jueves, 30 de abril de 2020

Coronavirus: ciudades, pandemias y la cuestión de la densidad urbana

En un mundo crecientemente urbano y en medio de una pandemia global, toca mirar a las ciudades. Al fin y al cabo, por su propia naturaleza se está concentrando en ellas toda la afectación sanitaria, social y económica de la cris del coronavirus. La demografía hoy y mañana se basa en concentraciones de personas y de actividades en núcleos urbanos, suburbanos y/o metropolitanos. Dichos entornos importan aún más en mundo que ha re-descubierto una nueva fragilidad, su exposición a las pandemias. Vivimos un mundo urbano pero, aunque no éramos suficientemente conscientes (a pesar de la gripe aviar, SARS, MERS, H1M1,…), también vivimos en una era pandémica.
Map of cholera cases in London, 1854, created by Dr John Snow, which linked the outbreak to the Broad Street Pump water supply. John Snow/Wikimedia CommonsCC BY-NC-ND


Los virus encuentran en las ciudades el ambiente perfecto para expandirse, no tanto por la densidad residencial, sino por los flujos e interacciones. Este punto es interesante como punto de partida para pensar las ciudades del futuro cercano, porque una de las primeras intuiciones es pensar en las ciudades densas como las más expuestas y las más problemáticas. Concluir esto tiene evidentes consecuencias prácticas: necesitaríamos ciudades menos densas, los entornos rurales estarían mejor preparados, los desarrollos unifamiliares y suburbanos serían los modelos ideales y más seguros, etc. Suena a una tentación anti-urbana. Ejemplos como Wuhan (que no es de las ciudades más densas de China y está lejos de los principales puestos de densidad a nivel mundial, y muy lejos de todas las grandes capitales europeas) o de Nueva York, que han sido grandes focos de contagios, parecerían apuntar en esa dirección.

Sin embargo, esta parece una conclusión precipitada. Puede que sea un reflejo del higienismo pasado, pero tiene poco que ver con el mundo actual y los sistemas de ciudades a nivel mundial, nacional, regional, funcional,…En la era de la conectividad, también la conectividad física, a efectos de preparación para nuevas pandemias la densidad urbana no parece un factor determinante. Al menos si hablamos de densidad y no de otras condiciones como el hacinamiento, los asentamientos informales, etc. Dicho esto, es evidente que las ciudades intensifican el alcance y la velocidad de expansión de brotes de enfermedades infecciosas, pero sobre todo por la intensidad de los contactos y relaciones que se producen en ellas y por ellas. Si bien la exposición urbana a las pandemias es aparentemente mayor, de nuevo más por su alta actividad que por la concentración de habitantes, ya sabemos que las ciudades más densas son las más eficientes a la hora de prestar servicios y, en general, por muchos otros motivos, por lo que su posición de partida para ofrecer una respuesta adecuada a las pandemias es mucho más eficiente que en la ciudad dispersa.

En el único punto en el que no pueden ofrecer una respuesta mejor es en la disponibilidad de espacio para la distancia social (ni en la esfera privada de las viviendas ni en la esfera pública). Respecto a las condiciones de las viviendas, hemos descubierto en las ciudades que los apartamentos y pisos no responden a las necesidades extraordinarias del confinamiento, y si ha de darse una adaptación, esta no será fácil ni rápida (dimensiones, balcones, ventilación, instalaciones comunes,...). Pero en lo que tiene que ver con la disponibilidad de más espacios públicos abiertos, mejores condiciones para estar en la calle con facilidades para la distancia social, la adaptación podría ser mucho más rápida y ahora estamos siendo conscientes de la necesidad de redistribuir los usos del espacio urbano para reducir el espacio dedicado a la circulación de vehículos de motor. Habrá que descubrir cuáles son esos lugares, cómo hacerlos más flexibles para este tipo de situaciones (que, muy probablemente, volverán a producirse), preguntarse cuál es una distribución más equilibrada de los usos del espacios urbano, etc.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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martes, 28 de abril de 2020

Coronavirus: la respuesta tecnológica, un ensayo precipitado y a gran escala

El último mes ha valido como 10 años en el proceso de adopción y transformación digital a nivel mundial. Ni CEOs ni CIOs, ha sido el coronavirus el que ha acelerado este proceso. La respuesta tecnológico-digital al Covid-19, junto con las esperanzas puestas en el sistema científico-tecnológico para crear nuevos entornos y soluciones a nivel de gestión pública, provisión de servicios, innovación social,…han creado un nuevo marco de exigencia y aceleración. La sociedad en su conjunto, las autoridades y las empresas están pudiendo evaluar ahora la aportación de la inteligencia artificial, la robotización o la automatización, en la acción de las instituciones públicas.

A falta de vacuna y con el único recurso posible del distanciamiento social, nos queda la opción de la tecnología como respuesta a la pandemia. Este repositorio muestra a las claras la extensión de esta. Donde la opción tecnológica ha sido más organizada y sistemática (Taiwan, Singapur o Corea del Sur), el recorrido de la pandemia parece confirmar su utilidad. Claro que, como siempre, la tecnología no existe de manera aislada del entorno en el que se desarrolla y se implanta. Así que quizá las soluciones de seguimiento o de automatización que se han aplicado en estos países a los que miramos con tanta envidia tienen menos que ver con la solución técnica en sí y más con el grado de penetración de la tecnología, con las particularidades de sus sistemas de gobierno, con la disposición a asumir los costes en términos de privacidad, con la legislación, etc. Llama la atención el ejemplo de Taiwan, donde se ha destacado su enfoque de tecnología cívica en su respuesta  así como la utilización que han hecho de los datos masivos. También los entornos de fabricación digital 3D ha encontrado la ocasión ideal para darse a conocer al público en general y de manera concreta.

Photo by Jens Johnsson on Unsplash

No me propongo hacer un repaso exhaustivo de todas las versiones de la respuesta tecnológica que hemos conocido estas semanas. Más o menos las conocemos. Aplicaciones con diferentes funcionalidades para hacer seguimiento de contactos, de localización o de permisos para excepciones al confinamiento, análisis de big data para encontrar patrones en la evolución o multiplicar el esfuerzo científico; complejos dispositivos para hacer controles sanitarios y tests in situ a la población; robots para realizar tests, hacer comprobaciones en la calle o facilitar la distribución de equipos de protección; vigilancia de personas infectadas, incluyendo cámaras de control de temperatura e identificación facial, información en tiempo real a la población, telemedicina, etc. Es sólo una parte de la respuesta tecnológica, pero la que me parece más sensible en términos éticos, jurídicos, sociales,... porque implican en esencia aumentar varios niveles el sometimiento a sistemas de control y vigilancia sobre la privacidad individual y la capacidad de tomar decisiones en torno a información personal y privada.

