martes, 5 de junio de 2018

La ciudad espontánea

Nuestra idea de la ciudad se ha formado, en buena medida, a través de imágenes de mapas. Históricamente, los mapas han sido la representación que ha modelado nuestras ideas sobre las primeras ciudades, sobre las ciudades de los grandes imperios, sobre las ciudades ideales y utópicas o sobre las ciudades que consideramos mejor organizadas. Es así como hemos estudiado las ciudades y las ideas sobre la ciudad, y también cómo hemos construido las utopías sobre las buenas ciudades (desde la ciudad jardín a la ciudad radiante pasando por la cuadrícula de Manhattan). Todas estas imágenes nos han invitado siempre a organizar el desarrollo de las ciudades de la mejor manera posible, situando la planificación perfecta como el estado ideal de una ciudad.

Diagrama de la serie “A Group of Smokeless, Slumless Cities”  de Ebenezer Howard  

Las tecnologías actuales con servicios como Open Street Map, los SIG, Google Earth y todo tipo de proyectos de visualización de datos espaciales siguen alimentando nuestra pasión por la cartografía y su “ideología” de la planificación. Desde el mundo de la arquitectura, los renders y su imaginería de edificios y urbanismos perfectos siguen alimentando la pasión por diseñar y buscar soluciones perfectas y definitivas sobre cómo organizar la ciudad, algo que en su momento también ofrecieron las maquetas y hoy las posibilidades del big data y el urbanismo cuantitativo como forma de control de lo que ocurre en una ciudad.  Son todos instrumentos del poder, del poder planificador.
Todas estas herramientas tienen su reflejo en una maraña de normativas que materializan la ciudad y su funcionamiento, no sólo desde los departamentos puramente urbanísticos, sino también desde cualquier política sectorial. Licencias, convenios, directrices de ordenación, regulaciones, ordenanzas,…son el brazo armado de quien ejerce el poder de planificación en la ciudad, un poder formalmente sometido al control de las instituciones públicas pero fuertemente limitado por las dinámicas económicas. Todo ello forma parte de una dinámica que ha hecho de las ciudades espacios sometidos al control institucional, a la privatización de los espacios públicos, a la sobre-regulación de cualquier uso no planificado o actividad inesperada.


Sin embargo, el gozo de la ciudad siempre ha estado muy unido a la capacidad de vivir juntos en un lugar de encuentro, de libertad, de espontaneidad y de creación, circunstancias todas ellas que se resienten en este escenario de hiper planificación soñado por quienes gobiernan la ciudad. La buena noticia es que, a pesar de ello, la ciudad y su uso espontáneo se abre camino incluso en las circunstancias más adversas gracias a personas y colectivos que esperan algo más de ella. Es así cómo, lo que hoy llamamos cultura do it yourself, sigue estando presente en la ciudad en forma de hackeos de su diseño formal (ver este link como ejemplo de este tipo de intervenciones), en forma de bricolaje cotidiano o de utilización de la ciudad como soporte de producción y exhibición artística en lugares insospechados como hace La Galería de Magdalena.

Estos ejemplos nos hablan de una ciudad espontánea que no aparece en los tratados de urbanismo, en los planes generales de ordenación urbana ni en la normativa de licencias y, sin embargo, sucede. Es la ciudad espontánea no obsesionada por la permanencia ni la estabilidad, pero sí preocupada por ofrecer espacio para el aprendizaje, para el disfrute y para la construcción, aunque sea a pequeña escala, de la ciudad que queremos. Una ciudad que tiene sus espacios de juego planificados y zonificados, pero en la que cualquier lugar puede ser el lugar perfecto para jugar al ajedrez.

La ciudad planificada no quiere sólo ordenar el espacio físico; también quiere regular lo que se puede y no se puede hacer. Así es que como las ordenanzas “cívicas” de todo tipo que han ido apareciendo en los últimos tiempos, buscan regular cómo usar la ciudad hasta su detalle más estúpido. Con la excusa de tratar de solucionar conflictos sociales puntuales (espacio público, botellón, prostitución, horarios nocturnos, etc.) han acabado siendo la herramienta de prohibición, control y miedo fundamental para atenazar el uso libre de las ciudades que vivimos. De esta forma, esos textos se han convertido en un compendio de los miedos de las instituciones llegando hasta límites absurdos como prohibir cometas o jugar al dominó, regular cómo usar las fuentes públicas, instruirnos sobre la equipación adecuada para bañarnos en las fuentes o regular el uso de balcones, tenderos de ropa o sillas en la calle. Es ese exceso de regulación el que ha convertido en un hecho casi heroico lo que siempre fue un elemento consustancial a la ciudad: el aprendizaje, la experimentación, la auto-construcción, la personalización,…o, simplemente, reunirse en torno a la mesa con la comida como excusa para hacer de la ciudad un lugar de encuentro.

