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martes, 18 de septiembre de 2018

La ciudad como wikipedia (artículo en LAAAB)

Hace unas semanas Ignacio Grávalos me propuso contribuir en el blog de LAAAB (Laboratorio de Aragón Gobierno Abierto), dentro de la línea temática sobre espacios urbanos centrados en las personas. Me pareció un buen momento para dejar por escrito un argumento que suelo utilizar en mis conferencias sobre el cambio cultural derivado de la sociedad digital y cómo este nos ha llevado a nuevas demandas sobre la apertura en los procesos del hacer ciudad. De aquí nace el artículo La ciudad como wikipedia, que reproduzco también aquí. Se trata, además, de un artículo que pone por escrito algunas ideas que salieron también en un podcast que hice para Ciudad Hub con Oscar Chamat hace ya unos meses.

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Tecleas “wikipedia” y entras sin mayor problema. Sin usuarios ni contraseñas, sin formularios previos de registro, sin comprobación de quién eres o por qué quieres entrar. Cualquiera puede entrar sin mediadores, sin condiciones o autorizaciones previas. Y esto es sólo el comienzo; en realidad, este es el uso que hacemos de ella la mayoría de nosotros/as la mayor parte del tiempo. Lo mejor viene al pensar cómo hacerla mejor. Si ves que algo falta o no está ahí, no tienes que esperar a una autoridad o experto para que añada lo que echas en falta. Ni siquiera tienes que hacerlo tú solo/a; puede haber más gente perdida por ahí que quiera contribuir a poner por escrito lo que buscabas. Mejor incluso: si algo es incorrecto, impreciso o discutido, no tienes por qué conformarte con el error o la insatisfacción: puedes editarlo, hacer tu propia contribución, señalar lo que falla, proponer la mejora. En realidad, esa es la magia: nadie dice que sea perfecta, sólo es algo que mejora incrementado por la contribución de quien quiere contribuir y no por la solidificación de lo que alguien pudiera definir como contenido exacto y completo. Nada más natural que asumir que nada es perfecto, que todo es susceptible de mejora. Sobre todo, asumiendo que lo contradictorio o lo conflictivo pueda discutirse de manera transparente, trazable y en comunidad.

Esta no es una definición precisa del funcionamiento de la wikipedia pero nos puede valer. Usar metáforas o símiles siempre es un recurso resbaladizo, pero al menos nos da flexibilidad para pensar las cosas de otra manera. Si la wikipedia es un ejemplo de lo nuevo que ha traído la era digital  como cambio cultural, tal vez nos sirvan sus principios de funcionamiento para comprender qué podríamos esperar de un modelo similar en la organización y funcionamiento de la vida colectiva y en la manera de hacer ciudad adaptada a esta sociedad conectada. Estos principios (acceso libre, construcción colaborativa, desarrollo editable, mejoras incrementales, discusión pública y en comunidad,…) podrían servirnos como guías de diseño para acercarnos a las expectativas de la sociedad digital sobre cómo intervenir y participar en el desarrollo de las ciudades, sus espacios públicos y su gestión.

Todo ello, trasladado a la manera en que estamos dando forma a la vida urbana (a la vida colectiva, en general), nos lleva a pensar en la democracia representativa formal-instrumental, contemporánea de cambios sociales y culturales que han cambiado el panorama de las resistencias, de la contestación y la generación de nuevas prácticas urbanas, desde la gestión de los espacios públicos a la formulación de alternativas a las políticas de vivienda. Hoy sacar unas sillas a la calle y ponerse a charlar con familiares o amigos es un acto excéntrico y ya ni tenemos claro por qué no se puede hacer (si es que no se puede): ¿lo dice alguna ordenanza, el sentido común, el qué dirán? Y, sin embargo, no era algo ajeno hace unas pocas décadas. Hoy organizarse para adecuar y mejorar un espacio abierto puede implicar la visita de agentes de de la autoridad que, sin tener muy claro por qué, sospecharán que eso no se puede hacer: algún código técnico o alguna ISO, vaya usted a saber, prohíbe hacer eso. Hoy organizar cualquier actividad en el espacio público (una comida, un festival, una actividad deportiva, un cine al aire libre,…) está sometida a una maraña de normas, licencias y formularios que hacen imposible cualquier espontaneidad salvo que se quiera ejercer realmente desde un ejercicio de resistencia.

