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miércoles, 27 de mayo de 2015

La ciudad mecánica (y su código oculto)

Uno de los aspectos que más se destacan de los sistemas inteligentes es su capacidad de actuar de manera automática a partir de modelizaciones, simulaciones y algoritmos. La inteligencia ambiental nos propone automatismos en los dispositivos que intermedian nuestra experiencia en la ciudad. La ciudad será así capaz de personalizarse en tiempo real, de maximizar la eficiencia en el funcionamiento de los servicios públicos y desencadenar pequeñas adaptaciones en función de las circunstancias del entorno. Las infraestructuras y los servicios de la ciudad se abren a un horizonte en el que serán capaces de anticipar sus especificaciones, sus funcionalidades y sus estándares de prestación de servicio a situaciones modelizadas previamente. La ciudad te escucha.

How Might Streetlights become Smart Lights? 
Pensemos en un ejemplo relativamente inocuo: los sistemas de iluminación inteligente. La lógica funcional de estos sistemas reside en que son capaces de encender o apagar el alumbrado público punto a punto en función de si en la calle hay unas necesidades concretas de iluminación. Estas pasarían por la detección a través de sensores de presencia, bien de personas andando por la calle a la noche, bien de automóviles en el viario. Su racionalidad, por otro lado, estriba en la capacidad de dotar de eficiencia operativa a este sistema, al optimizar el consumo energético y al reducir en consecuencia las emisiones derivadas de la producción de la energía consumida. Hasta aquí, el escenario se presenta intuitivamente neutro.

Sin embargo, la lógica completa del sistema esconde una normatividad que escapa de lo puramente técnico: para operar, este sistema necesita definir una serie de escenarios reales con x resoluciones pre-fijadas paraque actúe y se adapte a ellos. Así, necesita establecer qué se considera presencia, qué actividades permite iluminar, bajo qué régimen horario actúa, etc. ¿Es suficiente una persona? ¿Qué tipos de personas? ¿Necesitará moverse esta persona? ¿Qué pasa si la persona se queda quieta durante un tiempo? ¿A qué velocidad? ¿Reconocerá a una persona andando despacio? ¿Y si la persona no quiere ser iluminada? ¿Reconocerá cualquier tipo de vehículo? ¿Y si pasa un gato? ¿Y si es un grupo de personas haciendo botellón? ¿Durante cuánto tiempo permanecerá iluminada? ¿Cuántas se iluminarán a la vez? Respondamos a estas preguntas con situaciones concretas y veremos que las respuestas no son tan sencillas o, mejor, las respuestas tendrán como consecuencia normalizar unos usos del espacio público frente a otros. Sumemos a estas escenas tecnologías complementarias como la detección facial, la integración con sistemas de alerta policial, su vinculación a la posesión de una tarjeta de identificación como ciudadano, etc., y las condiciones bajo las que opera un sencillo sensor instalado a tres metros del suelo en una farola abre importantes incógnitas sobre los límites de lo posible en la ciudad. Esas incógnitas forman parte del código de diseño de estos objetos, un código no técnico.

Instalación Too smart city para la exhibición Toward the sentient city  
En efecto, la simulación del comportamiento esperado de la implícitamente deriva en un juicio normativo sobre lo que es esperable, lo que el sistema de simulación considera como normal. En la medida en que los sistemas inteligentes se constituyen como sensibles, es decir, capaces de reaccionar de manera automática ante situaciones concretas, se convierten también en dispositivos de control y de normalización de la vida en la ciudad. A través de la simulación los sistemas aprenden a reproducir comportamientos automáticos que inscriben una separación entre lo normal y lo anormal. Definen con ello patrones de lo que la ciudad permite o lo que la ciudad determina como situaciones y comportamientos susceptibles de protección y aquellos sujetos a control, limitación o represión. Pasemos de la iluminación inteligente a otros equipos de funcionamiento automático (puertas que se abren según determinados parámetros, tarjetas que te dan acceso a determinados servicios, sistemas de videovigilancia, dispositivos que captan tus datos,...) y usos modelizados (drones para la seguridad pública, vehículos sin conductor, sensores de acceso, etc.) y las incertidumbres éticas se multiplican.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Book: Ambient commons. Attention in the age of embodied information

Acabo de terminar de leer Ambient commons. Attention in the age of embodied information. El libro me interesa porque el autor, Malcolm McCullough, es uno de esos nuevos descubrimientos que estoy encontrando en el proceso de la tesis, principalmente por su libro Digital ground. Architecture, pervasive computing, and environmental knowing. Ambient commons ha resultado un libro algo más alejado de mis intereses de lo que esperaba pero, al mismo tiempo, se trata de un texto que abre muchas opciones porque es, ante todo, un libro amplio en cuanto a los temas que aborda, siempre con los medios digitales como centro de atención.


Básicamente, se trata de un estudio en torno a la atención en la sociedad conectada y, en especial, sobre las contradicciones y problemáticas que genera la extensión de soportes, dispositivos, infraestructuras y aplicaciones digitales que  han dejado de ser invisibles y forman parte sustancial del espacio físico. Diferentes dispositivos colonizan nuestra forma de movernos en la ciudad, las fachadas de los edificios, el propio funcionamiento de los mismos, etc. y pelean por atraer nuestra atención. La información, así, traspasa nuestra memoria y nuestros ojos y toma forma física entre la intrusión, la utilidad, la superabundancia o la contaminación sensorial. La vida ordinaria y los objetos más cotidianos han incorporado estas capas de información valiéndose de recursos de diseño urbano y arquitectónico para configurar nuevos recursos culturales del entorno que habitamos. Su presencia, a fuerza de imponerse de manera desordenada, gradual y pervasiva, se hace inconsciente en nuestras decisiones y transacciones diarias, pero modifica nuestra capacidad de comprender y leer la ciudad y nuestra propia vida.

Estas son algunas de las reflexiones de fondo del autor a la hora de desarrollar un texto a caballo entre muchas disciplinas, desde la arquitectura a las ciencias de la computación, pasando por la psicología, la epistemología, el diseño de interacción o la neurociencia. Así, McCullough ofrece una lectura de la realidad (y sus implicaciones) sobre la experiencia tecnológica de la computación urbana en temas tan específicos como las señales y anuncios que pueblan las ciudades, el arte urbano, las fachadas, los edificios inteligentes, el aire,  y las condiciones de confort,  los mapas y el wayshowing o la música y el sonido. Con ello, la propuesta del autor quiere ser una llamada de atención a considerar con mayor preocupación esta generalización de dispositivos en los diferentes elementos de la ciudad. Frente a al tecno-determinismo fatalista hace falta una lectura cultural de la transformación del espacio urbano en todas sus dimensiones (con una llamada de atención especial del autor al silencio como especie en peligro de extinción) que nos permita tomar el control sobre lo que el autor considera un procomún, las condiciones sensoriales de la ciudad. A través de una multitud de ejemplos de experiencias cotidianas, proyectos y lecturas, el libro es una invitación –una más, nunca suficientes- a evitar la banalización tecnológica para que no sea demasiado tarde:
“Social historians often warn of the unintended consequences of sudden infatuations with new technologies. Just as Americans rushed to do anything and everything in cars half a century ago, so, today, people worldwide are rushing to do anything and everything on socially linked smart devices, often all at once. It was decades before experts recognized the physical, social, and environmental health consequences of overreliance on the automobile. How long will it take to recognize the consequences of much wider overreliance on smart devices?”
Aquí dos reseñas de Dan Hill y David Bollier.

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