y verticales de la representación sistémica de la smart city. Esta visión reduccionista sería problemática al no ser capaz de explicitar el componente cultural de la tecnología (de la misma forma que un relato puramente cultural adolecería de una descripción y concreción de los componentes técnicos de cualquier tecnología). De esta manera, los proponentes principales de este imaginario –al fin y al cabo, operadores en el negocio de la smart city- obvian cualquier otro elemento extemporáneo respecto a la tecnología: la normativa, el diseño de los objetos inteligentes, los conceptos más complejos y profundos sobre la tecnología urbana, la realidad multidimensional de la seguridad pública, el funcionamiento de las economías urbanas, los condicionantes de la política local, las capacidades internas de la administración pública, etc.

viernes, 13 de noviembre de 2015

India Under Construction (IUC): Smart Society

A finales de mes estaré en Nueva Delhi. Con algo de vértigo, porque India queda demasiado lejos y lo poco que he podido seguir de cómo se ha subido el país a la ola de la modernización tecnológica me sobrepasa por sus dimensiones. Haber leído a Ayona Datta desde hace tiempo me sirve de asidero para afrontar una conferencia con el riesgo de no tener perspectiva. En realidad, el planteamiento de conjunto del evento es razonable y el marco de contenidos es equilibrado. La nota de presentación de su curadora, Sarita Vijayan (más abajo) es, de hecho, a lo que puedo acogerme para pensar que la conferencia puede tocar algo de realidad.

India Under Construction (IUC): Smart Society (Nov 28th, New Delhi)

Theme 2015: Curator’s note
In his seminal address “Urban chaos or Indian ethos”, mythologist Devdutt Pattanaik urged planners and designers to have an understanding and acceptance of the Indian society construct as being unique to its people and its culture. He presented example after example to elucidate that what fits the world may render itself unfit in India as “Made in India”, he argued, had very distinct connotations. He exhorted the builders of India to be empathetic of that implication.

There has never been a more urgent time to insist on that empathy.

A mostly clueless but ambitious Indian government and enthusiastic industry have ensured that urban India has reached its tipping point. Growth, as most predict, will be unprecedented and irreversible. The latest catalyst to hasten this change is the government’s announcement of creating 98 smart cities in India.

Hailed to be the magic wand that will decimate the average urbanites woes, the promise of cities that provide a range of economic activities and employment opportunities, ostensibly to all classes of people and provide them with “a very high quality of life (comparable with any developed European city)” in the guise of a smart city is as admirable as it is ludicrous.



The fact is that current discourse mostly addresses the implementation of new technologies in our cities and really feels no need to justify how the techno-smart city utopia would improve quality of life, or how it could beneficial to citizens in tangible terms.

As such, the technophile justifications pushed by the multinationals simply, but not openly, disregard the internationally accepted premises and ignores the fact that technology, for it’s own sake, goes against the principles of sustainability and contributes little towards the construction of the knowledge society, other than generating some of its infrastructure.

Smart Society aims to veer the conversation more to ‘society’ and less to ‘smart’; or at least the popular definition of smart. It aims to give voice to practices and professionals who are intensely engaged in making the urban experience meaningful, responsible, sustainable and inclusive.

It aims to probe if smart is the new stupid or stupid, the new smart.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El viejo sueño de la ciencia de las ciudades