¿Y si exploramos el mundo de lo prohibido, de lo supuestamente prohibido o de lo que creemos que está prohibido hacer en una ciudad? ¿Aplicamos el principio del acceso libre a recursos físico públicos de la ciudad limitados en sus horarios o tipos de usos? ¿Probamos el abierto por defecto en actividades sometidas a limitaciones que nadie sabe muy bien su justificación? ¿Podemos hacer ciudad de verdad, con las manos, modificando¿Qué cosas vamos a poder cambiar porque no nos gustan o no nos sirven? ¿Podemos dejar de pensar la ciudad, sus espacios y sus servicios como algo perfectamente planificable  y cosa de expertos? ¿Podemos renovar las prácticas de participación ciudadana o de transparencia desde estos principios?

La sociedad conectada, con toda su variedad de dispositivos que han colonizado nuestras rutinas tiene tanto de equipación técnica como de cambio cultural. Lo visible (sensores, dispositivos, pantallas, infraestructuras,…) y lo invisible (la marea de datos en la que vivimos) son evidencias de una transición –más que una revolución- hacia esa sociedad conectada. Comprender  en pocas palabras (o incluso en muchas) la profundidad de estos cambios es complicado. Por un lado, son cambios de mentalidad, de formas de hacer y de expectativas que no son siempre coherentes. Es así cómo estamos viviendo las posibilidades liberadoras de esa tecnología (datos abiertos, democracia digital, nuevas movilizaciones sociales, innovaciones en las prácticas de las administraciones públicas y renovación de la acción ciudadana, etc.) pero también sus aspectos más siniestros (desestabilización de elecciones, fakenews, manipulación del debate público, sistemas de espionaje masivo a la ciudadanía, pérdida de privacidad, etc).

Esta reclamación se ejerce también desde una posición absolutamente práctica, pragmática y experimental. Junto a la propuesta, la acción. Es en este nivel donde el cambio socio-político que estamos viviendo se hace más palpable. De hecho, los proyectos que han operado en los últimos años desde antes del estallido de la burbuja inmobiliaria como formas de reclamación directa de espacios públicos, viviendas vacías, equipamientos públicos, etc. han sido, en buena medida, procesos de aprendizaje sobre nuevas formas de hacer ciudad que después tomaron forma de contestación agregada en las plazas.  Se trata de proyectos que, en muchos casos, en la época del urbanismo expansivo y de los grandes proyectos urbanos apenas tenían eco o eran directamente consideradas como outsiders a contracorriente.

lunes, 10 de octubre de 2016

Ciudades que esconden los problemas

Intento resistirme con fuerza a sacar las cosas de contexto o a cogerlas con pinzas. Twitter es el sitio ideal para ello, para descontextualizar algo,digo, elevarlo a categoría o buscarle tres pies al gato. Pero esta vez, aquí va una ración de frase corta, aparentemente brillante, incontestable y de sentido común... que no puede ser más errónea.

La Ciudad Inteligente Anticipa Problemas Para Que El Ciudadano No Llegue A Percibirlos

Es sólo una frase entresacada, supongo, de una conferencia en la que se deja caer esta frase con tantas cosas mal. No quiero esa ciudad inteligente, una ciudad hecha para pero no con, una ciudad que esconde los problemas, que anticipa problemas (hola, algoritmos y datos masivos), que define (¿quién?) cuáles son los problemas, que persigue un escenario pacífico en el que no vemos ningún problema en el día a día.

Ciudades seamless a tope. Un relato pacífico de la ciudad sólo servirá para mantener las relaciones actuales y futuras de dominación y para esconder los conflictos sociales inherentes a la vida en la ciudad. Como lema, la frase es rotunda y, quién sabe, hasta bienintencionada, pero refleja el pensamiento mecanicista de que todo funcionará tan bien (el tráfico, supongo que están pensando) que antes de que hay cualquier incidencia en las infraestructuras de la ciudad, estas se adaptarán de manera automática y, voilà, ni nos daremos cuenta. La vida sin fricciones, la ciudad que funciona sin que nos demos cuenta. La ciudad a nuestro servicio para esconder sus contradicciones, sus conflictos, sus ineficiencias, sus desajustes, sus injusticias.

Banksy - via 350.org
Suena intuitivo, pero es profundamente equívoco, inútil (por imposible) y post-político. ¿Qué hace esa ciudad por otro tipo de "problemas", los verdaderos problemas sociales y políticos (vivienda, desigualdad, marginación, corrupción,...)? De estos tiene poco que decir: es imposible anticiparlos porque ya estaban aquí antes de que llegara la ciudad inteligente y seguirán aquí porque, al fin y al cabo, no son problemas, son realidades, wicked problems. Solucionismo, irresponsabilidad moral, cajas negras todo en uno.

