Manuel Saravia publicaba recientemente un oportuno artículo que refleja algunas de las preocupaciones que hemos abordado en este blog en los últimos meses en torno al espacio público, y que él refleja bastante mejor que yo y con más conocimiento de causa. Realmente, con su blog tengo un problema: a veces siento que es mejor que deje de juntar palabras porque ya las dicen mejor en ese blog, otras veces pienso que, ya que no soy arquitecto ni urbanista de formación, lo mejor que podría hacer sería imprimir cada post, tomar apuntes y estudiarlos durante unos cuantos años.

Toda esta disgresión para decir que en el post "Negociar con las manos" el espacio público me ha hecho pensar bastante sobre algunas cosa que apunta relacionada con la privatización de los espacios públicos de encuentro. Voy entendiendo que muchas de las discusiones más interesantes en este blog han tenido que ver con ciertas ciudades (y a estas alturas ya no hace falta decir cuál es la que más interés nos ha despertado) y casi siempre alrededor de las funciones y el uso de los espacios públicos, y siempre con el turismo como catalizador de procesos de desapego social al espacio tradicional. Dice el autor del post:
Y por último se observa igualmente un proceso de transformación acelerada de
espacios urbanos tradicionales, que pasan a dedicarse ahora, preferentemente, al
servicio del turismo, auténtica vaca sagrada de nuestro tiempo. No conocemos
ciudad que no esté inmersa en algún proceso, siempre de cierta envergadura, de
modificación del uso y destino de sus áreas centrales, con la consiguiente
adecuación de uso y de imagen, para que resulte más familiar (o atractiva,
dentro de sus propios cánones) al turista internacional. Desde El Cairo hasta
Dar-es-Salaam, de Oslo a Guayaquil, todos estamos procurando acomodo a ese nuevo vecino ocasional, el turista, que, en sus distintas modalidades, cada vez nos
visita con mayor frecuencia.
Leíamos hace unos días sobre La relación bipolar de los barceloneses con su turismo, un post con muchas impresiones que ya leimos en el libro Odio Barcelona y que surge de la celebración de un nuevo simposio del proyecto Intelligent Coast. En estas mismas fechas, también en Barcelona y en el marco de las actividades de Intelligent Coast, está abierta una exposición que analiza algunas hipótesis de cómo repensar las Ramblas, otro espacio público absolutamente trascendente en la realidad de la ciudad, que en los últimos ha llegado a ser casi un lugar inhóspito para muchos vecinos. ¿Qué es lo que ha pasado y qué podemos hacer?, parece preguntarse la exposición MultiRambles, del Disseny Hub.
¿Es este un proceso de privatización? Pensemos en la Plaza Cataluña (Barcelona), en Picadilly Circus (Londres), el Coliseo o la Plaza San Pedro en Roma, Maccu Picchu (Perú), Champ de Mars (París) la Plaza San Marcos (Venecia), ... En un comentario al post de Saravia me preguntaba -improvisando y sin pensarlo mucho- si estos procesos de reserva o de invasión de los espacios públicos más icónicos (y adyacentes) de muchas ciudades no son tanto un proceso de privatización sino de exportación del territorio: las ciudades que aspiran a vender su producto urbano produce un territorio apropiado para el turismo global y lo exporta a compradores extranjeros a través de los canales de comercialización turística. Un producto, el territorio urbano, que, por las peculiares características físicas del mismo no podemos mover, por lo que es necesario que el acto de consumo del turista se produzca en el lugar de producción, la propia ciudad que produce y vende. La producción de espacios públicos banales le llama Francesc Muñoz, posiblemente me venga de ahí la idea y tan sólo la remezclo a mi manera. Es la necesidad de captar y atraer a esas masas de turistas que varían sus apetencias viajeras buscando siempre la ciudad más atractiva, la ciudad que ofrezca la experiencia vital más intensa. Aquí también hay que estar en el ranking, y diseñar espacios públicos para todos los gustos (para el granjero de Texas y para los abuelos japoneses, para los jóvenes inquietos de Escandinavia y para las familias de la clase alta libanesa, para el jubilado holandés y para la uruguaya viajera, etc.). Espacios fragmentarios de una realidad urbana compleja que el turismo global no da la oportunidad de asumir, una realidad que hacemos posible a partir de espacios monocordes, intercambiables entre una ciudad y otra. La máquina de producción de espacios turísticos se puso en marcha hace tiempo, pero a cambio de hacer más turismo, posiblemente entendemos peor las ciudades a donde viajamos y perdemos también un poco de las ciudades en las que vivimos.

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Foto de Venecia via Suprememark en Deviantart.