En un desastre de las dimensiones que estamos viviendo cualquier recursos cuenta, y es necesario contar con la mejor ciencia y la mejor tecnología. Si la ciencia clave para la gestión de la pandemia juega de forma intrínseca en el terreno de lo que no conocemos más que de lo que conocemos, la tecnología hoy juega en el terreno de lo que se puede y no se puede hacer. Ese “puede” tiene que ver con lo que es factible, y por eso lo que ha sido posible en Corea del Sur no lo ha sido en la mayoría del resto de países. La distancia entre lo posible allí y lo imposible aquí marca el camino de lo que se propondrá hacer aquí en los próximos años para todo lo que no se haya hecho en estas semanas.

Pero ese “puede” también ha que vincularlo a lo que social y políticamente es posible en cada país. Una situación de emergencia, por definición, reconfigura temporalmente las bases sobre las que se sustentan instituciones, procedimientos, formas de hacer, hábitos,… hasta el punto de que todos los países, de una u otra manera, han formalizado su respuesta bajo figuras diversas (estado de alarma, por ejemplo) para poder adoptar un marco jurídico más estable. En esta situación, la respuesta tecnológica también se abre camino en un entorno de excepcionalidad, en el que las libertades individuales, los derechos humanos o la privacidad se abordan desde otros límites. Este artículo es un fenomenal texto de evaluación de las principales tipologías de soluciones técnicas utilizadas y los riesgos que implican a nivel individual y colectivo. Esta generalización de este tipo de seguimiento móvil revela su utilidad para asegurar un seguimiento efectivo de los contagios y, a la vez, el delicado terreno en el que nos adentramos.

Necesitamos vigilancia masiva, pero no tiene, no tendría por qué ser escalofriante. Track and test parece que es la única salida viable. Para hacerlo bien necesitamos soluciones tecnológicas capaces de hacer este seguimiento de manera efectiva y eficiente, cosa que es relativamente viable, pero también necesitamos que sea acorde con los niveles de legitimidad y respeto a la privacidad que desearíamos en sociedades democráticas (dejo aparcado el debate más profundo sobre si realmente lo somos, lo seremos o queremos que lo sean, que es una cuestión más civilizatoria que está rondando también). Estamos hoy negociando un nuevo contrato social sobre cómo nos vamos a relacionar en la sociedad digital con nuestras instituciones. Cuáles son los datos de rastreo necesarios, cómo se hará ese rastreo y cuáles serán los algoritmos utilizados para tomar decisiones críticas (definirte como inmunizado, autorizarte a una determinada actividad, confirmar tu licencia de apertura, obligarte a un confinamiento fuera de casa,…) es el conflicto que estamos a punto de firmar, pero no contamos con una regulación segura y garantista para estas circunstancias, ni con la calma suficiente para hacer de ello un debate social sobre un tema que redefinirá la sociedad digital de los próximos años. Peor, vamos a actuar bajo nuevas condiciones sin haber firmado aún el contrato. Apelar a que es una restricción o una auto-limitación consentida de manera momentánea, y que después podremos volver a la casilla de salida suena demasiado optimista.

Aquí es donde hay que reivindicar y poner en práctica con transparencia y de manera concertada principios como la no discriminación y evaluación de sesgos, proporcionalidad, privacidad, rendición de cuentas, prevención de riesgos, consentimiento, privacidad por defecto o accesibilidad. Suenan teóricos, pero son los principios que pueden diseñar cualquier herramienta que se quiera implantar más allá de sus funcionalidades y requerimientos técnicos, y tienen una incidencia material y efectos directos sobre las personas.

La Caja de Pandora ya está abierta. El troyano está dentro del sistema. Google y Apple ofrecen una opción para universalizar el seguimiento, pero las respuestas a nivel nacional también han aparecido, desde las más sofisticadas (Singapur) a las más rudimentarias pero efectivas (Grecia). Este repositorio ofrece una magnífica imagen de la dimensión y extensión de esta pulsión por la solución vía apps móviles. La tensión ética entre libertad y privacidad ha dejado de ser una cosa hipotética, circunstancial o marginal, y la sociedad de la vigilancia, vía sanitaria, ya está(ba) en marcha, y el marco de los derechos humanos importará más que nunca, aunque habrá que dotarlo de una actualización en términos de derechos digitales. Para algunos, el intercambio merece la pena, porque el solucionismo tecnológico siempre está ahí para encontrar razones. La tentación autoritaria es una opción que toma fuerza en un ambiente político dominado por el ascenso populista, la disolución de las formas tradicionales de formación de la opinión pública, la crisis de los partidos políticos al uso como intermediadores, las nuevas posibilidades de manipulación de las opiniones políticas,...

Photo by Graham Ruttan on Unsplash
Vislumbrar cuál será la salida entre el optimismo tecnológico y el pesimismo político nos lleva fácilmente a la decepción sobre el futuro de la humanidad. El totalitarismo de vigilancia tiene el camino despejado en este contexto socio-político, al que ahora añadimos el miedo y la desconfianza. Puede que no todo sea tan catastrófico, y podamos encontrar un balance realista y justo, pero al menos a corto plazo la normas, las normas, la normalidad, tendrán otra pinta muy distinta a cómo eran. Como es demasiado tentador, y se ha convertido a la vez en pasatiempo mediático y en herramienta para encontrar razones de nuestra desdicha, la comparación con los países que mejor han respondido nos lleva a la aspiración de ser como Corea del Sur o Singapur. Es mucho decir, al menos desde el punto de vista europeo, una región del mundo encerrada en sí misma y en permanente duda metafísica sobre sí misma desde al menos la última crisis económica.  Sea como sea, la capacidad de innovación tecnológica se ha puesto al servicio de una crisis global de manera precipitada (urgencia obliga) y está siendo una de las grandes esperanzas. Esa misma urgencia va a introducir de manera generalizada soluciones que afectan  a la privacidad individual y a la concepción social del papel de la tecnología. Pero "la tecnología" no existe de manera independiente del ensamblaje social en el que se produce, se regula y actúa, por lo que la evaluación ética de cualquier tecnología mediadora como respuesta a la pandemia es ineludible.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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lunes, 27 de abril de 2020