Quizá necesitamos ciudades inteligentes que nos ayuden a hacer visibles los problemas, ciudades inteligentes que no vean sólo problemas, ciudades inteligentes que no piensen por nosotros, ciudades inteligentes que nos ayuden a comprender el mundo que nos rodea (nota, leer sin falta este magnífico artículo de Dan Lockton), ciudades inteligentes que no busquen atajos y que sean sinceras sobre la realidad que acogen.

Fin del desahogo.

jueves, 30 de junio de 2016

Dale a un burócrata un ordenador

Naturally, bureaucrats can be expected to embrace a technology that helps to create the illusion that decisions are not under their control. Because of its seeming intelligence and impartiality, a computer has an almost magical tendency to direct attention away from the people in charge of bureaucratic functions and toward itself, as if the computer were the true source of authority. A bureaucrat armed with a computer is the unacknowledged legislator of our age, and a terrible burden to bear.
Neil Postman (1993). Technopoly: The Surrender of Culture to Technology.

Fuente: Extreme Tech

Lewis Mumford señaló cómo el despliegue material de la tecnología no es un proceso automático ni la tecnología es un factor a priorístico, sino que se produce en un contexto sobre el que se innova también en términos políticos o jurídicos, por ejemplo, para dar soporte a esa tecnología. La tecnología encuentra acomodo en el mundo no por un destino indefectible por el cual la técnica tal como se manifiesta en cada momento se impone de manera natural, sino porque es desarrollada bajo unas condiciones de promoción de la ciencia, de la incentivación de la investigación, de la facilidad para la inversión y de la dirección controlada del avance científico. De la misma manera, la tecnología se encarna en la vida no únicamente como objeto o producto físico con capacidad de presencia propia, sino a través de los instrumentos de la cultura, del poder, de las instituciones o de la normativa.

Pensemos, por ejemplo, en cómo la viabilidad de diferentes aplicaciones pensadas para actualizar digitalmente las viviendas y edificios (smart homes y smart buildings) se juega tanto en sus funcionalidades como en su inserción dentro de un marco legislativo y regulado relacionado con estándares, limitaciones derivadas de las obligaciones de conservación (por ejemplo, en barrios y edificios históricos catalogados como patrimonio), etc. Todos estos puntos forman parte del mundo de la disputa política, de las preferencias, de las opciones ideológicas y de las vicisitudes sociales. A pesar de ello, es fácil encontrar apelaciones más o menos inconscientes al carácter autónomo de la tecnología actual disponible para el progreso urbano, apoyándose para ello en los grandes datos como vector transversal asociado a la mayoría de las innovaciones que forman parte del catálogo de soluciones smart. En la esfera pública, el mundo de las evidencias hará el resto para conseguir una gestión burocrática y pacífica de la ciudad sin que la política tenga papel relevante en el automatismo de los datos.

Bajo esta lógica, la gestión de la ciudad y de sus servicios asociados quedaría por fin sometida a un sistema de reglas, datos y decisiones objetivas, basadas en los datos, de manera que servirían también para justificar y eludir la responsabilidad de las consecuencias de las decisiones públicas bajo la justificación “no he sido yo, lo dicen los datos”, que dice Usman Haque. Dicho de otro modo, la tecnología ofrece también la ilusión de que a través de ella se pierda no sólo la responsabilidad de las decisiones, sino el control sobre las mismas, un escenario que reflejaría la aspiración última de una gestión pública burocrática que sitúa en los procedimiento, técnicas y, en última instancia, las máquinas la fuente de la autoridad política.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Tecnología, normatividades y conflicto urbano

El poder simbólico de metáforas como el ciudadano inteligente, el ciudadano-sensor o el ciudadano-cursor es particularmente atractivo por su voluntad de sintetizar expresiones más o menos expresas sobre el papel activo de la ciudadanía en el mundo digital. Nos sitúan ante una demanda fruto de la dificultad de la smart city para ofrecer un relato coherente de temas como la participación ciudadana, las formas de innovación democrática, la gestión abierta de los servicios públicos, la política tecnológica, etc.