Uno de los elementos más sugerentes del régimen discursivo de la smart city es su apelación al surgimiento de una nueva ciencia de las ciudades (Batty, 2014). En una era de esplendor tecnológico, apelar a la ciencia como catalizadora de una nueva forma de pensar y construir las ciudades resulta atractivo. En efecto, en los últimos años  diferentes centros de investigación de nueva creación se han sumado a otros con cierta tradición  con el objetivo de explotar la posibilidad del uso de la multitud de nuevas fuentes urbanas de datos. Desde 2005, Townsend (2015b) contabiliza que se han creado más de una docena de laboratorios, centros y facultades con el objetivo común de usar de manera extensiva las capacidades de computación de los datos masivos para entender las ciudades. Nacidos en ocasiones de departamentos o facultades de las ciencias técnicas, estas iniciativas académicas y científicas han tendido a conformar consorcios variopintos de matemáticos, ingenieros, etc., con la esperanza de aplicar las técnicas propias de su campo (catapultadas por las nuevas capacidades que ofrecen los datos masivos) al estudio de la ciudad. Este emergente conglomerado de esfuerzos de investigación resulta sintomático del creciente interés por el estudio urbano desde una perspectiva tecno-científica y representa, sin duda, un nuevo ciclo en el estudio de la ciudad como no se había dado desde hace tiempo.
Science and the city
Sin embargo, esta aspiración de construir un entramado metodológico cuantitativo y mecánico para estudiar de manera integral la ciudad no es novedosa. De hecho, ya en 1913 el término The city scientific fue utilizado por George B. Ford como título de su conferencia en la quinta reunión anual de la National Conference on City Planning celebrada en Chicago (Shelton, Zook y Wiig, 2015). También es destacable que en 1967, el Housing and Urban Development Department del gobierno de Estados Unidos encargara un informe, Science and the city (Torrey, 1967) que, a pesar de la fecha, presenta una factura y una terminología sorprendentemente actual. Este último trabajo citado recoge expresamente desde el llamamiento a un esfuerzo de urbanización y construcción de infraestructuras sin precedentes vinculado a las nuevas necesidades hasta la definición de las nuevas tecnologías como clave para realizar con éxito dicha empresa. Los términos del informe son tremendamente actuales y podrían confundirse con muchos textos que se publican hoy en día desde las instituciones y empresas proponentes de la smart city. No faltan las menciones a la ciudad como un sistema de subsistemas, a la necesidad de innovación social desde una mirada multi-disciplinar al hecho urbano, la digitalización de la información, los dispositivos que pudieran ser sensibles a la situación del tráfico para adaptar su ordenamiento automático, la dicotomía entre átomos y bits (con tanta antelación, por ejemplo, a los escritos de William J. Mitchell), las posibilidades de modelización matemática de las necesidades de vivienda, la contribución de la tecnología al control de la contaminación del agua o del aire y, sobre todo, la apelación a la industria aeronáutica y la ciencia espacial -en aquel momento, en pleno auge como campo donde los avances científico-tecnológicos eran más llamativos- para que contribuyeran a la mejora de las ciudades, etc.

En una fecha tan alejada del actual discurso SC encontramos en el mencionado informe expresiones como "The name of the urban game is information processing", que hoy podría ser el título introductorio de cualquier charla TED o cualquier informe de una gran empresa interesada en la aplicación del big data a las ciudades. El mismo optimismo que destila el informe, dirigido a mostrar la contribución que el complejo industrial militar podía hacer a la sociedad norteamericana de la época es el que encontramos en las promesas del complejo industrial digital que hoy nos propone la mirrada científico-técnica y cuantitativa de la ciudad inteligente del siglo XXI.