Coronavirus: algunos repositorios de iniciativas locales

Estamos haciendo ciencia a marchas forzadas, pero también se están reinventado formas de hacer en tiempo real. Están sucediendo tantas iniciativas, proyectos novedosos, enfoques alternativos, recursos, ideas,...que es difícil seguir la pista. A pesar de todo, ya están en marcha diferentes bases de proyectos y recopilatorios que están sistematizando de alguna manera todo esto. Estoy trabajando con algunos y seguro que hay muchos más, pero aquí van algunos:

FRENA LA CURVA
Frena la Curva (FLC) es una plataforma ciudadana donde voluntarios, emprendedores, activistas, organizaciones sociales, makers y laboratorios de innovación pública y abierta, cooperan para canalizar y organizar la energía social y la resiliencia cívica frente a la pandemia del Covid-19 (coronavirus) dando una respuesta desde la sociedad civil complementaria a la del gobierno y los servicios públicos esenciales.


SOLIVID
SOLIVID es un proyecto colectivo para la construcción de un mapa colaborativo y de un banco de recursos on-line sobre las iniciativas solidarias frente a la crisis del COVID-19.

COVID-19: LOCAL ACTION TRACKER (USA)
Our goal is to ensure mayors, city leaders, and other local decision makers have the information they need to lead their communities through this crisis. We aim to highlight and uplift the efforts of local leaders. In the coming weeks, we will be developing a more robust mechanism for local government leaders to share actions enacted in their own communities.

CITIES FOR GLOBAL HEALTH
Cities for Global Health, a collaborative online platform that offers access to knowledge, strategies and actionable plans implemented by local and regional governments around the globe. A virtual space to showcase what cities are doing and be inspired by others regarding specific initiatives or plans to the COVID-19 outbreak other health emergencies. Cities for Global Health is co-led by Metropolis and AL-LAs, and is part of the "Live Learning Experience: beyond the immediate response to the outbreak", developed by UCLG and supported by UN-Habitat and Metropolis.

DATA4COVID LIVING REPOSITORY
New York University research centre The GovLab has compiled a comprehensive global library of apps and initiatives used by city and national governments in fighting the coronavirus (COVID-19) pandemic. The repository, which launched last month, is part of a call for action from the research group to build a responsible infrastructure for a data-driven pandemic response. Organisations are encouraged to add new initiatives to the open document, which currently has over 130 submissions from across the globe.

COVID-19: TRANSPORTATION RESPONSE CENTER (USA)
The Transportation Response Center will serve as a library of “actionable, adaptable practices” to protect residents from COVID-19, and includes initiatives already used by cities, including: converting parking spaces into pick-up zones for food from restaurants; allowing rear-door bus boarding or waiving transit fares; and opening certain roads exclusively for pedestrians and cyclists.

COVID TRACKER APPS
In order to slow down the COVID19 pandemic, governments all over the world are creating mobile apps to track its citizens. This page lists all these apps.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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viernes, 24 de abril de 2020

Coronavirus: algunas implicaciones de salud pública

No es mi tema, pero es el tema. Hemos vuelto a mirar a los sistemas públicos de salud, descubriendo que llevaban bastante tiempo olvidados. No sé si durará el consenso de que es una de las cosas que nos permite sostenernos en pie como sociedades que aspiran a ser civilizadas. Sector esencial es una definición que no se acerca a lo que realmente implica.

Trataré en otro capítulo la respuesta tecnológica a la pandemia, pero dejo apuntados aquí algunos elementos aceleradores. En una semana hemos avanzado diez años en todo lo que tiene que ver con la telemedicina. Urgencia obliga, descubriendo o reformulando la relación con los pacientes para la atención primaria. Esa misma urgencia que nos obliga a poner en marcha cualquier alternativa es la que nos impide ver la materia oscura de la salud digital. Implicará hablar de desigualdades en el acceso a estos nuevos intermediarios digitales, porque en esa misma semana estaremos dejando atrás lo que aún no estaba bien y universalmente resuelto como algo tan simple ahora como las citas online o el acceso al historial sanitario y estaremos dando el salto a tratamientos y situaciones sanitarias mucho más sensibles. Datos y algoritmos llegarán para reorganizar lo que toque. Y el peligro de desorganizar lo que no toque. Las prisas nos jugarán malas pasadas si no lo pensamos bien.

Es el caso del pasaporte de inmunidad. Me cuesta encontrar referencias con razones de peso para justificar esta medida, pero comprendo la tentación. Parece buena idea saber quién tiene inmunidad porque haya pasado la enfermedad, como salvoconducto para seguir disfrutando de la vida del siglo XXI. Pero desde la ignorancia, tiene tantas vías de escape esta respuesta que no parece viable ni recomendable. Ni desde el punto de vista científico, ni desde el punto de vista ético. Parece que los tests de inmunidad están aún muy lejos de servir como referencia para una solución tan drástica como la que ofrece este pasaporte: tú puedes X, tú no puedes X, siendo X cualquier cosa que se nos ocurra, desde la más nimia a la más sensible, desde el acceso a un centro de trabajo al cruce de una frontera, desde la entrada a la escuela hasta la contratación de un seguro de vida. Quién los expide, bajo qué criterios, a quién se le exige, durante cuánto tiempo es válido,....Además, puestos a crear estos pasaportes, se abre la puerta para hacerlo para otras enfermedades. No puede sonar más potencialmente orwelliano. En Chile parece que ya están en ello. Los riesgos derivados de la falta de precisión de los tests -en comparación con los propósitos de irrebatibilidad que encierra este pasaporte, parecen demasiado grandes hoy como para confiar en algo así.

What is an 'Immunity Passport'?