Debemos a Lewis Mumford una apreciación suficientemente ilustrativa: la invención del reloj mecánico, del tiempo mecánico, como base de las transformaciones hacia una sociedad industrial. Ni las manecillas ni las minúsculas piezas de su mecanismo tuvieron tanta capacidad de reprogramar la vida como el carácter normativo de las imposiciones de la división, organización y sistematización del tiempo humano. De forma similar, la esfera digital contiene una capacidad no innata sino diseñada específicamente, de crear nuevas normas de comportamiento, nuevos límites de lo posible a nivel público y privado, de imponer formas de realizar transacciones, actos y efectos. Cambian nuestras habilidades físicas y cognitivas (desde la memoria a la capacidad de orientación espacial), cambian nuestras relaciones, nuestros hábitos y nuestras expectativas. Cambian también las capacidades de control por parte de organizaciones cuasi-monopolísticas y surgen nuevas tentaciones de dominación económica y social.

Via Randy Olson 
Frente a la tentación de creer que las posibilidades de automatización del control y seguimiento de cualquier parámetro de la ciudad nos llevan a un escenario de neutralidad de las decisiones sobre los diferentes aspectos de la vida urbana (decisiones sobre políticas de seguridad, de gestión del tráfico, de vivienda, de espacio público, etc.), la realidad es que nada de esto debería sustraer la necesidad del debate público sobre cuestiones cruciales. Sin entrar ni siquiera en las dimensiones más globales sobre el control de internet y todas las dinámicas derivadas (desde el control de la privacidad por parte de los grandes operadores y de los propios gobiernos hasta las resistencias de los diferentes sectores industriales impactados por el cambio en los modelos de negocio), las preguntas y los debates siguen siendo los mismos: ¿para quién son las smart cities?, ¿quién las protagoniza?, ¿quién se queda fuera?, ¿promueven o no la inclusión o son sólo formas sofisticadas de perpetuación de las relaciones de poder establecidas?, ¿cómo salvaguardar lo público?, ¿y cómo salvaguardar lo común?, ¿cómo pueden favorecer modelos estables de implicación y participación ciudadana? Las preguntas serían tantas, al menos, como las que planteó Jacques Ellul  en su momento (76 reasonable questions to ask about any technology) desde el punto de vista ecológico, social, práctico, moral, ético, vocacional, metafísico, político y estético, o más recientemente Sacasas:
When we do think about technology’s moral implications, we tend to think about what we do with a given technology. We might call this the “guns don’t kill people, people kill people” approach to the ethics of technology. What matters most about a technology on this view is the use to which it is put. This is, of course, a valid consideration. A hammer may indeed be used to either build a house or bash someones head in. On this view, technology is morally neutral and the only morally relevant question is this: What will I do with this tool?But is this really the only morally relevant question one could ask? For instance, pursuing the example of the hammer, might I not also ask how having the hammer in hand encourages me to perceive the world around me? Or, what feelings having a hammer in hand arouses?
Si para algo puede servir la emergencia de la ciudad inteligente como recurso utópico es para hacernos más conscientes de las normatividades de la ciudad mecánica y su código oculto, tanto en sus pequeñas y aparentemente livianas consecuencias (¡qué más da aceptar las nuevas condiciones de privacidad de una nueva aplicación que nos descargamos!) como en las más graves y represivas. Un relato pacífico de la ciudad sólo servirá para mantener las relaciones actuales y futuras de dominación y para esconder los conflictos socio-políticos inherentes a la vida en la ciudad. Ello hace que sea imposible evitar la tentación de entender el escenario actual como un campo de batalla, por más que pueda parecer una salida dicotómica o incluso demagógica. Sin embargo, en el relato pacífico, utópico y genérico de la smart city subyace y se mantienen los mismos conflictos inherentes al hecho urbano. La dimensión digital de la ciudad es tan sólo una de las manifestaciones de la consustancial ciudad en conflicto.

lunes, 26 de enero de 2015

¿Sirven realmente para algo los hackathons?

Cuanto más tiempo pasa, más consciente soy de que con UrbApps allá en 2012, de manera meramente intutitiva, íbamos por buen camino, en línea con alguno de los primeros textos que apuntaban en el cuestionamiento de los hackathons, como On hackathons and solutionism o Three Problems With Civic Hackathons. Desde entonces, se ha seguido profundizando en esa línea crítica sobre el planteamiento tradicional de los hackathons y sus impactos reales.