El derecho a la ciudad es, como plantea Alberto Corsín, el derecho a la experimentación, a ser activos en infraestructurar la ciudad interviniendo en la construcción material de la ciudad. Esta forma de entender nuestra presencia ciudadana en la ciudad es la que nos permite descubrir que, más allá de los marcos restrictivos que hemos presentado anteriormente, existe una forma de acción ciudadana capaz de recuperar el protagonismo de nuestras manos, nuestras ideas y nuestra capacidad de organización para usar la ciudad de manera protagonista como expertos amateurs.

Así es cómo tantas y tantas iniciativas están tratando de recuperar la capacidad de experimentar con la ciudad. Son proyectos que no caben en un mapa, que no se puede congelar en un render o regular en una ordenanza. Y, sin embargo, suceden. Proyectos que buscan experimentar nuestras estructuras, materiales, procesos y formas de organización par a crear la ciudad a pie de calle, una ciudad más cercana a las necesidades cotidianas de la población.

La ciudad espontánea se abre paso denunciando problemas de seguridad vial (en forma de acciones que señalizan puntos negros para los ciclistas, por ejemplo), promoviendo más espacios de juego infantil (instalando pequeños artefactos), invitando a la reflexión crítica (creando piezas de arte en paredes, muros, medianeras,…), recuperando solares y equipamientos abandonados, sacando unas sillas a la calle, etc. Es la ciudad invisible al planificador, pero la ciudad real que cambia. La vida en las ciudades es posible gracias, entre otras cosas, a una serie de normas de convivencia que supuestamente compartimos. Necesitamos un mínimo de acuerdo sobre cómo comportarnos. Se trata de normas que asumimos individualmente y que esperamos por parte de los demás. Se trata, creemos, de convenciones sociales, fruto de la experiencia y de ir acomodándonos al paso de los tiempos. Sin embargo, quizá no todo es tan espontáneo como podríamos pensar.

Esas normas de comportamiento, convertidas en ley vía código de circulación, nos dicen que los peatones no pueden cruzar la calle por donde quieren. Durante décadas, mientras el coche ganaba espacio público, esta simple convención se ha instalado como un tótem para hacer más sencilla nuestra convivencia; en realidad, para hacer más pacífica la convivencia con el coche. Sin embargo, no todo fue tan espontáneo.

Hoy para cruzar una calle necesitas un paso de peatones o un semáforo para hacerlo en la más estricta legalidad bajo riesgo de ser multado. Estas limitaciones fueron asumidas en las primeras décadas del automóvil gracias a una intensa campaña de criminalización del peatón, tal como han señalado recientemente algunos historiadores de la llegada del automóvil a las calles. Así se marcan los límites de lo posible en la ciudad contemporánea. Son esos límites los que definen nuestra experiencia urbana y los que estructuran el relato pacificador de la ciudad. Las instituciones que sancionan esos límites buscan con ellos ofrecernos estabilidad y soluciones permanentes en un consenso mucho más inestable que el que quieren hacernos creer.

Fuera de ese consenso existe vida, mucha más vida, diversión, justicia y lucha por mejores ciudades. Las ciudades han sido históricamente los escenarios de gran parte de las revoluciones y conflictos sociales, de la comuna de París en 1971 a Praga en 1968, hasta llegar al ciclo de revueltas urbanas globales de los últimos años. De la protesta a la materialización de nuevas alternativas, aprender a usar la ciudad es aprender a hacerla propia no como un acto individual sino como un acto colectivo para ensanchar los límites de lo posible, porque sin esa pelea por la ciudad, otras fuerzas tratarán de marcar sus propios límites.

La ciudad es lo que ofrece y lo que puedes usar, no como cliente o usuario, sino como ciudadano protagonista. Las nuevas formas de gestión de las ciudades tienden a homogeneizarlas y a crear estándares de gestión que expulsan gran parte de la diversidad de las ciudades. Así es cómo las ciudades aspiran a convertirse en ciudades globales, a atraer turistas o a encontrar su hueco en la dura competitividad en las ciudades. Pero quizá sólo sean pequeñas victorias a corto plazo para acabar derrotando el magnetismo de las idiosincrasias locales y el sentido de pertenencia con nuestros barrios. Es ahí donde se ha abierto un nuevo frente de lucha urbana, una lucha contra la estandarización de las formas de vida, y los mercados son un buen ejemplo de este conflicto.

Cualquier experiencia de reclamación de la ciudad en la que podamos pensar niega esa aparente espontaneidad de las “normas” que regulan las ciudades y sus equilibrios. El desarrollo urbano no es mecánico ni indeleble. De la misma forma que poderosas fuerzas ajenas a la ciudadanía –desde la economía global hasta los poderes reales locales- ejercen su capacidad de reprogramar el código de la ciudad para someternos a él, también la ciudadanía puede hackear ese código en sus intervenciones diarias y en sus luchas de largo alcance.

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1 comentario :

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