Sobre la vacuna hay mucho que hablar, aparte de mandar un afectuoso saludo a los anti-vacunas. Dicen que hay 115 posibles vacunas estudiándose a día de hoy. Es la gran carrera del siglo, o tal vez solo del 2020, pero es la gran y única esperanza realista para salir de esto. La gran misión de la humanidad hoy en día, como la misión de la llegada a la Luna. (Nota al margen: si la política no fuera ese engendro en el que se ha convertido, ni las sociedades  occidentales no fueran pura decadencia, tendríamos que estar pensando en términos de misión tres o cuatro grandes temas para las próximas décadas). Me fascina esta carrera, pero en cuanto entras en los detalles técnicos, mi capacidad de comprensión se diluye y sólo me queda la admiración por quienes están en ello, y la esperanza de que, cuando llegue, sepamos encontrar razones de humanidad para distribuirla adecuadamente. Las vacunas han hecho la historia en buena medida, y esta lo hará también, pero ni siquiera aún estamos seguros de cuánta efectividad podrá llegar a tener ni cuánta inmunidad durante cuánto tiempo ofrecerá. Puede ser que se parezca más a la vacuna actual de la gripe, y no tanto a una vacuna erradicadora (como lo han sido para unas pocas enfermedades hoy casi olvidadas gracias a la vacunación). Ese es otro escenario en el que deberíamos estar ya, por estar preparados más que nada a nivel personal: ni siquiera teniendo la vacuna hoy podríamos aspirar a poder olvidarnos del Covid-19 dada su capacidad de propagación, su capacidad infecciosa y su índice de letalidad.

Su distribución equitativa, global y asequible será la gran cuestión dentro de unos meses. Digo "dentro de unos meses" cuando debería decir "en los próximos meses". En este tiempo, mientras encontramos la puerta, quizá deberíamos estar escuchando ya planes para saber cómo se va a distribuir, cuál será el régimen de patentes que regirá, bajo qué condiciones de distribuirá, a quién se administrará primero, cómo se financiará, cómo se producirá a gran escala,...Existen organismos internacionales que, en casos como el Ébola, consiguieron actuar de manera concertada a nivel global y es un signo de esperanza. Hay alguien pensando en ello, y con capacidad de coordinar esfuerzos. Pero en tiempos de populismo, nacionalismo y miedo, puede que veamos cosas menos edificantes.


Scientists are working on 115 possible COVID-19 vaccines around the world

No podemos ser optimistas sobre esto cuando estamos asistiendo a la gran demostración del mercado sanitario. No tengo aún muy claro cómo funciona normalmente el sistema de aprovisionamiento, producción, certificación, importación-exportación,distribución,...del mercado de las medicinas, los equipos de protección personal, las mascarillas, pero sí sabemos cómo se comporta ahora, ante la mayor crisis sanitaria desde hace tiempo. Un sistema que, en última instancia, es el refugio de aprovechados, arribistas, traficantes, piratas, especuladores e intermediarios junto a otros que no dudo que actuaban y actúan no solo de buena fe, sino bajo los criterios que pediríamos a una política sanitaria decente. Debería ser el momento para aspirar a un mercado global de la salud que estuviera regido por principios de interés social pero será difícil que las fuerzas de ese mismo mercado se resistan a reforzar la idea de la salud como un negocio. 

Ojalá sea el momento para hablar de la salud mental, pero en serio. Veremos cómo salimos de todo esto, seguro que mejor de lo que auguran las visiones más pesimistas sobre el efecto a corto y largo plazo de una situación, no sólo de confinamiento, sino también de interrupción del afecto cercano, de incertidumbre, de rabia hiper-concentrada en esa putrefacción de las redes sociales, de la angustia, el miedo y el descontento, del estrés por vivir una normalidad patas arriba, del descubrimiento de la vulnerabilidad, de la frustración por la pérdida del empleo y/o de ingresos, de la dichosa amenaza del virus. Mayores aún serán las consecuencias post-traumáticas de quienes están sufriendo en primera línea la labor sanitaria y aún más quienes viven la muerte de seres cercanos y a los que no pueden siquiera velar o vivir su duelo. También lo será en el caso de muchos de los enfermos curados, que añadirán a sus lesiones físicas crónicas una herida traumática de su periodo de tratamiento. No se me ocurren circunstancias más extremas y dramáticas. Todo ello en una sociedad que adora la perfección fingida y superficial pero esconde debajo de sus alfombras millones de historias de incomprensión y abandono social y político sobre la salud mental en sus diferentes manifestaciones. Ahí habrá, y en esto estoy seguro, una gran carga social y sufrimiento personal. La lucha contra el Covid-19  no se acabará ni aunque desapareciera el virus, y quizá, de paso, si es que queremos tratar las consecuencias psicológicas de la pandemia, podamos también plantearnos cómo dignificar la salud mental y humanizar el sistema público de atención a estas enfermedades.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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jueves, 23 de abril de 2020

Coronavirus: medio ambiente y sostenibilidad

Ayer fue la celebración del Día de la Tierra, 50 años y un lema por la acción climática. En estos tiempos, estas semanas, estos días, se escucha que es la hora del Green Deal, tanto tiempo reclamado, tantas veces arrinconado para mejor ocasión. ¿Es esta la ocasión? Algunos dirigentes políticos apelan a esta transformación de la base productiva y social, porque por algún sitio habrá que empezar a reconstruir. Y a falta de ideas mejores, esto siempre queda funciona (perdón por el cinismo). Que los programas de estímulo que traten de volver a poner en marcha el sector productivo tengan en cuenta las prioridades de sostenibilidad y miren al largo plazo. Esa recurrente introspección europea sobre qué somos y qué seremos, suena de nuevo la música de una reconstrucción europea con signo verde, pero si ya suena poco realista por experiencias pasadas (íbamos a refundar el capitalismo hace unos años), más difícil resulta verla posible ahora ante el ascenso del populismo, del nacionalismo y el miedo. Que lo veamos.
Photo by Edwin Hooper on Unsplash

Optimistas o pesimistas, parece claro que es un momento para pensar en macro ahora que nos vemos confinados en nuestras micro vidas, a pesar de las urgencias. Esa Agenda 2030, esos Objetivos de Desarrollo Sostenible, de repente son algo mucho más real, cercano y concreto que lo que parecían hace unas semanas. Y todos esos objetivos tienen que ver con la realidad de la pandemia. Deberían servir como guión para empezar a trabajar.