TEDxShelburneFalls  (CC BY-NC-ND 2.0)
Estos días estoy leyendo  The Data Revolution: Big Data, Open Data, Data Infrastructures and Their Consequences (un magnífico libro de Rob Kitchin sobre el que próximamente escribiré algo más en el blog) y en él vuelvo a encontrarme mencionados un par de artículos que leí en su momento, You Can’t Just Hack Your Way to Social Change, de Jake Porway  y Hacking the hackathon, de Shauna Gordon-McKeon. Ambos apuntan cosas que estaban detrás de esas primeras inquietudes sobre cómo rediseñar los hackathons. Ahora, todo más consolidado, lo enlazo con ideas como el solucionismo, el eventismo o el fetichismo tecnológico. El segundo de los artículos es especialmente claro sobre algunas de las debilidades de este tipo de eventos: falta de diversidad en el perfil de los participantes, escasa atención al potencial de estas actividades como generadoras de miradas más amplias sobre la cuestión que se aborda, dificultades para mantener los procesos en el tiempo y la escasa conexión con las comunidades locales.

En Hackathons y solucionismo, o por qué importa más el proceso que el resultado ya comenté sobre la falta de diversidad de perfiles involucrados y las debilidades a la hora de enmarcar de forma sólida las preguntas a resolver como dos elementos que suelen estar detrás de la fatiga de los hackathons. Es la fase de ideación y de definición de los problemas donde debería centrarse gran parte del esfuerzo no técnico pero sí conceptualmente valioso para acertar con apps y otras soluciones que supuestamente quieren ser de utilidad. Su enfoque demasiado centrado en cuestiones técnicas y su vinculación a procesos de apertura de datos convierten los resultados de los hackathons en sus diferentes vertientes, la mayoría de las veces, en un listado de páginas de recopilación de datos o en versiones 1.0 con apenas funcionalidad y que sólo en un porcentaje mínimo tienen desarrollos posteriores. Por eso su principal debilidad es la falta de continuidad al estar basados en el voluntarismo y la ausencia de recursos y contextos estables de colaboración que den soporte al antes y, sobre todo, al después de la fase alfa o beta a la que normalmente llegan las aplicaciones desarrolladas en estos eventos. Aquí es donde, por ejemplo, las metodologías de Medialab Prado, de Etopia y tantos otros, no vinculadas a los hackathons en sentido estricto pero sí conexas, ofrecen un entorno apropiado para ello. Esta falta de seguimiento posterior es, sin duda, la causa de la frustración inmediata que pueden generar en los participantes. Por eso también, la documentación de los procesos (y no sólo las especificaciones técnicas) cobran un papel relevante para que los proyectos sean entendibles, se puedan evaluar las decisiones dadas en cada momento, se puedan sumar personas o contribuciones posteriores, etc.

Sin embargo, me interesa más cómo repensar este tipo de actividades desde el punto de vista de quién participa en ellas. Sufren, en primer lugar, de una evidente falta de diversidad, debido fundamentalmente a que su atractivo suele enmarcarse en soluciones técnicas, asunto al que se ven llamados o están en contacto un determinado perfil de personas  (desarrolladores, ingenieros, movimiento del open data, etc.). Además, la presencia de personas, tanto dando soporte como participando propiamente, que tengan un conocimiento amplia de cómo fucnionan "las cosas de la Administración" es fundamental para poder encajar las soluciones derivadas de los hackathons en los procedimientos administrativos, en los procesos de toma de decisiones públicas, en los puntos críticos o cuellos de botella donde la tecnología sí puede marcar la diferencia, etc.