Como decíamos, entender las dinámicas urbanas a través de un aparato cibernético, de ecuaciones y algoritmos ha sido un empeño cíclico en las décadas más recientes. Hoy planteamientos como los de West y Bettencourt (2007) o Batty (2013) –algunos de los nombres más destacados asociados a la nueva ciencia de las ciudades - son una continuación o reedición de los primeros trabajos en el MIT (Forrester 1989) desde finales de la década de 1950, así como de los estudios de la física social (Barnes y Wilson, 2014) basados en ecuaciones que describen diferentes esferas de la ciudad y cómo interactúan entre ellas, de manera que pueda programarse su simulación para extraer conclusiones y predicciones. Estos ejercicios no quedaron en el ámbito académico o en los laboratorios de simulación, sino que fueron llevados a la práctica en ciudades como Pittsburgh o Nueva York con sonoros fracasos y críticas posteriores (Goodspeed, 2015). De la misma época datan algunos de los primeros experimentos de aplicación de rudimentarios sistemas de datos masivos (junto al análisis de clusters o la fotografía aérea infrarroja) en la ciudad de Los Ángeles para aplicarlos a estudios del gobierno municipal en relación con el urbanismo, la demografía o la vivienda (Vallianatos, 2015). Sea como fuere, esta disciplina y estos trabajos pioneros sufrieron su particular viaje por el desierto hasta que fue redescubierta por IBM a principios del siglo XXI para aplicarla en Portland, a través de nuevos modelos más complejos, refinados y sistemáticos materializados en la aplicación System Dynamics for Smarter Cities. De nuevo, sus resultados  fueron decepcionantes para los gestores públicos, en un caso que refleja las limitaciones  teóricas y, sobre todo, prácticas de este tipo de acercamientos, que siempre van a tender a hacerle al modelo aquellas preguntas que pueden ser modelizadas sin entender esto como una limitación inherente a cualquier sistema de modelización. De hecho, las experiencias pasadas de intento de construir una ciencia urbana bajo estos parámetros sistémicos y computacionales han estado afectadas por diferentes restricciones: insuficiencia de datos, baja madurez de la ciencia disponible y limitado poder computacional (Townsend, 2015a). Hoy, varias décadas después de la anterior oleada de aplicación de este tipo de teorías, los nuevos esfuerzos vuelven a encontrarse con problemas prácticos a la hora de mostrar resultados confiables y útiles, por más que los datos hoy sean masivos, los fundamentos científicos sean más sólidos y el poder de procesamiento sea inimaginable hace unos años . Seguramente por ello, uno de los textos más críticos con aquellos planteamientos de los ´60 y ´70 sigue siendo actual: “Despite the many-fold increases in computer speed and storage capacity ... there are some researchers who are convinced that it has been the hardware limitations that have obstructed progress and that advances in modeling are now possible because of larger computer capacity. There is no basis for this belief; bigger computers simply permit bigger mistakes.” (Lee, 1973). De nuevo, el reduccionismo informacional (Morozov, 2013:245) se presenta en forma positivismo que celebra cualquier medición como algo objetivo y significativo porque, al fin y al cabo, la gestión es una cuestión de hechos y no de preocupaciones.
IBM PARTNERS WITH PORTLAND TO PLAY SIMCITY FOR REAL
En realidad, la aspiración a construir una ciencia de las ciudades está íntimamente ligada al debate sobre el papel y el carácter científico de los estudios sociales en su sentido amplio, es decir, todo lo que alcanza al comportamiento humano y al comportamiento social. Desde el nacimiento del positivismo y su aspiración a ser aplicado en las ciencias sociales, siempre sobrevuela la cuestión de cómo convertir los temas sociales en un objeto científico de la misma forma que las ciencias físicas y naturales. Esta aspiración cientifista ya la advirtió Postman (1993:161-162) en el advenimiento de los primeros ordenadores y sigue informando el nuevo tecno-optimismo urbano. Así, volvemos a revivir la expectativa de poder aplicar técnicas cuantitativas para problemas sociales en las que los números tienen poco que aportar, el complejo de inferioridad de las ciencias sociales por no disponer del mismo material científico y metodológico con el que cuentan las ciencias naturales y, en general, el intento por construir de una vez por todas un aparato científico (cientifista) que ofrezca la ilusión de un aparato incontrovertido, preciso y con autoridad generalizable. Para autores como Morozov (2010) o Rendueles (2013), estas decepciones son fruto de una tendencia recurrente a confiar los problemas sociales a soluciones técnicas con una preferencia por la ingeniería como campo científico preferencial. Este escenario es, además, una reedición del positivismo más extremo, aplicado a las ciencias sociales y al análisis del comportamiento humano (Postman, 1993:146).

Sin embargo, más allá de su utilización como reclamo propagandístico, esta “ciencia de las ciudades” está lejos de ser una disciplina de contornos exactos. La ciencia de las ciudades que emerge de las nuevas condiciones digitales está aún en su infancia en comparación con las promesas científicas que propone (Future Cities Catapult, 2014). Esto explica la ausencia de una terminología y una conceptualización compartida (aspecto que ya hemos analizado anteriormente) y el inicio de proyectos de normalización a través de normas oficiales por parte de organismos de estandarización.

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