La cuestión es si el “esto lo cambia todo” que oímos estos días realmente cambia la agenda global de la sostenibilidad. Ojalá sirviera al menos para tener a la ciencia encima de la mesa cuando se toman decisiones sobre cambio climático, sobre energía,… 

Me cuesta mucho más ver todo esto como un mensaje de la naturaleza. Darle formas, acción humana, es reduccionista y nos hace perder la perspectiva. Ayuda, quizá, a alzar la voz, pero es precisamente la actividad humana sobre la naturaleza lo que desata las fuerzas a las que tememos, sea el virus, sea el cambio climático. La destrucción e invasión progresiva de los hábitats naturales está detrás de nuestra mayor exposición como especie a virus que en otras condiciones se mantendrían fuera del círculo de los humanos. Así que tocaría alejarse ya de estos espacios y de la fauna salvaje en nuestra carrera por ocupar cualquier territorio. Porque sólo estamos viendo la punta del iceberg de estos patógenos, que no entienden de límites en su asalto a las especies animales.

Enfermedades infecciosas emergentes de origen zoonótico. Este es el tema, aunque sea difícil de memorizar. Pero lo haremos, obligados por una forma de habitar la tierra que nos arroja a la cara las consecuencias. Así que las políticas de salud pública, de riesgos o de resiliencia deberán incluir un tema ineludible: la salud planetaria y la degradación ambiental. Ha tenido que descubrirse frágil la salud global y la economía para entender lo que sólo veíamos como fragilidad en cuanto a hábitats naturales, océanos, bosques primarios, biodiversidad,…algo que ya no nos puede ser ajeno.

El desastre es a nivel ecológico, pero no es de origen natural. Y ya que nos vamos a preocupar por la salud y nuestra exposición a nuevos virus, podríamos aprovechar para incluir en la ecuación otras enfermedades y costes sanitarios vinculados a la actividad humana. Imaginar que esas mismas tablas de seguimiento diario de la pandemia se usaran para informarnos de las enfermedades respiratorias vinculadas a la contaminación atmosférica en entornos urbanos, por ejemplo.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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miércoles, 22 de abril de 2020

Coronavirus: desigualdad viral

Una crisis global, un virus desconocido hace unos meses. La fragilidad personal y la exposición comunitaria a un peligro invisible que, aparentemente, no distingue sobre a quién afectar y, sin embargo, es un tremendo multiplicador de las desigualdades ya existentes. Por supuesto, muestra toda su crueldad en las personas mayores, y también en una de sus manifestaciones más terribles, la negación de la cercanía en los últimos momentos de las personas fallecidas y la imposibilidad de transitar un mínimo proceso de duelo acompañado y en condiciones. Pero su rastro de injusticia va más allá.

Es una pandemia que al ser global y abordarse en los niveles nacionales, nos hace perder la perspectiva de los focos de concentración de transmisiones y fallecimientos. Intuyo que ahí estamos perdiendo mucha capacidad de entender realmente los fríos números, y es en los focos de transmisión más amplia donde ay muchas preguntas que hacer y faltan respuestas. Porque la pandemia va por barrios y las condiciones preexistentes (disponibilidad de renta, cobertura sanitaria, tipología y régimen de vivienda, empleos,…) nos recuerdan que la vulnerabilidad ya estaba ahí.

Los avances de las últimas décadas en la lucha contra la pobreza a nivel mundial se ven detenidos por una realidad que en gran parte del mundo deja en la estacada por el impacto en las economías a buena parte de trabajadores altamente desprotegidos. Aquí y allí.

Un aquí donde no pasaban estas cosas, un allí donde pasaban estas cosas. Es la primera vez que no hay fronteras para una pandemia, pero en ese mundo sin fronteras para el virus, sigue siendo un mundo de virus ricos y virus pobres.

Las estructuras de discriminación se muestran en toda su crudeza, con impactos mucho más severos sobre la población en función del grupo racial al que pertenezcas. Son más vulnerables al virus, simplemente, porque ya lo eran en las condiciones previas. No es una paradoja, ni una sorpresa.

También tocará hacer balance del impacto desde una perspectiva de género, desde la feminización de gran parte del trabajo en primera línea en los hospitales y los cuidados en ese agujero negro que han demostrado ser las residencias de personas mayores, hasta sus consecuencias en las diferencias de acceso a servicios de salud, la inseguridad y desprotección en el sistema laboral o, como gran drama, la convivencia en entornos hostiles y violentos durante el confinamiento.

De nuevo, condiciones preexistentes., pero sus efectos tóxicos adicionales los descubrimos en la realidad de tantas familias expuestas a tan sólo un mes de paralización de la economía y de la imposibilidad de obtener ingresos. Las políticas fiscales de las últimas décadas nos han dejado esto, una receta para el desastre en una economía que se hunde al paralizar el modelo de producción y consumo durante unas pocas semanas. 

Es esa misma economía la que se ha puesto a pensar en cómo garantizar ingresos a quien no puede obtenerlos. Un sistema económico obligado a saltarse sus principios y hacer equilibrios semánticos para seguir manteniendo sus dogmas ideológicos (nacionalizaciones, intervención de precios, renta mínima universal, política industrial, desprivatización,…) para que todo siga igual. Son esos dogmas que convierten en opción hoy lo que hace cuatro meses era anatema, como es simplemente preguntarnos por la garantía de ingresos y las diferentes opciones para una renta universal. Esa paguita, dicen los cínicos o los psicópatas, como reacción instintiva, sin poder preguntarse nada más allá de sus dogmas con lo que creen que sobrevivirán. 

Ese todos a casa, como si la casa fuera una constante igual para todo el mundo. Como si todo el mundo tuviera un sitio donde confinarse, como si todo el mundo tuviera igual seguridad de poder seguir confinado donde está. La crisis de la vivienda en todos sus aspectos, y encarnada en estos días en la situación de los alquileres toca fondo y apunta a ganadores nada sorprendentes. Y, por supuesto, existe también una geografía desigual del confinamiento.
Barcelona vista según los metros cuadrados de sus viviendas.ESTUDIO 300.000KM/S

Pero volvamos al tema de las residencias y centros de mayores, porque espero que si algo concreto tiene que cambiar pronto, será el modelo con el que hemos entendido el cuidado de los mayores en nuestras sociedades más avanzadas. El covid-19 nos ha puesto ante un espejo devolviéndonos una imagen que no aguanta ni un asalto sobre su crueldad. Así es como trata la sociedad a sus personas mayores, no hay discusión posible. La sociedad de la opulencia, del espectáculo, del culto a la belleza y la salud, de la prisa y la ambición,….escondía una realidad que es mejor esconder, externalizar, privatizar. Tanto hablar durante la crisis de las pensiones y nada sobre la cultura de la edad, tanto hablar del envejecimiento de la población y nada de cómo viven. No es sólo el modelo de residencias, es la forma en que queremos tratar a nuestros mayores más allá de la medicalización como única respuesta. 