Desde entonces he ido guardando otros artículos que profundizan en esas primeras sensaciones, junto a otros que también analizan su potencial. Bajo un críptico título, The trouble with White hats, de Melissa Gregg and Carl DiSalvo, se esconde un fantástico texto del que extraigo algunas líneas:
Hackathons attempt to imagine and enact a future democratic condition, allowing individuals to contribute to what it might be in the process. Too often though, this potentially profound speculation gets tied to a limited, if not naïve, understanding of politics as the mechanics of government. “What might be” is almost always simply a version of the now — just faster, more efficient, and preferably mobile-enabled.Civic hackathons reflect changes to the nature of work, volunteerism, collectivity, and belonging. The production process is configured to appear friendly, informal, and ad hoc, leading to new kinds of social identities and relationships. At civic hackathons, new ecosystems for innovation, design, micro-manufacturing, and city revitalization are made to cohere in the course of a day or a weekend. 
(...)
Civic hackathons are limited to addressing problems that contain technically actionable solutions. For instance, addressing problems of public-transportation access in communities of need is reduced to the challenge of providing real-time bus data. And the problems each hackathon hopes to solve get readjusted in real time to suit actual conditions and who and what skills are at hand. So whether the bus data is displayed on a mobile device or a visualization will depend not on the community’s need or desire but on what programming languages the coders at the hackathon know. This ad hoc adjustment, which is an inevitable outcome of hackathons’ opportunistic approach to time and skill, parochializes and minimizes the ambition of governance. It rewards pragmatism at the expense of recruiting more representative or ideal protagonists for politics.
TechCrunch Disrupt Europe Hackathon  (CC BY 2.0)
También en Hackathons don´t solve problems encontramos algunas claves interesantes, un texto directamente vinculado con la crítica a la grandilocuencia del solucionismo y el buenismo de la ideología californiana:
They're hard, bordering on intractable, and people are working to solve these problems constantly, spending much more energy and resources than a single hackathon could ever do. There is nothing magical about putting a bunch of technologists and creatives in a room which will suddenly solve disasters, world crises, the economy, or anything else. (…)In short: Hackathons can be fun, they can inspire new ideas, they can break disciplinary boundaries. But if they are "Tech's Answer to Big Problems", we're in trouble.
Sí, tenemos un gran problema si vamos a confiar en la tecnología para solucionar los grandes problemas que tenemos. En realidad, los hackathons y, por extensión, este tipo de prácticas de producción colaborativa, deberían funcionar como excusas para crear formas estables de colaboración y no como explosiones de optimismo productivo. Por un lado, porque la evidencia ya nos dice que los resultados prácticos y el impacto de las "soluciones" que se pueden desarrollar en tan cortos periodos de tiempo son escasos. Así que, seguramente será mejor reducir las expectativas y poner muchos más recursos y entusiasmo en sedimentar -y por eso aquí juega un papel importante el quién y el dónde se promueven- las relaciones de colaboración creadas y el potencial de los proyectos planteados. Por otro lado, porque para ofrecer soluciones, como mencionaba anteriormente, es importante enmarcar bien los problemas y en el caso de los temas que suelen cubrir los hackathons cívicos o urbanos, estos problemas son wicked problems la mayor parte de las veces y es en el proceso de desentrañar su complejidad donde más pueden aportar y aprender los participantes. Más constructivismo y menos tecno-determinismo para afrontar los conflictos políticos que están detrás de los temas urbanos/sociales que los hackathons cívicos suelen afrontar. ahí es donde diferentes metodologías, más basadas en procesos de aprendizaje y de compromiso a largo plazo (Citizen Canvas o Changify, entre muchas otras) pueden aportar mucho más a la hora de favorecer procesos creativos de implicación social en problemáticas concretas.

Bonus tracks. Aquí van otras tres sugerencias relacionadas:

martes, 17 de septiembre de 2013

Ciudad y otras políticas. Herencias, territorios y construcciones comunes

Como adelanté en otros posts, una de las cosas en las que estoy implicado con Tabakalera para el desarrollo del programa Trans¨itoak es la organización de diferentes actividades en el marco de la Semana de la Arquitectura. Trabajando junto a Ibon Salaberria y el equipo de Tabakalera, el programa va tomando forma y aquí está la primera ola de información con el pre-programa del ciclo Ciudad y otras políticas. Herencias, territorios y construcciones comunes que se plantea en estos términos:


 Las ciudades contemporáneas han dejado de lado la búsqueda de espacios reales, sociales y políticos para convertirse en territorios productivos de vidas estandarizadas gobernadas por el consumo reglado y la sensación de seguridad.

Habiendo sido tratada la construcción de la ciudad como simple ejercicio de producción de objetos, nos encontramos ahora con necesidades más cercanas al desmantelamiento, a la re-utilización, a la re-politización y re-significación, que a continuar acumulando “inservibles” en forma de estéticas más o menos contemporáneas.

Hoy, la ciudad habla de soportes cambiantes, adaptables o reversibles; habla de aplicar otras políticas para l construcción de lo común.

Con motivo de la Semana de la arquitectura presentamos un programa para reflexionar sobre el nuevo concepto de ciudad, cruzar discursos, compartir experiencias teórico-pŕacticas, rescatar manifiestos y generar espacios de pensamiento y producción crítica.

