jueves, 30 de junio de 2016

Dale a un burócrata un ordenador

Naturally, bureaucrats can be expected to embrace a technology that helps to create the illusion that decisions are not under their control. Because of its seeming intelligence and impartiality, a computer has an almost magical tendency to direct attention away from the people in charge of bureaucratic functions and toward itself, as if the computer were the true source of authority. A bureaucrat armed with a computer is the unacknowledged legislator of our age, and a terrible burden to bear.
Neil Postman (1993). Technopoly: The Surrender of Culture to Technology.

Fuente: Extreme Tech

Lewis Mumford señaló cómo el despliegue material de la tecnología no es un proceso automático ni la tecnología es un factor a priorístico, sino que se produce en un contexto sobre el que se innova también en términos políticos o jurídicos, por ejemplo, para dar soporte a esa tecnología. La tecnología encuentra acomodo en el mundo no por un destino indefectible por el cual la técnica tal como se manifiesta en cada momento se impone de manera natural, sino porque es desarrollada bajo unas condiciones de promoción de la ciencia, de la incentivación de la investigación, de la facilidad para la inversión y de la dirección controlada del avance científico. De la misma manera, la tecnología se encarna en la vida no únicamente como objeto o producto físico con capacidad de presencia propia, sino a través de los instrumentos de la cultura, del poder, de las instituciones o de la normativa.

Pensemos, por ejemplo, en cómo la viabilidad de diferentes aplicaciones pensadas para actualizar digitalmente las viviendas y edificios (smart homes y smart buildings) se juega tanto en sus funcionalidades como en su inserción dentro de un marco legislativo y regulado relacionado con estándares, limitaciones derivadas de las obligaciones de conservación (por ejemplo, en barrios y edificios históricos catalogados como patrimonio), etc. Todos estos puntos forman parte del mundo de la disputa política, de las preferencias, de las opciones ideológicas y de las vicisitudes sociales. A pesar de ello, es fácil encontrar apelaciones más o menos inconscientes al carácter autónomo de la tecnología actual disponible para el progreso urbano, apoyándose para ello en los grandes datos como vector transversal asociado a la mayoría de las innovaciones que forman parte del catálogo de soluciones smart. En la esfera pública, el mundo de las evidencias hará el resto para conseguir una gestión burocrática y pacífica de la ciudad sin que la política tenga papel relevante en el automatismo de los datos.

Bajo esta lógica, la gestión de la ciudad y de sus servicios asociados quedaría por fin sometida a un sistema de reglas, datos y decisiones objetivas, basadas en los datos, de manera que servirían también para justificar y eludir la responsabilidad de las consecuencias de las decisiones públicas bajo la justificación “no he sido yo, lo dicen los datos”, que dice Usman Haque. Dicho de otro modo, la tecnología ofrece también la ilusión de que a través de ella se pierda no sólo la responsabilidad de las decisiones, sino el control sobre las mismas, un escenario que reflejaría la aspiración última de una gestión pública burocrática que sitúa en los procedimiento, técnicas y, en última instancia, las máquinas la fuente de la autoridad política.

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