Ese todos estudiar en casa, todo online y arreglado. Nada más lejos de la realidad, nada más cerca de negar la supuesta vocación igualitaria de la educación.  La comunidad educativa no estaba preparada para esto, y tampoco lo estará para evaluar lo que haya pasado en estos meses sin actividad presencial y confiándolo todo en que la educación tenga continuidad en un trampantojo de deberes, fichas, vídeos, conferencias virtuales,…para quien pueda hacerlos.

Cierre de fronteras, drama migratorio. Es el miedo, el miedo al otro y lo que trae, en su máxima expresión. Fronteras impermeables no traerán nada bueno.

Los diferentes modelos de protección social para diferentes tipos de trabajadores vuelven a multiplicar sus efectos en forma de desigualdad de los trabajadores más desprotegidos (jóvenes, con contratos temporales, falsos autónomos, con bajos ingresos,…). Un lockdown económico que no afecta a todas las personas por igual.

Ese todos a trabajar a casa. Hablemos también de la mentira de la conciliación de la vida familiar y laboral, ese gran mito, y que ahora se hace absurdo cuando ha llegado atropelladamente. Porque el plan, sospecho que es el mismo que otras cuestiones aquí mencionadas: finjamos todo el mundo que funciona, que existe tu vida familiar, las personas que dependen de ti, pero trabaja de todas formas, y cuando volvamos a lo de antes, seguiremos haciendo como si no existieran.

Y todo urgente.

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martes, 21 de abril de 2020

Coronavirus: cambio climático y energía

La pandemia parece que ha traído la primera gran reducción de emisiones en la última década provocada por la bajada en la demanda de energía. Esto ha llevado a una situación inédita en el mercado del petróleo, con unos precios locos que nadie había visto para algunos tipos de crudo. Esta caída de las emisiones no es consuelo de la gran tragedia que vivimos, ni tampoco lo es que el mercado se haya vuelto incomprensible. Toca pensar cuáles serán los escenarios de producción energética en los próximos meses, en un momento en el que la producción de crudo se ha reducido drásticamente y con ello su precio. No tengo criterio para saber si es algo coyuntural o estructural, o cuánto de ello tiene que ver con la crisis del Covid-19 y cuánto con movimientos geo-estratégicos fuera de los focos. Hay quien se atreve a anunciar el colapso del sector petrolero o al menos un futuro más o menos cercano en el que la producción no estará sujeta a los entornos controladores del mercado en los que ha vivido históricamente. Como muchas otras cosas, suena a que es demasiado pronto para plantearse como realistas escenarios donde los combustibles fósiles sufran un shock de gran escala que cambie el paradigma, pero sí es el momento ideal para pensar si es ahí donde queremos seguir estando.



La realidad inesperada en cuanto a los patrones de consumo de electricidad y la demanda de energía en un mundo confinado y con la industria en mínimos de actividad nos invitan a pensar en las relaciones con el cambio climático. Tanto hablar de emergencia climática y nos encontramos de bruces con una emergencia sanitaria, social y económica. Podemos preguntarnos por qué la respuesta a la pandemia, tardía y a ciegas en muchos aspectos, ha sido posible, mientras que es inimaginable, por mucho que deseable, una respuesta de la misma escala para la realidad climática. Sabemos las razones: sólo actuamos, mal y tarde, ante peligros inminentes, pero los riesgos y vulnerabilidades del cambio climático seguimos viéndolos como imprecisos, ajenos a lo cotidiano y de lago plazo, en el mejor de los casos. Dudo que vaya a cambiar mucho nuestra perspectiva como sociedad, por mucho que estemos viviendo tan dramáticamente la pandemia. Y eso a pesar de tener, creo, un mayor conocimiento científico sobre los escenarios climáticos que sobre lo que nos trae el nuevo coronavirus. Por no hablar de que, más mal que bien, disponemos de mayor sensibilidad social sobre los riesgos del cambio climático que la que teníamos sobre nuestra exposición a crisis sanitarias como la que vivimos.

Nitrogen dioxide concentrations over France. contains modified Copernicus Sentinel data (2019-20), processed by KNMI/ESA


Aplanar la curva ha sido la consigna máxima para atacar la expansión del Covid-19. Aplanar la curva de emisiones y de concentración de partículas es la consigna prioritaria contra el cambio climático. Quizá podamos aprender de ello.  El problema es que, si no aprendimos de experiencias pasadas como el SARS o el H1N1 para actuar con prontitud y bien preparados contra el Covid-19, ¿cómo pensar que podemos aprender lecciones del impacto del cambio climático hoy para prepararnos para su impactos futuros? Podemos, al menos, aprender de lo que estamos viviendo hoy para comprender mejor qué nos trae el cambio climático. Nos trae, de hecho, mayor exposición a crisis sanitarias derivadas de enfermedades que serán más comunes, mayores riesgos para las poblaciones menos privilegiadas, cambios obligados en hábitos y comportamientos, etc. Estos paralelismos son delicados y no funcionan automáticamente, en cualquier caso. De hecho, hoy, en este minuto, no me creo que nada de esta catástrofe vaya a suponer grandes cambios civilizatorios, de calado, de paradigmas,...como quieras llamarlo. Vendrán cambios, ajustes, pero no veo que respecto a la crisis climática vayamos a aprender muchas lecciones o a cambiar nuestra forma de entender el futuro de la humanidad. Y si vienen esos cambios no serán a modo de cataclismo de un día para otro, sino que sólo podremos valorarlos con la perspectiva de poder mirar atrás a lo que pasó en 2020.

Me cuesta ver que nadie fuera de los ámbitos más concienciados o de la investigación sobre el cambio climático esté hoy haciendo una lectura de la pandemia como un ensayo brutal, acelerado y concentrado de lo que trae la crisis climática. Ni mucho menos me imagino que todas las respuestas epidemiológicas, sanitarias, logísticas, económicas, laborales, asistenciales, policiales, disciplinarias,...que se están tomando hoy en día puedan verse como respuestas planificadas para los próximos riesgos climáticos que vivamos en unos sitios o en otros.

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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. 