Puedes descargarte el tarjetón con más info y en unos días se actualizará la web de Tabakalera con el programa definitivo. Por ahora podemos anunciar nombres como Jean Pierre Garnier, Eva Morales, Álvaro Sevilla, Ethel Baraona, Berreibar, Marta Relats, MonoD, Martí Perán, n´UNDO, Increasis, M-etxea (AACC) o Paisaje Transversal, y pronto cerraremos otras actividades que irán en paralelo a las conferencias durante la semana del 7 al 11 de octubre en Donostia-San Sebastián. Hemos hecho una selección de discursos críticos con buena carga de profundidad complementados con experiencias o aproximaciones prácticas más cercanas de cuestionamiento de conceptos actualmente en crisis alrededor de la arquitectura y de la ciudad en su conjunto, así que creo que va a ser un buen intensivo.

lunes, 25 de marzo de 2013

The promises of open data and the same old conflicts


The open data movement is a worldwide growing trend and has become a global phenomenon setting a new agenda on access and public services delivery. Its impact on the way we build community life is undeniable, too. A hot topic crossing the borders of the first advocates and early adopters. It has become one of the issues of the day.

Of course, those working more directly on projects related to open data, both from public management (fighting, much of the time, against visible and invisible walls slowly falling down) and from private and civic sectors, creating solutions and tools for collective use of public data for different purposes, are well aware that this widespread of open data initiatives throughout the world is not a good indicator to measure the success. It simply reflects a trend. But celebrations are always tempting and might let us forget the final objective of open data.

I could not attend Future Everything last week and I fully regret it, as it gathered some panelists and speakers that are among my most favourite names regarding the intersection of technologies and urban living, open data and related topics. One of them, Usman Haque, shared some ideas worth remembering and I hope we can soon watch the video. In the meantime, the notes from his talk, In Praise of Messy Cities / Grub Street & the super wicked, seem to be a great link to keep in mind. Telegraphic but food for thought, here are some of them:
  • assumes if we had enough data we could make perfect decisions
  • attempt to understand, explain, control »> “It’s not me, it’s the data, which is impartial”
  • Borges metaphors: map, library, encyclopedia »> implies infinite data, merely need an index and our problems will be solved
  • often only the least controversial data is ‘opened’ »> transportation data, not wikileaks (japan has efficient transport and has done for decades, not an open data/technology issue)
  • is ‘open data’ just letting off steam? 
  • society of the data spectacle, discourages participation, no accounting for the curator of the data, their goals, or the feedback mechanisms for propagating the principles
  • city is a mess. not infrastructure. data infrastructure. praying to the algorithm god isn’t going to solve this.
  • embrace super wicked urban problems, don’t reverse-engineer problems based on existing solutions
There are some relevant remarks here, from the ideals of perfect decisions taken with the help of the aggregation of massive data now we are able to manage to the promise of impartiality. But nor code, neither data are neutral. Besides that, it seems he addressed the risks of the data spectacle and particularly the implications of not assuming complexity and contradiction as basic features of how urban living works. In fact, Haque already shared his notes at the Open IoT Assembly held in June 2012 and I bookmarked some ideas are crucial since then and used them in developing the civic components of hackathons:
  • the spectacularisation of data, revelling in complexity only so that ‘experts’ can rescue us from the cacophony: scientists, urban planners, yes, even artists 
  • the concerning thing about this neo-postivism is when it’s applied to the design and manipulation of our cities because these processes have their own ‘god fantasies’: 
    • efficiency (those big biz initiatives that use “Smart” throughout their PR material) 
    • predictability 
    • homogeneity 
    • all the things that go counter to the sustainability of what makes a city a city 
    • social goals that rarely have anything to do with technology and sound suspiciously like the sorts of things urban planners were saying in the 50s and 60s when they gave us highways and highrises/tower blocks 


Among other ideas, Haque depicts a fundamental aspect when translating the predominant discourse on smart cities to the reality of urban living, where complexity and unpredictability are basic features while some visions on big data pretend to have all the answers and even constitute a new science of cities. On the other hand, he is remarking a counterintuitive idea: while availability of data seems to be growingly accessible and create new freedoms there is the risk of turning this into a big barrier for the non-expert.

Some months ago, David Eaves also raised in his article Lies, damned lies and open data some related issues that deserve to be mentioned, as he points out that we cannot remain paralyzed celebrating the success of a movement so strong and influential when, in fact, open data does not eliminate the need for political debate. This idea fits with the risk of neo-positivism of data (also mentioned by Haque) or technological determinism: we made to make public information available, accessible and transparent, so the data are already there and are clear, objective and unbiased, and yet, they are only the material-and enough progress is access to it- to critically intervene on reality. Again, a new warning against the risk of depoliticization and the asepsis of raw data. Access to evidence of government activities and to use and manipulate the data deriving from them to create tools, applications and services is not the end, but the beginning:

Quite the opposite. Open data will not depoliticize debate. It will force citizens, and governments, to realize how politicized data is, and always has been.