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lunes, 20 de abril de 2020

Coronavirus: urbanismo y movilidad

Se está discutiendo mucho sobre la condición urbana, sobre todo en su aspecto de alta concentración de personas, como un elemento clave, aunque no único, en la extensión de la pandemia. La lógica nos dice que allí donde se dan altas tasas de interacción personal y de actividades será más sencilla la actividad del virus para encontrar nuevos portadores y seguir extendiéndose. Esto se dice por comparación con áreas menos densamente pobladas, bien en modelos de asentamiento rural o en modelos suburbanos difusos, donde a priori los encuentros humanos, o la densidad de actividades son menores. Así, las ciudades se encuentran como los entornos más frágiles en esta situación.

Sin embargo, como casi todo, la relación no es tan simple, o al menos hay otros prismas desde los que mirar la cuestión de si la densidad o la dispersión son condiciones definitorias, ya que las áreas rurales tienen sus propias características demográficas que las hacen igualmente vulnerables, así que puede que darse prisa en culpar a las grandes ciudades de la extensión acelerada de esta pandemia sea precipitado, y puede que el balance tenga que seguir teniendo en cuenta las ventajas de la concentración y las externalidades de la dispersión, también a la hora de valorar la capacidad de afrontar una respuesta al virus.

Yendo más allá de las condiciones de partida, desde el punto de vista del diseño urbano tendremos que aprender de algunas prácticas y criterios que la propia urgencia nos ha impuesto en esta especie de urbanismo traumático.
Red de ciclovías temporales en Bogotá
Entre otras cosas, la pandemia nos ha traido una especie de urbanismo temporal y táctico, del que tanto hemos hablado en el blog, pero que ahora ha tomado forma en la aparición de dispositivos nuevos de información, mobiliario que facilite el distanciamiento social, edificaciones de urgencia, equipamientos médicos en el espacio público, la readecuación de espacios para usos sanitarios, etc. Se abre todo un campo para repensar y rediseñar muchas piezas, elementos y espacios de las ciudades.

Aquí destaca el descubrimiento del vacío que ha quedado en todas las calles por la práctica desaparición de los vehículos en la red viaria urbana. Es el mayor ejercicio de expulsión del coche de los centros urbanos y, sin embargo, aún no hemos podido usarlo en beneficio de las personas. Pero la posibilidad de imaginar cómo serían las ciudades sin (gran parte) de los coches es ahora visible y posible. De hecho, diferentes ciudades están empezando a planificar el uso de estos espacios tras el confinamiento (Montreal parece que fue una de las primeras en darse cuenta, y luego le han seguido muchas en Norteamérica, creo que muy pocas por aquí están pensando en esto), descubriendo que estos viarios son una capacidad disponible para ampliar las posibilidades para que las personas en la calle tengan más fácil el distanciamiento social, al tiempo que la bicicleta pueda ocuparlo com alternativa ante las dudas que se abren respecto al transporte masivo.

El transporte público masivo (tren, bus, tranvía, metro) tiene ante sí enormes retos mientras se mantengan las obligaciones de distanciamiento social y al mismo tiempo se recupere la actividad cotidiana. Esto, junto al probable miedo a las aglomeraciones, puede llevarnos a varios escenarios o tendencias: mayor uso del vehículo privado, multiplicación de los diferentes sistemas de micromovilidad (patinetes, etc.) o una comprensión mayor de las ventajas de la bicicleta como medio de transporte. De nuevo, también en el ámbito del transporte tiene pinta de que habrá que romper muchas premisas con las que se trabajaba hasta ahora.


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No es fácil escribir sobre esta cuestión pero me he propuesto ordenar al menos algunas lecturas que voy sistematizando. Son apuntes dispersos y poco sistemáticos, como casi todo en este blog desde hace 12 años, pero al menos servirán para detectar algunos temas que creo serán relevantes en los próximos meses o años. La idea es hacerlo por diferentes temáticas, y esta es la primera.

viernes, 28 de febrero de 2020

Los límites de los datos masivos

El interés por las ciudades inteligentes está íntimamente ligado al big data como uno de los materiales críticos en la realización de las aspiraciones de la ciudad inteligente La disponibilidad de datos masivos es una de las características emergentes de nuestra época. Startups, aplicaciones, servicios web, business angels,…luchan por almacenar, gestionar y, en último término, monetizar el rastro digital de la sociedad conectada y el individuo conectado.

De manera inadvertida en la mayor parte de las veces, la vida es un constante goteo de datos y metadatos que se incorporan a un torrente invisible del que apenas sabemos nada. Si la trayectoria vital de una persona se puede cuantificar a través de tantos dispositivos y mecanismos que datifican nuestros pasos por el mundo, ¿qué no se podrá hacer con la suma de trayectorias digitales de personas, flujos, infraestructuras, servicios, incidentes, episodios y actos que forman la ciudad? La smart city es también la promesa de un urbanismo cuantitativo y empírico sustentado en el big data. 

Estos apuntes nos sirven para destacar una de las características de la construcción teórica de la smart city: su desconexión con prácticamente cualquier disciplina científica distinta de las diferentes ramas de la ingeniería y su desconexión del bagaje de conocimiento acumulado en torno a la ciudad. Este olvido es el que explica gran parte del descontento que genera fuera del propio ámbito de proyección y reproducción del imaginario, al apelar a objetivos –sostenibilidad, por ejemplo- sin práctica capacidad de interiorizar al menos parte de la experiencia acumulada en las últimas décadas en el conocimiento científico-técnico y en la práctica de la sostenibilidad local. Este es el olvido que explica que para apelar a la solución de los graves problemas ambientales de la ciudad, el marco de solución pase necesariamente a ser técnico sin apenas contextualización sobre el papel de los elementos no tecnológicos (regulación, incentivos de comportamiento, metabolismo urbano,..). Así es como ciudades como Santander, Ámsterdam, Dublin, Singapur, Río de Janeiro, Nueva York o San Francisco, por mencionar unas pocas, llevan tiempo explorando la posibilidad de conectar diferentes fuentes de datos para orientar la toma de decisiones en el medio construido de la ciudad, sumando a ello la ampliación de las aplicaciones prácticas de la nueva generación de software de modelización en 3D o los sistemas de información geográfica.

Photo by Chris Yang on Unsplash
En esta misma dinámica se encuentra los proyectos que buscan constituir paneles de indicadores en tiempo real, cuadros de mando, city cockpits o urban dashboards, cuya ambición es construir modelos que sistematicen, simplifiquen y modelicen la realidad urbana. Estos proyectos se caracterizan por proponer la generación y el análisis de datos sobre la ciudad a través de sistemas dinámicos y la ciudad es entendida como un espacio conectado del que se pueden extraer, procesar y analizar sus datos para disponer de una imagen de la ciudad en cada momento.