How do public institutions get public data? And what kind of use they make of them? What kind of underlying bias are they using to choose some topics and not others when processing the generated information? These and other questions have always been part of political confrontation and will remain.

Image source
Besides that, as Haque noted, the growing risk of divide in the ability to participate in this new digital culture still remain. Here we can find a third relevant idea, the open data doppelgänger (as expressed by Tom Slee in a new must-read article on this topic, Seeing like a geek) or who controls the data and to whom. Again, it refers to  classical political science issues

In this post, Slee addresses the role of big companies and digital entrepreneurs in selecting what and how is released and reused, how this ecosystem works as a market, the always relevant demographic and cultural bias ("empowering the empowered"), etc. This position can be seen as critical or cynical from the point of view of open data enthusiast, but should not be underestimated because it is the key to the whole thing. In fact, David Eaves responded  to Slee in a worth a read article and both articles reflect the fundamental debate that needs to be maintained to give a political horizon to what it cannot be merely a technical issue but a political one.

These inputs put a little wary of the risk of triumphalism and techno-determinism. Open data, along with other movements, have challenged traditional public management logic, creating new ways for collective and concerted action, but there is a long way forward and a less reductionist vision is needed to avoid the trap of thinking a perfect ideologically data-driven neutral future is here and algorithms will be working on our behalf. On the contrary, complexity, confrontation and  power-based conflicts are, as always, relevant.


Puedes leer una versión previa más corta en castellano en Ya tenemos open data, las preguntas son las mismas.


lunes, 24 de enero de 2011

Buscando puntos débiles en la ciber-utopía de la era Wikileaks


Wikileaks ha abierto la caja de Pandora, no sólo de los secretos de estado y ahora también de los secretos bancarios, sino que ha abierto la veda para proclamar con entusiasmo el inicio de una nueva era de promesas de transparencia y de nuevos poderes ciudadanos. Sin duda, es cierto que ha mostrado las debilidades del sistema y, sobre todo, el potencial que puede tener hacia nuevos caminos de libertad subidos en el tren de las redes. Pero, ¿es para tanto? Para algunos, no deja de ser un modelo que, en el fondo, sigue cayendo en la recentralización del poder y no nos acerca a ser más libres. En una línea crítica similar, Evgeny Morozov acaba de publicar un libro que trata de poner los pies en el suelo sobre las expectativas quizá demasiado optimistas que se han puesto sobre wikileaks como reflejo de una época pero, en general, sobre el ciber-optimismo utópico. Un post de P2P Foundation recoge extractos de tres reseñas libro "El engaño de la red" (The Net Delusion. The dark side of internet freedom) que, a falta del libro, bien valen para entender algunos de los argumentos del autor.
En estos tiempos buscamos en revoluciones lejanas la pasión que falta para las no-revoluciones de aquí, y abrazamos hoy Túnez, ayer Irán y mañana vaya usted a saber qué incógnito país, pero sólo porque parecen caminar a lomos de mensajes de 140 caracteres. Ese debate de "la revolución será tuiteada" y "la revolución no será tuiteada" es lo de menos, salvo para entretenerse en debates estériles tan propios de la ciclotimia 2.0. ¿Y si, en realidad, después de todo, fueran los regímenes autoritarios los que mayor beneficio estuvieran sacando de la web?
El tecno-optimismo crea monstruos pero, como buenos hijo de la hipermodernidad, sólo duran unos instantes fugaces. Leer  La cultura-mundo es lo que tiene, que cada página que paso estoy más cerca de pensar que vivimos atrapados en la banalidad mientras las cosas importantes, los conflictos de toda la vida, son los mismos pero ya no los reconocemos. Los políticos, las guardias pretorianas de los grandes partidos, han fagocitado las promesas de la política 2.0, enorme entretenimiento de la sociedad occidental ante la falta de revoluciones aquí. El pensamiento se vuelve simple, que quepa en un tuit o facilite un me gusta/no me gusta impulsivo, vacío, descontextualizado y contradictorio con el siguiente me gusta/no me gusta. Adhiérete, súmate, pon tus clicks al servicio de una idea pasajera, pon tus hashstags al timeline del progreso. Entretenido estás con el poder que te da tu ipad, que, de mientras, las cosas pasan. Wikileaks es la ficción de que tenemos el poder en nuestras manos, la ilusión de la sedición frente al orden establecido.
Se me pasará. Bueno, mejor no.

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