 El big data implica un extraordinario desafío sobre los marcos de trabajo de todas las disciplinas científicas, principalmente por el cuestionamiento que implica sobre el papel de la causalidad y la correlación en el método. También implica la exclusión de todo lo que no es cuantificable, sea esto la economía informal, los cuidados que prestan las personas a cargo de familiares difícilmente medibles en datos, etc.. En el escenario de espectacularización y banalización de las potencialidades y limitaciones del big data, el riesgo de los sesgos cognitivos es uno de los más decisivos. La sobre-representación de ingenieros y expertos en análisis de redes sociales en muchos de los experimentos y plataformas de agregación de datos masivos y la consecuente sub-representación de científicos sociales –más acostumbrados a hacerse preguntas y a tener en cuenta el riesgo de sesgos- está detrás de muchos de los proyectos de big data invalidados por sus planteamientos viciados. De hecho, esta misma sobre-representación es reconocida también desde el lado más crítico de las ciencias de la computación ubicua, que asume con mucha más normalidad que el discurso más dominante del big data y la smart city necesita la presencia de profesionales de las ciencias sociales y el uso de métodos cualitativos.

 De la misma, estos sesgos se manifiestan en las exclusiones de información, lo que el big data no contiene en su aplicación práctica. A esta debilidad, las expectativas siempre responderán con una misma salida: si faltan datos, es precisamente porque necesitamos más datos, necesitamos ampliar el alcance de lo que podemos datificar, convirtiendo cualquier crítica sobre la insuficiencia de datos en un absurdo. Sin embargo, es precisamente en las ausencias de lo que no es cuantificable o lo que no es cuantificado donde se abren las brechas para la crítica del neo-positivismo de los datos como escenario de conocimiento perfecto de la realidad y como vía para descifrar el comportamiento humano y resolver los problemas sociales. ¿Quién deja rastro de sus actividades en la ciudad? ¿Quiénes participan en los circuitos e infraestructuras captadores de datos digitales? ¿Es esta la realidad reflejada a través de estos rastros digitales? ¿Quién no participa de estos circuitos de datificación? Y, sobre todo, ¿de qué manera el uso del big data responde a una realidad fraccionada?

jueves, 13 de febrero de 2020

Cambiamos conveniencia por privacidad

El conglomerado digital de circunstancias, tecnologías, servicios, procesos, actividades personales, dinámicas sociales y sectores industriales están dando forma a lo cotidiano. Todas ellas tienen una cosa en común: ofrecen eficiencia, flexibilidad o conveniencia, versiones diferentes de la principal capacidad de la tecnología digital: automatizar decisiones y personalizar adaptaciones de los sistemas sobre los que se sostiene nuestra presencia. La otra parte del trato (qué estamos dispuestos a ofrecer a cambio) es la parte de la ecuación sobre lo que no somos conscientes o no estamos prestando suficiente atención. Puede ser que, simplemente, las ventajas sean aún demasiado espectaculares para poder comprender su significado. Puede ser también que sea demasiado tarde para tratar de comprender el intercambio efectivo que ya hemos hecho en muchos casos.

 Pensemos en el intercambio digital más extendido y pretendidamente liviano: a través de nuestros smartphones disponemos de acceso a multitud de apps que nos prometen una vida más fácil. Nos facilitan organizar el ocio y nuestros viajes, gestionar nuestros tiempos profesionales y personales, mantener contacto con nuestras personas queridas, comprar cualquier cosa imaginable, guiar nuestros pasos por la ciudad o dirigir la ruta de nuestros desplazamientos, etc. En todos esos casos, desde el mismo momento en que aceptamos las condiciones de uso de una app, estamos participando en una de las capas de la ciudad inteligente, la que sostienen nuestra cotidianeidad, y lo hacemos a través de aceptaciones automáticas de condiciones de uso de nuestros datos sin preguntarnos por la privacidad y seguridad de los mismos. Hemos aprendido a convivir espontáneamente con estos intercambios de conveniencia a cambio de pérdida de privacidad.

Photo by ev on Unsplash
Es algo inocuo, piensa el menos concienciado,  dando OK a un botón sin leer las kilométricas descripciones de las condiciones, que nadie lee. Pensemos en cuestiones más sensibles y cercanas a nuestra relación con el gobierno y gestión de las instituciones, aspecto más directamente relacionable de manera específica con la ciudad inteligente. Sin ánimo apocalíptico, las revelaciones del caso Snowden, por apuntar a uno de los casos más conocidos y mediáticos, nos sitúan ante una realidad insoslayable: nuestras vidas son datos y huellas digitales que van a dar a determinados espacios que se gestionan bajo condiciones sobre las que apenas tenemos control democrático, desconociendo quién los usa, para qué los usa, a quien le da acceso a ellos o bajo qué régimen podemos actuar ante ellos.

Nuestras vidas son crecientemente conformadas a través de plataformas privadas (Google, Facebook, Amazon, Twitter,…) que, sabemos, han puesto nuestros datos a disposición de instituciones públicas de vigilancia y control social sin el debido debate social y control normativo. Podemos pensar en casos recientes de los conflictos entre procedimientos judiciales y empresas de hardware (Apple) o software (Twitter) para reclamar el acceso a datos privados de usuarios de redes sociales y smartphones, entrando en terrenos ignotos para las regulaciones con las que hasta ahora actuábamos.

Por otro lado, hemos asistido en los últimos años a episodios más que anecdóticos de caídas masivas de servicios urbanos (tranvías, iluminación,…) altamente sofisticados con tecnologías inteligentes, ataques a sistemas software de soporte de infraestructuras críticas (presas, redes de semáforos,…) o problemas de fiabilidad en objetos urbanos automáticos (coches sin conductor). Todos los elementos mencionados en los párrafos anteriores nos señalan dos necesidades. Por un lado, los proyectos de ciudad inteligente han de demostrar y tener en su núcleo una voluntad de contribuir al valor público y perseguir objetivos claros y comprensibles para la ciudadanía. Por otro lado, la necesidad de pensar la inteligencia urbana como un proceso que va más allá de la incorporación tecnológica.

Extracto de Descifrar las smart cities. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de smart cities?
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